Castrado.
Inicié con los labios,
luego la nariz, poco a poco hasta su ombligo. Gemía suavemente. Métemelo – dijo
apretando los labios. La dejé toda caliente y húmeda, lista para metérsela. Me
costó la vida decirle que era impotente. Dejé unos cuantos billetes sobre la
cama y me largué. Detrás de mí una serie de improperios salían de su dulce
boca: ¡Cástrate hijueputa!
Placer callejero.
Verónica caminaba en
silencio, con los ojos puestos en el piso. Las calles estaban atestadas de
gente, era sábado por la tarde. Sintió que se le erizaba la piel, el roce de
sus muslos le daba placer al caminar. Se detuvo un momento y apretó sus labios
para no gemir. Respiró hondo y se puso a rezar. Continuó caminando y todo el
cuerpo le empezó a sudar. El placer era incontrolable. Se detuvo de nuevo.
Respiró hondo y se puso a rezar por más tiempo. Cerró los ojos y apretó los
labios con fuerza. Un orgasmo sobrevino haciéndola explotar por dentro. Las
bragas se terminaron de mojar. Suspiró aliviada. Juró no volver a ver
pornografía antes de salir a la calle. Al menos traigo, en el bolso, otra ropa
para cambiarme – pensó al retomar su andar con un sonrisa placentera.
Prolífico verano.
Con quince años encima,
no sabía qué era un orgasmo. El verano estaba empezando y yo pasando mis
vacaciones en casa de mi abuela Isolina. Dormía en el mismo cuarto en donde
dormían mi abuela y mi tía. Dormíamos en hamacas. Una noche, al intentar
dormir, la cobija rozó mi sexo. Sentí un placer nuevo. Se apagaron las luces y
por la ventana entraba la claridad de la luna. Seguí rozando la cobija y se
puso duro y caliente. Froté la cobija, con más ansias que fuerza, hasta que un
espasmo me sorprendió dejando la trusa toda mojada y pegajosa. Fui al baño
inmediatamente. Vi, olí y palpé una viscosidad: mi semen. Me limpié con papel
higiénico, que se quedó pegoteado en mi sexo decaído. Días después, ya me
masturbaba en el baño con las manos. Un verano prolífico para el placer.
Lectura presencial.
Octavio paseaba por la
Plaza Grande. Apenas eran las diez de la mañana para que hubiera mucha gente
deambulando por ahí. Se sentó en una banca verde. Continuó con la lectura de “Lolita”
de Vladimir Nabokov. Carlota, vestida con falda corta, blusa blanca y medias
escolares, se sentó en la banca verde que estaba frente a Octavio. Con
desenfado abrió las piernas dejando expuestas las bragas blancas que traía
puestas. Octavio alzó discretamente la vista por encima del libro y vio las
impolutas bragas. De inmediato se hinchó su falo. Tragó un poco de saliva y se
re-acomodó en la banca verde. Quería tener un mejor panorama. Carlota se sintió
observada e inmediatamente cerró esa cueva revestida de blanco; se puso de pie
y se marchó. Octavio la siguió con la mirada hasta que desapareció por el
horizonte. No pudo continuar con la lectura. Fue a los baños públicos del
Pasaje Picheta. Pagó cinco pesos y entró.
Se encerró en un baño y se masturbó con frenesí. Salió del baño y se fue
a sentar a otra banca verde. Retomó la lectura y alzó la vista por encima del
libro.
La destripadora.
Mi madre jamás habló
conmigo de sexo y por consiguiente no sabía absolutamente nada; salvo las cosas
que mis amigas me contaban, fueran verdad o no. Mi tercer novio quería que se
la chupara, pero me daba asco sólo de pensarlo. No te va a pasar nada – me decía
mi novio mostrándome su hinchada pinga. Tenía miedo a embarazarme si se la
chupaba. ¡No me jodas! Con chupármela no te vas a embarazar. No creas todo lo
que te dicen tus putas amigas – me regañaba haciendo ademanes obscenos. Un
sábado por la noche accedí a chupársela. Fuimos a su casa, supuestamente, a
estudiar. Sus padres saldrían al supermercado y nos quedaríamos solos en la casa.
Ya solos en su cuarto, encendió el televisor y puso en la reproductor de DVD
una película pornográfica. Es para calentarnos – dijo libidinosamente. Veía como
una rubia de ojos azules se introducía la pinga de un negro, que no cabía en su
boca. La lengua jugando con sus testículos y sus manos sobando la pinga con un
ritmo de arriba-abajo, abajo-arriba. ¡Dios, no sabía que se podía hacer eso!
Más que caliente, estaba sorprendida por las maromas que hacían la rubia y el
negro. No había terminado la película y mi novio ya había puesto mi mano
derecha en su pinga, mucho más chiquita que la del negro. Mi mano se manchó con
un líquido transparente y pegajoso. El olor casi me hace vomitar. Cerré los
ojos y temblorosa le pasé la lengua a sus testículos. Sin miedo – me dijo
gimiendo un poco. Con cuidado lo metí a mi boca, tratando de no lastimar a mi
novio. El sabor salado al principio no me gustó, ya luego me acostumbré a él.
En mi desesperación lo mordí con algo de fuerza, lo hice sangrar. ¡Me lleva la
puta madre! ¡Ya me jodiste la verga! ¡Lárgate pendeja! ¡Lárgate ya, antes de
que te rompa la madre! – vociferó como energúmeno. Salí corriendo de la casa y
me puse a llorar. Jamás me volvió a hablar. Ahora me dicen la destripa-pingas.
A mi novio en turno no le incomoda eso mientras se la chupe bien.