Invierno en los mares del recuerdo,
en los senderos que urgen tu presencia,
allá donde se vuelcan los sueños rotos,
en la codicia de un beso corto.
El olvido recala en mis aposentos
cuando tu boca se hace nudo en mi espalda
y las cálidas manos de tu vientre
muerden, sin querer, lo descalzo de una mirada.
Soledad en una foto que desentraña
los labios de una caricia tenue
cuando amanece en mayo
y muere al mes siguiente.
Invierno en los cielos del amor,
en la piel de tu alma que llora mi ausencia,
ahí, en ese lugar en el que vive,
sin querer, mi lánguida presencia.
El olvido recala en mis adentros
cuando tu placer cultiva en silencio
el tatuaje que dejaste en la piel,
dócil, y acerado, más que ayer.
Invierno en los mares del recuerdo,
en los senderos que urgen tu presencia,
allá donde te espera, queriendo,
todo mi ser.
Datos personales
jueves, 22 de marzo de 2012
martes, 20 de marzo de 2012
Sin miedo a mis besos
Pierde el miedo a mis besos,
déjate llevar por el impulso de tus ganas,
desgarra la necesidad en mi boca,
en las comisuras de mi alma.
Pierde el control de tu cuerpo,
encamina tus dedos a mis pensamientos,
a los senderos de mi hombría ciega,
al caudal de mis deseos.
Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
en las manecillas de las caricias
que en los labios llevo.
Suplica a la inconsciencia que detenga
el caminar pausado de tus arrebatos,
que nazca ese sueño en mis labios
y que muera en tu cuerpo.
Pierde el miedo a mis besos,
alójate en mis silencios,
detén el tiempo en un beso
al amanecer de nuestros sexos.
Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
deja que discurra en los océanos del destierro,
indómita aférrate a mi lecho.
Pierde el miedo a mis besos
que te esperan tímidos en el silencio,
deja que nazcan en mis labios
y que mueran en tu cuerpo.
déjate llevar por el impulso de tus ganas,
desgarra la necesidad en mi boca,
en las comisuras de mi alma.
Pierde el control de tu cuerpo,
encamina tus dedos a mis pensamientos,
a los senderos de mi hombría ciega,
al caudal de mis deseos.
Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
en las manecillas de las caricias
que en los labios llevo.
Suplica a la inconsciencia que detenga
el caminar pausado de tus arrebatos,
que nazca ese sueño en mis labios
y que muera en tu cuerpo.
Pierde el miedo a mis besos,
alójate en mis silencios,
detén el tiempo en un beso
al amanecer de nuestros sexos.
Duérmete en los brazos del tiempo,
a un costado del reloj que traigo en el pecho,
deja que discurra en los océanos del destierro,
indómita aférrate a mi lecho.
Pierde el miedo a mis besos
que te esperan tímidos en el silencio,
deja que nazcan en mis labios
y que mueran en tu cuerpo.
Urge tu cuerpo en mi cama
Urgen tus manos en mi cuerpo,
en los inciensos de este mar ardiente;
urgen tus caricias en mi alma,
en las góndolas de mi hombría sobria.
Espera los causes de esta libido,
las sonoras disputas de los besos
en los acantilados del deseo,
en la lujuria de tu voz.
Urgen tus pensamientos en los sueños,
sueños convidados al anonimato
de tu placer eclipsado,
ungidos de aromas y arrebatos.
Duerme a los pies de mi deseo,
en los recovecos de una insinuación
que muerde tus labios carmín
y nace en mi lengua desesperada.
Urge tu cuerpo en mi cama;
analítica la zozobra de las sábanas,
soberbia la inquietud de las almohadas,
insomnes los gemidos que aún no se oyen.
Desnúdate frente al espejo de mis ganas,
anuncia en mi espalda el inicio del cortejo,
muere candente en las manos del silencio,
acurrúcate en el cielo raso de la noche.
Urge demasiado tu cuerpo en mi cama;
ven pronto porque mañana
puede ser demasiado tarde
para en mí toda tenerte.
en los inciensos de este mar ardiente;
urgen tus caricias en mi alma,
en las góndolas de mi hombría sobria.
Espera los causes de esta libido,
las sonoras disputas de los besos
en los acantilados del deseo,
en la lujuria de tu voz.
Urgen tus pensamientos en los sueños,
sueños convidados al anonimato
de tu placer eclipsado,
ungidos de aromas y arrebatos.
Duerme a los pies de mi deseo,
en los recovecos de una insinuación
que muerde tus labios carmín
y nace en mi lengua desesperada.
Urge tu cuerpo en mi cama;
analítica la zozobra de las sábanas,
soberbia la inquietud de las almohadas,
insomnes los gemidos que aún no se oyen.
Desnúdate frente al espejo de mis ganas,
anuncia en mi espalda el inicio del cortejo,
muere candente en las manos del silencio,
acurrúcate en el cielo raso de la noche.
Urge demasiado tu cuerpo en mi cama;
ven pronto porque mañana
puede ser demasiado tarde
para en mí toda tenerte.
viernes, 16 de marzo de 2012
En tu amnesia arde mi piel
Quisiera advertir mi propia presencia y no puedo. Lo amaba tanto, más que mi vida; era el sol de mis entrañas, la luz tenue que alumbraba mi alma. El sabor de una piel se sumerge en mis adentros. Siento penetrar sus ojos en mi alma desnuda, en las carnes que aún están vestidas con telas livianas y frescas.
La rosa marchita que guardo en un libro polvoriento me recuerda la primera vez que nos amamos sin control. Era una noche de primavera, el calor estremecía todo mi cuerpo ansioso. Los arrebatos de mis pensamientos me hacían temblar, sucumbir ante la mirada cariñosa que aún no me había dado. El viento soplaba tenue, casi imperceptible, casi huraño, casi desnudo. El parque dormía con luces tristemente melancólicas, con desolados amarillos. Lo esperé por diez minutos y lo vi acercarse lentamente hacia mí. Traía unos vaqueros azules, camisa lisa de color blanco de mangas largas y unos zapatos casuales. El rostro recién rasurado, el cabello corto, - como lo acostumbraba traer -, una loción que olía a cítricos, - me encantaba sentir ese aroma en sus ropas, en su piel, - y una hermosa sonrisa.
Al llegar junto a mí me dio un beso tímido y reservado - se notaba nervioso. Le tomé la mano derecha y lo abracé fuertemente, como si quisiera inmolarme a su piel, ser un tatuaje perpetuo, la piel que por las noches lo cubría de caricias y pasión. Así apretaditos son fuimos a un departamento que había alquilado para la ocasión; el departamento era modesto pero cálido. Abrió la puerta y encendió las luces. La puerta, de una de las dos habitaciones, estaba abierta y nos dirigimos a ella colmados de ansiedad, caricias y besos. En el umbral de la puerta me empezó a desnudar lentamente, sus cálidas manos recorrían todo mi cuerpo, la necesidad que traían mis ganas a flor de piel, la humedad de mis ansias. El vestido de tirantes con estampado de flores se desvanecía a destiempo con los primeros jadeos. El coordinado de encaje me estorbaba para esos momentos. No dejaba de acariciarme y lentamente me dirigía a la cama que vestía sábanas blancas. Me recostó lentamente, se quitó la camisa, el cinturón y no lo deje quitarse los vaqueros; se los quería quitar, sentir su piel, olerlo.
Lentamente le quité los vaqueros, le mordisqué y lamí el vientre. Su miembro viril estaba palpitando, tibio, húmedo, duro. Lo tomé con la mano derecha y se lo apreté; cerró los ojos acompañado de unos jadeos suaves. Mis labios pusieron poca resistencia a ese manjar que emanaba pasión; lo metí a mi boca, mi lengua jugueteaba cadenciosamente. Por instantes se lo mordisqueaba, era un delicioso dulce afrodisíaco. Me recostó de nuevo y se fue directo a oler mi pubis, a lamer cada rincón de su estructura capilar. Llegó hasta mi botón rosa, la sensación de su lengua me embriagaba de gemidos y jadeos; apretaba los dientes insistiendo en no dejar salir más jadeos, pero era imposible.
Recorrió suavemente con sus manos todo mi cuerpo, no dejaba de besarme, de lamerme. Mis pezones estaban erectos y duros y sus dientes les daban más excusas para quedarse así. Nuestras lenguas se fundieron en un compás de seducción muda, de jadeos oblicuos y gemidos sordos. Me penetró lentamente y mi cuerpo se despojó de todo pudor, llegando a destiempo al placer pleno. Mi cuerpo recuerda cada caricia, cada embate, cada mordisco, hasta el cansancio de ese encuentro, que fue único.
No puede disimular mi piel este estremecimiento que me embarga toda. Esa estúpida forma de negarme a olvidarlo me está matando por dentro. Quiero deshacer el estremecimiento cuanto antes, huir de su boca, eludir las caricias y los arrebatos. ¡Nefasto!¡Imbécil! Tiene ese algo que aún me derrite, que me hace mordisquear los labios, acariciarme cuando pienso en él. ¡Maldito! ¡¿Cuándo podré arrancarte de mí?! No olvido el placer que me daba, las caricias parlotean a diario esas experiencias. No me importa jurar que jamás seré feliz con otro hombre que no fuese él. Su amnesia me ha dejado perturbada, histérica, loca. He intentado hacerle recordar todas esas experiencias y no se inmuta, su piel no da atisbos de esas caricias que mis labios tatuaron. Quiero sentir de nuevo esa hoguera que sé que tiene en sus adentros, esa pasión desenfrenada que sólo calmaba mi cuerpo, pero ya no sé cómo.
Son las diez de la mañana y tengo que ir a verlo de nuevo a la casa de su madre. Le llevaré una carta que él mismo escribió, está en clave. Ardo en deseos de que se acuerde de la última frase: "docuer elsgantea tua ganaen odeuanueremamoatea docuansia odeelsemaaenodeaenelssia uersiamoaueremaels" **
** Te amo y mi cuerpo tus caricias espera.
La rosa marchita que guardo en un libro polvoriento me recuerda la primera vez que nos amamos sin control. Era una noche de primavera, el calor estremecía todo mi cuerpo ansioso. Los arrebatos de mis pensamientos me hacían temblar, sucumbir ante la mirada cariñosa que aún no me había dado. El viento soplaba tenue, casi imperceptible, casi huraño, casi desnudo. El parque dormía con luces tristemente melancólicas, con desolados amarillos. Lo esperé por diez minutos y lo vi acercarse lentamente hacia mí. Traía unos vaqueros azules, camisa lisa de color blanco de mangas largas y unos zapatos casuales. El rostro recién rasurado, el cabello corto, - como lo acostumbraba traer -, una loción que olía a cítricos, - me encantaba sentir ese aroma en sus ropas, en su piel, - y una hermosa sonrisa.
Al llegar junto a mí me dio un beso tímido y reservado - se notaba nervioso. Le tomé la mano derecha y lo abracé fuertemente, como si quisiera inmolarme a su piel, ser un tatuaje perpetuo, la piel que por las noches lo cubría de caricias y pasión. Así apretaditos son fuimos a un departamento que había alquilado para la ocasión; el departamento era modesto pero cálido. Abrió la puerta y encendió las luces. La puerta, de una de las dos habitaciones, estaba abierta y nos dirigimos a ella colmados de ansiedad, caricias y besos. En el umbral de la puerta me empezó a desnudar lentamente, sus cálidas manos recorrían todo mi cuerpo, la necesidad que traían mis ganas a flor de piel, la humedad de mis ansias. El vestido de tirantes con estampado de flores se desvanecía a destiempo con los primeros jadeos. El coordinado de encaje me estorbaba para esos momentos. No dejaba de acariciarme y lentamente me dirigía a la cama que vestía sábanas blancas. Me recostó lentamente, se quitó la camisa, el cinturón y no lo deje quitarse los vaqueros; se los quería quitar, sentir su piel, olerlo.
Lentamente le quité los vaqueros, le mordisqué y lamí el vientre. Su miembro viril estaba palpitando, tibio, húmedo, duro. Lo tomé con la mano derecha y se lo apreté; cerró los ojos acompañado de unos jadeos suaves. Mis labios pusieron poca resistencia a ese manjar que emanaba pasión; lo metí a mi boca, mi lengua jugueteaba cadenciosamente. Por instantes se lo mordisqueaba, era un delicioso dulce afrodisíaco. Me recostó de nuevo y se fue directo a oler mi pubis, a lamer cada rincón de su estructura capilar. Llegó hasta mi botón rosa, la sensación de su lengua me embriagaba de gemidos y jadeos; apretaba los dientes insistiendo en no dejar salir más jadeos, pero era imposible.
Recorrió suavemente con sus manos todo mi cuerpo, no dejaba de besarme, de lamerme. Mis pezones estaban erectos y duros y sus dientes les daban más excusas para quedarse así. Nuestras lenguas se fundieron en un compás de seducción muda, de jadeos oblicuos y gemidos sordos. Me penetró lentamente y mi cuerpo se despojó de todo pudor, llegando a destiempo al placer pleno. Mi cuerpo recuerda cada caricia, cada embate, cada mordisco, hasta el cansancio de ese encuentro, que fue único.
No puede disimular mi piel este estremecimiento que me embarga toda. Esa estúpida forma de negarme a olvidarlo me está matando por dentro. Quiero deshacer el estremecimiento cuanto antes, huir de su boca, eludir las caricias y los arrebatos. ¡Nefasto!¡Imbécil! Tiene ese algo que aún me derrite, que me hace mordisquear los labios, acariciarme cuando pienso en él. ¡Maldito! ¡¿Cuándo podré arrancarte de mí?! No olvido el placer que me daba, las caricias parlotean a diario esas experiencias. No me importa jurar que jamás seré feliz con otro hombre que no fuese él. Su amnesia me ha dejado perturbada, histérica, loca. He intentado hacerle recordar todas esas experiencias y no se inmuta, su piel no da atisbos de esas caricias que mis labios tatuaron. Quiero sentir de nuevo esa hoguera que sé que tiene en sus adentros, esa pasión desenfrenada que sólo calmaba mi cuerpo, pero ya no sé cómo.
Son las diez de la mañana y tengo que ir a verlo de nuevo a la casa de su madre. Le llevaré una carta que él mismo escribió, está en clave. Ardo en deseos de que se acuerde de la última frase: "docuer elsgantea tua ganaen odeuanueremamoatea docuansia odeelsemaaenodeaenelssia uersiamoaueremaels" **
** Te amo y mi cuerpo tus caricias espera.
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