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lunes, 16 de julio de 2012

Sol de enero

Sigo sin entrar al sol de enero. Cuando llovía me imaginaba a Alondra desnuda, con la piel tibia bajo el manto del cielo gris. Sus ojos acariciaban la sombra de mi presencia añeja. Era gris el día pero su sexo irradiaba más que felicidad. Ahora mismo he descubierto que sus manos jamás tocaron mi pecho, que sus lágrimas jamás se filtraron por mis sueños. Al palpitar de la madrugada sigo sin entender esa prosa que brama sin cesar la lujuria de una caricia ciega. ¿Has vivido más qué yo? – preguntaba en ocasiones cuando solía escribirme a escondidas, bajo las sábanas percudidas y mal olientes; aún era una niña, era una flor de pétalos virginales y espinas tiernas. Algunas veces le respondía con evasivas y culminaba el texto con palabras dislocadas que sólo yo entendía o creía entender.

Aún la veo bajo las lluvias de enero, que son escasas al transcurrir de los años; es la contaminación – me decía Laura, eterna compañera de juegos y que vivía a dos calles de la casa de mis padres. Solíamos ir descalzas al patio en busca de mariposas variopintas y terminábamos pulcras de barro y sucias de ánimos. Jamás entendió mi preferencia por Alondra, la odiaba a escondidas. Era marzo cuando nos descubrió dándonos un beso francés y nos gritó: ¡zorras malnacidas! Desde entonces la odió y la sigue odiando.

Laura se fuma un cigarrillo sin boquilla y se abanica el rostro con un pedazo de cartón. El sol apenas entra por los barrotes de la celda y tengo ganas de vomitar. Mil veces le he dicho que no me gusta ese sabor a tabaco cuando me besa y más cuando tengo ascos por la menstruación. En mi conciencia sólo transcurre enero porque mi cuerpo suda frío y veo a Alondra desnuda bajo la lluvia. Casi he olvidado el color de sus ojos miel y la simpática mariposa azul, de contorno negro, tatuada en su nalga izquierda. Esa misma mariposa que estrujé cuando Laura le clavaba un puñal en la espalda en aquel sórdido motel de las afueras de la ciudad. No tardaron en localizarnos y condenarnos a cadena perpetua por homicidio calificado y además sádico y cruento. De esa noche sólo recuerdo que la mariposa azul se elevaba por encima de mi sexo y desaparecía en el rincón más oscuro del cuarto del motel. La sangre se tornaba toda azul y los ojos de Laura se pintaban con una sonrisa sarcástica e inhumana.

Llueve, pero no veo a Alondra bajo la lluvia; quizá porque no es enero y mi sudor tibio se resbala por el espeso pubis de Laura que ríe satisfecha creyéndose Alondra.



miércoles, 27 de junio de 2012

Enésimo despertar

Aún tengo el recuerdo a flor de piel y no se aparta de mi mente un instante. Ella totalmente desnuda sentada frente a un ordenador portátil y yo recostado en la hamaca. El ambiente estaba ligeramente cálido y agradable. De soslayo la veía: su piel morena espléndida, los senos apenas sobresalientes, el vientre algo plano, sin monte Venus, algunos poros erizados de su sexo, una mirada absorta y unos labios de un carmín sensual.

- ¿Te gusta mirarme así, verdad? – Insinuó deliciosamente acariciándose el cabello.

No quería perder ese momento frágil, pero eterno, así que no articulé palabra alguna. Ella siguió mirando hacia el ordenador y yo excitándome cada vez más. Pasaron un par de minutos y de nuevo hizo la misma pregunta.

- ¿Te gusta mirarme así, verdad? – Dijo mordiéndose los labios y abriendo un poco las piernas.

En esos momentos me encontraba en medio de una erección. Mordí la pequeña sábana que tenía en la cara y cerré los ojos para no dejar escapar esa imagen tan volátil. Ya terminé – escuché decir y el sonido seco al cerrar el ordenador se diluyó casi mágicamente. Intenté mirarla de nuevo pero los ojos me pesaban, la erección culminó en una silueta húmeda y el despertador repicando endemoniadamente. ¡Maldita sea! - exclamé al sentir mis ropas húmedas. Me levanté haciendo movimientos sacados de algún espectáculo contorsionista para no manchar la hamaca. ¡Puta madre!  - fue lo último que dije antes de ir al baño a cambiarme de ropa. Eran las cuatro de la mañana y tenía clases a las siete. Me dormí casi de inmediato. Volví a escuchar la pregunta, pero esta vez la hamaca si quedó mojada por enésima ocasión.

jueves, 14 de junio de 2012

En repuesta

Es irónico que a estas alturas tenga que escribir una respuesta a algunos cuestionamientos que un fulano hizo de mi forma de ver la hedionda creatividad – la mía propia. Antes de entrar en materia quisiera dejar en claro que estoy bajo los efectos de una depresión post traumática - enfrascado en una mediocridad creativa para dejarlo de sobra transparente y límpido. 

Quisiera poder decir que la creatividad viene de una parte del cerebro que no está explorada del todo por los mortales, como muchos de nosotros, y que viene en los momentos más inverosímiles. El caso es que el desprestigio, que hacen gala en una reseña insípida, de un escrito que mi imaginación concibió – por así decirlo, porque más bien des-engendró -, fue concebido en la cúspide de esa mal lograda depresión post traumática. ¿Cómo hilar ideas cuerdas cuando se está en ese estado de demencia, perdón, de creación? Es cierto, no alude a los cánones de nada conocido hasta el día de hoy; sé de sobra cuantos y cuales elementos debe tener un escrito, pero no se me dio la real gana de llevarlos cabalmente y no por eso dejo de ser quién soy. No es justificación ese estado de depresión post traumática, ni mucho menos el alejarme de los cánones del buen escribir, pero ejerzo mi derecho de expresión aunque a muchos no les apetezca siquiera hojearlo. Bien decía mi padre cuando me reprendía al hacer travesuras en la infancia: “Habrá más chingones que tú y no por eso dejarás de ser el hijueputa que eres”.

Sigo en la tromba post traumática y no tiene para cuando cesar sus vientos inclementes y desastrosos. Son las tres de la madrugada y sigo pensando en que jodidos pensaba el tipejo ese cuando decidió reseñar mi escrito. No viene mucho al caso dedicarle mucho tiempo y mis ojos ya quieren cerrarse para que mi cuerpo concilie el sueño y mi mente tenga esa sensación engañosa de descanso. Esto se quedará en el tintero porque no tiene caso dedicarle mucho tiempo a la reseña y mucho menos al tipejo.

Se me olvidaba:

- Chinga tu madre pendejo.

lunes, 2 de abril de 2012

Me han dicho

Me han dicho que te deje de escribir, pero no puedo.
He oído que las mieles de los encantos
se desvanecen en los labios de tu boca
y los cantos del silencio
en tu vientre un beso evocan.

Me han dicho que los sollozos calcinan
la vestimenta de tus caricias,
que los holanes de la piel se encrespan
cuando llueven suspiros de mi boca.

Se han resistido las letras a claudicar
en su afán de tejerte rosas,
de emular cielos lisos y azulinos
con vísperas de torrenciales
aguaceros cristalinos.

Me han dicho que te deje de escribir, pero no puedo.
Las hordas del pensamiento se agolpan en mi pecho,
se traducen en grafos amorfos y a tu paso se traducen
en un lenguaje de cuerpos indómitos y azarosos.

Cuando el sol despierte y la luna lo seduzca
dejaré que mi alma sola te recite en silencio
uno más de los poemas
que en el pecho se agolpan.

Me han dicho que los sollozos calcinan
la esperanza de las manos,
que los destellos de mi espalda
se llagan en la espera de verte
desnuda entre mis sábanas.

Me han dicho que te deje de escribir, pero no puedo.
Si a caso muero en la espera de tu cuerpo
recuerda que en lo infinito de mi alma
te seguiré escribiendo cuanto te quiero.

Me han dicho que te deje de escribir,
pero insisto, no puedo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Invernal recuerdo

Invierno en los mares del recuerdo,
en los senderos que urgen tu presencia,
allá donde se vuelcan los sueños rotos,
en la codicia de un beso corto.

El olvido recala en mis aposentos
cuando tu boca se hace nudo en mi espalda
y las cálidas manos de tu vientre
muerden, sin querer, lo descalzo de una mirada.

Soledad en una foto que desentraña
los labios de una caricia tenue
cuando amanece en mayo
y muere al mes siguiente.

Invierno en los cielos del amor,
en la piel de tu alma que llora mi ausencia,
ahí, en ese lugar en el que vive,
sin querer, mi lánguida presencia.

El olvido recala en mis adentros
cuando tu placer cultiva en silencio
el tatuaje que dejaste en la piel,
dócil, y acerado, más que ayer.

Invierno en los mares del recuerdo,
en los senderos que urgen tu presencia,
allá donde te espera, queriendo,
todo mi ser.

martes, 20 de marzo de 2012

Sin miedo a mis besos

Pierde el miedo a mis besos,
déjate llevar por el impulso de tus ganas,
desgarra la necesidad en mi boca,
en las comisuras de mi alma.

Pierde el control de tu cuerpo,
encamina tus dedos a mis pensamientos,
a los senderos de mi hombría ciega,
al caudal de mis deseos.

Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
en las manecillas de las caricias
que en los labios llevo.

Suplica a la inconsciencia que detenga
el caminar pausado de tus arrebatos,
que nazca ese sueño en mis labios
y que muera en tu cuerpo.

Pierde el miedo a mis besos,
alójate en mis silencios,
detén el tiempo en un beso
al amanecer de nuestros sexos.

Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
deja que discurra en los océanos del destierro,
indómita aférrate a mi lecho.

Pierde el miedo a mis besos
que te esperan tímidos en el silencio,
deja que nazcan en mis labios
y que mueran en tu cuerpo.

Urge tu cuerpo en mi cama

Urgen tus manos en mi cuerpo,
en los inciensos de este mar ardiente;
urgen tus caricias en mi alma,
en las góndolas de mi hombría sobria.

Espera los causes de esta libido,
las sonoras disputas de los besos
en los acantilados del deseo,
en la lujuria de tu voz.

Urgen tus pensamientos en los sueños,
sueños convidados al anonimato
de tu placer eclipsado,
ungidos de aromas y arrebatos.

Duerme a los pies de mi deseo,
en los recovecos de una insinuación
que muerde tus labios carmín
y nace en mi lengua desesperada.

Urge tu cuerpo en mi cama;
analítica la zozobra de las sábanas,
soberbia la inquietud de las almohadas,
insomnes los gemidos que aún no se oyen.

Desnúdate frente al espejo de mis ganas,
anuncia en mi espalda el inicio del cortejo,
muere candente en las manos del silencio,
acurrúcate en el cielo raso de la noche.

Urge demasiado tu cuerpo en mi cama;
ven pronto porque mañana
puede ser demasiado tarde
para en mí toda tenerte.

viernes, 16 de marzo de 2012

En tu amnesia arde mi piel

Quisiera advertir mi propia presencia y no puedo. Lo amaba tanto, más que mi vida; era el sol de mis entrañas, la luz tenue que alumbraba mi alma. El sabor de una piel se sumerge en mis adentros. Siento penetrar sus ojos en mi alma desnuda, en las carnes que aún están vestidas con telas livianas y frescas.

La rosa marchita que guardo en un libro polvoriento me recuerda la primera vez que nos amamos sin control. Era una noche de primavera, el calor estremecía todo mi cuerpo ansioso. Los arrebatos de mis pensamientos me hacían temblar, sucumbir ante la mirada cariñosa que aún no me había dado. El viento soplaba tenue, casi imperceptible, casi huraño, casi desnudo. El parque dormía con luces tristemente melancólicas, con desolados amarillos. Lo esperé por diez minutos y lo vi acercarse lentamente hacia mí. Traía unos vaqueros azules, camisa lisa de color blanco de mangas largas y unos zapatos casuales. El rostro recién rasurado, el cabello corto, - como lo acostumbraba traer -, una loción que olía a cítricos, - me encantaba sentir ese aroma en sus ropas, en su piel, - y una hermosa sonrisa.

Al llegar junto a mí me dio un beso tímido y reservado - se notaba nervioso. Le tomé la mano derecha y lo abracé fuertemente, como si quisiera inmolarme a su piel, ser un tatuaje perpetuo, la piel que por las noches lo cubría de caricias y pasión. Así apretaditos son fuimos a un departamento que había alquilado para la ocasión; el departamento era modesto pero cálido. Abrió la puerta y encendió las luces. La puerta, de una de las dos habitaciones, estaba abierta y nos dirigimos a ella colmados de ansiedad, caricias y besos. En el umbral de la puerta me empezó a desnudar lentamente, sus cálidas manos recorrían todo mi cuerpo, la necesidad que traían mis ganas a flor de piel, la humedad de mis ansias. El vestido de tirantes con estampado de flores se desvanecía a destiempo con los primeros jadeos. El coordinado de encaje me estorbaba para esos momentos. No dejaba de acariciarme y lentamente me dirigía a la cama que vestía sábanas blancas. Me recostó lentamente, se quitó la camisa, el cinturón y no lo deje quitarse los vaqueros; se los quería quitar, sentir su piel, olerlo.

Lentamente le quité los vaqueros, le mordisqué y lamí el vientre. Su miembro viril estaba palpitando, tibio, húmedo, duro. Lo tomé con la mano derecha y se lo apreté; cerró los ojos acompañado de unos jadeos suaves. Mis labios pusieron poca resistencia a ese manjar que emanaba pasión; lo metí a mi boca, mi lengua jugueteaba cadenciosamente. Por instantes se lo mordisqueaba, era un delicioso dulce afrodisíaco. Me recostó de nuevo y se fue directo a oler mi pubis, a lamer cada rincón de su estructura capilar. Llegó hasta mi botón rosa, la sensación de su lengua me embriagaba de gemidos y jadeos; apretaba los dientes insistiendo en no dejar salir más jadeos, pero era imposible.

Recorrió suavemente con sus manos todo mi cuerpo, no dejaba de besarme, de lamerme. Mis pezones estaban erectos y duros y sus dientes les daban más excusas para quedarse así. Nuestras lenguas se fundieron en un compás de seducción muda, de jadeos oblicuos y gemidos sordos. Me penetró lentamente y mi cuerpo se despojó de todo pudor, llegando a destiempo al placer pleno. Mi cuerpo recuerda cada caricia, cada embate, cada mordisco, hasta el cansancio de ese encuentro, que fue único.

No puede disimular mi piel este estremecimiento que me embarga toda. Esa estúpida forma de negarme a olvidarlo me está matando por dentro. Quiero deshacer el estremecimiento cuanto antes, huir de su boca, eludir las caricias y los arrebatos. ¡Nefasto!¡Imbécil! Tiene ese algo que aún me derrite, que me hace mordisquear los labios, acariciarme cuando pienso en él. ¡Maldito! ¡¿Cuándo podré arrancarte de mí?! No olvido el placer que me daba, las caricias parlotean a diario esas experiencias. No me importa jurar que jamás seré feliz con otro hombre que no fuese él. Su amnesia me ha dejado perturbada, histérica, loca. He intentado hacerle recordar todas esas experiencias y no se inmuta, su piel no da atisbos de esas caricias que mis labios tatuaron. Quiero sentir de nuevo esa hoguera que sé que tiene en sus adentros, esa pasión desenfrenada que sólo calmaba mi cuerpo, pero ya no sé cómo.

Son las diez de la mañana y tengo que ir a verlo de nuevo a la casa de su madre. Le llevaré una carta que él mismo escribió, está en clave. Ardo en deseos de que se acuerde de la última frase: "docuer elsgantea tua ganaen odeuanueremamoatea docuansia odeelsemaaenodeaenelssia uersiamoaueremaels" **

** Te amo y mi cuerpo tus caricias espera.