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jueves, 5 de junio de 2014

Negocio extático



Susy era voluptuosa. Sus pechos eran enormes, sus nalgas ni qué decir. Tenía esa pasión sujeta a su piel. La vi por primera vez en unas oficinas del Gobierno de Palenque, Chiapas. El ingeniero Isaías Bermúdez me llevó para concretar un negocio con el Licenciado Pedro Huerta, Gerente de Turismo y Cultura: la construcción de una sala de proyecciones en tercera dimensión. Era muy ambicioso el proyecto, pero Bermúdez y Huerta se llevarían una buena lana del negocio. Se debe gastar el presupuesto a como dé lugar, dijo Huerta secándose el sudor de la frente. El Gobierno Federal me está jodiendo para que se haga alguna obra importante. No te preocupes Huerta, dijo Bermúdez dándole una palmada en la espalda, lo gastamos porque lo gastamos. Se estrecharon las manos y entramos al privado de Huerta. Susy estaba sentada de espaldas. Tenía el cabello ondulado y largo. La blusa negra que llevaba puesta me daba calor. Quieren algo, dijo Huerta sentado en su imponente silla ejecutiva de cuero, con confianza. Bermúdez pidió una Coca-Cola Light y yo pedí una Coca-Cola normal. Levantó el teléfono y pidió las bebidas. En menos de diez minutos entró Susy con las dos Cocas y un Whisky en las rocas. Su escote pronunciado me excitó de inmediato. Aquí tiene, me dijo extendiendo la mano. Olía delicioso: perfume 360° de Perry Ellis. Sentí una erección que me jalaba los pelos y me dolía un poco, me incomodaba. Tuve que acomodarme en la silla, ajustándome el pantalón, para evitar que se siguieran jalando mis pelos. Gracias, dije visiblemente sonrojado. Qué te pasa Chablé, dijo Bermúdez, pareces un chiquito que acaba de ver a una mujer buenota por primera vez. Las carcajadas resonaron en la oficina y más me sonrojé. Luego te la jalas, dijo Bermúdez sarcásticamente, ahora venimos a trabajar. Susy salió aguantándose la risa.

            Estuvimos hablando con Huerta casi dos horas. Susy nos llevó un plato con galletas. Se inclinó en el escritorio de Huerta y vi sus nalgas bien formadas y duras. No quería hacer el ridículo de nuevo, así  que dejé de verle las nalgas. Antes de salir me volteó a ver y me sonrió burlonamente. Piche vieja calientahuevos. Debemos ajustar los números, dije, están algo elevados. Elevados, mis huevos, dijo Huerta encabronado, es mejor que no le muevas nada. Bermúdez me hizo una seña para que dejara de hablar, él se ocuparía de la reunión de ahora en adelante. No te encabrones Huerta, todo se puede ajustar cómo quieras. Enseguida me ordenó que saliera del privado. Obedecí de inmediato. Susy no estaba en su lugar. Quería preguntarle por los baños. Empecé a buscarlos por todo el edificio. Los encontré a un costado de la entrada. Al salir del baño me dieron ganas de fumar. Todo el edificio era libre humo de cigarro. Me fui a un pequeño jardín que estaba a un costado de la entrada. Ahí estaba Susy fumándose un Marlboro mentolado. Me acerqué a ella para pedirle fuego. Tienes encendedor, pregunté, o cerillos, los míos los dejé en el carro. Me señaló un encendedor que estaba al lado de ella. Saqué mis Alas Extra y encendí uno. Susy no pudo evitar reírse de mis cigarros. Me gustan fuertes, dije con aires de chingón, sentir el sabor del tabaco. Aspiré profundo. No chingues, dijo Susy, son para jodidos esos cigarros. Me valió madre el comentario. Me senté a su lado. Me llamo Eduardo, dije, vengo de Mérida. Me llamo Susy, respondió, yo soy de Campeche. Nos estrechamos las manos sutilmente. Su perfume me estaba perturbando, me excitaba demasiado. Me comentó que ya llevaba cinco años trabajando ahí y que era divorciada. Tenía dos hijos que vivían en Campeche con su abuela. Mi mamá me ve a los niños, dijo, no los puede traer aquí. Empezó a fumar después de que la dejaron por su marido. Ese hijueputa me dejó por un puto, dijo, ya ni la chinga. No sabía si compadecerme o alegrarme. Qué desperdicio de vieja. Terminamos de fumar y regresamos a la oficina. Me senté a un lado del privado de Huerta. Revisaba mi teléfono para no fastidiarme. Susy seguía frente a su computadora.

            Luego de unos treinta minutos de espera salieron Huerta y Bermúdez del privado. Así quedamos, dijo Huerta, nos vemos la próxima semana. Le di la mano y salimos del edificio. Ya tenemos amarrado el negocio Eduardo, dijo Bermúdez satisfecho, ya la hicimos cabrón. La comida de hoy va por mi cuenta. Nos subimos al Bora blanco de Bermúdez y salimos rumbo a Mérida. Hicimos una parada en Campeche para comer. Fuimos a Morgan de Avenida Universidad. Bermúdez pidió filete empanizado y yo un filete relleno de mariscos. Me traes una sol, dijo Bermúdez, y unos limones. El mesero anotó y me volteó a ver. A mí me traes una Lager, dije, bien helada. Se retiró el mesero y Bermúdez empezó a hacer números. Si ajustamos los costos podemos ganar un chingo de lana Eduardo, dijo comiendo un pedazo de tostada, nos podemos dar vida de reyes. Agarré una tostada de la pequeña canasta de plástico y le puse un poco de chile habanero picado, asado, sazonado con sal y limón. Pero debemos tener cuidado con Huerta, dije, nos puede joder ese puto. Si se pone difícil lo llevamos con las putas y ya, dijo Bermúdez. El calor estaba que rajaba piedras. Nos tomamos a cinco cervezas cada uno. El mesero trajo la cuenta. Bermúdez sacó su tarjeta de crédito Mastercard de Banamex. Un tecladista ya empezaba a tocar. Las notas de una cumbia llenaba de fiesta el ambiente. Recordé a Susy en su entallado pantalón y su escote pronunciado. Estaba buena la secre, dijo Bermúdez, no le quitabas los ojos de encima. La verdad estaba que se caía de buena la vieja, dije, para dos o tres palos, sin zacate. Empezamos a reír como unos pendejos. Llegó el mesero con el Boucher y se lo entregó a Bermúdez. Firmó y dejó cien pesos de propina. Estaba de dadivoso Bermúdez. No era para menos.

            Al llegar a mi casa, por la noche, mi esposa y mis hijos ya dormían. Entré al baño y bajo el chorro de agua se masturbé pensando en Susy y su perfume que me excitó tanto. La imaginé lamiéndome la verga, apretándola con fuerza. Una rusa, pensé, estaría de poca madre. Instantes después eyaculaba satisfecho. Terminé de bañarme y me acosté en la hamaca junto a mi esposa. Um, balbuceó con molestia. A la mañana siguiente fui a la oficina para terminar de ajustar el presupuesto de la sala de proyecciones en tercera dimensión. Ya hice los ajustes para que veas, dije, para ya mandárselo a Huerta. Bermúdez sólo se limitó a decirme que luego lo checaría. Es tu pedo y no el mío, pensé y regresé a mi escritorio. Finalmente, un miércoles por la tarde, Bermúdez le envió, por correo electrónico, el presupuesto a Huerta. Me llamó a su oficina. El viernes te vas a Palenque y esperas a que Huerta te de una respuesta. No puedo ir, continuó, tengo otros negocios en Cancún que necesito atender cuanto antes. Asentí con la cabeza y salí de su oficina. Voy a ver de nuevo a Susy, pensé y me agarré la verga.

            Llegué a las diez de la mañana a la oficina de Huerta. Susy tenía puesta una blusa blanca transparente y un pantalón de mezclilla negro. La blusa dejaba ver su sostén de encaje floreado. Se veía re-buena. Suspiré. El licenciado Huerta no está, dijo, llega hasta la una de la tarde. Puta madre. Tendría que esperarlo y me fastidiaría. No podía moverme de ahí. No vayas a ningún lado, me dijo Bermúdez como sentencia, tienes que esperarlo hasta que llegue. Resignado salí a fumar al pequeño jardín de la entrada. Estaba revisando los mensajes de mi teléfono celular cuando apareció Susy por el jardín. Invítame a uno de esos, dijo, quiero probarlos. Saqué la cajetilla arrugada y le di un cigarro. Lo puso en su boca y se lo encendí de inmediato. Aspiró profundo. Está fuerte, dijo, pero está bueno. Sonreí victorioso. Qué harás mientras llega mi jefe, dijo, no hay nada en qué entretenerse aquí. Sacaba el humo por su boca sensualmente. Pues, pellizcármela, dije, sólo eso puedo hacer. Me dijo mi jefe que debía esperarlo. Vente, dijo. El di un último toque al cigarro y la seguí. Me llevó al privado de Huerta. Qué hay aquí para entretenerse, pregunté. No dijo nada. Jaló las cortinas y encendió las luces. En un cajón del escritorio de Huerta había una botella de Vodka, otra de agua mineral, servilletas y unos vasos desechables. Esto lo guarda el cabrón para sus pequeñas fiestas privadas, dijo, cuando se queda hasta tarde en la oficina. Sirvió dos tragos. No hay hielo, dijo, así que salud. Me supo a gloria ese Vodka caliente. Te gusta verme, preguntó provocativamente. Casi me atraganto con el trago. No seas maricón, dime la verdad. La verdad, sí, respondí, me gusta verte. Se quitó la blusa lentamente. Una erección empezó a gestarse debajo de mi trusa. ¿Te gustan éstas? Preguntó moviendo deliciosamente sus pechos enormes. Asentí con la cabeza, todo apendejado. Se quitó el sostén. Faltó poco para que eyaculara en mi trusa. Qué esperas, insinuó, son tuyas, hazles lo que se te antoje. Me abalancé a sus pechos. Lamí, acaricié, mordisqueé, apreté. Manos y lenguas me faltaban. Se quitó el pantalón de mezclilla. Traía puesto un hilo dental transparente. Tenía afeitado el pubis. Se sentó sobre el escritorio de Huerta y abrió las piernas. El panorama estaba lleno de deseo. El aroma de su sexo era delirante. Hice a un lado el hilo dental y los lengüetazos subían y bajaban. Empezó a gemir suavemente. Me desnudé. Sentía la verga a punto de reventar. La penetré con furia. Los gemidos subieron de tono. Después de un rato, le quité el hilo dental y le dije que se volteara. Sus nalgas estaban de lujo, grandes y firmes. Por ahí no, dijo, quiero poder sentarme mañana. Le penetré de nuevo el sexo. Me asía a sus caderas y de cuando en cuando la nalgueaba. Ya no aguanté más. Me chorreé en sus nalgas. Mi cuerpo estaba todo sudado. Qué rico coges, susurró, eres muy cachondo. Con unas servilletas le limpié las nalgas. Nos vestimos y terminamos de tomar los dos tragos de Vodka que estaban a medias. Corrió de nuevo las cortinas y apagó las luces.

            Al salir del privado de Huerta nos quedamos en silencio. Regresó a su escritorio como si nada hubiera pasado. Mientras recuperaba totalmente el aliento, y las fuerzas de las piernas, revisé los mensajes de texto de mi teléfono celular. Huerta se apareció hasta las dos de la tarde. Me estaba quebrando de hambre. Se me hizo tarde, Chablé, dijo Huerta todo agitado. Entramos al privado y antes de cerrar la puerta apareció Susy. Ya me voy licenciado, ya es tarde, dijo, trabajar me dio mucha hambre. Nos vemos hasta el lunes, si Dios quiere. Me guiñó el ojo derecho antes de cerrar la puerta. Qué te traes con mi secretaria, preguntó Huerta aguantándose la risa, es un culo la vieja. Nada, respondí haciéndome pendejo. Tengo malas noticias, Chablé, dijo Huerta con voz seria, el proyecto me lo atoraron en México. Puta madre, ya nos chingamos, pensé. El presidente dio órdenes para que el excedente se lo demos al pueblo. Se acercan las elecciones y debemos comprar votos. Bermúdez se iba a infartar con la noticia. Sólo me autorizaron ampliar unas oficinas de la zona arqueológica, continuó Huerta, así que dile a Bermúdez que se nos cayó el negocio. Será para la próxima, dije, ojalá y siga al frente el próximo sexenio. Ojalá, Chablé, ojalá, finalizó Huerta. Nos estrechamos las manos y salí del privado. Rumbo a la salida, musitaba mentadas de madres y todo tipo de groserías que se me ocurrían en esos momentos. Bermúdez me valía madre. El lunes le daría la noticia y se lamentaría todo el puto día y me haría devolverle parte del dinero de la comida en Morgan. Lo que más me encabronó fue el hecho de que ya no tendría pretexto para ir a Palenque y coger con Susy. Me conformaría con fantasear con ella cada vez que cogiera con mi esposa. Al menos, en nuestro aniversario de bodas, que ya estaba próximo, le regalaría el perfume 360° de Perry Ellis.