Muerte deseada.
- Moriré en los vastos mantos de tu pubis.
- ¿Servirá de algo?
- Más bien es mejor morir así.
Vida robada.
- Seré ingeniero en nanotecnología.
- ¿Y mi piel sedienta?
- Seré el verdugo de ella.
- No juegues.
- Disto mucho de hacerlo. Prefiero morir.
- Calla que no aguanto las ganas.
Calle solitaria.
- El sol parece morir de soledad.
- Es la luna que lo tiene prisionero en su ombligo.
- Esa calle…
- Solitaria como todas las de ahora, con ingente número de personas.
- El silencio…
- ¡Basta! Muérdeme los labios que se suicida el tiempo entre mis muslos ardientes.
Noche olvidada.
- Se parece la brisa a tu aliento hecho gemido.
- Es menos intenso.
- Lámeme la espalda.
- Mejor la curto con mis senos tibios.
- Date prisa que la negritud celeste se hace añicos en mi hombría.
Silencio impoluto.
- ¿Eres mía?
Se esparce la pregunta y la respuesta jamás llega.
Virginales sábanas.
- Recuéstate.
- ¿Y mi ropa?
- Olvídala.
- Necesito sentirte dentro.
- Yace tu humedad en mi lengua.
- Requiero más que eso.
Amanecer arremolinado.
- Adiós.
- ¿Es mucho pedir un beso en el pubis?
- Es más difícil no hacerlo cuando te tengo cerca.
- Te cabalgaré.
- Es urgente que lo hagas… el sol está empezando a quemar mis ganas.
Una taza de café a medio sorber.
- Esa mirada que llevas no me gusta.
- Afuera hay una guerra que perderé.
- La sangre que derrames no bastará.
- ¡Calla! Iré a morir sin honor.
- ¿Y quién lo tiene?
- ¡Basta! Muérdeme los labios que necesito beberte toda.
Lágrima carmín.
- Es una vida desagradable, apesta. Sigo sin entender.
- No hay nada que entender, sólo es aceptar lo inevitable.
- Murió lejos de mi pubis.
- Pero cerca de tu corazón.
- Me gustaría morir. ¿Puedes matarme?
- Espera cinco minutos nada más.
- He esperado muchos años y cinco minutos no son nada.
- ¿Oyes los cargueros? Han disparado sus misiles.
- ¡Todo apesta!¡Maldita sea!
Árido destino.
En medio de las ruinas los cuerpos calcinados son irreconocibles. Nadie respira. El sol se disculpa cuando la mañana muere.
Datos personales
martes, 27 de abril de 2010
lunes, 26 de abril de 2010
Lejos de su boca
Se presume un aroma de piel incendiada a mitad de un beso tibio. Ella se riega con el sudor de un atardecer moribundo. Las manos del tiempo detienen el latir del corazón. Se incorporan los labios dando un brinco el sonar del jadeo a media lidia. Se derrama la espesura de la piel al unísono con los acordes de unas letras que se tatúan en el alma. Ella penetra los sentidos dejando un dolor insaciable y una necesidad infinita. Los ojos se postran vidriosos al cabo de un gemido muerto en vilo. Quisiera sostener el vigor de sus brazos aprisionando mi espalda y desgarrándola con filosas uñas de nácar diezmada. Un grito ahogado hurga los pies descalzos que recorren el sendero tapizado de pétalos de rosas rojas. Las velas incendian el momento. Ella se apodera de las palpitaciones de mi estigma hecho señuelo para su vientre bajo. El pecho estalla, los labios sudan sus besos, anido en sus ojos, surco la tesitura de su espalda arqueada. Muero en sus antojos de hembra sedienta, hambrienta, exquisita, indómita, callada. Ella muere en esos instantes para que el fénix de su pubis renazca en mi lengua harta de sus humores. Es toda mía, sólo mía. Cierro los ojos para amarla una vez más. Se presume un amanecer y yo... lejos de su boca.
viernes, 9 de abril de 2010
Manos eternizadas
Las manos suturan un desdén polvoriento. Aquel día de mayo se fue al abismo una sonrisa quieta. Ella gritaba desolada en un rincón hediondo de amor. El tiempo transcurría con latidos eternizados. El sol se despedía lastimoso en el umbral del miedo. Nadie respiraba las gotas de inocencia que despedía el jazmín moribundo. Esa fuente de lánguidas aguas se estremecía con pocas hojas secas que descasaban en su regazo. El llanto depositado en los lunares de la conciencia se precipitaba al vacío. La voz de las caricias se enmudecía al contacto con el olvido. La espalda calcinada urgía ungüentos de palabras secas. Nadie oyó el trinar de un perdón subconsciente. El camino bifurcaba al norte de la oscuridad. Él lloraba acostado en el camastro de frío corazón y de manos aceradas con nulas ilusiones. El miedo psicológico se apoderaba de una rata avecinada en las cloacas del inodoro pestilente. La imagen sagrada puesta de cabeza no servía de nada. Él unió los labios a los distantes susurros del cálido metal que empuñaba ella en su bajo vientre. La impaciencia de la mirada delató la sonrisa descompuesta de la muerte misma. Quedaron en vilo los gritos y el llanto. El hambre sucumbió a la rata que al oscurecer roía las lenguas inertes dormidas en cruz. Las manos inertes están y los latidos del tiempo aún se oyen eternizados.
miércoles, 7 de abril de 2010
Memoria crepuscular
Sonaban los labios a diestra malta de senos exquisitos. Podría decirse que el pubis se sonrojaba virginalmente. El rostro de los dedos se humedecía en llanto ajeno, decorado de azul sufrido. El vaivén de los vientos se liaba con los cabellos. El sol estaba durmiendo en otro camastro con sedas entrecortadas de suspiros. La inocencia de la espalda brincaba de ánimos lacios y seductores. Ella comía junto a una rosa marchita. Resonaban los labios a saciedad impoluta de discrepancias sexuales. El ronquido de la almohada a media mañana distraía los ungüentos de las estrellas tatuadas en los ojos. Pensaría que extrañaba a alguien ajeno a su vida. La luna reacia se vestía eterna de olores corporales, quizá en otros brazos imperfectos.
Llegaban otras palabras a los labios. Sonaban a un nombre cualquiera, pero poco común. Esgrimía en tonos caídos un rostro débil y aún satisfecho. Dejé de mover los pensamientos. Sudé gemidos inocuos y efímeros jadeos. Cerré el capilar de un beso espolvoreado de mares dormidos. Quise elevar la voz de la caricia dejada en el pecho. Cerré los ojos para no verte morir en el café de la mañana. Sonaban los labios a diestra malta de senos exquisitos y tú durmiendo desnuda en el crepúsculo de mi memoria.
Llegaban otras palabras a los labios. Sonaban a un nombre cualquiera, pero poco común. Esgrimía en tonos caídos un rostro débil y aún satisfecho. Dejé de mover los pensamientos. Sudé gemidos inocuos y efímeros jadeos. Cerré el capilar de un beso espolvoreado de mares dormidos. Quise elevar la voz de la caricia dejada en el pecho. Cerré los ojos para no verte morir en el café de la mañana. Sonaban los labios a diestra malta de senos exquisitos y tú durmiendo desnuda en el crepúsculo de mi memoria.
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