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miércoles, 16 de junio de 2010
¿Cómo acomodar la vida en un desdén?
Se oía el rumor del mar a lo lejos. Las frentes de las algas sudadan angustia decrépita y negra. Nada emotivo se dibujaba en las nubes bajas. El cielo caí en lánguidos sollozos. Un perro callejero husmeaba entre la basura. Salí del carro sin pensarlo dos veces. Me quité los zapatos, la camisa, el pantalón. Quedé desnudo completamente. Tomé una bocanada de aire seco. Me adentré en las aguas del mar sinuoso y nadé hacia el horizonte, hasta cansarme. La costa desapareció de pronto. Acomodé la pesadumbre que llevaba dentro. Cerré los ojos y caí, ahogado, en manos de la muerte.
viernes, 11 de junio de 2010
Hasta la muerte juntos
...Ella decía que se mecía en las fauces del olvido. No le creía nada, quizá estaba sumido en la tristeza cuando agónicamente me lo susurró al oído...
Es tarde ya, pasadas las cuatro. Hace un calor casi infernal y sudo copiosamente al intentar cruzar la callejuela “Santiago Adusto Medina”. Mi voluptuosa panza ensancha la camisa blanca que traigo ceñida al cuerpo. Los testículos están pegajosos y el culo escaldado. ”Maldito calor”. Con dificultad llegué a un local donde venden aguas frescas. Pedí una cerveza de raíz para llevar. Le estiré un billete de cincuenta pesos a la dependiente que se veía sudorosa y hedionda. El cambio me lo guardé en el bolsillo del pantalón desgastado que portaba. En cada sorbo maldecía el calor. En el parque principal me esperaba un homosexual que tenía negocios conmigo. “Pinche puto de mierda”. Me debía dinero y lo necesitaba con urgencia. La puta Iris me estaba jodiendo la vida por una cogida que no le había pagado y amenazó con decirle a Lic. Gutierrez mi desliz calenturiento. El Lic. es mi cuñado y trabajo para él en su despacho. Gracias a las súplicas de mi esposa me dio el trabajo, claro que él no estaba muy a gusto con esa idea. “Me vale madre”.
- ¿Tienes el dinero? Pregunté a la Eduarda Galante.
- Lo traigo aquí en mi bolso – me respondió con su asquerosa voz ronca pero afeminada. Se me erizaba el cuerpo cuando lo oía, era tan repulsivo.
- Déjate de puterías y entrégame el dinero que no tengo tiempo.
- Está bien gordito, pero no te enojes. Recuerda que el que se enoja pierde.
- Vete a la chingada.
- Allá tú.
Conté el dinero y seguí mi camino rumbo donde Iris. La calle “Las orquídeas” empezaba a mudarse de piel libidinosa. Aquellas putas baratas se arremolinaban a ambos lados de la calle. Iris tenía un mini vestido amarrillo entallado que mostraba el contorno de la tanga de hilo dental que traía puesta. La celulitis de las nalgas me provocaba pequeñas erecciones. Follaba deliciosamente y valía la pena el precio que me cobraba cada vez que lo hacíamos. El labial rojo carmín le daba un toque tosco, pero con esa boca me traía loco cuando engullía mi falo.
- Dame mi dinero, gordito.
- Aquí tienes y ya deja de joderme.
- No te hagas al santo que te gusta que te mame la verga, o ¿no?
- Cállate carajo. Me largo.
- Ya sabes dónde encontrarme cuando tengas ganas de una rica mamada – dijo soltando un carcajada estridente.
Le hice una seña con el dedo de la mano derecha y me largué de ahí. El calor ya había cedido un poco cuando llegaba a la casa. Gloria me espera con ciertas ansias. El consomé de pollo saldado, un refresco de cola y una barra de pan francés son mi cena. Mario y Alberto ya están dormidos. Mario es el mayor de mis hijos. Está en plena adolescencia y varias veces lo he pillado viendo revistas pornográficas. Alberto es un niño con una mente sana. Respiro con dificultad antes de introducir la llave en el cerrojo de la puerta. “¿Dónde están las putas llaves?”. La puerta chilla con cierto dolor. Gloria luce cansada y agobiada.
- ¿Qué te traes mujer? ¿Por qué esa cara de compungida?
- Nada, lo mismo de siempre.
- ¿Y ahora qué te duele?
- En realidad nada.
- ¿Entonces?
- Quería pedirte algo.
- ¿Qué quieres? - pregunto mientras me quito los zapatos y los calcetines húmedos por el sudor.
- Quiero que me folles.
- ¡¿Qué?! – pregunto exaltado e incrédulo.
- Lo que oíste.
- No me jodas que no vengo de buen humor para tus pendejadas.
- No son pendejadas, sólo quiero que me folles. Hace mucho que no lo haces. Quiero sentir como te chorreas dentro de mí. Quiero sentir ese calor que me quema por dentro.
- Ahora resulta que tienes ganas de follar. Son chingaderas tuyas nada más.
- ¿Vas a follarme, sí o no? Si no para que salga a buscar a la calle a alguien que si quiera.
- No sé qué pretendes con esto.
- Deja de parlotear y sólo fóllame.
Antes de follármela me di un baño para estar fresco. Aún sentía el culo escaldado. Al entrar a la habitación ella estaba recostada en la cama y cubierta con las sábanas percudidas. Tenía los ojos cerrados en medio de oscuridad. Me recosté a su lado.
- Quiero estar arriba, si no te importa – dijo ella suavemente.
- Como quieras, me da igual.
- Quiero decirte algo al oído, mi amor.
Lentamente acerca sus labios a mi oído izquierdo.
- Tengo sífilis y tú has sido el único hombre en mi vida. El doctor me dijo que moriré sin remedio alguno, pero te irás junto conmigo, hijo de puta.
Siento penetrar un artefacto en el cuello. La sangre brota sin control. No puedo hablar. Con las pocas fuerzas que me quedan la hago a un lado. Me siento. “Ya me llevó la chingada”. Me ahogo. Veo brillar en un rincón el cuchillo ensangrentado. Se me nubla la vista. “Maldita zorra asquerosa. Te veré en el infierno”.
Gloria se da un baño para quitarse la asquerosa sangre del engendro que la condenó a una muerte lenta. En la habitación que sus hijos comparten están hechas un par de maletas. Mario y Alberto se durmieron hasta con los zapatos puestos. A las puertas de la casa un vehículo ronronea esperándolos. El Lic. Gutierrez está dentro impaciente. Entran Gloria y sus hijos y el carro se aleja sin remordimiento alguno.
...La noche luce negra y triste. Ella me dijo que estaríamos juntos hasta la muerte...
Es tarde ya, pasadas las cuatro. Hace un calor casi infernal y sudo copiosamente al intentar cruzar la callejuela “Santiago Adusto Medina”. Mi voluptuosa panza ensancha la camisa blanca que traigo ceñida al cuerpo. Los testículos están pegajosos y el culo escaldado. ”Maldito calor”. Con dificultad llegué a un local donde venden aguas frescas. Pedí una cerveza de raíz para llevar. Le estiré un billete de cincuenta pesos a la dependiente que se veía sudorosa y hedionda. El cambio me lo guardé en el bolsillo del pantalón desgastado que portaba. En cada sorbo maldecía el calor. En el parque principal me esperaba un homosexual que tenía negocios conmigo. “Pinche puto de mierda”. Me debía dinero y lo necesitaba con urgencia. La puta Iris me estaba jodiendo la vida por una cogida que no le había pagado y amenazó con decirle a Lic. Gutierrez mi desliz calenturiento. El Lic. es mi cuñado y trabajo para él en su despacho. Gracias a las súplicas de mi esposa me dio el trabajo, claro que él no estaba muy a gusto con esa idea. “Me vale madre”.
- ¿Tienes el dinero? Pregunté a la Eduarda Galante.
- Lo traigo aquí en mi bolso – me respondió con su asquerosa voz ronca pero afeminada. Se me erizaba el cuerpo cuando lo oía, era tan repulsivo.
- Déjate de puterías y entrégame el dinero que no tengo tiempo.
- Está bien gordito, pero no te enojes. Recuerda que el que se enoja pierde.
- Vete a la chingada.
- Allá tú.
Conté el dinero y seguí mi camino rumbo donde Iris. La calle “Las orquídeas” empezaba a mudarse de piel libidinosa. Aquellas putas baratas se arremolinaban a ambos lados de la calle. Iris tenía un mini vestido amarrillo entallado que mostraba el contorno de la tanga de hilo dental que traía puesta. La celulitis de las nalgas me provocaba pequeñas erecciones. Follaba deliciosamente y valía la pena el precio que me cobraba cada vez que lo hacíamos. El labial rojo carmín le daba un toque tosco, pero con esa boca me traía loco cuando engullía mi falo.
- Dame mi dinero, gordito.
- Aquí tienes y ya deja de joderme.
- No te hagas al santo que te gusta que te mame la verga, o ¿no?
- Cállate carajo. Me largo.
- Ya sabes dónde encontrarme cuando tengas ganas de una rica mamada – dijo soltando un carcajada estridente.
Le hice una seña con el dedo de la mano derecha y me largué de ahí. El calor ya había cedido un poco cuando llegaba a la casa. Gloria me espera con ciertas ansias. El consomé de pollo saldado, un refresco de cola y una barra de pan francés son mi cena. Mario y Alberto ya están dormidos. Mario es el mayor de mis hijos. Está en plena adolescencia y varias veces lo he pillado viendo revistas pornográficas. Alberto es un niño con una mente sana. Respiro con dificultad antes de introducir la llave en el cerrojo de la puerta. “¿Dónde están las putas llaves?”. La puerta chilla con cierto dolor. Gloria luce cansada y agobiada.
- ¿Qué te traes mujer? ¿Por qué esa cara de compungida?
- Nada, lo mismo de siempre.
- ¿Y ahora qué te duele?
- En realidad nada.
- ¿Entonces?
- Quería pedirte algo.
- ¿Qué quieres? - pregunto mientras me quito los zapatos y los calcetines húmedos por el sudor.
- Quiero que me folles.
- ¡¿Qué?! – pregunto exaltado e incrédulo.
- Lo que oíste.
- No me jodas que no vengo de buen humor para tus pendejadas.
- No son pendejadas, sólo quiero que me folles. Hace mucho que no lo haces. Quiero sentir como te chorreas dentro de mí. Quiero sentir ese calor que me quema por dentro.
- Ahora resulta que tienes ganas de follar. Son chingaderas tuyas nada más.
- ¿Vas a follarme, sí o no? Si no para que salga a buscar a la calle a alguien que si quiera.
- No sé qué pretendes con esto.
- Deja de parlotear y sólo fóllame.
Antes de follármela me di un baño para estar fresco. Aún sentía el culo escaldado. Al entrar a la habitación ella estaba recostada en la cama y cubierta con las sábanas percudidas. Tenía los ojos cerrados en medio de oscuridad. Me recosté a su lado.
- Quiero estar arriba, si no te importa – dijo ella suavemente.
- Como quieras, me da igual.
- Quiero decirte algo al oído, mi amor.
Lentamente acerca sus labios a mi oído izquierdo.
- Tengo sífilis y tú has sido el único hombre en mi vida. El doctor me dijo que moriré sin remedio alguno, pero te irás junto conmigo, hijo de puta.
Siento penetrar un artefacto en el cuello. La sangre brota sin control. No puedo hablar. Con las pocas fuerzas que me quedan la hago a un lado. Me siento. “Ya me llevó la chingada”. Me ahogo. Veo brillar en un rincón el cuchillo ensangrentado. Se me nubla la vista. “Maldita zorra asquerosa. Te veré en el infierno”.
Gloria se da un baño para quitarse la asquerosa sangre del engendro que la condenó a una muerte lenta. En la habitación que sus hijos comparten están hechas un par de maletas. Mario y Alberto se durmieron hasta con los zapatos puestos. A las puertas de la casa un vehículo ronronea esperándolos. El Lic. Gutierrez está dentro impaciente. Entran Gloria y sus hijos y el carro se aleja sin remordimiento alguno.
...La noche luce negra y triste. Ella me dijo que estaríamos juntos hasta la muerte...
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