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miércoles, 13 de abril de 2016

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 4



Día 4

            Me desperté con un regusto de victoria. Sabía que cinco, de las diez, Coca Colas, eran mías y no sabía con qué intercambiarlas. Me bañé cantando bajo el chorro de agua. Me estaba acomodando la camisa cuando tocaron la puerta. Abrí. La Diva estaba parada frente a mí. Pasa, le dije. Ya me enteré, insinuó. ¿De qué?, pregunté cerrando la puerta. Que ganaste al dominó y te llevaste un buen premio. Abrí el locker y la Diva se recostó en la litera. Suerte de principiante, dije al cabo. Tenemos que hacer algo con esas Cocas, resopló algo agitado. Le puse pasta al cepillo de dientes y entré al baño. Esta vez no cerré la puerta. Sigilosamente entró La Diva y me agarró el sexo delicadamente. Podemos cambiarlas por una botellita de vino y chocolate con licor, susurró, y vemos una película XXX en tu laptop. Por instinto lo empujé. Salió riendo. Hijo de su puta madre, dije para mis adentros, me excitó el pelaná. Creo que el encierro ya me estaba afectando. Me lavé la cara y salí. La Diva estaba tarareando una canción. Sé que te gustó, se apresuró a decir. Me hice pendejo y no respondí. Vamos a desayunar, le dije. Vamos, dijo y salió detrás de mí. 

Había empanadas con queso, hot cakes, salchichas y cereal. Me serví hot cakes y un par de salchichas. La Diva agarró lo mismo. Jorge y Oscar ya estaban desayunando. Nos sentamos en su mesa. Ya pensaste qué harás con tu premio, dijo Oscar maliciosamente. Aún no, contesté sorbiendo un poco de jamaica. Vino, chocolate y sexo, dijo La Diva a bocajarro. Se empezaron a carcajear. No se te olviden los condones, remató Jorge. Me empecé a reír. Puras mamadas dice La Diva, solté en mi defensa. Ya caerás, respondió para luego hacer un gesto con los labios a manera de beso. Terminaron de desayunar rápido. Hay mucho trabajo, dijo Jorge, debemos terminar al medio día. Cada cual se fue a su camarote. Ya en el camarote, me puse a pensar en qué otras cosas se podían conseguir con la Cocas, eso no le había preguntado a Oscar. A la hora de la comida le preguntaré, pensé y entré al baño a cepillarme los dientes.

Cuando llegué a la oficina había un silencio sepulcral. El Jefe del Área no estaba. Me encogí de hombros y me senté frente a la laptop. Al revisar mi correo vi uno de Oscar. En el asunto decía: Lista de los deseos. Me apresuré a abrirlo. La lista era de las cosas que podía intercambiar por las Cocas. No era muy larga, pero tampoco muy pequeña. La lista incluía: licor, dulces, condones, ropa, zapatos, masajes y hasta droga. En el apartado de masajes y droga, tenía unas pequeñas letras: sólo VIP. Por sentido común deduje que esas cosas no a cualquiera se las darían por lo que implica. Una nota al calce rezaba: esta lista no existe y jamás la has leído. En ese momento sonó el teléfono. Era Oscar. Cuando termines de leer el correo, elimínalo, dijo y colgó. Se me quedó grabado el masaje, en qué consistía tal. En mi mente decidí como intercambiar, aunque no sabía si me alcanzarían las Cocas: licor, dulces, condones, - por si se ofrece-, masaje. Total, pensé, lo pasa en Ek Balam, en Ek Balam se queda. Seguí trabajando.

Fui al comedor a las dos y media de la tarde. No había ningún capturista. Había filete de pescado a la plancha y al mojo de ajo, pollo al limón y puntas de cerdo. Pedí filete de pescado al mojo de ajo y limonada. Me senté en un rincón, donde se sentó Oscar el día que la Princesa Maya le dio la sopa de mariscos. Mis pensamientos divagaban en los masajes. De pronto, me acariciaron el hombro. Alcé la vista y una sonrisa se dibujaba en el rosto de la Princesa Maya. ¿Por qué tan solito?, preguntó al sentarse a mi lado. Supongo que tienen mucha chamba los capturista. Me imagino, dijo, desde ayer no ha ido a verme Oscar. No es que lo necesite, continuó sino que me mal acostumbra a sus visitas nocturnas. Sonrió ampliamente. A lo bueno, dije, uno se acostumbra rápido. Sí, verdad. Empezamos a hablar de Mérida y sus colonias. Yo vivía, para ese entonces, en San Cristóbal y la Princesa Maya en Santa Rosa. Casi somos vecinos, dijo. Me embargó una nostalgia enorme. Me costaba tragar los bocados de comida. Cálmate, me consoló la Princesa Maya, ya te acostumbrarás a la soledad y al encierro, a todos nos pasa. Ahora vuelvo, dijo. A los cinco minutos regresó con un pedazo de gelatina mosaico. Para que te endulces la vida, niño, dijo. Gracias, alcancé a decir. Dejó el plato sobre la mesa. El deber me llama, dijo y regresó a la cocina. La gelatina estuvo rica. Me fui al camarote algo desanimado. Me recosté un rato. Luego entré al baño y me cepillé los dientes. Suspiré profundo y me fui a la oficina.

La salsa estaba a todo volumen. Eso me animó un poco. El código de la aplicación se me estaba complicando. Una variable global no estaba recibiendo correctamente un valor y hacía que los cálculos dieran un resultado incorrecto. Me centré en el ciclo y lo ejecuté línea por línea. Así estuve hasta antes de la cena. Refunfuñé y fui al comedor. Los capturistas estaban riendo a carcajadas. La Diva manoteaba. La Princesa Maya me hizo un ademán para que me acercara a la mesa antes de que me sirvieran la cena. En la mesa había un platón de hamburguesas con queso. Me senté a lado de David. La Diva se apresuró a servirme una hamburguesa y una Coca. ¿Y esto?, pregunté señalando la hamburguesa y la Coca. Es un cariñito de parte de Jefe de Área porque nos fletamos a terminar el trabajo y de paso le dijimos que nos ayudaste y nos dio una Coca para ti. A toda madre, dije y empecé a devorar la hamburguesa. Estaban hablando del cumpleaños de Francisco, que lo celebró una semana antes de subir a Ek Balam. Así tiene que ser cuando estás en plataforma, dijo Francisco masticando el último bocado de su hamburguesa. Todo lo tienes que hacer en los días que estás abajo. Terminamos de cenar y Oscar me acompañó al camarote. Me contó la Princesa Maya que estás sacado de onda, que estás triste. Nada, dije, ya pasó. Para animarte, dijo, te voy a llevar a un lugar VIP. Me vino a la mente los masajes y las drogas. No te asustes, me calmó. Vamos a quemar seis Cocas, tres tú y tres yo; ¿va?, preguntó. Va, respondí ansioso. Te veo en mi camarote en un rato, dijo y se fue. Entré al camarote y agarré tres Cocas, de las cuarto, que ya tenía en el locker. Salí y fui a su camarote. Fuimos al cuarto de máquinas. Bajamos y nos dirigimos al almacén de refacciones. Frente a un pequeño escritorio estaba sentado un señor de unos sesenta años, de cabello cano y rostro ajado. Don Sebas, saludó Oscar casi gritando. Se acercó a su oído y le murmuro algo. Se levantó Don Sebas y se fue al fondo del almacén. Regresó con un chatita de Tequila Reposado. Le dimos las seis Cocas y nos dirigimos al patio de maniobras. Abrí la puerta y bajamos por unas escaleras. Oscar me señaló con la mano por dónde teníamos que seguir. Entramos a una pequeña bodega de alimentos. Saludó a un hombre gordo de tez blanca y cabeza rapada. Al final de la bodega había un mesa para cuatro personas, seis sillas de madera, seis vasos de cristal y una hiela de acero inoxidable. Llegamos, dijo, aquí nadie nos molestará. Agarró dos vasos y abrió el tequila. Sirvió tequila en los dos vasos. Extendió la mano y me dio uno de los vasos. ¡Salud!, dije. El primer trago me quemó la garganta y empecé a toser. No estaba acostumbrado a tomar tequila, de ningún tipo. Se empezó a carcajear Oscar. Despacio, hombre, despacio. Me repuse y empecé a dar sorbos pequeños al tequila. Después del tercer vaso, me atreví  a preguntarle sobre los masajes. Mira, carraspeó, esos masajes sólo se los dan a los jefes o a ahijados de los jefes. Viene una chica, jovencita, no mayor de veinte años, de noche en un chopper, y van al camarote del susodicho y empiezan con el masaje y termina cogiéndola. No se manejan las Cocas como pago, sino que le dan una buena lana a la chica. ¿Chopper?, pregunté dubitativo. Son esos pequeños helicópteros que me imagino has visto descender en el helipuerto. Asentí con la cabeza. Al quinto vaso, ya sentía entumido el rostro. ¡Ya estoy pedo!, dije riendo. Oscar se carcajeó. La última y nos vamos. ¡Va!, respondí arrastrando la palabra.

Al terminar el quito vaso, me paré y con el pequeño vaivén de Ek Balam perdí el equilibrio y caí sentado. ¡Si estás pedo!, dijo muerto de la risa Oscar. Me paré con dificultad y el hombre gordo apareció. Llévalo a su camarote, dijo Oscar. Cruzó mi brazo en su cuello y me llevó a la escalera que lleva a los dormitorios. Hasta aquí llego, dijo, el resto del camino es por tu cuenta. Resoplé profundamente. No sé como llegué al camarote. Entré al baño y empecé a vomitar. Salí y me acosté. Esa noche dormí profundamente, como un tronco.