Desperté a las
cinco de la mañana. Gerardo estaba dormido. Entré al baño, como era mi
costumbre, primero me senté en el inodoro y luego a bañarme. Cuando me rociaba
el sexo con el chorro de agua, de la regadera extensible, se me puso duro. Sin
darme cuenta ya me estaba masturbando lentamente. Oí que intentaron abrir la
puerta. Me quedé a medias y terminé de bañarme. Salí y entró Gerardo. Sus
maletas ya estaban listas para el viaje de regreso. Me terminé de arreglar y lo
esperé para ir a desayunar. Para el desayuno había huevos con jamón, enchiladas
verdes y rojas. En la mesa de la esquina, había fruta picada,- melón, plátano,
sandía y papaya-, dos jarras de leche; otras dos de jugo de naranja; una de
café instantáneo. Pedí huevos con jamón, algo de fruta y jugo de naranja.
Gerardo pidió enchiladas verdes y café. Estábamos por irnos a sentar cuando
entró La diva sonriendo. Pidió huevos con jamón y jugo de naranja. Se sentó a
mi lado. En el altavoz se escuchó: “La lancha llega en quince minutos. El
personal del cambio de guardia, favor de ir al patio de maniobras”. Gerardo no
terminó su desayuno y salió del comedor. Nos quedamos solitos, dijo La diva.
Sonreí nervioso. Desde ese momento supe que lo iba a tener junto a mí los días
restantes de mi guardia. Suspiré resignado. Me empezó a contar sus historias.
Ahí supe que había tenido varios compañeros sexuales que sólo le sacaban
dinero. Mi error, dijo, fue decirles a esos pendejos que trabajo en plataforma.
Ellos saben que pagan muy bien, pero el encierro es una chinga. Le dio un sorbo
al jugo de naranja. ¿Y tú qué tal?, preguntó con una sonrisa sensual. Verlo
ahí, contando sus historias amorosas, me dio escalofríos al principio, luego me
acostumbré. Para ese entonces, no había tenido una relación seria y estaba
soltero y sin compromiso. Nada, le contesté, estoy soltero. Le brillaron los
ojos al muy cabrón. Terminamos de desayunar y cada quién se fue a su camarote.
Cuando entré al
camarote el sol se filtraba por la única ventana que había. Cerré la puerta y
decidí que la litera de abajo sería mía-, sólo yo estaba en ese camarote. Me
recosté un rato y cerré los ojos. A los cinco minutos, entré al baño, me
cepillé los dientes y fui a la oficina. Encendí la laptop y continué revisando
la bitácora y los cambios que debía realizar. A la media hora llegó el jefe con
una taza de café en las manos. Se sentó y encendió el par de bocinas que tenía
sobre su escritorio. Se empezó a escuchar salsa romántica. Esto sí es música,
dijo satisfecho. A las once de la mañana, recibí una llamada. Era Francisco
para reportarme un error del Sistema de Captura. Colgué y fui a verlo. Estaban
comiendo botanas. ¡Llégale!, dijo Oscar. Agarré un puño y me acerqué al
escritorio de Francisco. Me explicó los pasos que siguió y en qué momento le
aparecía el error. Tomé nota y le dije que lo revisaría. Aprovechando el viaje,
decidí recorrer, por mi cuenta, Ek Balam.
Me empecé a perder por los diferentes pasillos que tenía. De cuando en cuando, me
topaba con algún trabajador. Unos no hacían mucho caso a mi presencia; otros me
miraban con ojos escrutadores, como preguntando: ¿qué chingados haces por aquí?
Apartaba la mirada y seguía caminando. En uno de los pasillos, me encontré con
gente durmiendo en el piso, usando las mochilas como almohadas. Pasé junto a
ellos muy despacio, procurando no pisarlos, por lo estrecho del pasillo. Decidí
que era suficiente y regresé a la oficina. El ritmo de la salsa había cambiado,
era más movida. Decidí ponerme los audífonos y escuchar la música que tenía en
la laptop.
A las dos de la
tarde, fui al comedor. Cuando llegué, los capturistas ya estaban sentados
comiendo. La diva mi hizo una seña con la mano para que fuera con ellos. Ese
día hicieron pollo alcaparrado, pierna de cerdo envinada y ensalada rusa. Pedí
el pollo alcaparrado. Me senté a lado de David. La conversación giraba en torno
a las películas que estaba en cartelera en esos días. ¿A ti qué películas te
laten?, preguntó Francisco. Las de suspenso, respondí. La plática divagó un
rato y fue entonces cuando pregunté por esa gente que dormía en los pasillos.
Esos trabajadores son de otras plataformas que vienen a dormir aquí, dijo, ya
que igual dan servicio de dormitorios. Los que duermen en el piso no alcanzaron
camarote y ya no había tampoco “camas calientes”. Me quedé sorprendido con ese
término, pero no dije nada. Terminamos de comer y me fui al camarote a
cepillarme los dientes. Regresé a la oficina a las tres de la tarde. Ya no
había música. Me puse los audífonos y continué trabajando.
A las ocho de la
noche, fui a cenar. No vi a ningún capturista. Me serví un poco de cereal, un
par de hot cakes y un vaso con poca
leche. Regresé al camarote. Abrí la puerta y la litera de abajo tenía una
sábana alrededor, a manera de cortina. Me quedé sorprendido. Gerardo me había
comentado que sólo yo estaría en el camarote y que me cuidara de no meter a
gente extraña y hacer cochinadas. Cuando dijo “cochinadas” se empezó a
carcajear. Cerré la puerta despacio. Fui a buscar el cepillo de dientes al locker. Le puse pasta e intenté abrir la
puerta del baño. Estaba cerrada, así que dejé el cepillo en el locker y regresé
a la oficina. Una hora después regresé ya dispuesto a dormir. Al abrir la
puerta, estaba sentada, en la litera de abajo, una mujer, de cuerpo algo
grueso, y a su lado estaba un hombre de barba, igual algo grueso. Estaban
platicando casi en silencio, susurrando. Sólo estaba encendida una lámpara de
lectura acondicionada a un costado del locker.
Buenas noches, dije. Buenas noches, respondieron al unísono. El tipo se
levantó. Luego seguimos platicando, dijo y salió. Hola, soy Carla, dijo con una
sonrisa franca. Hola, dije extendiéndole la mano, soy Arquímedes. En ese
momento me di cuenta que lleva puestos un short y una playera holgada. Hoy voy
a dormir aquí, dijo sin vacilar. Espero no te moleste que haya ocupado la
litera de abajo. No, para nada, respondí. Buenas noches, dijo antes en
acostarse en la litera y bajar la sábana-cortina. Entré al baño, me cepillé los
dientes y cambié de ropa. Al salir, subí a la litera a dormir o intentar
hacerlo. Saber que había una mujer debajo de mí, me excitaba un poco. Intenté
dormir, pero no pude. Leer un poco servirá, pensé y bajé por el libro de José
Saramago. Leí unas diez páginas y cerré los ojos. En el duermevela, oí gemidos
apagados. Iba a bajar para ver que sucedía, pero recordé que Carla estaba ahí.
Su respiración se hizo más agitada y las literas se movían un tanto. Me moví y
no se percató. Concentré mi atención en esos gemidos e imaginé al hombre
barbudo sobre Carla, metiéndoselo a diestra y siniestra. Me excité al instante
y empecé a masturbarme, cuidado el no hacer ruido, ni movimientos bruscos. La
adrenalina estaba al cien. Oí un gemido ronco: el tipo había terminado. Segundo
después, ahogué un gemido al eyacular y manchar mi ropa interior. Poco después,
unos susurros se escucharon. Espero, dijo Carla aún recuperando el aliento, que
no nos haya descubierto Arquímedes. No creo, dijo el barbudo, duerme como
tronco. Lo entraño, continuó, es que dejó de roncar. No podía bajar a cambiarme
de ropa, iba a ser muy obvio. Tenía que esperar a que se fuera el barbudo. La
liviandad que ofrece la masturbación, y el cansancio, me vencieron y me dormí
profundamente. No supe a qué hora salió el tipo barbudo del camarote.
