Cuando la vida agoniza, la esperanza se hace menos en la boca y en el alma... es mejor morir.
Datos personales
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Sin más, olvidado
Sin más, dejo de obedecer a los impulsos de una noche sobria junto a ti. He meditado el morir, vano es hacerlo. Empaqué simplemente un poema que nació en un cuadro sepia de tintes agónicos, ella amándolo y él muriendo lento. Cada vórtice de la impaciencia se va anclando en un desierto de mares escondidos. La luna inquieta se relame las estrellas fugaces que regurgita el universo discreto de mi parábola sinusoidal, el olvido del cuerpo de carente caricia.
Sin más, los años ciñen sus dedos cenizos en los deseos pulcros, lujuriosos, secretos, obscenos, inocuos. Pensé – o creo que lo repetí más de una ocasión-, mañana mutará el girasol para dejar al sol de lado e inmolarse a la luna ciega de amores. La rata se sobresalta al roer la última frase del poema: “… me has olvidado sin querer y yo muerto al atardecer.”
Sin más, la muerte estrecha los suspiros de la maleta que yace olvidada en un rincón inhóspito de una terracería. Se va huyendo la rata. Sentado, desnudo, espero a que la muerte llegue con la maleta vacía. Cae la tarde y, sin más, he muerto olvidado sin querer.
Sin más, los años ciñen sus dedos cenizos en los deseos pulcros, lujuriosos, secretos, obscenos, inocuos. Pensé – o creo que lo repetí más de una ocasión-, mañana mutará el girasol para dejar al sol de lado e inmolarse a la luna ciega de amores. La rata se sobresalta al roer la última frase del poema: “… me has olvidado sin querer y yo muerto al atardecer.”
Sin más, la muerte estrecha los suspiros de la maleta que yace olvidada en un rincón inhóspito de una terracería. Se va huyendo la rata. Sentado, desnudo, espero a que la muerte llegue con la maleta vacía. Cae la tarde y, sin más, he muerto olvidado sin querer.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Muerte prematura
Los ojos de Lucila se mecían en los vientos de agosto. El verde esmeralda de sus pensamientos se volcaban en las ansias férreas que tenía de morir. La minúscula atracción de su cuerpo al dolor le daba un placer indescriptible, era mejor que una droga sintética. A los quince años probó la marihuana, a los dieciséis la cocaína y la heroína a los dieciocho. En las comisuras de la boca se resecaba un sabor amargo, era una mezcla de alcohol y estupefacientes. Agonizaba en el rencor de una vida vertiginosa con atavíos de promiscuidad. La sed de morir se reflejaba en los ojos llenos de hileras de sangre. El mañana no existía en su paupérrimo vocabulario. La delgadez de su cuerpo y la altura le abrieron las puertas para que tuviera un ingreso extra como modelo. Al finalizar alguna pasarela se divertía como nunca en las fiestas donde los excesos eran característicos.
Llegó la noche y con ella una sobredosis. La encontraron, desnuda, en un pequeño apartamento en la lujosa privada “Los potrillos”. Nadie reclamó el cuerpo, lloró o le dio sepultura. La fosa común fue su destino final. Una esporádica nota roja, en un diario amarillista, en la página seis en la parte de media inferior tenía un pequeño título: “Muerte prematura. Joven modelo sucumbe ante las drogas.”
Llegó la noche y con ella una sobredosis. La encontraron, desnuda, en un pequeño apartamento en la lujosa privada “Los potrillos”. Nadie reclamó el cuerpo, lloró o le dio sepultura. La fosa común fue su destino final. Una esporádica nota roja, en un diario amarillista, en la página seis en la parte de media inferior tenía un pequeño título: “Muerte prematura. Joven modelo sucumbe ante las drogas.”
viernes, 4 de septiembre de 2009
Cuando ya no me quieras
Tengo la tristeza agazapada en los nudillos del dolor. La flor de la soledad reverdece en los campos bajos de los atardeceres que jamás olvidaré. La música se desvela en el pecho que cae derrotado en las fauces de la incredulidad de una adiós abarrotado de lánguidos sollozos. El cielo añora la sombra de tus besos guardados en el cajón de la pasión que vive en tus tibios senos y se enerva en tu pubis frondoso. El paraíso se ha convertido en infierno, las manos finas en toscas necedades de silencio. Se destroza la esperanza de llegar al final del camino que labré para los dos, las ansias dementes culminan en hondo pesares. La voz se pierde entre las letras que dibujan un universo carente de ti, entre un sol de desgastados brillos oblicuos, entre noches vacías de fugaces estrellas. Moriré en cualquier lugar, no importa dónde, sólo sé que moriré cuando tú ya no me quieras. Tengo la tristeza agazapada en los nudillos del dolor, y lloro, porque un instante no te he dejado de querer.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)