Me desperté con un regusto de victoria. Sabía que cinco,
de las diez, Coca Colas, eran mías y no sabía con qué intercambiarlas. Me bañé
cantando bajo el chorro de agua. Me estaba acomodando la camisa cuando tocaron
la puerta. Abrí. La Diva estaba parada frente a mí. Pasa, le dije. Ya me
enteré, insinuó. ¿De qué?, pregunté cerrando la puerta. Que ganaste al dominó y
te llevaste un buen premio. Abrí el locker
y la Diva se recostó en la litera. Suerte de principiante, dije al cabo.
Tenemos que hacer algo con esas Cocas,
resopló algo agitado. Le puse pasta al cepillo de dientes y entré al baño. Esta
vez no cerré la puerta. Sigilosamente entró La Diva y me agarró el sexo
delicadamente. Podemos cambiarlas por una botellita de vino y chocolate con
licor, susurró, y vemos una película XXX en tu laptop. Por instinto lo empujé.
Salió riendo. Hijo de su puta madre, dije para mis adentros, me excitó el
pelaná. Creo que el encierro ya me estaba afectando. Me lavé la cara y salí. La
Diva estaba tarareando una canción. Sé que te gustó, se apresuró a decir. Me
hice pendejo y no respondí. Vamos a desayunar, le dije. Vamos, dijo y salió detrás
de mí.
Había
empanadas con queso, hot cakes,
salchichas y cereal. Me serví hot cakes
y un par de salchichas. La Diva agarró lo mismo. Jorge y Oscar ya estaban desayunando.
Nos sentamos en su mesa. Ya pensaste qué harás con tu premio, dijo Oscar
maliciosamente. Aún no, contesté sorbiendo un poco de jamaica. Vino, chocolate
y sexo, dijo La Diva a bocajarro. Se empezaron a carcajear. No se te olviden
los condones, remató Jorge. Me empecé a reír. Puras mamadas dice La Diva, solté
en mi defensa. Ya caerás, respondió para luego hacer un gesto con los labios a
manera de beso. Terminaron de desayunar rápido. Hay mucho trabajo, dijo Jorge,
debemos terminar al medio día. Cada cual se fue a su camarote. Ya en el camarote,
me puse a pensar en qué otras cosas se podían conseguir con la Cocas, eso no le había preguntado a
Oscar. A la hora de la comida le preguntaré, pensé y entré al baño a cepillarme
los dientes.
Cuando
llegué a la oficina había un silencio sepulcral. El Jefe del Área no estaba. Me
encogí de hombros y me senté frente a la laptop. Al revisar mi correo vi uno de
Oscar. En el asunto decía: Lista de los deseos. Me apresuré a abrirlo. La lista
era de las cosas que podía intercambiar por las Cocas. No era muy larga, pero tampoco muy pequeña. La lista
incluía: licor, dulces, condones, ropa, zapatos, masajes y hasta droga. En el
apartado de masajes y droga, tenía unas pequeñas letras: sólo VIP. Por sentido
común deduje que esas cosas no a cualquiera se las darían por lo que implica.
Una nota al calce rezaba: esta lista no existe y jamás la has leído. En ese
momento sonó el teléfono. Era Oscar. Cuando termines de leer el correo,
elimínalo, dijo y colgó. Se me quedó grabado el masaje, en qué consistía tal.
En mi mente decidí como intercambiar, aunque no sabía si me alcanzarían las Cocas: licor, dulces, condones, - por si
se ofrece-, masaje. Total, pensé, lo pasa en Ek Balam, en Ek Balam se
queda. Seguí trabajando.
Fui
al comedor a las dos y media de la tarde. No había ningún capturista. Había filete
de pescado a la plancha y al mojo de ajo, pollo al limón y puntas de cerdo.
Pedí filete de pescado al mojo de ajo y limonada. Me senté en un rincón, donde
se sentó Oscar el día que la Princesa Maya le dio la sopa de mariscos. Mis
pensamientos divagaban en los masajes. De pronto, me acariciaron el hombro.
Alcé la vista y una sonrisa se dibujaba en el rosto de la Princesa Maya. ¿Por
qué tan solito?, preguntó al sentarse a mi lado. Supongo que tienen mucha
chamba los capturista. Me imagino, dijo, desde ayer no ha ido a verme Oscar. No
es que lo necesite, continuó sino que me mal acostumbra a sus visitas
nocturnas. Sonrió ampliamente. A lo bueno, dije, uno se acostumbra rápido. Sí,
verdad. Empezamos a hablar de Mérida y sus colonias. Yo vivía, para ese
entonces, en San Cristóbal y la Princesa Maya en Santa Rosa. Casi somos
vecinos, dijo. Me embargó una nostalgia enorme. Me costaba tragar los bocados
de comida. Cálmate, me consoló la Princesa Maya, ya te acostumbrarás a la
soledad y al encierro, a todos nos pasa. Ahora vuelvo, dijo. A los cinco
minutos regresó con un pedazo de gelatina mosaico. Para que te endulces la
vida, niño, dijo. Gracias, alcancé a decir. Dejó el plato sobre la mesa. El
deber me llama, dijo y regresó a la cocina. La gelatina estuvo rica. Me fui al
camarote algo desanimado. Me recosté un rato. Luego entré al baño y me cepillé
los dientes. Suspiré profundo y me fui a la oficina.
La
salsa estaba a todo volumen. Eso me animó un poco. El código de la aplicación
se me estaba complicando. Una variable global no estaba recibiendo
correctamente un valor y hacía que los cálculos dieran un resultado incorrecto.
Me centré en el ciclo y lo ejecuté línea por línea. Así estuve hasta antes de
la cena. Refunfuñé y fui al comedor. Los capturistas estaban riendo a
carcajadas. La Diva manoteaba. La Princesa Maya me hizo un ademán para que me
acercara a la mesa antes de que me sirvieran la cena. En la mesa había un
platón de hamburguesas con queso. Me senté a lado de David. La Diva se apresuró
a servirme una hamburguesa y una Coca. ¿Y esto?, pregunté señalando la
hamburguesa y la Coca. Es un cariñito de parte de Jefe de Área porque nos fletamos
a terminar el trabajo y de paso le dijimos que nos ayudaste y nos dio una Coca
para ti. A toda madre, dije y empecé a devorar la hamburguesa. Estaban hablando
del cumpleaños de Francisco, que lo celebró una semana antes de subir a Ek Balam. Así tiene que ser cuando estás
en plataforma, dijo Francisco masticando el último bocado de su hamburguesa. Todo
lo tienes que hacer en los días que estás abajo. Terminamos de cenar y Oscar me
acompañó al camarote. Me contó la Princesa Maya que estás sacado de onda, que
estás triste. Nada, dije, ya pasó. Para animarte, dijo, te voy a llevar a un
lugar VIP. Me vino a la mente los masajes y las drogas. No te asustes, me calmó.
Vamos a quemar seis Cocas, tres tú y tres yo; ¿va?, preguntó. Va, respondí
ansioso. Te veo en mi camarote en un rato, dijo y se fue. Entré al camarote y agarré
tres Cocas, de las cuarto, que ya
tenía en el locker. Salí y fui a su camarote. Fuimos al cuarto de máquinas.
Bajamos y nos dirigimos al almacén de refacciones. Frente a un pequeño escritorio
estaba sentado un señor de unos sesenta años, de cabello cano y rostro ajado.
Don Sebas, saludó Oscar casi gritando. Se acercó a su oído y le murmuro algo.
Se levantó Don Sebas y se fue al fondo del almacén. Regresó con un chatita de
Tequila Reposado. Le dimos las seis Cocas
y nos dirigimos al patio de maniobras. Abrí la puerta y bajamos por unas
escaleras. Oscar me señaló con la mano por dónde teníamos que seguir. Entramos
a una pequeña bodega de alimentos. Saludó a un hombre gordo de tez blanca y
cabeza rapada. Al final de la bodega había un mesa para cuatro personas, seis
sillas de madera, seis vasos de cristal y una hiela de acero inoxidable. Llegamos,
dijo, aquí nadie nos molestará. Agarró dos vasos y abrió el tequila. Sirvió tequila
en los dos vasos. Extendió la mano y me dio uno de los vasos. ¡Salud!, dije. El
primer trago me quemó la garganta y empecé a toser. No estaba acostumbrado a
tomar tequila, de ningún tipo. Se empezó a carcajear Oscar. Despacio, hombre,
despacio. Me repuse y empecé a dar sorbos pequeños al tequila. Después del
tercer vaso, me atreví a preguntarle
sobre los masajes. Mira, carraspeó, esos masajes sólo se los dan a los jefes o
a ahijados de los jefes. Viene una chica, jovencita, no mayor de veinte años,
de noche en un chopper, y van al
camarote del susodicho y empiezan con el masaje y termina cogiéndola. No se
manejan las Cocas como pago, sino que
le dan una buena lana a la chica. ¿Chopper?,
pregunté dubitativo. Son esos pequeños helicópteros que me imagino has visto
descender en el helipuerto. Asentí con la cabeza. Al quinto vaso, ya sentía
entumido el rostro. ¡Ya estoy pedo!, dije riendo. Oscar se carcajeó. La última
y nos vamos. ¡Va!, respondí arrastrando la palabra.
Al
terminar el quito vaso, me paré y con el pequeño vaivén de Ek Balam perdí el equilibrio y caí sentado. ¡Si estás pedo!, dijo
muerto de la risa Oscar. Me paré con dificultad y el hombre gordo apareció.
Llévalo a su camarote, dijo Oscar. Cruzó mi brazo en su cuello y me llevó a la
escalera que lleva a los dormitorios. Hasta aquí llego, dijo, el resto del
camino es por tu cuenta. Resoplé profundamente. No sé como llegué al camarote.
Entré al baño y empecé a vomitar. Salí y me acosté. Esa noche dormí
profundamente, como un tronco.
