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miércoles, 28 de octubre de 2015

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 2



Desperté a las cinco de la mañana. Gerardo estaba dormido. Entré al baño, como era mi costumbre, primero me senté en el inodoro y luego a bañarme. Cuando me rociaba el sexo con el chorro de agua, de la regadera extensible, se me puso duro. Sin darme cuenta ya me estaba masturbando lentamente. Oí que intentaron abrir la puerta. Me quedé a medias y terminé de bañarme. Salí y entró Gerardo. Sus maletas ya estaban listas para el viaje de regreso. Me terminé de arreglar y lo esperé para ir a desayunar. Para el desayuno había huevos con jamón, enchiladas verdes y rojas. En la mesa de la esquina, había fruta picada,- melón, plátano, sandía y papaya-, dos jarras de leche; otras dos de jugo de naranja; una de café instantáneo. Pedí huevos con jamón, algo de fruta y jugo de naranja. Gerardo pidió enchiladas verdes y café. Estábamos por irnos a sentar cuando entró La diva sonriendo. Pidió huevos con jamón y jugo de naranja. Se sentó a mi lado. En el altavoz se escuchó: “La lancha llega en quince minutos. El personal del cambio de guardia, favor de ir al patio de maniobras”. Gerardo no terminó su desayuno y salió del comedor. Nos quedamos solitos, dijo La diva. Sonreí nervioso. Desde ese momento supe que lo iba a tener junto a mí los días restantes de mi guardia. Suspiré resignado. Me empezó a contar sus historias. Ahí supe que había tenido varios compañeros sexuales que sólo le sacaban dinero. Mi error, dijo, fue decirles a esos pendejos que trabajo en plataforma. Ellos saben que pagan muy bien, pero el encierro es una chinga. Le dio un sorbo al jugo de naranja. ¿Y tú qué tal?, preguntó con una sonrisa sensual. Verlo ahí, contando sus historias amorosas, me dio escalofríos al principio, luego me acostumbré. Para ese entonces, no había tenido una relación seria y estaba soltero y sin compromiso. Nada, le contesté, estoy soltero. Le brillaron los ojos al muy cabrón. Terminamos de desayunar y cada quién se fue a su camarote.

Cuando entré al camarote el sol se filtraba por la única ventana que había. Cerré la puerta y decidí que la litera de abajo sería mía-, sólo yo estaba en ese camarote. Me recosté un rato y cerré los ojos. A los cinco minutos, entré al baño, me cepillé los dientes y fui a la oficina. Encendí la laptop y continué revisando la bitácora y los cambios que debía realizar. A la media hora llegó el jefe con una taza de café en las manos. Se sentó y encendió el par de bocinas que tenía sobre su escritorio. Se empezó a escuchar salsa romántica. Esto sí es música, dijo satisfecho. A las once de la mañana, recibí una llamada. Era Francisco para reportarme un error del Sistema de Captura. Colgué y fui a verlo. Estaban comiendo botanas. ¡Llégale!, dijo Oscar. Agarré un puño y me acerqué al escritorio de Francisco. Me explicó los pasos que siguió y en qué momento le aparecía el error. Tomé nota y le dije que lo revisaría. Aprovechando el viaje, decidí recorrer, por mi cuenta, Ek Balam. Me empecé a perder por los diferentes pasillos que tenía. De cuando en cuando, me topaba con algún trabajador. Unos no hacían mucho caso a mi presencia; otros me miraban con ojos escrutadores, como preguntando: ¿qué chingados haces por aquí? Apartaba la mirada y seguía caminando. En uno de los pasillos, me encontré con gente durmiendo en el piso, usando las mochilas como almohadas. Pasé junto a ellos muy despacio, procurando no pisarlos, por lo estrecho del pasillo. Decidí que era suficiente y regresé a la oficina. El ritmo de la salsa había cambiado, era más movida. Decidí ponerme los audífonos y escuchar la música que tenía en la laptop.

A las dos de la tarde, fui al comedor. Cuando llegué, los capturistas ya estaban sentados comiendo. La diva mi hizo una seña con la mano para que fuera con ellos. Ese día hicieron pollo alcaparrado, pierna de cerdo envinada y ensalada rusa. Pedí el pollo alcaparrado. Me senté a lado de David. La conversación giraba en torno a las películas que estaba en cartelera en esos días. ¿A ti qué películas te laten?, preguntó Francisco. Las de suspenso, respondí. La plática divagó un rato y fue entonces cuando pregunté por esa gente que dormía en los pasillos. Esos trabajadores son de otras plataformas que vienen a dormir aquí, dijo, ya que igual dan servicio de dormitorios. Los que duermen en el piso no alcanzaron camarote y ya no había tampoco “camas calientes”. Me quedé sorprendido con ese término, pero no dije nada. Terminamos de comer y me fui al camarote a cepillarme los dientes. Regresé a la oficina a las tres de la tarde. Ya no había música. Me puse los audífonos y continué trabajando.

A las ocho de la noche, fui a cenar. No vi a ningún capturista. Me serví un poco de cereal, un par de hot cakes y un vaso con poca leche. Regresé al camarote. Abrí la puerta y la litera de abajo tenía una sábana alrededor, a manera de cortina. Me quedé sorprendido. Gerardo me había comentado que sólo yo estaría en el camarote y que me cuidara de no meter a gente extraña y hacer cochinadas. Cuando dijo “cochinadas” se empezó a carcajear. Cerré la puerta despacio. Fui a buscar el cepillo de dientes al locker. Le puse pasta e intenté abrir la puerta del baño. Estaba cerrada, así que dejé el cepillo en el locker y regresé a la oficina. Una hora después regresé ya dispuesto a dormir. Al abrir la puerta, estaba sentada, en la litera de abajo, una mujer, de cuerpo algo grueso, y a su lado estaba un hombre de barba, igual algo grueso. Estaban platicando casi en silencio, susurrando. Sólo estaba encendida una lámpara de lectura acondicionada a un costado del locker. Buenas noches, dije. Buenas noches, respondieron al unísono. El tipo se levantó. Luego seguimos platicando, dijo y salió. Hola, soy Carla, dijo con una sonrisa franca. Hola, dije extendiéndole la mano, soy Arquímedes. En ese momento me di cuenta que lleva puestos un short y una playera holgada. Hoy voy a dormir aquí, dijo sin vacilar. Espero no te moleste que haya ocupado la litera de abajo. No, para nada, respondí. Buenas noches, dijo antes en acostarse en la litera y bajar la sábana-cortina. Entré al baño, me cepillé los dientes y cambié de ropa. Al salir, subí a la litera a dormir o intentar hacerlo. Saber que había una mujer debajo de mí, me excitaba un poco. Intenté dormir, pero no pude. Leer un poco servirá, pensé y bajé por el libro de José Saramago. Leí unas diez páginas y cerré los ojos. En el duermevela, oí gemidos apagados. Iba a bajar para ver que sucedía, pero recordé que Carla estaba ahí. Su respiración se hizo más agitada y las literas se movían un tanto. Me moví y no se percató. Concentré mi atención en esos gemidos e imaginé al hombre barbudo sobre Carla, metiéndoselo a diestra y siniestra. Me excité al instante y empecé a masturbarme, cuidado el no hacer ruido, ni movimientos bruscos. La adrenalina estaba al cien. Oí un gemido ronco: el tipo había terminado. Segundo después, ahogué un gemido al eyacular y manchar mi ropa interior. Poco después, unos susurros se escucharon. Espero, dijo Carla aún recuperando el aliento, que no nos haya descubierto Arquímedes. No creo, dijo el barbudo, duerme como tronco. Lo entraño, continuó, es que dejó de roncar. No podía bajar a cambiarme de ropa, iba a ser muy obvio. Tenía que esperar a que se fuera el barbudo. La liviandad que ofrece la masturbación, y el cansancio, me vencieron y me dormí profundamente. No supe a qué hora salió el tipo barbudo del camarote.

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Noche melancólica



En el octavo día, me sentí tan solo. Miré por un par de horas el techo del camarote. Después de cenar y cepillarme los dientes, me tumbé en la litera de arriba. Por inercia agarré el libro de José Saramago. Empecé a leer. Dos párrafos después, dejé la lectura y me puse ver el techo inexplicablemente. Suspiraba largamente. 

Recordé a Ivana, con quien tuve mi primera relación sexual. Tenía diecisiete años en ese entonces; ella tenía veinticinco y trabajaba como mesera en un bar, fichando. Rodulfo, mi mejor amigo, me llevó ahí a tomar los tragos para festejar sus dieciocho años. Eran las diez de la noche cuando llegamos. Ivana se acercó a nuestra mesa. Era pelirroja y de piel blanca. Cuando sonreía se le marcaban los hoyuelos. Llevaba puesta una minifalda, un top ombliguero y zapatillas de punta de aguja. Se sentó en las piernas de Rodulfo. Empezó el “estira y afloje” para conseguir fichar. Rodulfo negó con la cabeza, no sin antes acariciarle las piernas torneadas y restregar sus narices en los pechos de tamaño medio. Sus ojos cafés oscuros me hipnotizaron. Pedimos un par Coronas. El mesero nos trajo un plato con papa en cuadritos y cilantro y calabaza frita. De pronto, me sorprendí buscando a Ivana. Estaba sentada en la piernas de un gordo de guayabera blanca de mangas largas-, al parecer funcionario de la Presidencia Municipal-, sonriendo y regalando caricias. Una hora después, sin razón aparente, regresó a la mesa. Me puedo sentar, me preguntó señalando una silla vacía. Sí, le respondí. Resopló con hastío.  Ya estoy algo cansada y harta de esos hijueputas políticos. Sólo quiere manosear sin pagar. Hola, dijo al darme un beso en la mejilla, soy Ivana. Arquímedes, dije respondiendo al beso. A él ya lo conozco, dijo con un ademán despectivo hacia Rodulfo. Levantó la mano y el mesero se acercó a ella. Tráeme una cuartita, Chucho, dijo, va por mi cuenta. Asintió con la cabeza y se fue. Me caíste bien, dijo acercándose más a mí. Hicimos química o algo así, dijo divertida. Vinieron luego más cervezas y ella contándonos sus aventuras con los clientes. Una vez, dijo, vino la esposa de un tal Cervera y me sacó a rastras del bar. No se fue limpia la vieja esa, continuó, le di buenos madrazos. Nos carcajeamos. En tres ocasiones fue el mesero a decirle que tenía que fichar y ella sólo decía: “estoy cansada y estoy pasándola bien con unos amigos”. Hicimos cuentas rápidas y decidimos pedir la cuenta. Sólo nos quedó para el taxi de regreso. ¿Ya se van?, preguntó Ivana haciendo pucheros. Se veía tan ridícula que nos empezamos a reír. Sí, respondí hipando. No te vayas, dijo agarrándome la mano, quédate un ratito más, ya casi salgo. Ya no tengo dinero, respondí sacando las bolsas de mi pantalón. No importa, arremetió, yo te invito. Rodulfo sólo se encogió de hombros incrédulamente. Me quedo entonces, dije y fui al baño. Al regresar ya no estaba Rodulfo e Ivana estaba hablando con el mesero en la barra. Cuando regresó, empezó a besarme y acariciarme el sexo. Casi me voy de espaldas por la euforia con que me acariciaba. Nos empezamos a reír.

A las tres y media encendieron las luces y apresuré a subirme el cierre del pantalón, ya que Ivana hábilmente había sacado mi sexo de entre las ropas. Es hora de irnos, dijo, ahora vuelvo. Se fue a la barra. Le entregaron un sobre y regresó por mí. Un taxi la esperaba en la parte trasera del bar. No subimos y empezaron las caricias de nuevo. El taxista, de cuando en cuando, nos veía por el espejo retrovisor. No supe a donde iba, ni presté atención a las calles por las que pasamos. Recuerdo que llegamos rápido al edificio donde ella tenía alquilado un departamento austero. Antes de bajarnos, le dio un billete al taxista. ¿Mañana a la misma hora?, preguntó dubitativo. Sí, respondió Ivana algo distraída. El departamento estaba en el primer piso. Al abrir la puerta, un aroma dulce nos golpeó de lleno en el rostro. Me gusta la aromaterapia, dijo antes de encender las luces. Era un lugar cálido y discreto. Había muchas plantas y ningún retrato. En las paredes había, colgadas, pinturas de paisajes. Quieres tomar algo, preguntó solícita. Negué con la cabeza. Esta es mi humilde depa, dijo despojándose de las zapatillas. Con los tacones se veía más alta que yo, pero al quitárselos ya no lo era tanto. Cuando tomó mi mano para irnos al cuarto, empecé a sentirme nervioso. Tragué saliva. Me ruboricé. Hubo un silencio incómodo. ¿Qué te pasa?, preguntó consternada. Bajé la mirada. Soy virgen, balbuceé. Creí que se cagaría de la risa y no fue así. No dijo nada. Me dio un beso en los labios y entramos al cuarto.

Lentamente empezó a desnudarme. Palmo a palmo exploraba cada centímetro de mi cuerpo. Por ella supe cuales eran mis zonas erógenas. Me tomó de las manos y me indicó, en silencio, qué hacer con ella. Mis manos, temblando un poco, empezaron a desnudarla cuidadosamente. Mis labios recorriendo los suyos. Las lenguas jugueteaban suavemente. Se recostó en la cama bocarriba. Me agarró de la cabeza y guió mi lengua hasta su sexo. El Monte Venus estaba algo frondoso y el clítoris era un delicado botón rosa. Lo lamí con algo de miedo. Insistió en que acelerara los movimientos de mi lengua. A partir de ahí, ella tomó el control en la cama. El cuarto se llenó de una sinfonía de jadeos y gemidos. Entraba y salía de ella una y otra vez. El sudor nos empapaba la piel, las sábanas. Lo hicimos tres veces. Nos quedamos dormidos, completamente exhaustos.

Cuando desperté ella ya no estaba en la casa. Había salido de compras con algunas de las chichas del bar, según decía el recado que dejó sobre el buró. Me vestí y me fui a mi casa. Eran fecha de exámenes en la escuela así que se me complicaba ir a verla al bar, además me gasté los ahorros aquella noche con Rodulfo. Cuando regresé para verla, me dijo el mesero que se había ido a Guadalajara porque falleció su mamá y posiblemente ya no regresaría a Mérida. Estuve deprimido una semana. Para desahogarme, intenté escribir. Era miércoles por la noche, estaba en mi cuarto y no podía dormir. Miraba el techo y la luna se filtraba entre las cortinas. Me paré, agarré lápiz y cuaderno y escribí:

Me siento nostálgico. Sí, así es. No por no verte, ni por no hablarte; es más la necesidad de acurrucarme en tu espalda, al compás de tu respiración pausada. Ayer vi una luna amarilla en el horizonte de un cielo bajo. Recordé tu piel desgajándose en mis manos. Sentí nostalgia. Me detuve a contemplar esa luna, que tibia se reflejaba en las aguas de un mar en calma. Hurgué en mi piel para retomar esas caricias que se quedaron a medias, que nacieron con un beso tuyo y se marchitaron con la distancia de tu piel. Quería atrapar, en una botella, esa pasión que me entregabas a manos llenas y volver a ti, mi mar de aguas mansas. La nostalgia duele cuando lejos de mí tú estás.

Cerré los ojos e intenté conciliar el sueño. Ivana, Ivana, repetía mentalmente. De nuevo, el cansancio me volvió vencer.


jueves, 22 de octubre de 2015

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 1



Llegamos a la terminal de Ciudad del Carmen a las 5:30 de la mañana del miércoles. Recogí la maleta y salí en busca de un taxi que me llevara al muelle de embarque. Había varios taxistas esperando. Me subí al más cercano. Al muelle, dije al entrar.  El taxista se puso en marcha. Recorrimos las calles semioscuras y desiertas. Un miedo me invadió el cuerpo. Y si este pendejo me está llevando a otro lugar para asaltarme, pensé, o quizá violarme. Respiré profundo para calmarme. Sólo el ruido del motor y las llantas rodando en el pavimento nos acompañaban.

Al llegar al muelle, suspiré aliviado. Había gente por todos lados, con maletas cargando; otros desayunando en las pequeñas fonditas; otros más durmiendo dónde se podía. Le pagué al taxista y me bajé. El aroma de la comida llegó hasta mí. Quise comer algo, pero los nervios me quitaron el apetito. Me sentí solo. Entré a las oficinas de embarque y me senté. Dos horas después nos avisaron que la lancha llegaría en diez minutos. El Líder me aconsejó que estuviera pendiente de las paradas que hiciera la lancha, ya que repartía gente por todo el complejo (así le llamaban al grupo de plataformas que estaban relativamente cerca una de la otra). Me dirigí, junto con el resto de los pasajeros, al puente de embarque. La subida fue complicada por el peso y el tamaño de la maleta. Detalles menores, pensé.

De pronto, un olor hediondo me dio de lleno en la cara: pescado putrefacto, sal y fibra de vidrio. Aguanté un poco la respiración. Dejé la maleta a un lado y me senté en uno de los asientos que tenía adecuado la lancha para los pasajeros. Otros prefirieron quedarse parados o recostados en la piso. El vaivén de la lacha, fruto del oleaje del mar, me provocó una leve arcada. El viaje sería un calvario. Me forcé a cerrar los ojos y respirar lentamente para no vomitar dentro de la lancha.  Mientras más transcurría el tiempo, el vaivén de la lancha se hacía más agresivo: el agua del mar entraba por las ventanas y nos rociaba.  El periplo duró más de cuatro horas, de las cuales, a la tercera tuve que salir a la proa y vomitar para aliviar un poco el malestar. Me quedé afuera. El viaje fue más placentero ahí. Ver las enormes plataformas era un espectáculo increíble: grandes extensiones de construcciones con maquinaria pesada elevadas a cientos de metros sobre el nivel del mar. Algunas parecían edificios flotantes con ventanales diminutos. Otras remataban con torres de perforación humeando, que por las noches ofrecían un espectáculo de luz y sombra sobre el mar, de película hollywoodense.

Una voz gritó: “¡Ek Balam!”. Entré a buscar la maleta como disparado por un resorte. La maniobra para subir, dado que no había puente de enganche, sería por medio de una canastilla sujeta a un brazo de grúa, a la que llamaban: la viuda. Días después me enteré que le llamaba así porque algunas personas, - no afirmaron, ni negaron, si fueron muchas-, habían caído de la canastilla y muerto ahogados o golpeados al precipitarse al mar en caída libre, por lo que dejaban viudas a sus esposas, en el caso de que estuviera casada la persona. El marinero me dio un chaleco salvavidas y vi con ojos desorbitados cómo se elevaba la canastilla con unos cinco hombres agarrados de la red. Nos dijo: “Cuando esté abajo la canastilla, tiran sus cosas en el centro y se agarran muy fuerte de la red para no caerse”. Mis manos sudaban y recordé que la maleta pesaba mucho y estaba aparatosa; tendría que hacer un gran esfuerzo físico para levantarla y ponerla en el centro. La subida se hacía más complicada debido al vaivén de la lancha. Bajó La viuda. En cuestión de segundos ya estábamos suspendidos en el aire. Me aferré de la red como lo hacía de mi madre, de pequeño, cuando tenía miedo de algo. El descenso tendría que ser igualmente rápido. Intenté sacar la maleta, pero no podía; sentía cansados los brazos. La viuda empezaba a subir. El hombre que nos esperaba en cubierta reaccionó de inmediato y me ayudó con la maleta. En ese momento entendí porqué la mayoría llevaba mochilas de tamaño mediano.

A la una de la tarde estaba en una pequeña sala de espera. Entró un hombre, de unos cuarenta años, y preguntó: “¿Alguno de ustedes es de sistemas?”. Yo, respondí. Sígueme, dijo y fui detrás de él. Andamos por varios pasillos con paredes color beige. Subimos y bajamos una y otra escalera. Me desorienté. Llegamos a una pequeña oficina. Hemos llegado, dijo y se retiró. Había varios escritorios y computadoras. Tú debes ser Arquímedes, oí decir a mis espaldas. Giré y ahí estaba Gerardo Quiñones, el programador que terminaba su guardia 14 x 14, pero le dijeron que se quedara un día más para que me orientase en ese nuevo mundo de la plataforma. Extendí la mano para saludarlo. Me llevó al camarote donde dormiría: contaba con 4 literas pequeñas asidas a las paredes, dos en cada una. Te toca la de arriba, dijo señalando una de ellas. Tus cosas las puedes dejar es este locker, dijo. Una cosa muy importante, continuó, las cosas que pasan Ek Balam, en Ek Balam se quedan. Sentencia que, al cabo, no cumplí. Continuó con las horas laborales: 12 x 12. Las horas de comida: desayuno a las seis de la mañana; almuerzo a las dos de la tarde; cena a las 8 de la noche. A las diez cerraban el comedor. Después de comer, dijo, te llevaré a dar un paseo para que conozcas un poco. Asentí con la cabeza. El vaivén era mucho menor, pero se sentía por ratos y debía caminar apoyado de las paredes o en los pasamanos que estaba en algunas paredes. Entré al pequeño baño, que tenía una regadera extensible, una diminuta tina y un inodoro, y vomité. Empecé a buscar alguna palanca o artefacto para soltar el inodoro: era un pedal. Pisé el pedal, se abrió una pequeña compuerta, que fungía como fondo, y algo succionó el contenido haciendo un ruido espantoso. No había recipientes para depositar los papeles sucios, así que deduje que igual había que tirarlos al inodoro para que fueran succionados. Me lavé las manos y la boca y salí. ¿Estás bien?, dijo reprimiendo la risa. Sí, estoy mucho mejor, respondí. Te acostumbrarás al vaivén, dijo, luego ya no lo vas a sentir. Fue cierto su comentario, pasadas unas horas ya no me sentí mareado.

Recorrimos un par de pasillos y bajamos una escalera antes de llegar al comedor. Las paredes estaba pintadas de blanco, las mesas estaba fijadas al piso con tornillos y tuercas, al igual que los asientos acolchonados. Varios hombres hacían cola para que les sirvieran la comida. Cuatro guisos por día. Los vasos y los platos eran de plástico, cosa que no eran muy de mi agrado. El olor del plástico en los vasos me daba ganas de vomitar. Otro calvario, dije para mis adentros. Pedí pollo con chícharos, que estaba delicioso. Para tomar sólo habían jugos naturales: limonada, naranjada, jamaica y agua. Me serví jamaica. Gerardo pidió filete de pescado empanizado y se sirvió limonada. En la plática de sobremesa me dijo cuales eran mis responsabilidades: llevar una bitácora diaria de mis actividades, dejar comentarios en el código fuente que modificara-, para que cuando él llegara la siguiente guardia se le hiciera más fácil entender-, si el Superintendente solicitaba algo relacionado con computadores, habría que apoyarlo, sea cual sea el apoyo, evitar problemas lo más que se pueda.

A las tres de la tarde regresamos al camarote. Busqué entre mis cosas, que aún no desempacaba, el cepillo de dientes y el dentífrico. Entré al baño y me cepillé los dientes. Cuando salí no estaba Gerardo. Agarré la mochila con la laptop y fui a la oficina. Tampoco estaba ahí. Encendí la Laptop y empecé a trabajar. Una hora después llegó. Vamos a dar la vuelta dijo. Empezó a mostrarme donde estaba un pequeña sala equipada como gimnasio, una sala para ver películas, un centro de recreo donde había un billar y cuatro pequeñas mesas. Aquí, señaló una pequeño cuartito que estaba lleno de latas de Coca-Cola, pasta de dientes, cepillos, jabones, rastrillos para rasurar, desodorantes en roll-on y otras cosas de higiene personal, vienes todos los días antes de la comida y te darán un Coca-Cola, sólo apuntas tu nombre y el departamento donde estamos. Aquí la moneda de intercambio son las Cocas, no a todos se las dan. Muchos matarían por tener una. Me dio un par de palmaditas en la espalda. Dos puertas más adelante, habían dos pequeñas cabinas telefónicas. Esas, se apresuró a decir, funcionan con tarjetas LadaTel o AlcaTel, pero fallan mucho. Había gente haciendo cola para usarlos. Te voy a llevar al área de captura, continuó, para que conozcas a los capturistas que serán con los que más trabajarás. Asentí con la cabeza. Esa oficina y la de Sistemas eran de igual tamaño. Había cinco escritorios. Pedro, empezó a presentarme, este es Arquímedes. Extendí la mano para saludar. Continuó con los otros: Francisco, Oscar, David, Jorge. Jorge tenía toda la pinta de ser homosexual: tenía las cejas delineadas y me observó de arriba abajo y sonrió. Luego, después de que salimos de la oficina, Gerardo me dijo que a Jorge le decían: La diva. Luego pasamos por el cuarto de máquinas y se veía impresionante, además de que ahí había un calor infernal. Teníamos que gritar para poder escucharnos porque, igual, había mucho ruido. Salimos del cuarto de máquinas por una puerta que daba a la explanada de maniobras, lugar donde horas antes nos depositó La viuda, la cual reposaba, inerte, a un costado. La brisa soplaba fuerte y el olor a sal penetro por mis fosas nasales llenando los pulmones. Aspiré profundo y exhalé lentamente. Regresemos a la oficina, dijo y nos dirigimos hacia allá.
Llegamos y me explicó como estaba estructurado el control de cambios y la bitácora. A las seis de la tarde se fue. El jefe responsable del área de Sistemas y Captura llegó media hora más tarde. Tú debes ser el nuevo responsable, preguntó. Me levanté y le extendí la mano para saludarlo. Así es, respondí, soy Arquímedes Puerto. Bienvenido, dijo y se sentó. A las ocho de la noche regresó Gerardo y nos fuimos a cenar. Ahí nos topamos con los capturistas. Esa noche hicieron huevos a la mexicana, hot cakes y sándwiches de jamón y queso. En una mesa, situada en un rincón, había cereales, yogurt, un par de jarras con leche y otro par con café instantáneo. Me sentía lleno aún, así que sólo comí un poco de yogurt. La diva se sentó a mi lado y comía delicadamente su plato con huevos a la mexicana. ¿De dónde eres?, preguntó mordisqueando un pedazo de pan blanco. Soy de Mérida, le respondí. Ahí tengo muchas amigas, dijo con voz amanerada. Tengo pensado irme a vivir ahí. Continuó con su perorata de los beneficios de vivir en Mérida, la “Ciudad más tranquila del Sureste”. Al finalizar, bajó la mano y rozó mi pierna. Casi tiro el vaso del yogurt. No temas, dijo carcajeándose, no como, me comen. Las carcajadas de Gerardo retumbaron en el comedor. Me sonrojé. Es la bienvenida de La diva, dijo Francisco guiñando el ojo derecho. Ya van a empezar con las puterías, pensé. A las nueve de la noche regresamos al camarote. Desempaqué la maleta y me cambié de ropa para dormir. Intenté leer un poco: La caverna de José Saramago. Me recosté en la litera y empecé a hojear. Gerardo salió cuando empezaba a desempacar. Mis ojos empezaron a arderme, así que cerré el libro y bajé a cepillarme los dientes. Regresé a la litera e intenté dormir. Pero como era mi costumbre, no pude conciliar el sueño debido a que era un lugar extraño. El cansancio me vencía por momentos y dormitaba. Una de esas veces giré y casi me caigo de la litera. Abrí los ojos sobresaltado. Me pasó una segunda vez y ya no quería moverme por el temor a caer. Inconscientemente me quedaba inmóvil, como catatónicamente. El cansancio terminó por vencerme y dormí profundamente. No supe a qué hora entró Gerardo al camarote.

miércoles, 21 de octubre de 2015

14 x 14 (Crónicas de plataforma)


A Carlos Martín.


El aviso

Eran las diez de la mañana, un día caluroso del mes de Agosto, cuando me habló la secretaria por teléfono. Te espera el Ingeniero Ordaz en su privado, dijo ella delicadamente. Colgué el teléfono y me dirigí al privado. Ya me habían comentado que la empresa estaba en crisis económica y necesitaba concretar proyectos fuera de la ciudad; en otros estados; inclusive en los EE.UU.  La empresa se llamaba On Demand Soft y nos dedicábamos a desarrollar software a la medida. Era mi primer trabajo, tenía veintiún años, y estaba ávido de experiencias laborales para encontrar un mejor trabajo; será mi trampolín, pensé en ese entonces. Toque la puerta antes de abrirla. Pasa, Arquímedes, dijo con voz condescendiente, como lo hacen los vendedores que te van a estafar. Me señaló la silla que estaba frente a su menudo escritorio. Le extendí la mano, para saludarlo, antes de sentarme y tragar saliva.

-          - ¿Ya terminaste tu capacitación en programación Centura?, dijo con una media sonrisa diabólica, según recuerdo.
-          - Sí,-respondí nervioso.
-          - En estos momentos requerimos de tu incondicional apoyo,- dijo sin quitar la vista del monitor de su laptop-. Se enfermó un desarrollador que estaba en un proyecto en Ciudad del Carmen,-apretó los dientes antes de continuar-. No podemos dejar al cliente colgado y no tenemos más desarrolladores en Centura, salvo tú.
-          - No tengo tanta experiencia,- dije dubitativo.
-          - No importa, sobre la marcha aprenderás. Si alguien te pregunta, dile que tienes experiencia y estás en camino de la certificación.

Mis manos estaban sudando; era eminente que subiría a plataforma.

-          - Mañana te vas a Ciudad del Carmen. El camión sale a las 11:45 de la noche,- dijo extendiéndome un boleto sencillo del ADO. Tienes el resto del día para instalar todas las aplicaciones que necesites y te den parte de los viáticos. Luego te depositarán el resto,- concluyó y me dio un palmadita en la espalda.

El resto del día me la pasé instalando aplicaciones y un Líder de Proyectos me dio una rápida repasada de lo que tenía que hacer y a quién dirigirme cuando llegara a la plataforma. Los que trabajan en plataforma, dijo, están 14 x 14. ¿14 x 14?, pregunté desconcertado. La risa del Líder retumbó en la habitación. Sí, continuó, 14 días arriba y 14 días abajo; es decir, 14 días trabajas y 14 días descansas. Es un logro que consiguió el Ingeniero Ordaz, dijo irónicamente, ya que normalmente otras compañías trabajan 28 x 14. Sólo atiné a tragar saliva. Antes de irme me dijo que podía tomarme el día siguiente para preparar las maletas y otros pendientes que tuviera, ya que catorce días estaría casi incomunicado, salvo por correos electrónicos, si el tiempo en mar abierto lo permitía.




La partida

Al día siguiente, desperté temprano,  no pude dormir por los nervios del viaje y saber que estaría en territorio desconocido por todos los flancos. Mi mamá me aconsejó que tuviera cuidado con la gente: ¡hay gente mañosa!, dijo de manera enérgica. Me puse a hacer la maleta, una grande. A la una de la tarde comimos frijol  con puerto, una de mis comidas favoritas, para irme con un buen sabor de boca. 

Salí de mi casa a las once de la noche; el taxi ya me esperaba en la puerta. Antes de abordarlo, mi mamá me dio la bendición: Cuídate hijo, ve con Dios. Al ADO, le dije al taxista al entrar. Llevaba la maleta  y una mochila donde guardaba la laptop. La ciudad lucía desierta, era martes y el miércoles a las ocho de la mañana se realizaba el cambio de turno para subir a la plataforma. En mi mente se paseaba el nombre de la plataforma: Ek Balam. Era una plataforma semi-sumergible. Tuve que buscar en internet qué diablos era una plataforma semi-sumergible. En pocas palabras, era un tipo de plataforma petrolera marina flotante que permanece  posicionada con anclas o posicionamiento dinámico. Las fotos en la Internet eran impresionantes. Suspiré nostálgico. Sin embargo, Ek Balam ya no servía para la extracción del petróleo, sino que servía para darle mantenimiento a plataformas fijas, según me había comentado el Líder de Proyectos. Temblaba por ratos. Llegamos al ADO a las 11:20 de la noche. Fui directo a registrar mi equipaje y a esperar que anunciaran la salida hacia mi destino. Un rato después se oyó una voz femenina por los parlantes:

“ADO les da la más cordial bienvenida.  Les informamos que ya se pueden abordar, en el Adén #3, el autobús 3452 con destino a Campeche-Champotón-Ciudad del Carmen, con salida a las 11:45 de la noche…”

Lo repitió dos veces y al final nos deseo buen viaje. Abordé el camión y me dirigí a mi asiento. Los otros pasajeros empezaron a subir. El conductor nos dio la bienvenida y minutos después salimos de la terminal. Miré por la ventana. Las calles seguían desiertas y las sombras reflejadas en el pavimento. Decidí, después de veinte minutos, dormir o cuando menos intentarlo.