Conocí sus manos y sus amores. Me
recitaba todos los días el mismo poema de Neruda y se desnudaba lentamente para
cambiarse de ropa frente a mí. Cogíamos de vez en cuando; por los amores rotos,
decía. Solía visitarla los fines de mes, después de salir de la oficina.
Compraba un ramo de flores en el mercado Lucas de Gálvez y, a veces, algunos
panes dulces de la panadería La Vieja e iba a verla al cuartucho que alquilaba.
En ocasiones cuando llegaba se estaba bañando y la acompañaba bajo el chorro de
agua.
Poco a poco me contó su historia: sus
padres la habían vendido como sirvienta a Justino, un ranchero de Tizimín. Don
Justino la tuvo en su casa poco tiempo; prefirió ponerle una casa y tenerla
como querida. Me compraba ropa, joyas, zapatos, maquillaje, de todo, me contó,
pero tenía que coger con él y me daba asco el vejete ese. Se cansó de Justino y
se escapó. Llegó a Mérida con quinientos pesos en la cartera. Al llegar no
conocía a nadie y por lo guapa, y buena que estaba, se le acercó un tipo y
empezó a platicar con ella. En un par de horas la convenció para que fueran a
una fiesta. Ahí consumió de todo un poco: alcohol, mariguana y cocaína. Estando
toda drogada se la cogieron los invitados. Despertó con una resaca muy fuerte.
Me dolía hasta el culo, me dijo, no podía ni sentarme, ni cagar. Así estuve un
par de días. Al tercer día, el tipo, sin más, le puso una madriza y le dijo que
era su puta y que trabajaría para él. Si te pasas de lista te mato pendeja, la
amenazó. Así empezó con su carrera de puta. No le hacían falta clientes, era la
sensación, todos querían cogérsela.
Cuando la conocí ya estaba algo
perjudicada. De los encantos sólo quedaban los ojos color miel. Todo lo demás
ya estaba deformándose por la edad y los constantes desenfrenos con las drogas.
Aún así, cogía riquísimo. El primer encuentro sexual que tuvimos fue algo
rápido: apúrate papi que tengo otros clientes esperándome, me dijo, los
condones están en el cajón, a lado de la cama. Llamó mi atención un libro que
tenía en el cajón. Le quise preguntar pero estaba moviéndose frenéticamente y
me bañaba con sus jugos, era delirante. Con razón te buscan los hombres, dije,
lo sabes mover muy rico y tus jugos son deliciosos. Terminé y se bajó fatigada.
Te veo el próximo mes, dije, a la misma hora. Se empezó a carcajear. No me
creyó. Al mes siguiente estaba de nueva cuenta con ella. Así pasaron los meses
hasta que me atreví a preguntar por el libro. Es un regalo que me hizo un
compadre de Justino y me encariñé con un poema, dijo, me hace sentir hermosa.
Te lo voy a leer. Lo leyó delicadamente, al tiempo que movía las manos haciendo
ademanes declamatorios. Mejor cojamos, no me gusta estar de romanticona. Esa
noche prometió que me lo leería cada vez que estuviéramos juntos, era una forma
de agradecer mis atenciones y perseverancia: el mejor cliente frecuente.
De pronto dejó de cobrarme las cogidas y
por mi parte sólo iba a platicar con ella. Realmente cogíamos cuando nos
apetecía. Para las épocas de calor, la llevaba a dar la vuelta a las playas de Progreso.
Nos divertíamos mucho. Vente, vamos a lo hondo, dijo mordiéndose los labios,
quiero que me lo metas. Saber que nos veían la excitaba mucho. Me voy a venir,
dijo gimiendo, te amo. No dije absolutamente nada. Me dio un beso en la frente
y se zambulló con dirección a la orilla. En la oficina no dejaba de darme
vueltas lo que dijo: te amo. Son pendejadas, lo dijo al calor del momento,
pensé una y otra vez. No toqué el tema y jamás volvió a decírmelo.
Los días de su cumpleaños la iba a ver.
La felicitaba y le daba un pequeño presente diferente cada vez: ora un peluche,
ora unas flores. En un cumpleaños me mostró un tatuaje que se hizo debajo de su
seno izquierdo: atilep pawumañoc. Qué significa, le pregunté todo extrañado. Lo
vi en un pedazo de servilleta que dejó un cliente en el cajón de los condones.
Estaban escritas esas palabras y luego decía te amo, así que creo que eso
significa, respondió con un sonrisa ingenua.
Un domingo en la mañana fui a verla para
invitarla a desayunar cochinita pibil en el mercado Lucas de Gálvez. Toqué la
puerta y no abrió. Le grité para que abriera y tampoco lo hizo. Por el
escándalo, una vecina se acercó y me dijo que en la madrugada llegó una
ambulancia y se la llevaron a la Cruz Roja. Dicen por ahí que tuvo un
sobredosis, joven, me dijo, mejor vaya a la Cruz Roja, ahí debe estar. Me fui
como alma que lleva el diablo hasta la Cruz Roja. Le pregunté a una señorita
que estaba de guardia. Le di santo y seña de Briana. Trajeron a una mujer como
usted la describe, dijo, lamento decirle que falleció unas horas después de
haber llegado. Me confirmaron el diagnóstico: sobredosis con estupefacientes.
Me hicieron esperar treinta y seis horas
antes de entregarme el cuerpo para darle cristiana sepultura. Mientras la
enterraban en el panteón Florido recitaba, con melancolía, el poema de Neruda.