Contenido

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Letras desbordadas

Se me salen de las manos estas letras que quieren ver la luz de tu desnudez. No importa la distancia que tienen tus besos y mis labios, aquella se acorta con un suspiro que llevo dentro del alma. Si abro las caricias en ellas aún habitas. Coincido con el gorrión que escribe con canto un poema de amor para tus ojos. Se me salen las ganas ahora por besarte el alma. Las rosas del jardín acurrucan sus amores a mi enamorado corazón. Es a ti a la necesito para respirar, seguir, vivir. Moriré sin ti. Se me salen las ganas una vez más. Se entrecorta el beso último que me diste en el ardiente pecho. Se me sale el alma cuando no te veo, cuando te alejas, cuando de mí te vas. Es a ti a la que necesito ahora para amar, querer, anhelar y no morir. Se me salen de las manos estas letras para repetirte que te amo más que ayer.

jueves, 26 de agosto de 2010

Escriben las lágrimas

Escriben las lágrimas estas líneas insomnes y melancólicas. Ellas mueren en el sopor de una despedida que hace mucho dejaste. Cuidan las heridas aún sangrantes, limpian con distancia la soledad. El llanto se calla con una sonrisa hecha mueca. Siguen escribiendo en libros desconocidos, leen versos escondidos, criban letras tatuadas con dolor. Los años pesan en las ganas, sufren en las sienes, añoran en la oscuridad, muerden soledad cuando tú no estás. A merced de los lirios se evaporan los besos que la almohada acurruca en su alma fría. Los níveos cabellos calan las esperanzas de volver a verte. Esos ojos tristes que nacieron en mis ardores resucitan, de cuando en cuando, en la memoria tácita de mi lujuria. Buscan, las lágrimas, soportar esa hoja de papel llena de borrones, tempestades y muerte agónica. Escriben las lágrimas estas líneas para despedirse en silencio de tu recuerdo. Me espera, vestida de holanes y sedas, la muerte. Iré acompañado, sin reparos, de esta ingente soledad. He dejado un beso pálido asido a la hoja de papel… por si alguna vez te acuerdas de mí.

viernes, 6 de agosto de 2010

Contenida pasión

Deseo tanto despojarte de los laureles que ciñen tu vientre, esa moldura de girasoles que anida en tus besos, aquella rosa vulnerable que cultivas en tus anhelos. Siento morir en tus arrebatos de ígnea mujer. El silencio se acurruca en las letras y en los pasajes de esos libros que guardo dentro del corazón. Repasaré uno a uno los jardines de tu boca al amanecer y sorberé su rocío exquisito. Aún escucho tus gemidos y el retorcer de tu cuerpo bañado de pasión. Las horas insisten en repetirme cada línea oculta de tu intimidad. La lengua guarda el sabor de tu alma. Encenderé de nuevo la vela que está a medio morir y te esperaré paciente. El champagne te espera y las fresas igual.

martes, 3 de agosto de 2010

El llanto de un violín

La mañana luce acorralada por la tristeza. El sol se desgaja amoratado. La boca predica un credo sin Dios. Poco o nada sirve para acomodar un mar de lágrimas insonoras. Despierta agónica la esperanza para suspirar tu aroma. El tiempo vaga por mis dedos artríticos y los dolores secundarios de la vejez. El té frío se frunce con los labios resquebrajados. Qué importa comer. No me dan ganas de llorar, sin embargo se anuda la garganta. En medio de la mesa un periódico amarillento oculta tu rostro – verano del 1940. Un violín suena a lo lejos – llora con sentimiento propio. Me aferro a la silla. Veo tu rostro estremecerse recostado en mi pecho. El aire tarda en llegar a los pulmones. La mañana se libera. El sol enfría el llanto del periódico. Siento tus manos tersas en el rostro. Se oye una detonación. El violín sigue llorando. Cabalgo en tu sonrisa de manantial. Me besas con pasión. Esquivo al sol con el ramo de flores que llevo en la mano derecha. Los holanes del vestido blanco juguetean con la brisa tibia. Una voz clama: “¡Respira!”. Te ciño a mi cuerpo. Juntos por vez primera. Sólo escucho tu voz. Un te amo trastabilla entre tu espalda y mi boca. El día luce desvelado. El periódico amarillento se ha quedado olvidado junto con la taza de té y los ecos del llanto del violín. La noche calla y el violín ha vuelto a llorar.

miércoles, 21 de julio de 2010

Saborearte desde lejos

Se hace un nudo en los instintos cuando tu boca calla. Esos tus ojos que abruman el deseo. Hoy quiero jugar con el lápiz de la nostalgia y escribir en tu alma indómita. El día es lluvioso y el café humea en el escritorio. Los cristales lloran. El gris de mis pies calzados se ahoga misteriosamente en lagunas de sopor. Espero contestar un correo electrónico y no me queda nada por escribir. Siento un poco de frío que cala la columna de los sueños. Intento no abrir el cajón para mirar tu foto raída. Aún guardo esa caricia en el bolsillo derecho de la sedienta espalda. Un pájaro se tropieza con el translúcido cristal tratando de entrar y repicotea sin cesar. Su porte me transporta a tus besos la mañana de un ayer difuso. ¿Hace cuantos años te deje partir? No importa cuántos, para mí han sido eternos y agónicos. Suena el teléfono y salto inquieto. La voz me cita para las tres de la tarde - nada importante será. Tengo algo de sed y el vaso está vacío. Cierro los ojos para borrar unos instantes el dolor. No puedo resistir más y abro el cajón para contemplar tu foto un par de minutos solamente. Acaricio el contorno de tus labios con los dedos temblorosos. Un largo suspiro se estrella en el cristal que aún llora. Cierro de nuevo el cajón e incinero el momento entre recuerdos. De nuevo suena el teléfono. Otra voz me reclama airadamente un descuadre bancario. Callo para no gritar. Con una mueca de disgusto cuelgo. El aire huele a ti. Se hace un nudo en la cavidad endémica del alma. Apago el ordenador y corro las cortinas. La lámpara es lo último que se apaga. Iré a un bar a tomar un vodka y saborearte de nuevo.

- Mesero, mejor un tequila reposado que la noche me presta su nostalgia para llorar.
- Embrujo de amor, es el que tú has dejado en mí… – canta el mesero -. En un momento joven.

lunes, 19 de julio de 2010

Diluvio lastimero

Es inocente el diluvio que nace de mis manos tibias. Se cuela la zozobra en la lengua oblicua. Pierdo el interés en comunicarle a la razón que nada vaga en los linderos del corazón. Escribo sin punto fijo y elocuencia pertinaz. Quiero devolverle a la locura esa libertad de decir lo que quiera. Es difícil cerrar los ojos sin ver ese cielo nublado con holanes agrietados por la pesadumbre. El alcohol habla más de lo debido y el mariachi llora junto a mí. Soy tequila de llanto reposado. Basta un hombro para llorar y más de una eternidad para olvidar. Inocente diluvio - ¡maldita sea! - el que brota de las comisuras del alma.

martes, 13 de julio de 2010

Una noche más

Es difícil merodear sin aguantar las ganas de ceder ante la distancia. Tú acoplada a las lunas sedientas de este verano tibio. Recorro las arenas de una playa virgen y tu sonrisa se desplaza por mi cuello. Intento tomarte de las manos pero la brisa disipa la caricia. Huyes por los corales y anidas en aquella palmera de brazos caídos y frutos secos. El tiempo inerte se fuga por los rabillos de las olas. Espero despierto tu llegada. Una sombra hace latir desbocado el corazón, una sombra pasajera que sigue su camino. Se cristalizan las lágrimas que emanan de mi pecho. Duermo para atraparte entre la brisa y mis labios y así poder besarte lentamente. La simpleza de tu desnudez evoca esas caricias nocturnas que envuelve el manto acuífero de mi pasión. Es tan increíble que aún te ame y que mi espalda desee tus arrebatos ciegos. Es difícil merodear sin alzar la vista para buscarte envuelta entre las sábanas sepias. El ocaso baña un corazón perpetrado entre arena y sal. ¿Qué me queda? La esencia de los aromas frescos de flores silvestres, una manantial que resopla vago en el tic tac del reloj, una mirada ceñida al horizonte, un deseo y sólo uno… el amarte, hoy por la noche, una vez más.

viernes, 9 de julio de 2010

Idílico ayer

Se derrocha euforia y ella se enfunda en un vestido negro de holanes bifurcados. Las lágrimas bañan el alma sucumbida con las notas ascendentes de la música. Las zapatillas con tacón mediano rechinan a los vuelos vertiginosos. Las medias se desgastan en la melancolía de un ayer dormido en sus senos tibios. Nadie está quieto. Las manos débiles florecen al socorro de la luz de neón. Los labios se desgarran en un labial rojo sedentario. El sudor humedece la retina del corazón detenido en un suspiro agónico. Se fatiga el llanto y la cadencia del cuerpo sufre de dolor lacerante. Es de ayer su amor y de hoy el llanto. Cuando duerme muere un tanto más. Se derrocha euforia y ella se enfunda en un vestido negro de holanes bifurcados. Las lágrimas perdurarán hasta que su amor muera confinado en un idílico ayer.

miércoles, 16 de junio de 2010

¿Cómo acomodar la vida en un desdén?

Se oía el rumor del mar a lo lejos. Las frentes de las algas sudadan angustia decrépita y negra. Nada emotivo se dibujaba en las nubes bajas. El cielo caí en lánguidos sollozos. Un perro callejero husmeaba entre la basura. Salí del carro sin pensarlo dos veces. Me quité los zapatos, la camisa, el pantalón. Quedé desnudo completamente. Tomé una bocanada de aire seco. Me adentré en las aguas del mar sinuoso y nadé hacia el horizonte, hasta cansarme. La costa desapareció de pronto. Acomodé la pesadumbre que llevaba dentro. Cerré los ojos y caí, ahogado, en manos de la muerte.

viernes, 11 de junio de 2010

Hasta la muerte juntos

...Ella decía que se mecía en las fauces del olvido. No le creía nada, quizá estaba sumido en la tristeza cuando agónicamente me lo susurró al oído...

Es tarde ya, pasadas las cuatro. Hace un calor casi infernal y sudo copiosamente al intentar cruzar la callejuela “Santiago Adusto Medina”. Mi voluptuosa panza ensancha la camisa blanca que traigo ceñida al cuerpo. Los testículos están pegajosos y el culo escaldado. ”Maldito calor”. Con dificultad llegué a un local donde venden aguas frescas. Pedí una cerveza de raíz para llevar. Le estiré un billete de cincuenta pesos a la dependiente que se veía sudorosa y hedionda. El cambio me lo guardé en el bolsillo del pantalón desgastado que portaba. En cada sorbo maldecía el calor. En el parque principal me esperaba un homosexual que tenía negocios conmigo. “Pinche puto de mierda”. Me debía dinero y lo necesitaba con urgencia. La puta Iris me estaba jodiendo la vida por una cogida que no le había pagado y amenazó con decirle a Lic. Gutierrez mi desliz calenturiento. El Lic. es mi cuñado y trabajo para él en su despacho. Gracias a las súplicas de mi esposa me dio el trabajo, claro que él no estaba muy a gusto con esa idea. “Me vale madre”.

- ¿Tienes el dinero? Pregunté a la Eduarda Galante.
- Lo traigo aquí en mi bolso – me respondió con su asquerosa voz ronca pero afeminada. Se me erizaba el cuerpo cuando lo oía, era tan repulsivo.
- Déjate de puterías y entrégame el dinero que no tengo tiempo.
- Está bien gordito, pero no te enojes. Recuerda que el que se enoja pierde.
- Vete a la chingada.
- Allá tú.

Conté el dinero y seguí mi camino rumbo donde Iris. La calle “Las orquídeas” empezaba a mudarse de piel libidinosa. Aquellas putas baratas se arremolinaban a ambos lados de la calle. Iris tenía un mini vestido amarrillo entallado que mostraba el contorno de la tanga de hilo dental que traía puesta. La celulitis de las nalgas me provocaba pequeñas erecciones. Follaba deliciosamente y valía la pena el precio que me cobraba cada vez que lo hacíamos. El labial rojo carmín le daba un toque tosco, pero con esa boca me traía loco cuando engullía mi falo.

- Dame mi dinero, gordito.
- Aquí tienes y ya deja de joderme.
- No te hagas al santo que te gusta que te mame la verga, o ¿no?
- Cállate carajo. Me largo.
- Ya sabes dónde encontrarme cuando tengas ganas de una rica mamada – dijo soltando un carcajada estridente.

Le hice una seña con el dedo de la mano derecha y me largué de ahí. El calor ya había cedido un poco cuando llegaba a la casa. Gloria me espera con ciertas ansias. El consomé de pollo saldado, un refresco de cola y una barra de pan francés son mi cena. Mario y Alberto ya están dormidos. Mario es el mayor de mis hijos. Está en plena adolescencia y varias veces lo he pillado viendo revistas pornográficas. Alberto es un niño con una mente sana. Respiro con dificultad antes de introducir la llave en el cerrojo de la puerta. “¿Dónde están las putas llaves?”. La puerta chilla con cierto dolor. Gloria luce cansada y agobiada.

- ¿Qué te traes mujer? ¿Por qué esa cara de compungida?
- Nada, lo mismo de siempre.
- ¿Y ahora qué te duele?
- En realidad nada.
- ¿Entonces?
- Quería pedirte algo.
- ¿Qué quieres? - pregunto mientras me quito los zapatos y los calcetines húmedos por el sudor.
- Quiero que me folles.
- ¡¿Qué?! – pregunto exaltado e incrédulo.
- Lo que oíste.
- No me jodas que no vengo de buen humor para tus pendejadas.
- No son pendejadas, sólo quiero que me folles. Hace mucho que no lo haces. Quiero sentir como te chorreas dentro de mí. Quiero sentir ese calor que me quema por dentro.
- Ahora resulta que tienes ganas de follar. Son chingaderas tuyas nada más.
- ¿Vas a follarme, sí o no? Si no para que salga a buscar a la calle a alguien que si quiera.
- No sé qué pretendes con esto.
- Deja de parlotear y sólo fóllame.

Antes de follármela me di un baño para estar fresco. Aún sentía el culo escaldado. Al entrar a la habitación ella estaba recostada en la cama y cubierta con las sábanas percudidas. Tenía los ojos cerrados en medio de oscuridad. Me recosté a su lado.

- Quiero estar arriba, si no te importa – dijo ella suavemente.
- Como quieras, me da igual.
- Quiero decirte algo al oído, mi amor.

Lentamente acerca sus labios a mi oído izquierdo.

- Tengo sífilis y tú has sido el único hombre en mi vida. El doctor me dijo que moriré sin remedio alguno, pero te irás junto conmigo, hijo de puta.

Siento penetrar un artefacto en el cuello. La sangre brota sin control. No puedo hablar. Con las pocas fuerzas que me quedan la hago a un lado. Me siento. “Ya me llevó la chingada”. Me ahogo. Veo brillar en un rincón el cuchillo ensangrentado. Se me nubla la vista. “Maldita zorra asquerosa. Te veré en el infierno”.

Gloria se da un baño para quitarse la asquerosa sangre del engendro que la condenó a una muerte lenta. En la habitación que sus hijos comparten están hechas un par de maletas. Mario y Alberto se durmieron hasta con los zapatos puestos. A las puertas de la casa un vehículo ronronea esperándolos. El Lic. Gutierrez está dentro impaciente. Entran Gloria y sus hijos y el carro se aleja sin remordimiento alguno.

...La noche luce negra y triste. Ella me dijo que estaríamos juntos hasta la muerte...

martes, 27 de abril de 2010

Idílicos nanosegundos

Muerte deseada.

- Moriré en los vastos mantos de tu pubis.
- ¿Servirá de algo?
- Más bien es mejor morir así.

Vida robada.

- Seré ingeniero en nanotecnología.
- ¿Y mi piel sedienta?
- Seré el verdugo de ella.
- No juegues.
- Disto mucho de hacerlo. Prefiero morir.
- Calla que no aguanto las ganas.


Calle solitaria.


- El sol parece morir de soledad.
- Es la luna que lo tiene prisionero en su ombligo.
- Esa calle…
- Solitaria como todas las de ahora, con ingente número de personas.
- El silencio…
- ¡Basta! Muérdeme los labios que se suicida el tiempo entre mis muslos ardientes.

Noche olvidada.

- Se parece la brisa a tu aliento hecho gemido.
- Es menos intenso.
- Lámeme la espalda.
- Mejor la curto con mis senos tibios.
- Date prisa que la negritud celeste se hace añicos en mi hombría.


Silencio impoluto.


- ¿Eres mía?

Se esparce la pregunta y la respuesta jamás llega.

Virginales sábanas.

- Recuéstate.
- ¿Y mi ropa?
- Olvídala.
- Necesito sentirte dentro.
- Yace tu humedad en mi lengua.
- Requiero más que eso.

Amanecer arremolinado.

- Adiós.
- ¿Es mucho pedir un beso en el pubis?
- Es más difícil no hacerlo cuando te tengo cerca.
- Te cabalgaré.
- Es urgente que lo hagas… el sol está empezando a quemar mis ganas.


Una taza de café a medio sorber.


- Esa mirada que llevas no me gusta.
- Afuera hay una guerra que perderé.
- La sangre que derrames no bastará.
- ¡Calla! Iré a morir sin honor.
- ¿Y quién lo tiene?
- ¡Basta! Muérdeme los labios que necesito beberte toda.


Lágrima carmín.


- Es una vida desagradable, apesta. Sigo sin entender.
- No hay nada que entender, sólo es aceptar lo inevitable.
- Murió lejos de mi pubis.
- Pero cerca de tu corazón.
- Me gustaría morir. ¿Puedes matarme?
- Espera cinco minutos nada más.
- He esperado muchos años y cinco minutos no son nada.
- ¿Oyes los cargueros? Han disparado sus misiles.
- ¡Todo apesta!¡Maldita sea!

Árido destino.

En medio de las ruinas los cuerpos calcinados son irreconocibles. Nadie respira. El sol se disculpa cuando la mañana muere.

lunes, 26 de abril de 2010

Lejos de su boca

Se presume un aroma de piel incendiada a mitad de un beso tibio. Ella se riega con el sudor de un atardecer moribundo. Las manos del tiempo detienen el latir del corazón. Se incorporan los labios dando un brinco el sonar del jadeo a media lidia. Se derrama la espesura de la piel al unísono con los acordes de unas letras que se tatúan en el alma. Ella penetra los sentidos dejando un dolor insaciable y una necesidad infinita. Los ojos se postran vidriosos al cabo de un gemido muerto en vilo. Quisiera sostener el vigor de sus brazos aprisionando mi espalda y desgarrándola con filosas uñas de nácar diezmada. Un grito ahogado hurga los pies descalzos que recorren el sendero tapizado de pétalos de rosas rojas. Las velas incendian el momento. Ella se apodera de las palpitaciones de mi estigma hecho señuelo para su vientre bajo. El pecho estalla, los labios sudan sus besos, anido en sus ojos, surco la tesitura de su espalda arqueada. Muero en sus antojos de hembra sedienta, hambrienta, exquisita, indómita, callada. Ella muere en esos instantes para que el fénix de su pubis renazca en mi lengua harta de sus humores. Es toda mía, sólo mía. Cierro los ojos para amarla una vez más. Se presume un amanecer y yo... lejos de su boca.

viernes, 9 de abril de 2010

Manos eternizadas

Las manos suturan un desdén polvoriento. Aquel día de mayo se fue al abismo una sonrisa quieta. Ella gritaba desolada en un rincón hediondo de amor. El tiempo transcurría con latidos eternizados. El sol se despedía lastimoso en el umbral del miedo. Nadie respiraba las gotas de inocencia que despedía el jazmín moribundo. Esa fuente de lánguidas aguas se estremecía con pocas hojas secas que descasaban en su regazo. El llanto depositado en los lunares de la conciencia se precipitaba al vacío. La voz de las caricias se enmudecía al contacto con el olvido. La espalda calcinada urgía ungüentos de palabras secas. Nadie oyó el trinar de un perdón subconsciente. El camino bifurcaba al norte de la oscuridad. Él lloraba acostado en el camastro de frío corazón y de manos aceradas con nulas ilusiones. El miedo psicológico se apoderaba de una rata avecinada en las cloacas del inodoro pestilente. La imagen sagrada puesta de cabeza no servía de nada. Él unió los labios a los distantes susurros del cálido metal que empuñaba ella en su bajo vientre. La impaciencia de la mirada delató la sonrisa descompuesta de la muerte misma. Quedaron en vilo los gritos y el llanto. El hambre sucumbió a la rata que al oscurecer roía las lenguas inertes dormidas en cruz. Las manos inertes están y los latidos del tiempo aún se oyen eternizados.


miércoles, 7 de abril de 2010

Memoria crepuscular

Sonaban los labios a diestra malta de senos exquisitos. Podría decirse que el pubis se sonrojaba virginalmente. El rostro de los dedos se humedecía en llanto ajeno, decorado de azul sufrido. El vaivén de los vientos se liaba con los cabellos. El sol estaba durmiendo en otro camastro con sedas entrecortadas de suspiros. La inocencia de la espalda brincaba de ánimos lacios y seductores. Ella comía junto a una rosa marchita. Resonaban los labios a saciedad impoluta de discrepancias sexuales. El ronquido de la almohada a media mañana distraía los ungüentos de las estrellas tatuadas en los ojos. Pensaría que extrañaba a alguien ajeno a su vida. La luna reacia se vestía eterna de olores corporales, quizá en otros brazos imperfectos.

Llegaban otras palabras a los labios. Sonaban a un nombre cualquiera, pero poco común. Esgrimía en tonos caídos un rostro débil y aún satisfecho. Dejé de mover los pensamientos. Sudé gemidos inocuos y efímeros jadeos. Cerré el capilar de un beso espolvoreado de mares dormidos. Quise elevar la voz de la caricia dejada en el pecho. Cerré los ojos para no verte morir en el café de la mañana. Sonaban los labios a diestra malta de senos exquisitos y tú durmiendo desnuda en el crepúsculo de mi memoria.

martes, 9 de marzo de 2010