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jueves, 15 de mayo de 2014

Poema último



Conocí sus manos y sus amores. Me recitaba todos los días el mismo poema de Neruda y se desnudaba lentamente para cambiarse de ropa frente a mí. Cogíamos de vez en cuando; por los amores rotos, decía. Solía visitarla los fines de mes, después de salir de la oficina. Compraba un ramo de flores en el mercado Lucas de Gálvez y, a veces, algunos panes dulces de la panadería La Vieja e iba a verla al cuartucho que alquilaba. En ocasiones cuando llegaba se estaba bañando y la acompañaba bajo el chorro de agua.

Poco a poco me contó su historia: sus padres la habían vendido como sirvienta a Justino, un ranchero de Tizimín. Don Justino la tuvo en su casa poco tiempo; prefirió ponerle una casa y tenerla como querida. Me compraba ropa, joyas, zapatos, maquillaje, de todo, me contó, pero tenía que coger con él y me daba asco el vejete ese. Se cansó de Justino y se escapó. Llegó a Mérida con quinientos pesos en la cartera. Al llegar no conocía a nadie y por lo guapa, y buena que estaba, se le acercó un tipo y empezó a platicar con ella. En un par de horas la convenció para que fueran a una fiesta. Ahí consumió de todo un poco: alcohol, mariguana y cocaína. Estando toda drogada se la cogieron los invitados. Despertó con una resaca muy fuerte. Me dolía hasta el culo, me dijo, no podía ni sentarme, ni cagar. Así estuve un par de días. Al tercer día, el tipo, sin más, le puso una madriza y le dijo que era su puta y que trabajaría para él. Si te pasas de lista te mato pendeja, la amenazó. Así empezó con su carrera de puta. No le hacían falta clientes, era la sensación, todos querían cogérsela.

Cuando la conocí ya estaba algo perjudicada. De los encantos sólo quedaban los ojos color miel. Todo lo demás ya estaba deformándose por la edad y los constantes desenfrenos con las drogas. Aún así, cogía riquísimo. El primer encuentro sexual que tuvimos fue algo rápido: apúrate papi que tengo otros clientes esperándome, me dijo, los condones están en el cajón, a lado de la cama. Llamó mi atención un libro que tenía en el cajón. Le quise preguntar pero estaba moviéndose frenéticamente y me bañaba con sus jugos, era delirante. Con razón te buscan los hombres, dije, lo sabes mover muy rico y tus jugos son deliciosos. Terminé y se bajó fatigada. Te veo el próximo mes, dije, a la misma hora. Se empezó a carcajear. No me creyó. Al mes siguiente estaba de nueva cuenta con ella. Así pasaron los meses hasta que me atreví a preguntar por el libro. Es un regalo que me hizo un compadre de Justino y me encariñé con un poema, dijo, me hace sentir hermosa. Te lo voy a leer. Lo leyó delicadamente, al tiempo que movía las manos haciendo ademanes declamatorios. Mejor cojamos, no me gusta estar de romanticona. Esa noche prometió que me lo leería cada vez que estuviéramos juntos, era una forma de agradecer mis atenciones y perseverancia: el mejor cliente frecuente.

De pronto dejó de cobrarme las cogidas y por mi parte sólo iba a platicar con ella. Realmente cogíamos cuando nos apetecía. Para las épocas de calor, la llevaba a dar la vuelta a las playas de Progreso. Nos divertíamos mucho. Vente, vamos a lo hondo, dijo mordiéndose los labios, quiero que me lo metas. Saber que nos veían la excitaba mucho. Me voy a venir, dijo gimiendo, te amo. No dije absolutamente nada. Me dio un beso en la frente y se zambulló con dirección a la orilla. En la oficina no dejaba de darme vueltas lo que dijo: te amo. Son pendejadas, lo dijo al calor del momento, pensé una y otra vez. No toqué el tema y jamás volvió a decírmelo.

Los días de su cumpleaños la iba a ver. La felicitaba y le daba un pequeño presente diferente cada vez: ora un peluche, ora unas flores. En un cumpleaños me mostró un tatuaje que se hizo debajo de su seno izquierdo: atilep pawumañoc. Qué significa, le pregunté todo extrañado. Lo vi en un pedazo de servilleta que dejó un cliente en el cajón de los condones. Estaban escritas esas palabras y luego decía te amo, así que creo que eso significa, respondió con un sonrisa ingenua.

Un domingo en la mañana fui a verla para invitarla a desayunar cochinita pibil en el mercado Lucas de Gálvez. Toqué la puerta y no abrió. Le grité para que abriera y tampoco lo hizo. Por el escándalo, una vecina se acercó y me dijo que en la madrugada llegó una ambulancia y se la llevaron a la Cruz Roja. Dicen por ahí que tuvo un sobredosis, joven, me dijo, mejor vaya a la Cruz Roja, ahí debe estar. Me fui como alma que lleva el diablo hasta la Cruz Roja. Le pregunté a una señorita que estaba de guardia. Le di santo y seña de Briana. Trajeron a una mujer como usted la describe, dijo, lamento decirle que falleció unas horas después de haber llegado. Me confirmaron el diagnóstico: sobredosis con estupefacientes.

Me hicieron esperar treinta y seis horas antes de entregarme el cuerpo para darle cristiana sepultura. Mientras la enterraban en el panteón Florido recitaba, con melancolía, el poema de Neruda.


martes, 13 de mayo de 2014

El de siempre

Si bien dije que no iba a llorar, pero lo hice. Eloísa se desenfundó el vestido de coctel que llevaba puesto. No quería verla desnuda esa noche. Con maestría se soltó el brasier con una mano y lentamente se quitó la tanga, ambos de color negro. No te pongas cursi ahora Juan, deja esas pendejadas para otro momento, dijo acercando su desnudes, mejor hazme gozar. Estuvimos en un ir y venir de jugos y sudores hasta el amanecer. ¿No veremos luego? Pregunté trémulamente. Sólo guiñó el ojo derecho y me dio un beso en la frente. No quiero hablar de esas cosas ahora, deja que respire este delicioso aroma a sexo, me encanta, dijo y suspiro profundamente. Me mordió los labios y se marchó. Por la tarde salía su vuelo a Miami, en donde se encontraría con su prometido. Dejaría la oficina para dedicarse en “cuerpo y alma” a su nueva vida, así me lo decía de cuando en cuando. Llevamos más de cinco años de relación y no cambiará nada, me decía cuando tenía sus arranques de celos, no dejarás a la pendeja de tu esposa, insípida de mierda. Me enculé como un pendejo. Tenía esa manera de entregarse que me excitaba mucho, lo gozábamos deliciosamente cada vez que cogíamos. Sabía que me excitaba la lencería fina y se compraba modelitos muy sexys; aún conservo fotos de ella en lencería. A veces me encierro en el baño a masturbarme mirándolas.

Mi vida sexual empezó a girar entre películas pornográficas y masturbaciones matutinas. Sólo cogía con mi esposa para ser “el de siempre”. Un año después de la partida de Eloísa renuncié al trabajo y me fui a vender mariscos a Progreso. Siempre quise vivir en el puerto, amanecer con el rumor de las olas. Mi esposa me ayudó con la idea, cosa que le agradezco mucho. Un domingo de agosto vibró el teléfono celular. Mariscos Jade, en qué puedo servirle, dije con tono servicial. ¿Eres Juan Peraza? Preguntó la voz. Le respondí que si y empezó a insultarme a diestra y siniestra. Le colgué al pendejo. Un par de horas después entró a la marisquería el prometido de Eloísa, su ahora marido. Le preguntó a un mesero por mí y me señaló con el dedo. Estaba detrás del mostrador cuando se me acercó y me dio un madrazo en la cara. Caí de espaldas y enseguida los meseros agarraron al esposo de Eloísa. Me reincorporé con mucha dificultad. Sangraba mi boca. Le puse una madriza que no olvidaría por mucho tiempo. Los meseros lo sacaron a rastras y lo dejaron a media cuadra. Y a este hijueputa que le pasa, le dije a uno de los meseros. No le di importancia.

Quince días después me llegó un citatorio del Juzgado de lo Familiar para que me hiciera una prueba de ADN. Qué significa esto Juan, dijo mi esposa con ojos de furia, a quién puta te cogiste. No dije absolutamente nada. A los tres días me hicieron la prueba y realizaron el careo con el querellante: el esposo de Eloísa. El juez cotejó los análisis y asintió con la cabeza. Acto seguido, el juez dictó sentencia: De acuerdo a las indagatorias y los análisis presentados por ambas partes, se otorga la custodia de la niña Carmen Eloísa Bastarrachea Fernández a su padre biológico Juan Efraín Peraza Castellanos. Mi esposa no podía creerlo, se puso a llorar del coraje. Con una sonrisa estúpida se vanaglorió el esposo de Eloísa. Tragué saliva y me resigné a esperar lo peor, que estaba a punto de iniciar.

La trabajadora social me entregó a Carmen. Una hermosa niña de diez meses. Tiene los mismos ojos que Eloísa. Los hoyuelos los heredó de mí. Chinga tu puta madre, dijo mi esposa al tiempo que me daba una bofetada. La trabajadora social no pudo evitar sonreír. Me quedé por unos instantes petrificado sin saber qué hacer. Al reaccionar llevé a Carmen a casa de mis padres. Les conté la historia con Eloísa, cosa que no les cayó mucho en gracias, pero tenían a una nueva nieta. Ese mismo día, en la noche, mi esposa llevó toda mi ropa a casa de mis padres. No te quiero volver a ver en mi vida, pediré el divorcio, dijo llorando, jamás te perdonaré. Dos meses después me llegó el citatorio para el divorcio. Se dividieron los bienes y la custodia de mis otros dos hijos se le quedó a mi ex-esposa. Tuve que llegar a un arreglo con la marisquería: me comprometí a pagarle a mi ex-esposa la mitad del costo en un lapso de tres años.

Una vez pasada la tempestad empecé a cavilar sobre cómo pudo embarazarse Eloísa. No tenía sentido nada. Busqué a la madre de Eloísa para que me aclarara todas mis dudas y de camino llevarle a Carmen. Me contó que después de dos meses de matrimonio no se podía embarazar. El esposo estaba molesto y la insultaba constantemente. El problema no era que ella no pudiera embarazarse, sino que el marido tenía un conteo bajo de esperma. Eloísa recurrió a la inseminación artificial a escondidas de su esposo. Ya no recordaba que en alguna ocasión una pareja de lesbianas, amigas de ambos, fueron a pedirme el favor para que fuera donador para que pudiera tener un hijo; acepté con una condición: no quiero saber nada del bebé. Esa donación no fue para ellas, sino para Eloísa, que vino ex profeso a México para que fuera inseminada. El esposo casi se la cree, pero quería cerciorarse de que efectivamente fuera hija suya. Sin salida, Eloísa le contó lo de la inseminación y casi la mata a golpes. En venganza el esposo decidió entregarme a Carme y dejar cautiva a Eloísa en su “palacio” de Miami. No te había dicho nada, hijo, porque ese maldito nos amenazó con matar a Eloísa y a la niña, es un loco, me dijo la madre de Eloísa, tememos por la vida de Eloísa. Se me hizo un nudo en la garganta. Bien me pudo haber matado en la marisquería si hubiese querido. Tiene una puta mente retorcida el cabrón.

Después de un año, compré una casa pequeña en Progreso y me fui a vivir con Carmen ahí. Ya no soy el de siempre. La marisquería nos da para medio vivir, sin grandes lujos. Cada que puedo le cuento sobre Eloísa para que no se olvide de ella. Ya estoy aprendiendo a hablar en inglés y acepto dólares en la marisquería. Pronto aceptaré tarjetas de crédito. Carmen está iniciando la escuela primaria. No he vuelto a saber nada de Eloísa y aún me masturbo viendo sus fotos.





miércoles, 7 de mayo de 2014

Una puta por regalo


La primera imagen que rescató el recuerdo fue la desnudez de Marla, una puta que se paseaba todas las noches en la misma esquina de la avenida Itzaes. Nadie sabe para quién trabaja, me dijo, aprovecha bien tu dinero galán. Le sonreí discretamente. Esa noche cumplía veinticinco años y para festejar quería tener sexo salvaje. Lo pensé unos momentos y me decidí. Cuánto cobras, dije, quiero algo especial, es mi cumpleaños. Por mil pesos te hago lo que quieras, dijo acariciándome las mejillas, eres tan lindo. En dónde está tu carro. Le señale un viejo Ford Ikon. Vamos al motel Maracay, ahí me dan tarifa especial, dijo guiñando el ojo.

Entramos al cuarto. Me llamo Marla, dijo antes de desnudarse. Sus pechos eran enormes y flácidos, pubis rasurado y nalgas llenas de celulitis. Casi salgo corriendo. Siempre imaginé a las putas como en las revistas y las películas pornográficas: perfectas. Por ser tu cumple te daré una gran mamada, dijo, bájate los pantalones. Empezó a devorar mi verga flácida. Una erección empezó a gestarse en cada lamida. Se detuvo. No quiero que te vengas todavía, quiero que pruebes otras cosas. No soporté más. Chinga tu madre, me das asco, dije encabronado. Me dio una bofetada y se la respondí con un madrazo en la quijada. Se cayó de espaldas. La empecé a patear por todos lados. Me cansé. Le tiré los mil pesos y salí.

El chirriar de la puerta del motel me devolvió al presente. Me llamo Megan, dijo antes de desnudarse.

Dinero sin valor



Me levanté mecánicamente de la cama. La felicidad me estorbaba. Lárgate imbécil, eres un monstruo, me dijo aquella puta, tu dinero no vale nada. Mírate al espejo papito, siguió diciendo irónicamente, estás re-feo. Los anuncios en la calle mentían: Hacemos realidad todas tus fantasías. Cabizbajo recorrí el cuartucho. Antes de salir le di un madrazo en la cara a la puta. Cayó sobre la cama y ahí la estrangulé. Sus ojos llenos de terror me miraban desorbitados. Quise dejarle unas monedas, pero mi dinero no vale nada. Le di cien pesos de propina al gordo maloliente que cuidaba la entrada y respiré profundamente. Una sonrisa discreta se dibujó en mi rostro amorfo.

lunes, 5 de mayo de 2014

Si hoy me muero

Interrumpió el silencio la desnudez de Ariadna. Ella jugaba a ser la dominante. Con ojos felinos y boca seductora se aproximaba a mí. La dejé actuar a sus anchas. Hueles a sudor y eso me excita demasiado, dijo ella, mis pezones ya están duros y aún tu lengua no los prueba. No tenía ganas de nada, mis ansias se habían ido junto con la estúpida idea de que esa madrugada moriría. No tengo ganas, dije mirándola con lástima, deja de jugar y lárgate. No seas un hijueputa, deja que te de placer y de camino yo también lo gozo, dijo acariciándose el sexo, total si te mueres hoy estarás bien cogido. Sin las menores intenciones de coitar con ella nos enfrascamos en una lujuria sin freno.

La dejé dormida y me vestí parsimoniosamente. Las botas me pesaban mucho. Me colgué las placas militares en el cuello y salí del cuartucho nauseabundo. Me esperaba una larga travesía por las calles desiertas. Las tropas disidentes estaba calmadas esa madrugada. Magaña, deja de fumar y larguémonos de aquí, dije, deja un poco para cuando estén lloviendo los madrazos. Un estruendo me puso alerta. Los balazos iban y venían por todos lados. Encendí un cigarro de mota y le di un largo toque. Puta madre, Magaña, ya me dieron, grité. Magaña no respondió, estaba inerte. Apreté los dientes por el dolor. Lo último que recordé fueron los labios de Ariadna y lo que me dijo: si te mueres hoy… Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro inerte.