No me ates a tu
alma,
Si no quieres
que te ate a mis ganas.
I
Recordaba poco lo que era
amar desesperadamente, que la piel se erizara con el roce de una voz, con la
idea de introducirme en una cavidad húmeda y tibia, sentir una explosión
chorrearse por todo mi sexo. ¡Maldita sea! Los recuerdos parecían escenas de un
sueño fugaz e irrepetible. Sacudí la cabeza y alejé esos pensamientos
abruptamente. Volví a la realidad con pesadumbre. La vida con Perla se volvió
monótona y asfixiante: dos hijos adolescentes y muchas deudas. El sexo no tenía
entrega alguna, simple satisfacción mundana y animal. No tengo ganas, decía con
fastidio Perla constantemente. Fue matando lo que hasta hace unos años era mi
desmedida pasión y urgencia por tener sexo ardiente. Me excitaba más leer los
cuentos eróticos de la revista “Eva &
Eros”, donde trabajaba. Era el encargado de la sección “Piel escarlata”,
sección de la revista dedicada a los cuentos eróticos de los lectores.
A pesar de mis cuarenta años
me veía más avejentado, los ojos ya no brillaban con esa lujuria que los llegó
a caracterizar. Frank, con esas miradas desnudas a cualquiera, decían las
asistentes cuando les daba un vistazo de pies a cabeza. Algunas se sonrojaban y
otras, las menos, se ofendían. Llegaron a acostumbrarse tanto que ya no me
tomaban en cuenta cuando les escudriñaba los escotes prominentes o las nalgas
prisioneras en ajustados vaqueros. Igual fui perdiendo el interés.
Esa mañana llegué a la
oficina más cansado de lo normal. Elizabeth, mi asistente, me sonrió
cariñosamente antes de darme los buenos días. Dibujé en mi rostro una media
sonrisa. Ella era servicial, aplicada y emprendedora. Quiero que seas mi
remplazo algún día, le dije muy serio una tarde. Sólo me sonrió. Sus veinte y
siete años le sentaban de maravilla: piel morena, ojos cafés chispeantes (tan
oscuros que parecían negros), cabello largo y labios carnosos. Cuando entró a
la revista la escudriñaba todos los días y tenía una leve erección. Luego de
conocerla un poco más, la miraba como una jovencita llena de ilusiones y ya no
a la mujer que llevaba debajo de sus vestidos primaverales o sus vaqueros
ajustados. Le tomé cariño.
Sin ánimos me senté en mi
escritorio. Abrí una carta y empecé a leer. Las historias interesantes te
atrapan en las primeras líneas y deben sostenerse hasta el desenlace, me dijo alguna
vez Alberto, un amigo escritor. Las primeras líneas sonaban algo cursi, pero me
permití seguir leyendo. Quizás se ponga mejor, pensé. El cuento estaba narrado
en primera persona y contenía un sentimentalismo sin llegar a lo rosa. Género
romántico erótico, suspiré. Centré mi lectura en la imagen del dormitorio de la
protagonista, cuando se entregaba a un hombre.
<>
Imaginé a la protagonista
cerrando los ojos, apretando los dientes y dando pequeños gemidos. Sentí que se
abultaba mi entrepierna. Sin embargo, un giro inesperado puso a la protagonista
encadenando al hombre, con los ojos vendados. Se me puso más duro el bulto de
carne hirviente. Después de saciar sus ganas y correrse un par de ocasiones
más, asesinó al amante. Luego supe el trasfondo líneas adelante del por qué
asesinó al tipo: él había violado a su madre cuando ella tenía doce años. Lo vio,
calladita dentro de un armario, por una pequeña rendija. Se puso un puño en la
boca para no gritar y ser descubierta. Mientras empujaba con fuerza dentro de
su madre, la estrangulaba. Un alarido del tipo finalizó la escena y empezaron
sus pesadillas nocturnas. Juró que se iba a vengar de ese asqueroso hombre, pero
las caricias pudieron más que ella, ardía de deseo. Al final recordó por qué
estaba ahí con ese hombre y lo asesinó.
Una semana después leí el
cuento en el tiraje mensual de la revista. Sabía, dentro de mí, que esa
escritora tenía madera. Firmaba como Erinni. Esperé con paciencia para leer
otro cuento de ella. Un atisbo de lujuria empezó a encenderse en mi mirada.
II
Me desperté a las tres de la
mañana, algo agitada, recordando una mirada que me desnudaba completamente.
Sentía endurecer mis pezones lentamente. Al principio me incomodaba que lo
hiciera tan descaradamente, pero luego empezó a excitarme. Frank cambió poco a
poco, esa mirada que me incendiaba se fue apagando hasta extinguirse. Sin
proponérmelo, le tenía lástima. Cuando tuve más confianza con él, me contaba su
vida a lado de Perla, su esposa. Cuando hablada de ella, su mirada se perdía en
un punto fijo, se iba a otro lugar instantáneamente. Se le notaba la amargura
en la voz.
En más de una ocasión imaginé
sus dedos introduciéndose dentro de mí. Mordisqueándome el lóbulo de la oreja,
pellizcando mis pezones. Lo hacía a menudo leyendo los cuentos que él me daba
para revisar o corregir la ortografía y ensalzar la trama para hacerla más
interesante. En una ocasión me descubrió mordiéndome los labios. Creo que ese
cuento está que quema, bromeó. Me ruboricé apenada. Si hubiera sabido que
transfiguré al protagonista y lo puse a él, no sé qué hubiera pasado. De algo
estaba segura: jamás se fijaría en mí como mujer. Su tono condescendiente me
hacía sentir como una sobrina suya. Me molestaba mucho.
Tenía que intentar seducirlo
de una manera u otra. El novio que tenía en ese entonces no me satisfacía por
completo. Siempre que teníamos sexo imaginaba a Frank en su lugar socavando mi
vagina una y otra vez, haciéndome gemir desesperadamente, clavándole las uñas,
en la espalda y en las nalgas, para tenerlo más enterrado en mí. Me corría un
par de ocasiones antes de darme cuenta que no era él. No podía seguir así, lo
necesitaba a él dentro de mí.
Lo primero que se me ocurrió,
para seducirlo, fue escribir un cuento erótico, ya que cuando él leía le
afloraba esa mirada ardiente que me excitaba sobremanera. Me puse en ello de inmediato.
Tenía que excitarlo con la lectura. Tuve que recurrir a escenas con rasgos de
venganza, pero sin dejar de lado el erotismo que me consumía pensando en él.
Quería atarlo a la cama y verle la expresión cuando engullera todo su pene
caliente. En la vagina me daban pequeñas contracciones cuando escribía el
cuento. Lo dejaba por momentos para acariciarme. Luego de varios días lo
finalicé y lo llevé a la revista. Lo firmé con el pseudónimo de Erinni. Lo dejé
donde Frank tenía apilados otros cuentos que no había leído. Suspiré emocionada
y nerviosa a la vez.
Esa mañana vi a Frank más
cansado y agobiado. Le di los buenos días y me sonrió a medias. Entró a su
oficina y lo vi agarrar un sobre, tras otro. Se detuvo en uno y lo abrió. Poco
a poco se le empezó a encender la mirada. Sentí un calor en la entrepierna. No
podía con la duda, tenía que saber si era mi cuento. Resoplé y toqué antes de
entrar a su oficina. ¿Tienes algo para revisar?, dije ocultando mi nerviosismo.
Vi en sus ojos esa llama que empezó a encenderme. Ahogó un gemido. Aún estoy
revisando, dijo como un acto reflejo. Creo que está interesante el cuento, dije
guiñándole un ojo. Se quedó en silencio. Mejor me retiro, dije rápidamente.
Cerré la puerta con cuidado. Guiñarle el ojo me había excitado; no podía
creerlo. Me fui al baño para calmarme un poco.
Por la tarde me llamó Frank
para que fuera a su oficina. Entré algo apenada por lo sucedido en la mañana.
Revisa éstos cuentos y ve si puedes sacarles algo, dijo señalando unos papeles
apilados. Me acerqué para agarrarlo y me miró sonriendo. Se acordó del
incidente. Mordí mis labios con inocencia. Este cuento, dijo agitando los
papeles que traía en la mano, va para el siguiente número mensual de la
revista. Tiene madera esta chica Erinni. Me congelé por unos instantes. Lo
había excitado con el cuento. Mi cuerpo se tensó. La vagina empezó a
palpitarme. ¡Despierta!, dijo tronando los dedos. Si, voy a transcribirlo
inmediatamente, dije al fin. Agarré los otros cuentos y salí con una sensación
riquísima cuando mis piernas se rozaban entre ellas. Estaba húmeda. Al cerrar
la puerta suspiré triunfante.
III
Llegó Semana Santa. Perla
había hecho planes para salir de vacaciones. Preparamos las maletas y nos
fuimos una semana a la Riviera Maya. El hotel en el que nos hospedamos tenía un
paquete “Todo incluido”, así que no nos moveríamos del hotel. Me la pasé en las
piscinas bebiendo y platicando con algunas turistas europeas, intentando revivir
mis años de Casanova. Había perdido el toque. Perla me daba cualquier excusa
para no estar conmigo, cosa que no me afectó en lo más mínimo. Sebastián y
Wilberth se la pasaron por ratos con Perla, y otros tantos conmigo.
Una mañana, después de
desayunar, me fui a la tienda que estaba a un costado del lobby del hotel. No tenía ganas de ir a las piscinas y embriagarme.
Estuve esculcando los estantes de la revistas y vi la última edición de “Eva & Eros”. Pagué la revista y
regresé al lobby para leerla. Antes de salir de vacaciones no terminé la
selección de cuentos, así que Jorge Estrada, compañero de la sección “Sexo y
Salud” me apoyaría con esa labor. Pasaba las hojas lentamente, sin enfocarme a
nada en particular. Llegué a la sección “Piel escarlata”. Me acomodé de nuevo en el sillón y empecé a leer.
Desde las primeras líneas
supe que era de Erinni. Bajé la mirada para buscar al autor y no me equivoqué.
Cerré la revista y regresé a mi habitación. Perla ya había salido. Me recosté
en la cama para estar más cómodo. Empecé de nuevo la lectura, mis ojos
brillaron de lujuria. La protagonista hundía dos dedos en su sexo incitando a
su amante que estaba amarrado a una silla. Él estaba completamente desnudo y
con su falo húmedo y duro. Gemía desesperado por no poder desatarse y poseer
bruscamente a la protagonista. De pronto, ella se apodero de la húmeda daga con
las dos manos. Empezó a chuparla con fuerza, el amante cerraba los ojos y
gemía, y jadeaba. Con los ímpetus que tenía, se la metió casi toda a la boca.
El semen se chorreaba por las comisuras de la boca y la protagonista clavó las
uñas en los muslo del amante. Debajo de ella había un pequeño charco con los
jugos de su orgasmo. Sin proponérmelo, me estaba masturbando ante la escena.
Cerré los ojos y me imaginé a Erinni ahí en la cama, a mi lado, succionando con
fuerza, como si le fuera la vida en ello. Hice a un lado la revista y me
chorreé instantes después. Me recobré del momento y hablé a recepción para que
enviaran a alguien a cambiar las sábanas.
Erinni se había vuelto una
obsesión. Cuando recordaba sus cuentos me excitaba mucho, en ocasiones creía
percibir el aroma de su sexo, embriagándome. Por momentos me la imaginaba
morena; otras, rubia y las menos, pelirroja. Creía verla andando por las
piscinas, portando un traje de baño diminuto, guiñándome el ojo y llevando en
las manos un par de tragos. Algo me decía que era madura, de entre treinta y
cinco y cuarenta años. Qué te pasa, me preguntaba Perla en ocasiones, estás
extraño. Nada, le respondía escondiendo una sonrisa.
Se acabaron las vacaciones y
regresé a la rutina de siempre, pero con la lujuria a flor de piel.
IV
La necesidad de tener a Frank
entre mis piernas crecía más. Ya me había comentado que se iría de vacaciones
con su familia. Salgo de vacaciones, Elizabeth, me dijo con voz cansina, voy
con mi familia a la Riviera Maya. Quería que no perdiera esa llama que mi
cuento le había encendido de nuevo. Me puse a escribir otro cuento, entre
deseos y ficción. Algo me decía que estaría vagando solitario en el hotel. Sólo
esperaba que Jorge Estrada, el que se quedaría a cargo mientras Frank estaba de
viaje, seleccionara mi cuento. Tenía que inducirlo a ello.
Poco a poco le fui contando a
Jorge sobre la escritora Erinni, que tanto le fascinaba a Frank. Sé que está
obsesionado con ella, dijo. Reí con algo de malicia, al fin estaba consiguiendo
que deseara a una mujer con la pasión que antes le caracterizaba. Si vuelve a
escribir, dijo guiñándome el ojo, lo publicaremos. Sentí que ese guiño me
rasgaba la blusa y no me gustó. Desde que llegué a la revista ha estado
insistiendo para que salga con él a tomar un trago. En una ocasión me mandó un
correo electrónico invitándome a salir de antro. Se molestó por unos días
conmigo ante mi negativa. No le dije nada a Frank porque sabía que eran buenos
amigos y no quería tener problemas.
El siguiente cuento lo escribí
desnuda, metida en la cama oyendo a Adam
Hurst. La música de cello era como un afrodisíaco. En mi regazo ponía la
laptop y entre suspiros, caricias y pequeños gemidos fui construyendo la
historia. Sabía que esto no podía seguir así, tenía que confesarle a Frank que
Erinni era yo, pero no buscaba el momento oportuno. La posibilidad de irme a un
periódico local me supuso una encrucijada: dejarlo o confesarle la verdad.
Me obligué a terminar el
cuento lo más pronto posible y tuve dos noches en vela puesta en ello. Lo llevé
a la oficina y antes de que llegara Jorge lo dejé entre los otros cuentos. De
súbito, sentí unas manos que acunaban mis senos y una erección entre las
nalgas. Qué haces aquí, dijo la voz oliendo mis cabellos. Con furia me di la
vuelta y empujé con fuerza. Jorge retrocedió unos pasos. ¡Estúpido! Grité
molesta. Salí huyendo de la oficina y me encerré en el baño a llorar. Era amigo
de Frank y no podía hacer nada. Las dudas se despejaron en esos momentos: irme
de la revista. Sequé mis lágrimas y fui a mi lugar a redactar mi renuncia
voluntaria. Me dolía mucho porque decidí no despedirme de Frank.
V
Cuando llegué el lunes a la
oficina, Pedro, el coeditor de la revista, me dio la noticia: Elizabeth ya no
trabaja con nosotros. Suspiré cansino. La noticia de su partida me molestó,
pero tenía que averiguar el motivo. No me creí el hecho de que se fuera a
trabajar a un periódico local en la sección de “Arte y Cultura”, ella no era de
esas. Le marqué al teléfono celular. No respondía a mis llamadas. Jorge me dijo
que no sabía nada. La nueva asistente era un muchachita que estaba haciendo su
servicio social, me era de poca ayuda; no tenía la experiencia de Elizabeth
para apoyarme en la revisión de los cuentos.
Tenía que verla y aclarar las
cosas. No me dejó siquiera un mensaje de despedida. Algo estaba mal. Varias
veces llamé al periódico local y me comentaban que no estaba. Mi último recurso
era ir a verla a su casa. No sé por qué te pones así, me decía Perla, ya se
fue, olvídalo. La veía con ganas de golpearla. Aspiraba profundo para recobrar
la calma.
La carga de trabajo no me
permitía ir a verla. Erinni no había enviado ningún cuento y eso me amargaba
más la vida.
VI
No estaba preparada para
enfrentar a Frank y su mirada inquisidora. Decirle la verdad haría que me
despreciara, o eso creía. Decidí escribir un último cuento para él, como
despedida. Desde la primera línea me puse sentimental. Vocalise Op. 34 No. 14
de Rachmaninoff hizo que se me encogiera el alma y las lágrimas brotaban como lluvia
cálida de verano. Esta vez el erotismo no fluía. Las caricias quemaban de una
manera diferente; los gemidos llevaban un dolor desgarrador. Escribí en primera
persona, dejé salir mi voz a quemarropa.
Terminar el cuento me
llevaría más de lo que había planeado. A releerlo afloraba la necesidad de
tenerlo oliendo el aroma de mi piel. Me negaba a dejarlo ir, sin haberme
entregado sin condiciones. Aquella noche, oí que tocaban la puerta
insistentemente. Dejé de escribir y bajé. Eran las diez de la noche, un poco
tarde para visitas de trabajo, pensé. Al abrir la puerta, Frank estaba ahí
parado, con esos ojos faltos de pasión. Apreté los puños para no maldecir.
¿Puedo pasar?, dijo quedamente. Un silencio nos dejó congelados. Abrí la puerta
de par en par. Entró despacio, como reconociendo el lugar. Cerré la puerta y
apoye mi espalda en ella. Me señaló el sillón con la mano y asentí con la
cabeza. Se sentó.
Permíteme, dije con un hilo
de voz. Se me quedó viendo dubitativo. Subí a mi habitación y bajé con la laptop. Me vio más extrañado al bajar.
¿Y esto?, preguntó al extendérsela. Se la puso en las piernas y empezó a leer.
Por un momento, levantó la mirada y me vio con ojos de incertidumbre. Con la
mano lo incité a que siguiera leyendo. El cuento aún no estaba terminado, pero
al final estaba escrito Erinni.
Intentó levantarse y lo
detuve agarrándolo por los hombros. Soy Erinni, dije con un nudo en la
garganta. Su mirada incrédula me escrutaba toda. Cerró la laptop y la puso a un
lado. Seguía parada frente a él, con las piernas temblando. Se levantó y salió
sin decir nada.
VII
Por fin tuve tiempo de ir a
ver a Elizabeth. Salí de la oficina y me fui a la casa a darme un baño. Sabía
que la encontraría despierta, era de dormirse tarde según me había dicho. Al
llegar a la puerta de su casa, toqué con insistencia para que abriera. Tenía
pensado no moverme de ahí hasta que me contara por qué se había ido de la
revista, cuando ya le había dicho que ella sería mi remplazo a mediano plazo,
el puesto era suyo. No confiaba en nadie más. Se lo había ganado a pulso.
Esperé un par de minutos.
Cuando abrió la puerta me quedé sorprendido. Sólo traía un camisón de seda
blanco que evidenciaba su delgada figura y las sombras de los pezones. Una
sensación invadió mi sexo. Decidí apartar esa idea. ¿Puedo pasar?, dije
esforzándome para no evidenciar mi incipiente erección. Entré despacio. Era la
primera vez que entraba a su casa y la escrutaba como lo hacía cuando conocía
un lugar nuevo. Vi un sillón y lo señalé con la mano extendida. Asintió con la
cabeza. Estaba apoyada con la espalda a la puerta. No estaba encendidas todas
las luces de la sala, así que el claroscuro me dio otra visión de Elizabeth. Su
piernas estaban torneadas y los brazos delgados. No tenía nada debajo del
camisón. Podía adivinar los rizos de su pubis y eso me excitó mucho. Me
desconocía. La mujer, que ella llevaba escondida, estaba frente a mí.
Permíteme, dijo y me sacó de
mis cavilaciones. La miré sorprendido. No tardó mucho y la vi bajar con un laptop. Quedé más extrañado. Me la
entregó. ¿Y esto?, pregunté. No dije más y la puse en mis piernas y empecé a
leer lo que ahí estaba escrito. Sólo había leído un par de línea y supe que era
de Erinni. La miré por un instante. Me invitó, con la mano, a seguir leyendo.
¿Qué hacía ella con un cuento de Erinni? El corazón me empezó a latir
desbocado; ella sabía dónde encontrarla. Intenté levantarme y me detuvo por los
hombros.
Soy Erinni, dijo con un
quebranto en la voz. No podía creerlo. La miré una y otra vez. Cerré la laptop.
Es una broma, me decía en mis adentros. La excitación se esfumó de inmediato. Me
levanté y salí huyendo. Un cúmulo de sentimientos me nublaba la mente y tenía
que despejarme. No podía imaginar a
Elizabeth succionándome el sexo ferozmente, que se corriera dándome placer. No
podía permitirlo. ¡Malditos escrúpulos!
Después de unos minutos toqué
la puerta. El deseo pudo más que yo.
Epílogo
La noche lucía un manto
pintado de luces blanquecinas. Frank sabía que estaba perdiendo la oportunidad
de sentirse vivo una vez más. El renacer del Casanova que había perdido años
atrás. Aspiró varias bocanadas de aire antes de tocar de nuevo a la puerta. Dejó
los escrúpulos para otro momento.
Elizabeth cayó en el sillón
derrotada, había perdido al hombre que deseaba con locura. ¿Lo amaba?, lo amaba
sin remedio. ¡Eres una estúpida!, se repetía una y otra vez para sus adentros,
apretando los puños y golpeando contra el sillón. Al oír que tocaban la puerta
tembló de miedo. No sabía que esperar al abrirla. Se dirigió con duda y abrió
lentamente.
Las manos se Frank se
apoderaron de la cintura de Elizabeth. Su lengua exploraba el cuello y el
lóbulo de la oreja. La erección se frotaba en el pubis rizado. No había
necesidad de decir palabra alguna. Se dirigieron al cuarto. Esto durará lo que
tenga que durar, pensó Frank para sus adentros. No quería pensar en Perla, ni
sus hijos, ni en nada. Sólo deseaba sentirse vivo una vez más y con Elizabeth
lo estaba experimentando con creces.
Al cruzar el umbral de la
puerta, Elizabeth dejó caer el camisón de seda y dejo al descubierto su
desnudez. La visión excitó aún más a Frank, que estaba asimilando lo que estaba
por ocurrir. Desnudó lentamente a Frank, poseyéndolo con la lengua, sin dejar
milímetro desierto. Lo condujo hasta la cama. Le ató las muñecas a la cabecera.
La erección de Frank se erguía caliente y húmeda. Lo gemidos roncos salían como
ráfagas de aire tibio. Elizabeth le dio
los pezones para que lamiera y mordisqueara a placer. Arqueó la espalda por el
placer; ya los tenía duros. Su vagina estaba húmeda y lista para recibir la
estocada de Frank.
Mientras le vendaba los ojos
a Frank, le restregaba el pubis en el abdomen. El placer era abrumador. Frank
luchaba con las ataduras sin conseguir deshacerlas. Elizabeth le mordió los
labios y se sentó a horcajadas sobre el candente fierro que la esperaba. Un
gemido desgarró la habitación. Era tan estrecha que hizo delirar a Frank. El
fierro entraba y salía una y otra vez, dejando una estela de gemidos y jadeos.
Elizabeth apretó los dientes antes de chorrearse. La noche era joven aún y
Elizabeth aún tenía juegos en mente.
