Olía a orines la habitación, casi me vomito por el hedor que despedían las sábanas. Mi abuela me regañó y me sacó de la habitación: ¡Lárgate! No tienes nada que hacer aquí. Salí corriendo al patio a respirar aire puro. Tenía diez años y mi abuelo ya llevaba seis meses postrado en su cama por la cirrosis hepática que se cargaba. En ese entonces no entendía porque mi abuelo tenía cirrosis si no bebía ninguna gota de alcohol, salvo los fines de año y sólo era una copita, como él decía. Más adelante, en los funerales, me enteré que la cirrosis no sólo se contrae por beber alcohol, sino que es un problema hepático, eso le dijo el doctor a mi madre casi susurrando, al tiempo que le daba las condolencias de rigor.
Jamás imaginé que la vida de mi abuela cambiaría drásticamente y no por el hecho de la muerte de mi abuelo, sino porque se dedicó en cuerpo y alma a su fervor religioso. Hacía ayunos dos veces por semana, no comía carne de cerdo, ni de res, entre otras carnes. Rezaba casi a todas horas y todo le parecía pecado, hasta el simple hecho de lamer una paleta de manera sugerente, joder, solo era un niño. Todos los días me salía con un pecado nuevo: si te juegas ahí te vas a quemar en el mismísimo infierno, me decía cuando me rascaba por el prurito que tenía por las lombrices. Mi madre no me acostumbra a desparasitar como le sugería el doctor. No exageres mamá, le decía mi madre con hartazgo. Un día de estos el señor me llevará junto a él y desde ahí me reiré de todos ustedes, pecadores, blasfemos. Esas frases se quedaron grabadas en mi memoria. Era tanto su fanatismos que llegó a flagelarse los días de guardar de Semana Santa, la Semana Mayor para ser exactos. A solas hacía su viacrucis. Una vez la tuvo que llevar mi madre a urgencias por el dolor y la sangre que le salía a borbotones de la espalda. Señora, ya no está en edad de hacer esas cosas, un día se va a morir desangrada, le decía con un tono condescendiente el doctor. Ese día habrá fiesta en los ojos de mi Señor, le respondía extasiada mi abuela.
Pasó un año y medio y las cosas iban de mal en peor. Dejó de comer mi abuela y se encerraba en su cuarto a rezar día y noche. Una noche llegó algo alcoholizado mi padre a la casa y al sopor de los tragos le preguntó a mi madre por la actitud de mi abuela. Mi madre respondió resignada que mi abuela pretendía morirse en santidad. Por respeto mi padre no se cagó de la risa ese día. Está bien enferma tu madre, mejor intérnala en un hospital psiquiátrico o algo así ó mejor que le traigan a un Obispo, le proponía mi padre con ironía.
Antes de morir mi abuela me hizo jurar que llegaría a ser un sacerdote. La santidad, hijo, es el camino hacia Dios, me dijo casi sin aliento. Nada de eso hice, al contrario, mi vida está llena de pecado. Sólo me acuerdo de mi religión cuando tengo que pedirle un favor a un santito y nada más. Además, las señoras de la Vela Perpetúa son más hipócritas que el mismo diablo.
¿Por qué un religioso tienen que ser casto? ¡Chingaderas! Al fin de cuentas un ser humano fue hecho para sentir placer carnal, así nos creó Dios, según recuerdo haber escuchado en algún lado. El cuerpo lo pide, como diría mi padre. Creo que así se acabarían la pederastia, los embarazos entre las religiosas, la deserción de los sacerdotes, entre otras muchas situaciones que envuelven la Santidad de la Iglesia. De las riquezas de la Iglesia mejor ni hablo.
Datos personales
viernes, 24 de enero de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)