Susy era voluptuosa.
Sus pechos eran enormes, sus nalgas ni qué decir. Tenía esa pasión sujeta a su
piel. La vi por primera vez en unas oficinas del Gobierno de Palenque, Chiapas.
El ingeniero Isaías Bermúdez me llevó para concretar un negocio con el
Licenciado Pedro Huerta, Gerente de Turismo y Cultura: la construcción de una
sala de proyecciones en tercera dimensión. Era muy ambicioso el proyecto, pero Bermúdez
y Huerta se llevarían una buena lana del negocio. Se debe gastar el presupuesto
a como dé lugar, dijo Huerta secándose el sudor de la frente. El Gobierno
Federal me está jodiendo para que se haga alguna obra importante. No te
preocupes Huerta, dijo Bermúdez dándole una palmada en la espalda, lo gastamos
porque lo gastamos. Se estrecharon las manos y entramos al privado de Huerta.
Susy estaba sentada de espaldas. Tenía el cabello ondulado y largo. La blusa
negra que llevaba puesta me daba calor. Quieren algo, dijo Huerta sentado en su
imponente silla ejecutiva de cuero, con confianza. Bermúdez pidió una Coca-Cola Light y yo pedí una Coca-Cola normal. Levantó el teléfono y
pidió las bebidas. En menos de diez minutos entró Susy con las dos Cocas y un Whisky en las rocas. Su escote pronunciado me excitó de inmediato.
Aquí tiene, me dijo extendiendo la mano. Olía delicioso: perfume 360° de Perry Ellis. Sentí una erección que me
jalaba los pelos y me dolía un poco, me incomodaba. Tuve que acomodarme en la
silla, ajustándome el pantalón, para evitar que se siguieran jalando mis pelos.
Gracias, dije visiblemente sonrojado. Qué te pasa Chablé, dijo Bermúdez, pareces
un chiquito que acaba de ver a una mujer buenota por primera vez. Las
carcajadas resonaron en la oficina y más me sonrojé. Luego te la jalas, dijo
Bermúdez sarcásticamente, ahora venimos a trabajar. Susy salió aguantándose la
risa.
Estuvimos
hablando con Huerta casi dos horas. Susy nos llevó un plato con galletas. Se
inclinó en el escritorio de Huerta y vi sus nalgas bien formadas y duras. No
quería hacer el ridículo de nuevo, así
que dejé de verle las nalgas. Antes de salir me volteó a ver y me sonrió
burlonamente. Piche vieja calientahuevos. Debemos ajustar los números, dije,
están algo elevados. Elevados, mis huevos, dijo Huerta encabronado, es mejor
que no le muevas nada. Bermúdez me hizo una seña para que dejara de hablar, él
se ocuparía de la reunión de ahora en adelante. No te encabrones Huerta, todo
se puede ajustar cómo quieras. Enseguida me ordenó que saliera del privado.
Obedecí de inmediato. Susy no estaba en su lugar. Quería preguntarle por los
baños. Empecé a buscarlos por todo el edificio. Los encontré a un costado de la
entrada. Al salir del baño me dieron ganas de fumar. Todo el edificio era libre
humo de cigarro. Me fui a un pequeño jardín que estaba a un costado de la
entrada. Ahí estaba Susy fumándose un Marlboro
mentolado. Me acerqué a ella para pedirle fuego. Tienes encendedor, pregunté, o
cerillos, los míos los dejé en el carro. Me señaló un encendedor que estaba al
lado de ella. Saqué mis Alas Extra y encendí
uno. Susy no pudo evitar reírse de mis cigarros. Me gustan fuertes, dije con
aires de chingón, sentir el sabor del tabaco. Aspiré profundo. No chingues,
dijo Susy, son para jodidos esos cigarros. Me valió madre el comentario. Me
senté a su lado. Me llamo Eduardo, dije, vengo de Mérida. Me llamo Susy, respondió,
yo soy de Campeche. Nos estrechamos las manos sutilmente. Su perfume me estaba
perturbando, me excitaba demasiado. Me comentó que ya llevaba cinco años
trabajando ahí y que era divorciada. Tenía dos hijos que vivían en Campeche con
su abuela. Mi mamá me ve a los niños, dijo, no los puede traer aquí. Empezó a
fumar después de que la dejaron por su marido. Ese hijueputa me dejó por un
puto, dijo, ya ni la chinga. No sabía si compadecerme o alegrarme. Qué
desperdicio de vieja. Terminamos de fumar y regresamos a la oficina. Me senté a
un lado del privado de Huerta. Revisaba mi teléfono para no fastidiarme. Susy seguía
frente a su computadora.
Luego
de unos treinta minutos de espera salieron Huerta y Bermúdez del privado. Así
quedamos, dijo Huerta, nos vemos la próxima semana. Le di la mano y salimos del
edificio. Ya tenemos amarrado el negocio Eduardo, dijo Bermúdez satisfecho, ya
la hicimos cabrón. La comida de hoy va por mi cuenta. Nos subimos al Bora blanco de Bermúdez y salimos rumbo
a Mérida. Hicimos una parada en Campeche para comer. Fuimos a Morgan de Avenida Universidad. Bermúdez
pidió filete empanizado y yo un filete relleno de mariscos. Me traes una sol,
dijo Bermúdez, y unos limones. El mesero anotó y me volteó a ver. A mí me traes
una Lager, dije, bien helada. Se retiró el mesero y Bermúdez empezó a hacer
números. Si ajustamos los costos podemos ganar un chingo de lana Eduardo, dijo
comiendo un pedazo de tostada, nos podemos dar vida de reyes. Agarré una
tostada de la pequeña canasta de plástico y le puse un poco de chile habanero picado,
asado, sazonado con sal y limón. Pero debemos tener cuidado con Huerta, dije,
nos puede joder ese puto. Si se pone difícil lo llevamos con las putas y ya,
dijo Bermúdez. El calor estaba que rajaba piedras. Nos tomamos a cinco cervezas
cada uno. El mesero trajo la cuenta. Bermúdez sacó su tarjeta de crédito Mastercard de Banamex. Un tecladista ya
empezaba a tocar. Las notas de una cumbia llenaba de fiesta el ambiente. Recordé
a Susy en su entallado pantalón y su escote pronunciado. Estaba buena la secre,
dijo Bermúdez, no le quitabas los ojos de encima. La verdad estaba que se caía
de buena la vieja, dije, para dos o tres palos, sin zacate. Empezamos a reír
como unos pendejos. Llegó el mesero con el Boucher
y se lo entregó a Bermúdez. Firmó y dejó cien pesos de propina. Estaba de
dadivoso Bermúdez. No era para menos.
Al
llegar a mi casa, por la noche, mi esposa y mis hijos ya dormían. Entré al baño
y bajo el chorro de agua se masturbé pensando en Susy y su perfume que me
excitó tanto. La imaginé lamiéndome la verga, apretándola con fuerza. Una rusa,
pensé, estaría de poca madre. Instantes después eyaculaba satisfecho. Terminé
de bañarme y me acosté en la hamaca junto a mi esposa. Um, balbuceó con molestia.
A la mañana siguiente fui a la oficina para terminar de ajustar el presupuesto
de la sala de proyecciones en tercera dimensión. Ya hice los ajustes para que
veas, dije, para ya mandárselo a Huerta. Bermúdez sólo se limitó a decirme que
luego lo checaría. Es tu pedo y no el mío, pensé y regresé a mi escritorio.
Finalmente, un miércoles por la tarde, Bermúdez le envió, por correo
electrónico, el presupuesto a Huerta. Me llamó a su oficina. El viernes te vas
a Palenque y esperas a que Huerta te de una respuesta. No puedo ir, continuó, tengo
otros negocios en Cancún que necesito atender cuanto antes. Asentí con la
cabeza y salí de su oficina. Voy a ver de nuevo a Susy, pensé y me agarré la verga.
Llegué
a las diez de la mañana a la oficina de Huerta. Susy tenía puesta una blusa
blanca transparente y un pantalón de mezclilla negro. La blusa dejaba ver su sostén
de encaje floreado. Se veía re-buena. Suspiré. El licenciado Huerta no está,
dijo, llega hasta la una de la tarde. Puta madre. Tendría que esperarlo y me
fastidiaría. No podía moverme de ahí. No vayas a ningún lado, me dijo Bermúdez
como sentencia, tienes que esperarlo hasta que llegue. Resignado salí a fumar
al pequeño jardín de la entrada. Estaba revisando los mensajes de mi teléfono
celular cuando apareció Susy por el jardín. Invítame a uno de esos, dijo,
quiero probarlos. Saqué la cajetilla arrugada y le di un cigarro. Lo puso en su
boca y se lo encendí de inmediato. Aspiró profundo. Está fuerte, dijo, pero
está bueno. Sonreí victorioso. Qué harás mientras llega mi jefe, dijo, no hay
nada en qué entretenerse aquí. Sacaba el humo por su boca sensualmente. Pues,
pellizcármela, dije, sólo eso puedo hacer. Me dijo mi jefe que debía esperarlo.
Vente, dijo. El di un último toque al cigarro y la seguí. Me llevó al privado
de Huerta. Qué hay aquí para entretenerse, pregunté. No dijo nada. Jaló las
cortinas y encendió las luces. En un cajón del escritorio de Huerta había una
botella de Vodka, otra de agua mineral, servilletas y unos vasos desechables.
Esto lo guarda el cabrón para sus pequeñas fiestas privadas, dijo, cuando se
queda hasta tarde en la oficina. Sirvió dos tragos. No hay hielo, dijo, así que
salud. Me supo a gloria ese Vodka
caliente. Te gusta verme, preguntó provocativamente. Casi me atraganto con el
trago. No seas maricón, dime la verdad. La verdad, sí, respondí, me gusta
verte. Se quitó la blusa lentamente. Una erección empezó a gestarse debajo de
mi trusa. ¿Te gustan éstas? Preguntó moviendo deliciosamente sus pechos
enormes. Asentí con la cabeza, todo apendejado. Se quitó el sostén. Faltó poco
para que eyaculara en mi trusa. Qué esperas, insinuó, son tuyas, hazles lo que
se te antoje. Me abalancé a sus pechos. Lamí, acaricié, mordisqueé, apreté.
Manos y lenguas me faltaban. Se quitó el pantalón de mezclilla. Traía puesto un
hilo dental transparente. Tenía afeitado el pubis. Se sentó sobre el escritorio
de Huerta y abrió las piernas. El panorama estaba lleno de deseo. El aroma de
su sexo era delirante. Hice a un lado el hilo dental y los lengüetazos subían y
bajaban. Empezó a gemir suavemente. Me desnudé. Sentía la verga a punto de
reventar. La penetré con furia. Los gemidos subieron de tono. Después de un
rato, le quité el hilo dental y le dije que se volteara. Sus nalgas estaban de
lujo, grandes y firmes. Por ahí no, dijo, quiero poder sentarme mañana. Le
penetré de nuevo el sexo. Me asía a sus caderas y de cuando en cuando la
nalgueaba. Ya no aguanté más. Me chorreé en sus nalgas. Mi cuerpo estaba todo
sudado. Qué rico coges, susurró, eres muy cachondo. Con unas servilletas le
limpié las nalgas. Nos vestimos y terminamos de tomar los dos tragos de Vodka
que estaban a medias. Corrió de nuevo las cortinas y apagó las luces.
Al
salir del privado de Huerta nos quedamos en silencio. Regresó a su escritorio
como si nada hubiera pasado. Mientras recuperaba totalmente el aliento, y las
fuerzas de las piernas, revisé los mensajes de texto de mi teléfono celular.
Huerta se apareció hasta las dos de la tarde. Me estaba quebrando de hambre. Se
me hizo tarde, Chablé, dijo Huerta todo agitado. Entramos al privado y antes de
cerrar la puerta apareció Susy. Ya me voy licenciado, ya es tarde, dijo, trabajar
me dio mucha hambre. Nos vemos hasta el lunes, si Dios quiere. Me guiñó el ojo
derecho antes de cerrar la puerta. Qué te traes con mi secretaria, preguntó
Huerta aguantándose la risa, es un culo la vieja. Nada, respondí haciéndome
pendejo. Tengo malas noticias, Chablé, dijo Huerta con voz seria, el proyecto
me lo atoraron en México. Puta madre, ya nos chingamos, pensé. El presidente
dio órdenes para que el excedente se lo demos al pueblo. Se acercan las
elecciones y debemos comprar votos. Bermúdez se iba a infartar con la noticia. Sólo
me autorizaron ampliar unas oficinas de la zona arqueológica, continuó Huerta,
así que dile a Bermúdez que se nos cayó el negocio. Será para la próxima, dije,
ojalá y siga al frente el próximo sexenio. Ojalá, Chablé, ojalá, finalizó
Huerta. Nos estrechamos las manos y salí del privado. Rumbo a la salida,
musitaba mentadas de madres y todo tipo de groserías que se me ocurrían en esos
momentos. Bermúdez me valía madre. El lunes le daría la noticia y se lamentaría
todo el puto día y me haría devolverle parte del dinero de la comida en Morgan. Lo que más me encabronó fue el
hecho de que ya no tendría pretexto para ir a Palenque y coger con Susy. Me
conformaría con fantasear con ella cada vez que cogiera con mi esposa. Al
menos, en nuestro aniversario de bodas, que ya estaba próximo, le regalaría el
perfume 360° de Perry Ellis.