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jueves, 26 de agosto de 2010

Escriben las lágrimas

Escriben las lágrimas estas líneas insomnes y melancólicas. Ellas mueren en el sopor de una despedida que hace mucho dejaste. Cuidan las heridas aún sangrantes, limpian con distancia la soledad. El llanto se calla con una sonrisa hecha mueca. Siguen escribiendo en libros desconocidos, leen versos escondidos, criban letras tatuadas con dolor. Los años pesan en las ganas, sufren en las sienes, añoran en la oscuridad, muerden soledad cuando tú no estás. A merced de los lirios se evaporan los besos que la almohada acurruca en su alma fría. Los níveos cabellos calan las esperanzas de volver a verte. Esos ojos tristes que nacieron en mis ardores resucitan, de cuando en cuando, en la memoria tácita de mi lujuria. Buscan, las lágrimas, soportar esa hoja de papel llena de borrones, tempestades y muerte agónica. Escriben las lágrimas estas líneas para despedirse en silencio de tu recuerdo. Me espera, vestida de holanes y sedas, la muerte. Iré acompañado, sin reparos, de esta ingente soledad. He dejado un beso pálido asido a la hoja de papel… por si alguna vez te acuerdas de mí.

viernes, 6 de agosto de 2010

Contenida pasión

Deseo tanto despojarte de los laureles que ciñen tu vientre, esa moldura de girasoles que anida en tus besos, aquella rosa vulnerable que cultivas en tus anhelos. Siento morir en tus arrebatos de ígnea mujer. El silencio se acurruca en las letras y en los pasajes de esos libros que guardo dentro del corazón. Repasaré uno a uno los jardines de tu boca al amanecer y sorberé su rocío exquisito. Aún escucho tus gemidos y el retorcer de tu cuerpo bañado de pasión. Las horas insisten en repetirme cada línea oculta de tu intimidad. La lengua guarda el sabor de tu alma. Encenderé de nuevo la vela que está a medio morir y te esperaré paciente. El champagne te espera y las fresas igual.

martes, 3 de agosto de 2010

El llanto de un violín

La mañana luce acorralada por la tristeza. El sol se desgaja amoratado. La boca predica un credo sin Dios. Poco o nada sirve para acomodar un mar de lágrimas insonoras. Despierta agónica la esperanza para suspirar tu aroma. El tiempo vaga por mis dedos artríticos y los dolores secundarios de la vejez. El té frío se frunce con los labios resquebrajados. Qué importa comer. No me dan ganas de llorar, sin embargo se anuda la garganta. En medio de la mesa un periódico amarillento oculta tu rostro – verano del 1940. Un violín suena a lo lejos – llora con sentimiento propio. Me aferro a la silla. Veo tu rostro estremecerse recostado en mi pecho. El aire tarda en llegar a los pulmones. La mañana se libera. El sol enfría el llanto del periódico. Siento tus manos tersas en el rostro. Se oye una detonación. El violín sigue llorando. Cabalgo en tu sonrisa de manantial. Me besas con pasión. Esquivo al sol con el ramo de flores que llevo en la mano derecha. Los holanes del vestido blanco juguetean con la brisa tibia. Una voz clama: “¡Respira!”. Te ciño a mi cuerpo. Juntos por vez primera. Sólo escucho tu voz. Un te amo trastabilla entre tu espalda y mi boca. El día luce desvelado. El periódico amarillento se ha quedado olvidado junto con la taza de té y los ecos del llanto del violín. La noche calla y el violín ha vuelto a llorar.