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jueves, 30 de julio de 2009

Mortal resplandor

Parecen nubes que se desprenden del mismo infierno. El calor angustioso quema el lateral de la corteza cerebral expuesta. El tiro de gracias resplandece en el agujero que ha dejado. El charco carmín se va coagulando lentamente. Las moscas sacian su hambruna en la lengua tirada en una esquina del baño. En el espejo reza con letras de sangre: ¡Sigues tú!

Bocado entrañable

Los ojos se han perdido en el horizonte de una tregua maldita. Comienza el sudor a corroer el cuerpo infame de la codicia. Basta con ver los atuendos para salpicarse de desgracia. Matar es el delirio de las sienes ensangrentadas. Consumirse en la perdición realmente es cálido. El puñal ha declinado hacia el nadir de la muerte. Late sin son la carne putrefacta que es devorada por las ratas. Los pies son suculentos manjares para ese caníbal de ojos ensangrentados. Se limpia la boca con un pañuelo de seda blando. Sorbe un poco de coágulos amoratados. Apaga la luz del sótano y sube las escaleras. Mañana regresará a comer otro bocado.

Resurreción amatoria

Nace de mi boca tu nombre derramado en lánguidos suspiros. La piel abruptamente se desmembrará al sutil antojo de tus labios. Esas manos inquietantes que se desbordan en la cama vacía ruegan saciarse en tu espalda. Crece en mis ganas el recuerdo de tu rostro humectado con flores silvestres nacidas en los linderos del río mi soledad. Cuando eclipsan las letras con el llanto se hace nudo de amores mis pies descalzos. La noche camina lenta en mi lengua que relame perpetua el recuerdo de tu savia ardiente. El latir del himno insomne de las golondrinas desprotegidas se anida en un guiño que se acurruca en mi vientre. Se oye el rumor de tus pasos en la habitación de néctares azucarados. El silencio abrumador se cuela por las sórdidas notas de un gemido mudo que muere en la hoguera de tu distante vientre. Al pie de la noche se fija la espera por la conjugación de tus deseos y mis ansias nómadas. Voy por un sendero y no me alcanzas. Vas por un pétreo camino y se rasgan mis esperanzas por encontrarte. Mueres en mis letras. Se suicida el alma cada noche. Estas en un sueño y yo estoy lúcido. Déjame el sabor de tus pasos que se pierden en un sendero inocuo. Te regalo la esperanza de hacerte mía más allá de una noche. En mis arrebatos sé que te amo demasiado y cuando no lo hago es que he muerto y tu recuerdo me ha resucitado.

miércoles, 29 de julio de 2009

No es tan difícil

Siento las manos suspirando en los asombros de mi boca ahogada en llanto indagatorio. Esa música fluye en la venas con un incesante despertar de nostalgia por una boca tibia que se mece en un recuerdo al borde de la distancia. No es difícil imaginar que te amo sin palabras. El dolor de las entrañas se funde en una caricia carente de tu piel. Mueres en mis ansias envuelta entre rosas y lirios. Despierto con las ganas de no amarte, pero amarte es más fuerte que yo. El silencio de la guitarra carcome en cada requinto la necesidad de estar a tu lado una vez más.

No es difícil sentir que te amo demasiado, que las noches son agónicas sin tu cuerpo desnudo a mi lado. ¿Por qué es tan difícil olvidarte? Porque te amo cada día más cuando de mí más lejos estás.


Lluvia

Regar, cultivar,
lluvia de letras en tus manos anidarán,
en tu alcoba, al amanecer.

Gota a gota recorrerán tu silueta,
tu desnudez completa,
en el caudal de tu espalda dormirán.

Lluvia,
cálida, fría,
del color de mi armonía.

Se posa húmeda en tus labios,
en tu piel, en tu monte venus,
en tus muslos de mujer.

Lluvia,
cálida, fría,
savia ígnea de mi ser.

Regar, cultivar,
lluvia soy de tus pastizales y flores,
del botón de tu loco placer.

Lluvia,
regar, cultivar,
cálida, fría.

Lluvia,
aguacero, en ti soy y seré.

Desnuda

Entras en mis ojos,
toda tú de piel desnuda,
abrazas el silencio de mis arrebatos,
el murmullo de mis besos.

Desnuda entre sábanas blancas.

Alcanzas con tus mares mi islote,
convexo penetro tus aguas,
taciturna desembocas en mí tus lunas.

Desnuda, de arenas blancas.

Mística, diosa de alma ígnea,
hoguera en llamas,
de mirada dulce y seductora.

Proverbio erótico.

Desnuda, me complaces,
bajo el manto de una noche apasionante,
nítida para mis recuerdos,
absolutamente de mi sexo dominante.

A ti

I

Umbral entre el cielo y el infierno, tus besos;
venus de mis noches húmedas, de mis eróticas noches,
letal veneno que a mi alma penetra;
cansancio de mis letras,
amor que llevo acuestas.

II

Manantial, río, mar, caricias dadas al amar,
sosiego de mis dolores, anestesia única a mis temores,
piel, carne, libido, placer sin mediar,
corazón agitado,
deidad esculpida para mí.

III

Flor silvestre de rocío bañada,
tierra fecunda para labrar,
frondoso árbol de fruta rica,
palmar que la brisa mece,
néctar que me sacia la sed.

IV

Furtiva, camaleónica en los artes de amar;
brevedad de lujuria, suficiente para dejarse llevar;
dócil cuando quieres, hábil cuando puedes;
dueña de mis carnes, esclava de mis bajas pasiones.

Medida

Tú la medida de mi cuerpo ansioso,
de estas manos que zozobran por tus besos,
que inconscientemente te buscan en silencio,
que acariciarte quieren todo el cuerpo.

Palmo a palmo cubres toda de mi espalda,
encajas perfecto en mi alma,
no sobra ni hace falta,
justa tú en mis letras y en mi cama.

Calzan mis labios tus tibios senos,
ese suspiro que tienes al amarme,
el cansancio de tu frágil cuerpo al arquearse,
el dulce brillo de tus ojos al relajarte.

Tú la medida de mi ansioso cuerpo,
el pensamiento que me acompaña todo el tiempo,
la necesidad con la que me despierto,
la coraza con la que me protejo.

Fuese yo la medida de tu mirada,
de tu celo de mujer complaciente;
ser medida de tu sexo ardiente,
de tu placer sin mi sexo herida.

Tú la medida de mi cuerpo
y de tu alma yo la medida.

Sabes bien

Sabes bien que te amo,
que desesperan mis manos
por tenerte cerca,
lo sabes muy bien.

El silencio grita esa emoción,
sé bien que la llevamos contenida
muy dentro del corazón
que sobrepasa la razón.

Sabes bien que mi alma
se acopla perfectamente a tu ser,
que sólo tú y yo
nos proferimos más que el querer.

Sabes bien que te amo,
y por ti daría hasta la propia vida.
Sabes bien que te amo,
y te lo recalco por si se te olvida.

Se fue el amor

Y se me fue el amor
a cuenta gotas
en un mar de inquietantes desvelos
con cielos grises
y ciclónicas tempestades.

Acurrucó el semblante lacónico
de mis necedades
y se fue en silencio
como el rubor del dolor
cuando eres olvidado.

Y se me fue el amor
junto contigo
al decirme adiós.

Alma desnuda

La galería de arte era pequeña pero acogedora. Las obras se mezclaban con las luces artificiales dando un ambiente de ensueño. Una máscara verde jade se evadía del contrastante negro de su base. Mis ojos se paseaban lentamente por cada color vertido en esos cuadros y esculturas: acrílico, pastel, óleo, dibujo, madera, bronce. Ese mes de Junio era lluvioso pero ese día hacía calor. La noche se divertía con sus olanes de misterio. El artista era asediado por los expertos conocedores de arte y sus amistades más cercanas. Un amigo me comentó de la exposición y sin tener nada más que hacer fui. Me sumergí en un claroscuro que hacía suyos la tristeza y la melancolía. La simpleza del dibujo reflejaba una gran fuerza. Un rostro marchito con mirada triste acompañado de una tenue lágrima que se desgajaba de la mejilla izquierda. Algo dentro de mí empezó a convulsionar ante esa expresión plasmada en ese dibujo. La galería empezó a darme vueltas en la cabeza. Una voz detuvo el vértigo.

- Es triste, ¿verdad?

Transcurrió un minuto mientras me reponía de la convulsión y los giros de color.

- Soledad.
- Tienes razón. En los ojos se vislumbra una soledad doliente. La lágrima refleja la última esperanza que se va del alma.
- Más bien, la última gota de amor que se tiene por alguien.
- Exacto. Perdón, me llamo Anaely.
- Juan Carlos, mucho gusto.
- Vienes solo, ¿verdad?
- Sí, un amigo me comentó de la exposición y quise distraerme un rato.
- No te veo muy seguido por las galerías.
- No acostumbro a frecuentarlas. Atípico al arte, supongo.
- Nada de eso. Más bien no te has involucrado en este mundo.
- Creo que tienes razón.
- Ven, éste cuadro te va a encantar.

Me llevó hacia un rincón de la galería dónde estaba un cuadro pintado en óleo. Los matices eran igual de melancólicos que el dibujo. Esta vez era un pecho desnudo abierto cuyo corazón sangraba. Una lágrima se disponía a resquebrajarse en la sangre escurrida en el abdomen. Volví a sentir esa convulsión en mis adentros. Ese llanto que venía desde lo profundo de mis pensamientos.

- Fíjate cómo la luz penetra el corazón y lo deja con una minúscula esperanza ante tanta tristeza.
- Amor fatigado con dolor. La lágrima el último beso que se dio. La luz se difumina para decir que la esperanza acaba de morir. La sangre derramada es la historia incontable de dos vidas que ya jamás volverán a encontrarse.
- Hablas cómo si conocieras mucho de arte y las obras del autor. ¿Es así?
- Lamentablemente no sé nada de arte, ni conozco mucho la obra del autor. Te estoy diciendo lo que percibo aunado a lo que siento por dentro.
- Para no saber nada, dices cosas que no había apreciado en este cuadro. Al menos no de la forma en que tú las aprecias.

Me despedí en ese instante y salí de la galería. La convulsión cimbraba mis manos dejándolas temblorosas. Decidí caminar hasta un parque que se encontraba cerca de la galería para calmarme. De pronto escuché que me llamaban.

- ¡Juan Carlos, espera!

Me detuve y giré lentamente la cabeza y la vi plenamente. No me había percatado de lo hermosa que era. Tez blanca, cabello oscuro, ojos miel, boca pequeña, alta y delgada. Traía un vestido negro de tirantes, zapatillas del mismo color y el cabello largo, hasta la cintura, suelto.

- ¿Te puedo acompañar?
- Claro que sí.
- ¿A dónde vas?
- Iba al parque a sentarme un rato.

Nos quedamos platicando hasta las tres de la madrugada. La plática iba y venía con arte, vida, amores, desamores, familia, amigos y trabajo. Ella estaba en un taller de pintura, le encantaba pintar. Nos despedimos y quedamos en hablarnos por teléfono. Así empezó lo que ahora somos. La galería está repleta, ella luce radiante pero nerviosa. En pocos minutos cortarán el listón para inaugurar la exposición con sus obras. La obra principal se llama “Alma desnuda”, un cuadro en dónde se aprecia un parque, una pareja en la cual ella se acurruca en él bajo el auspicio de una noche de Junio calurosa. Itinerantes: pasión, amor y entrega.

Tanto amor

No puedo con tanto amor. El cielo se pinta de un gris nostálgico y la música de un fluido sentimental. No sé que hacer con todo esto que me tiene en un mundo donde parece que no existo. Me siento levitando. Los carros pasan a mi lado sin darle importancia alguna. Quiero enviarte un mensaje para decirte cuanto te amo. Apreso con la mano izquierda el volante y me digo que no. Las imágenes surcan el horizonte para decirme en silencio que todo lo que haga es vano para no amarte. No puedo con tanto amor que se desgaja de mis ojos cuando miran perdidos ese gris nostálgico que nace en los cielos. Quiero escucharte y decirte a viva voz que te amo. Miro a la izquierda y veo el teléfono móvil callado esperando a que marque para resonar palpitante en tus adentros. Me embriago con esa emoción que parece no tener fin y necesito sacar todo este sentimiento. No sé cómo explicarte en términos sencillos esto que nubla mis emociones encendidas. Me despierto y un suspiro extenuante sacude todo mi cuerpo para advertirme que aún te siento. Procuré no hablarte, ni escribirte, ni buscarte, esconderme, arrancarme la vida, olvidarte, pero no he podido, así como no puedo con tanto amor.

Pensé mil cosas a la vez mientras el asfalto se comía desesperado el caucho de las llantas del carro. Qué fácil sería morir de amor. Las escenas se mostraban como cortometrajes. Una de ellas me disponía en un precipicio dónde las olas abrazaban mis sueños. Me imaginé con veinte años, delgado, camisa sport negra, unos vaqueros azules descoloridos y descalzo. La brisa soplaba fuerte y se arremolinaban mis cabellos. En los pensamientos tenía tu imagen y sólo pensaba en amarte. Antes de ir al precipicio te había mandado una carta con pocas letras: te amo demasiado. Te habías ido a otro lugar a hacer otra vida lejos de mí. No podía con tanto amor que preferí morir antes de olvidarte.

Otra escena se dibujaba en esas mismas calles. Te había mandado un mensaje con un te amo. No me importó si estabas sola o acompañada, simplemente tenía unas incontenibles ganas de decírtelo. Le quité al teléfono móvil el chip y la memoria y las arrojé por la ventana, kilómetros más adelante el teléfono mismo. Quería desaparecer, morir antes de que me dijeras adiós. Subía un paso a desnivel y me fui hacia el vacío rompiendo la cinta protectora del puente. No podía con tanto amor que preferí amarte hasta la muerte antes de verte partir para jamás volver.

A veces no puedo con tanto amor. Las lágrimas surcan solas en mis adentros que hieren en silencio. Mi cuerpo arde de manera impresionante, como un volcán en plena erupción. Muerdo los labios, grito “te amo” desesperado para que me oigas desde dónde quiera que estés. La música siempre me acompaña. Acabo temblando de tan intenso que es esto que siento en el alma. Hay días en que no puedo con tanto amor. Quisiera irme a resguardar a tus besos y caricias. Sentir el aroma de tu piel que palpita al roce de mi boca. Robarte por unas horas para contemplarte llena de luz y una cándida mirada. Esta mañana es uno de esos días en que no puedo con tanto amor que se desprende de mi alma. Tanto amor que si te alejas de mi lado me consumiría abruptamente. Tanto sentimiento que me quema el ser, que me quema el alma.

Sorda soledad

A la sombra del farol envejecido se acomodaba la blusa Ernestina. Un prendedor brillaba en su pecho. La brisa la salpicaba con viento fresco. Escrutaba a toda la gente que pasaba. Buscaba desesperada al hombre que la citó en aquel lugar tan poco propio para una dama como ella. El rumor del río pasando debajo del puente se hacía agónico. Un recuerdo le susurraba que nada podía hacer para calmar la angustia que traía en el pecho. Una sombra se le acercó por detrás.

- No voltees. Dame lo que es mío.
- He intentado hablarle a la soledad pero vano ha sido.
- No me interesan tus pláticas estúpidas.
- Está completo.
- Eso espero.
- ¿Dónde está?

La sombra dejó caer un sobre blanco y se desvaneció en la oscuridad. Recogió el sobre y temblorosa lo abrió. Una hoja blanca delataba unas manchas de algo carmín. Empezó a leer: “Lo tuve que matar porque hablaba con la soledad”. Dejó caer la hoja en el caudal del río. Se arrancó el broche y lo aventó lo más lejos que pudo tragándoselo la oscuridad. Primero se quitó una zapatilla, luego la otra acomodándolas delicadamente. Descalza caminó hasta el final del puente. Sin pudor se quitó la ropa quedando completamente desnuda. Una soguilla de oro brillaba en sus manos. La dejó caer. Se internó en el río y la corriente se la llevó a las profundidades no sin antes intentar de nuevo hablar con la soledad.

martes, 28 de julio de 2009

Espero morir

Los rayos del sol acariciaban trémulamente la esquina derecha del camastro donde estaba postrado Herbeth. Una cobija desteñida lo arropaba. La mañana carcomía con su melancolía los últimos momentos de la agónica existencia de Herbeth.

- Tío, hoy tengo la esperanza de morir. Una luz tenue bajó hasta mis pies. Vi el rostro de la abuela vestida con una gran sonrisa.
- No digas esas cosas, hijo. Tu padre no tarda en llegar, aguanta un poco más.
- Siento que no puedo esperar más. Las fuerzas se me van de las manos. Mi madre me llama insistentemente. Quiere que la siga.
- Detente, espera aunque sea a que llegue el diácono y te de los santos óleos.
- No puedo esperar más, tío, no puedo.
- Hazlo por tu padre que te quiere mucho.
- Mírame, tío, estoy más allá… ¿no ve?
- ¡Sara, ven rápido!

Las lágrimas se escurrían del rostro de Benjamín. Apretaba con fuerza la mano maltrecha de Herbeth. Sara dejó la comida en la estufa y fue de inmediato a la habitación.

- Tía, dile a mi padre que no lo pude esperar más, que mamá me estaba esperando para llevarme con ella. Dile que la abuela está bien ahí junto al abuelo Héctor. Los dos lucen felices.
- No digas esas cosas, mi niño, no las digas.
- Ya le dije que espere a mi hermano pero insiste en irse.
- También dile a Lupita que estaré bien. Dile que sea feliz por los dos. Quisiera llevármela conmigo pero me dice el abuelo que aún no ha llegado su hora.
- Se lo diré pero aguanta un poquito más, tu padre está por llegar.
- Espera, Herbeth, espera quince minutos más.
- Es mucho tiempo, tío. Mamá se aleja y me guiña el ojo para que la siga. La abuela va tomada de la mano del abuelo y regresan al lugar donde ahora moran.
- Escucho el rechinar el camión que ha llegado al pueblo, seguro que tu padre viene ahí.

Juan corría desesperado rumbo a la casita de retablos de madera. El viento soplaba impávido alzando el polvo dejando un rastro melancólico en el ambiente. La caja de cartón que llevaba en la mano derecha le estorbaba al momento de correr. No la quiso dejar caer. El sombrero dio unas volteretas detrás de él, lo ha dejado ahí. Las lágrimas dejaban surcos en su rostro. Gritaba apagadamente a Herbeth.

- Escucho a mi padre venir. Ya no aguanto más. Tío, dile a mi padre que lo esperaremos cuando llegue su hora. Mamá le manda muchos besos.

Cerró los ojos y dejó escapar el aliento de vida que aún le quedaba. Juan entró al cuarto hecho un mar de lágrimas. Benjamín y Sara lloraban abrazados. José y Gabriela regresaban de la escuela para jugar con su primo Herbeth. Dodi, el perro de la casa, aullaba con desgarrados alaridos de tristeza. Los retablos sucumbían ante la muerte. Una lechuza blanca alzaba el vuelo en busca de otra alma inocente.

Risa lacónica

La voz yerta se muere en destilados dolores de carne hedionda. Lo espiritual cabe en un burbuja de sangre ignota que escurre por las laderas de la melancolía. Denme una locución para abrir las venas y aminorar la soledad. Oscurece el día en nubes de llantos deprimentes y sucias manos de angustia. Nada sobresale de este lastre que llevan las cuerdas vocales para emitir disonancias eclípticas. ¡Silencio! Sé que ríe en sus adentros al verme moribundo. No tiene caso resistir los encantos de su rostro pálido y huesudo. Viene a por mí para que riamos juntos.

Dolor pertinaz

Yerta la voz se filtra incansable en los vestigios del dolor. Las lágrimas se desploman agitadas por la tristeza. La noche conjuró un estridente destino para el calvario de las emociones. Coadyuvó la melancolía a la razón. Empiezo a entender los gritos que nacen en mi mente y se despilfarran en mi muda boca. La cabalidad ha desaparecido. Me queda un lánguido suspiro temeroso, casi hecho llanto doloroso. Necesitan mis ojos embriagarse con lágrimas insomnes. El dolor llega de muy dentro y se esparce en el torrente sanguíneo. El cansancio amputa las ideas lúcidas que pueda tener. Heme aquí socavando la inmundicia de la tristeza para hacerla más que un dolor. Nadie entiende esto que agita los deseos de sollozar hasta el cansancio. La depresión convulsiona en mi lengua, se arremolina en la garganta, se anuda a las letras. Estoy y no. Me siento triste. Espero que acabe el día antes de que la melancolía lo haga conmigo.

Anochece con el calvario a cuestas. Esa imagen insonora que vibra en mis dedos se hace ínfima cuando las lágrimas se depositan en ellas. Arden las heridas hediondas que supuran el mordaz desconsuelo. Nada parece dominar el dolor que se apresura en los surcos de la obsesión. Navegan cabizbajas las retóricas obscenas aludiendo un mar carmín de perdición. Una vez más necesito olvidar quién soy.
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El comienzo

Una vez más se ha creado la necesidad de verter en un espacio un puñado de dolencias. He comenzado a indagar en mis propias vísceras para dejar salir un poco esas necedades de la sorda soledad que acompaña a mis huellas dejadas en ignotos senderos.

Heme aquí anudando letras para formar palabras que repiquen sordas en alguien. He empezado y no sé cuando parará...

Bienvenidos al Crematorio.