Desearía no tener las ganas que tengo ahora – pensé esa madrugada lluviosa. El sueño envolvió mis tribulaciones cotidianas: el jefe jodiendo por pendientes que no tenían futuro, la lluvia que no cesaba, la clonación mi tarjeta bancaria de nómina, las nuevas reformas del país. Necesitaba conciliar el sueño de alguna manera y me tomé un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme. Me fui a la habitación. Las luces estaban apagadas. Mecánicamente me dirigí a la cama y me tumbé con todo y zapatos. Estuve un rato girando en la estrecha amplitud de la cama. El sueño fue introduciendo en el subconsciente imágenes etéreas. De la mano me llevó a una habitación de paredes blancas. Ahí estaba ella con un sonrisa franca, el cabello suelto, los ojos deslumbrantes. Sus labios se apoderaron de los míos en un beso casi vívido. Sentí un pequeña corriente eléctrica en las comisuras de la boca. Tengo ganas de ti – me dijo mordiéndome los labios. Sé que ya no me amas, que me has olvidado – con ternura me reclamaba. Se alejó lentamente en el espesor del color blanco de las paredes.
Desperté con lágrimas en los ojos y la sensación de resequedad en los labios. El fin de semana siguiente salí con mi amigo Rodulfo y le conté lo sucedido en el sueño. Deja de soñar con esas chingaderas, no te dejan nada bueno – me aconsejó bebiendo un “Bacardi Añejo” con agua. No era la primera vez que le contaba esos sueños y la relación que tuve con Isaura. Quizá me enamoré perdidamente de ella, no quizá, me enamoré locamente de ella. Esa voluntad, el enigma de sus ojos, la pasión que derrochaba cuando teníamos sexo, una mujer en toda la extensión de la palabra. Tuve otras relaciones que no han llenado ese vacío que dejó al marcharse. ¿Qué tienes, amor? – me preguntaba Graciela con voz melosa. La respuesta era siempre la misma: No me pasa nada. En otras ocasiones me preguntaban si las amaba, no respondía porque para mí la respuesta era obvia. No puedo mentir, las llegué a querer un tanto.
No la he vuelto a ver en más de diez años y mis labios aún recuerdan los más íntimos resquicios de su piel. A veces tengo insomnio y vuelve mi cuerpo a revivir el cansancio de su pasión. El autobús espera a que abordemos los pasajeros. Regreso a casa después de un mes. La lluvia ha empezado y son ocho horas de viaje. No hay un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme.
Es un episodio que se quedó grabado temporalmente en mi memoria. Esa tarde entré al baño de la empresa en donde trabajaba por aquellos días. Tenía en la boca el brazo del cepillo dental y me dirigí al mingitorio. Terminé y empecé a cepillarme los dientes. Instantes después entró el director del departamento, un viejo huraño que creía saber todo de las nuevas tecnologías. Vaya perdedor. Había subido al puesto por ser el lamehuevos de su antecesor en el puesto. Juntos se iban de parranda y me atrevería a asegurar que hasta compadres eran. Se detuvo junto a mí en el lavamanos disponible. Se quitó los lentes y empezó a cepillarse los dientes. Sólo se oía ese ruido del cepillo golpeándose contra los dientes, en un frenesí casi acompasado. Terminé y tomé un par de papeles sanitarios para secarme la boca. En eso estaba cuando entró un líder de mi departamento. Casi me golpea cuando abrió la puerta. Perdón, dijo disculpándose. No alcé la mirada y me cambié de lugar. Al terminar de cepillarse el viejo huraño se dirigió a los mingitorios.
– Te felicito, muy buen reporte. – Le dijo al líder que estaba sacudiéndose el falo.
– Gracias, es mi trabajo. – Le contestó el líder casi elevándose al cielo.
Era una de lambisconeadas que casi me carcajeo en el baño. Mi imaginación situó la escena en un lujoso motel del norte de la ciudad.
– ¿Me lo prestas? – Preguntaría cándidamente el viejo huraño, ahora viejo rabo-verde.
– Claro que sí. – Contestaría el líder bajándose el pantalón in so facto y el culo por delante.
Y empezaría el gozo. Ora la boca, ora la mano. El soplido agitado en la nuca del líder. Un toma y daca atrincherado. Como alguna vez le oiría decir a otro jefe que tuve: no hay mayate puro. Por eso sigo jodido y siendo un perro más del montón. Más vale anillo íntegro, que billete en mano.
Estaba buscando las palabras para expresarle que lo amaba. No sabía qué decir, ni cómo decirlo. La forma de sus caderas me encantaban. No sé cómo acabamos en la cama de mi habitación esa noche. Llegué a Mérida para estudiar una carrera profesional en el Instituto Tecnológico. Obviamente, elegí administración de empresas. Los tres primeros semestres fueron de flojera y una que otra fiesta. Una mañana de abril iba deprisa y al pasar por Rectoría lo vi por primera vez. Le di poca importancia, era un chico común y corriente, ¡bah!, pensé. Pasaron varios días hasta que lo volví a ver en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, un tal Echeverría había ganado las elecciones ese año. Pregunté a una chica por las credenciales para el transporte público y él se acercó para escuchar. Nos dijeron que el encargado no estaba y que al otro día lo podríamos encontrar a las diez de la mañana.
Al día siguiente regresé por la dichosa credencial y entregué mis fotos tamaño infantil. Al salir casi tropiezo con él. Disculpa, dije apenada. Me llamo Fernando, dijo extendiendo la mano. Vanesa, contesté el saludo. Tenía algo sudada la mano y me desagradó un poco eso. Lo admito, era fresa y aún lo soy un poco. Después de ese incidente, lo volví a ver al salir de la obra de teatro que estaban presentando en la escuela. Me abordó aún carcajeándose. Vanesa, ¿no?, dijo entre risas. Con un insípido hola le respondí. La manera en que se lo dije le causó más gracia. Relájate, no muerdo, dijo para calmarme. Luego me invitó a tomar una refresco en la cafetería. Estuvimos platicando un rato y me enteré que estaba en la carrera de ISC (Ingeniería en Sistema Computacionales).
Tuvimos una amistad ocasional, por así decirlo. Recuerdo que se la pasaba casi todo el día en la escuela, ya que no tenía una PC propia y se quedaba para hacer sus tareas en el Centro de Cómputo. A veces los veía ahí y lo saludaba a la distancia. Mis amigas me preguntaban quién era y les respondía siempre lo mismo: es alguien que conocí accidentalmente y se llama Fernando.
El último semestre de la carrera fue algo alocado. Iba de un lugar a otro, el servicio social, la residencia profesional, la fiesta de graduación, los exámenes finales, era un caos mi vida. Una tarde me tenía que quedar para entregarle un trabajo a un maestro. En Rectoría me dijeron que el maestro estaba en el Centro de Cómputo. Fui para allá y ahí estaba Fernando sentado frente a un monitor. Me acerqué a saludarlo. ¿Qué haces aquí? Me comentaste que ya tenías compu, le pregunté algo asombrada. Me relató que tenía que ajustar una práctica y no tuvo tiempo de hacerlo en su casa y por eso estaba ahí. El maestro que esperaba jamás llegó. Me senté a lado de Fernando y entre plática él terminó lo que tenía que hacer. Ya me tengo que ir, dijo acomodando sus cosas en la mochila. Creo que igual ya me voy, le dije algo desilusionada. Fuimos juntos, entre risas, hasta la entrada. Se despidió dándome un beso en la mejilla. Instintivamente le dije que lo podría llevar a donde fuera, que tenía carro. ¿Y eso?, me preguntó sonriendo. Es el carro de mi papá, vino a verme y no quiso que me fuera a la casa en autobús, le expliqué camino al estacionamiento.
Me dijo que iba a casa de un amigo a terminar una tarea y se quedaría a dormir. Antes de llegar a Circuito Colonias maniobré para dirigirme a mi casa con excusa de haber olvidado un bolso que le llevaría a mi tía Teresa. Me queda de camino, le dije sonrojada. Mi papá no estaría, ya que iba a ir a casa de mi tía Teresa y ahí lo vería. Llegamos y lo invité a pasar. ¿Quieres algo de beber?, le pregunté dirigiéndome a la cocina. Agua, me contestó desde la sala. Le llevé el agua. Ahora vuelvo, voy a mi cuarto a buscar el bolso y enseguida nos vamos, le dije disimulando mi nerviosismo. No tengo prisa, dijo cortésmente. Respiré profundo y regresé a la sala. Me acerqué lentamente y le acaricié el cabello. Deja eso, me dijo sonriendo. Me gustas mucho Fer, le dije algo excitada. Deja de jugar Vanesa, contestó sin mirarme. No estoy jugando, quiero sentir tus labios, coqueteaba con él. Se puso de pie y me miró a los ojos. Espero que estés segura de esto, dijo antes de besarme apasionadamente. Lentamente me acariciaba. Lo conduje a mi cuarto sin separar mi labios de los suyos. Nos dejamos caer suavemente en la cama. Me quitó la ropa tan sutilmente que me excité mucho. Ávidamente olía mi cabello, mi sexo. Lo ayudé a desnudarse. Acaricié sus caderas, las apretujaba. Sacié mi boca con su falo. Él gemía deliciosamente. Se me olvidó el condón, el que se iría a trabajar a Ciudad del Carmen, que mi papá me esperaba, que era, quizá , la última vez que lo vería. Disfrutamos la entrega cerca de una hora. Platicamos, desnudos, del futuro, del día que nos conocimos en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, de la vez del teatro. Nos reímos de esto y de aquello. Nos vestimos y lo llevé a casa de su amigo. Nos despedimos sólo con un beso. Tácitamente sabíamos que no nos volveríamos a ver.
No supe nada de él hasta que unos seis meses después recibí un correo electrónico suyo. Me contaba que regresaría a Mérida por una semana y quería pasar a saludarme. Le respondí que ya no estaba en Mérida, que había cambiado de residencia. Me fui a vivir a Querétaro por cuestiones de trabajo. No recibí respuesta suya sino hasta el segundo día. Me siguió contando cómo le estaba yendo en su trabajo y al final me preguntó mi nueva dirección. Lo felicité por sus logros y al final le escribí la dirección. Anoche llegó y lo fui a recibir a la Central Camionera. No aguanté las ganas y, al tenerlo enfrente, lo abracé efusivamente. Le di un beso en los labios. Correspondió a mis besos. Tengo hambre y quiero ducharme, me dijo tomando mi mano. En taxi nos fuimos al departamento que rento. Al entrar, dejó caer su maleta y nos besamos apasionadamente. No llegamos al cuarto, en la sala nos desnudamos mutuamente y revivimos las caricias, los gemidos, los jadeos y las risas. Después nos bañamos juntos entre besos y pasión. Pedimos algo para comer y comimos desnudos en la cama. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Se disculpó porque estaba algo cansado y quería dormir un poco.
Vi el reloj. Eran las tres de la madrugada. Buscaba esas palabras para decirle que lo amaba demasiado. Era mejor entrar un rato a internet. Tenía un correo nuevo de Fer, estaba raro, creo que lo escribió en el autobús desde su teléfono móvil. No tiene asunto. Tiene sólo unas instrucciones: En mi maleta, en el cierre delantero, hay un sorpresa para ti. Inmediatamente fui a la sala y abrí el cierre. Había una cajita. La abrí y era un anillo de compromiso. El ruido del cierre lo despertó y desde el umbral de la puerta del cuarto me observaba. Te quieres casar conmigo, me pidió acercándose lentamente a mí. No lo podía creer. Las lágrimas me sorprendieron de inmediato. Nos volvimos a entregar.
Planeamos la boda, los sueños, los hijos. El desayuno aún no llega, el mesero se está tardando mucho y los dos tenemos hambre por el cansancio de anoche. Mis padres se infartarán. Mañana se va Fer de nuevo a Ciudad del Carmen, es su último viaje, viene a vivir a Querétaro conmigo. Ya encontrará un trabajo aquí. La boda, desde luego, será en Mérida, con toda la familia reunida. Está hermoso el anillo de compromiso.
He olvido el motivo por el cual estoy fumando de nuevo. Recuerdo que el olor a tabaco te daba asco y no te acercabas a besarme. Hubiera preferido no casarme contigo y sólo vivir en unión libre. Vaya pendejada ese papel, desde que lo firmamos las cosas cambiaron sobremanera. Cómprame ropa, que la necesito, decías refunfuñando. Antes tenías la amabilidad de pedirlo con cariño. No jodas, te respondía encabronado. Así las cosas iban de mal en peor. Me asfixias, déjame ser, me reclamabas cuando te acariciaba por la noches. Sólo me hizo falta preguntarte cuanto me cobrarías por una mamada, coño. Esas noches tenía que consolarme con una puñeta. No sé qué esperabas de un hombre y más de mí. Dejé de fumar, de ir con los amigos de parranda, me dediqué a nuestros tres hijos. Qué más necesitabas, re-coño. Perdón, me están llamando... Era mi pareja, quería saber si se me antojaba cenar unas ricas tortas de pierna. Disculpa, sigo contigo. Papá, necesito unos zapatos nuevos, me decía Jorge y enseguida se los compraba. ¿No te dabas cuenta de eso? En serio, ¿creíste qué siempre iba a ser tu pendejo?
Lo único que me remuerde la conciencia es haber dejado a mis hijos contigo. Al poco tiempo te dio embolia. La mitad de tu cuerpo dejó de responder y no volviste a hablar. Sé lo que estas pensando: Lárgate, hijo de puta. Vine de visita nada más y pasé a saludarte. Diana tiene ocho meses de embarazo y le traje un regalito para nuestro primer nieto. Espero no te moleste, también son mis hijos. Ah, tengo que reconocer que cogimos de puta madre, por eso te aguanté esos años que estuvimos juntos. A decir verdad, me encabronaba todo de ti. Me tengo que ir. Te cuidas.
Eres tan escurridiza, tan ocupada, que te me escapas de las manos como el viento, como agua cristalina, pensé lentamente mientras veía su foto. No sé cuando la volveré a ver. Ella decidió ser libre. Se fue a vivir al extranjero en busca de una oportunidad. Ayer tuve la sensación de tenerla junto a mí, desnuda, vestida de olores variopintos. Deja que te acomode la camisa, me decía cuando la traía desajustada. Sus ojos miel me robaban el aliento, pero más su decisión de emprender sus sueños. Quizá ahora esté cosechando los frutos. ¡Hey!, no dejes pasar un solo sueño, me reclamaba cada vez que me veía alicaído. En los días de sol sólo llevaba una blusa de tirantes que resaltaba el lunar en su seno derecho. Los vaqueros ajustados le venían bien. Sabes amar, le preguntaba y ella respondía con un retundo ¡Sí!
Me la imagina desnuda, consumiendo las caricias de mis labios, hurgando en mi sexo, satisfaciendo su deseo carnal. Jamás le dije sobre esos sueños, pero sí que la amaría sino fuera mi hermanastra. Mi madre me educó para respetarla, para verla como mi hermana mayor. Era la única hija de mi padrastro. Mi padrastro enviudó cuando ella tenía 5 años. Conocí a Leonor cuando yo tenía nueve años y ella doce. Nuestros padres se casaron y formamos una familia.
La noche que cumplí catorce años, me sorprendió masturbándome. Por qué haces eso, me preguntó con voz dulce. Recuerdo que me asusté y me faltaba el aire para respirar, estaba a unos segundos de eyacular. Estoy experimentando, le respondí temblando. Quiero experimentar, me soltó. Me insinuó qué debía acariciarse para sentir placer y le dije que en todo su cuerpo podía sentir placer; eso recuerdo haber oído decir a mi padrastro en una de sus conversaciones con sus amigos y eso mismo le dije. Lentamente se acarició los senos, luego el vientre bajo, hasta que llegó a su sexo. Cerró los ojos y se introdujo un dedo. Gimió suavemente. Estaba tan nervioso que mi pene no quedaba erecto. Decidí dejarla sola, pero insistió en que me quedara para ver si lo estaba haciendo bien. Al final tuvo unos pequeños espasmos y mi ropa interior quedó toda húmeda. A la mañana siguiente me dejó de hablar por unos días y tácitamente sepultamos el episodio.
La amo y no dejo que pensarla. Está raída su foto. Anoche cumplí los treinta. A veces recuerdo su gemido y me excito. La sigo esperando para que experimentemos juntos.
Tenía razón Lupita, soy un romántico. Por las mañanas me daba el café antes de irse a trabajar. En sus ojos se notaba que me amaba, pero se lo guardaba todo. Jamás le dije a viva voz que la amaba más que a nada. En mis cinco minutos de romanticismo le escribía cartas y se las dejaba en el cajón donde guardaba su ropa interior. Fui un estúpido. Le hice la vida miserable por mi pendejo machismo. ¡Carajo!. Su cabello me enloquecía. El aroma de su sexo, aún más. Me tienes loca, decía cuando follábamos. Ignoraba esas palabras y le daba más placer.
La conocí en una fiesta, no recuerdo por qué fui. Estaba muy borracho. Ella me ayudó a levantar cuando me vio tirado en el patio de la casa. Gracias, alcancé a balbucear. Descansa un poco y luego te vas a tu casa, susurró tiernamente. Al despertar de la cruda le pregunté a Luis quién era la mujer que me ayudó. Le dicen Lupita, contestó irónicamente. Luego me enteré que se llamaba Graciela, pero no le gustaba que la llamaran por su nombre, prefería que le dijeran Lupita, por la Virgen. Era muy devota a ella.
Salimos un par de ocasiones, hasta que una noche acabamos en un cuartucho de alquiler y tuvimos nuestra primera relación sexual de pareja. Era inocente, se quejó de dolor y sangró. Puta madre, se jodió la cosa, pensé. Después de un rato me siguió besando y la volví a penetrar más suavemente.
Nos fuimos a vivir juntos al día siguiente. Acordamos que los dos trabajaríamos para salir adelante. El tiempo transcurría y la monotonía me cambió. Llegaba borracho, la golpeaba y la forzaba a follar conmigo. Ella quería tener un hijo, pero tenía un problema para embarazarse. Unos quistes ováricos según recuerdo. No le dimos importancia. Cayó enferma. En el seguro social me dijeron que el cáncer de matriz ya le había contaminado otros órganos. A los tres meses murió en el hospital. Al funeral no fue casi nadie de su familia y de la mía ni hablar. ¡Carajo!. Me dejó solo y la amaba más que a nada. Estúpida vida. He escrito mi última carta y la he guardado en el cajón de su ropa interior. La soga está bien atada y ya probé que resista mi peso, me colgaré. Te seguiré Lupita para amarte aún más.
Mi madre era un prostituta, esto lo supe cuando apenas tenía ocho 8 años. Ese día regresé temprano de la escuela y la puerta de la casa estaba cerrada. Miré por un pequeño agujero y vi a un hombre obeso montado sobre ella. Esperé sentado sobre un madero que estaba en la entrada de la casa. Al salir el gordo me dio unas monedas. Que rico coge tu puta madre, dijo terminando de abrocharse la camisa y se fue. Cuando entré a la casa mi madre se arreglaba el cabello. Estás grandecito Andrés y es hora que te cuente sobre mi trabajo, dijo con seriedad. Me contó parte de su vida, la que tenía esa parte que la llevó a ser una puta. Me amarré los huevos para no llorar frente a ella. Ella siguió lidiando con hombres que sólo querían saciar su calentura. Me volví un cabrón, me embriagaba, fumaba hierva y algo de pasta. Cuando alguien me decía “hijo de puta”, se los agradecía. Gracias a eso mi madre me soltaba dinero para que la dejara trabajar.
Una noche llegué drogado a la casa y mi madre estaba sentada sobre el catre. Andrés, coño, mira como vienes, dijo encabronada. Sin embargo, en su rostro se notaba una tristeza como pocas. Ya no tengo clientes y mi cuerpo en vez de inspirar pasiones, da lástima, entre sollozos se desahogó. A la mañana siguiente se fue sin decir nada. Me quedé solo como un pendejo sin saber qué hacer. Hice de todo para sobrevivir. Después de tanto tumbo me conecté con una mujer que regenteaba putas. La ligué y entre los dos sacamos adelante el negocio. Después de un par de años entró una señora, ya mayor, que hacía el aseo en los cuartuchos que habíamos logrado construir. No le di importancia. Un veintitrés de agosto, por la mañana, se acercó y me extendió la mano, pidiendo limosna. No jodas, lárgate, chingada puta, le grité. Antes de darse vuelta levantó su rostro. Fui puta, pero sigo siendo tu madre, cabrón, gritó a todo pulmón. El corazón casi se me sale del cuerpo y la saliva de la boca por poco me ahoga. La saqué de ahí y le compré una pequeña casita para que pasara sus últimos días de vida, lo más tranquila que pudiera. Me insistió en seguir trabajando. Ahora es la madrota del negocio. Yo estoy tomando unas merecidas vacaciones en la playa con algunas de mis putitas.
Parecía que Joanne ignoraba de todo. El amor le llegaba a cuenta gotas y no sabía qué hacer con él. En sus pocos recuerdos de la infancia quedaba el beso tibio que recibió de Juan; intentaba ignorar ese hecho, pero a sus treinta años aún la estremecía el recuerdo. En la escuela conoció a varios chicos y a ninguno amó verdaderamente. El sexo era más por experimentar que por entrega. Los cielos de su inocencia se interrumpieron al cumplir los dieciocho, como su padre se lo había pedido. No mal gastes tu placer, le decía insistente su padre. Sólo culminó la preparatoria y la necesidad la orilló a buscarse el pan. Casi no tenía amigas con quién platicar de sus cosas de mujer.
Una tarde regresaba a casa y se le antojó tomar un helado. La nevería “Colón” estaba camino a su casa ó ella creía que si lo estaba. Las calles lucían límpidas, como un sueño, después de la lluvia vespertina. Pidió un helado de coco, para llevar. Al salir se tropezó con una persona. ¡Coño! – dijo sin vacilar. Inmediatamente se sobrepuso y se disculpó muy apenada. De súbito, reconoció a Juan. El silencio incómodo duró un par de minutos. ¿Qué haces por aquí? – Le preguntó Juan. Joanne sólo se limitó a sonreír. Te compraré otro helado – insistió Juan. La acompañó hasta la puerta de su casa. Intercambiaron números de teléfono y se despidieron secamente.
Después de ducharse sintió la necesidad de acariciarse el sexo. El recuerdo del aroma de Juan la excitaba. Los gemidos apagados llenaron el cuarto. Acabó exhausta. Casi en silencio guardó su vibrador. Pasaron varios días antes de que Juan le enviara un mensaje. La invitaba a tomar un café después del trabajo. Joanne aceptó sin mucho ánimo. A las seis de la tarde ella entró al café “El Olimpo” y pidió un americano. Juan llegó agitado y se disculpó por la demora. Las palabras se entrelazaban y sus historias sorbo a sorbo las oían. Joanne interrumpió la plática. Ya es tarde, tengo que regresar a casa, dijo mirando el reloj colgado en la pared. Quiero sentir tus labios, soltó apenada. Juan pagó la cuenta y fueron a un motel.
Ella temblaba. Juan le supo dar placer. Joanne olvidó el tiempo, el pan para la cena, los estúpidos consejos que sus compañeras de trabajo le daban. Quería seguir disfrutando a Juan toda la noche. La noche es joven, se decía en sus adentros para tratar de transformar los minutos en un infinito atemporal. Un par de horas después Juan se vestía. ¿Ya te vas? Aún tengo ganas, le dijo Joanne con voz melosa. Le dio un último beso, salió del cuarto, pagó y desapareció entre las calles solitarias.
A hurtadillas entró Joanne a su casa. Su madre la esperaba despierta en la cocina. Estás grande y tú sabes lo que haces, le reclamó. Apagó la luz de la cocina y se fue a dormir. Joanne se encogió de hombros, entró a su cuarto y se tumbó en la cama. El sueño llegó en pocos segundos. Al despertar vio un mensaje de Juan en el teléfono celular. La citaba de nuevo para tomar otro “café”.
Son las siete. Joanne suspira emocionada al pasar frente al café “El Olimpo”. Juan la espera en el motel.
Le dije que no mirara directamente a mis ojos, en ellos guardaba
celosamente el amor que le tenía. Siguió lamiendo mis senos y acariciando mi
espalda. Me encendió toda. La noche desdibujaba un sueño añejo y gemía sin
importarme nada. Balbuceó que me quería, pero sentí que no lo decía en serio, sonaba
inseguro, preferí seguir jadeando. Mis entrañas se desahogaban en cada arrebato
de su sexo, sudaba a mares. Terminó dentro de mí. Sin decir nada se fue al baño,
se duchó y enseguida regresó a la cama para dormir un rato. No quise
despertarlo. Dejé sobre el buró una sortija de oro blanco y una nota: “El amor sin
dueño es estar vacío por dentro…”. Cerré la puerta de la habitación del motel y
regresé a soportar de nuevo la rutina de ser madre, esposa y pendeja. Mañana es
mi aniversario de bodas y ya estoy satisfecha. ¡Que se vaya a la mierda mi
marido!