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miércoles, 26 de agosto de 2009

Sueños de realidad


Quisiera probar a ser un infante que se confunde entre juegos. Ser ese niño que te toma de las manos para pasar todo un día de juegos. Quisiera enseñarte todo ese mundo que vi enorme. Esos escondites que resultaban toda una fortaleza para derrochar sonrisas y susurros. Enseñarte esa jungla que comía gente, esa ría que nos daba horas de alegrías. Ese pequeño mundo que sin conocerte me hubiera encantado mostrarte. Esas tardes soleadas brincando entre las olas de un mar azul profundo. Las hazañas de ser un buzo buscando tesoros escondidos.

Esas mañanas de verano cuando el mar estaba tranquilo y sólo descansaban los barcos anclados en la orilla. Pasé horas de contemplación al despuntar el sol. Estuviste junto a mí sin quererlo. Sólo puedo regalarte esas imágenes que me dieron sueños, esperanza, llanto, desesperación, ansiedad. Me veo apretujándome las manos intentando comprender la soledad del inmenso mar, la salinidad de la arena blanca. Quería alcanzarte cruzando los océanos, navegando insondables profundidades.

Me gustaría arrancarme la memoria a tajos e irte proyectando cada instante esas vivencias, lugares, llantos, miedos, alegrías, tristezas. Esa visión tan poco común que tenía de un mundo olvidado casi por entero del tiempo. Es ver con mis ojos ese mundo que trató de tragarme entero y justo a tiempo me hice adolescente y cambié de vida. Otros lugares, otras compañías, otros amores, otros dolores, otros miedos, otra soledad.

Quisiera probar a tomarte de las manos y caminar por esas calles que se mueren de nostalgia al paso de los años. Gente nueva, caras conocidas, ruidos adyacentes de una sociedad que va comiendo los sueños de los que nacen. Estar sentados en los restos de ese viejo muelle que se veía distante. Ver como sobrevuelan las garzas de picos afilados, las gaviotas comiendo al otro lado de la orilla en medio de la flora marina.

Entrelazar tus brazos a mi dorso, ir vagando por los senderos de conchuela que nos hieren levemente los pies, sentir como juega la corriente con ellos mientras se hunden en un lodazal. Ver los restos de algunos peces, los cascarones de otros, un ancla oxidada, un navío desecho por el salitre y el sol, un artefacto que no va a tono con lo ya muerto. Recuerdo bien que empezaba por un lado y salía por otro totalmente distinto. Eran hazañas inquebrantables que al final me dejaban agotado.

Hoy sueño con caminar abrazado a ti por aquellos lugares que me dieron pauta para soñar, reír, llorar, caer, sangrar, enfermar. Parece lejano ese día pero lo traigo en el pecho respirando, viviendo, agotado, enardecido, ensangrentado. Ese beso al caer la tarde en medio de una brisa fresca que nos recala en las ropas húmedas de sudor y sal. Parece sueño pero es mi realidad.

Tengo tantas ganas de verte nacer en mis recuerdos de la niñez, cargar tu cuerpo sobre las espaldas y saltar. Reír sin recatos, beber de la misma agua, ennegrecer con la misma tierra. Beber la sangre de tus pequeñas heridas para cauterizarlas. En medio de la nostalgia quiero verte sentada bajo la sombra de mi cuerpo para huir un rato del sol inclemente. Te quiero reñida con la ropa, hecha jirones por la travesía. Necesito besarte en aquellas mejillas tibias de un color carmín tenue bajo ese bote que nos cubre de los últimos rayos del atardecer.

Alguna vez soñé en encontrarte en algún lugar cerca del mar. Hoy he vuelto con tu recuero agazapado en mis dedos, en mis labios, en mi alma. Cuando sonrío te veo anclada en las letras que marcan un sueño de niñez que madura a fuego lento en bastas historias que me hacen suspirar. Ven a mi alcoba a verter tus sueños en mi lápiz de alma carbónica. Sé la realidad de un encanto. Heme aquí contemplando el mar a la espera de tus manos que se entrelazan a mi dorso en una tarde de primavera con aroma de invierno.

La noche estrellada divulga al infinito esas ganas que tengo de verte envuelta en mis carnes para darte calor. Yo tu sueño y tú mi realidad. Te amo.



viernes, 21 de agosto de 2009

Subconsciente olvido

Abruptamente se me entumieron los labios al intentar pronunciar un nombre. La taquicardia de la razón evita la ráfaga de imágenes que al final no reflejan nada. Se me ha olvidado por qué estoy en éste punto de decidir seguir o detenerme a recordar algo. No sé si vale la pena desmenuzar los recuerdos. ¿Qué hago detenido? No hay razón para no seguir hacia el lugar que ahora me dispongo a visitar. No recuerdo absolutamente nada, irónico para mi edad. Si alguien pregunta por Isela, y digo Isela porque lo estoy leyendo en un cuaderno de apuntes que tengo en la mano e indiscutiblemente es mi letra – o eso creo - , no sabría que responder. No la recuerdo en lo más mínimo. Octavio me ha referido que ella es mi gran amor - vaya treta del insomne amigo mío. Lo descabellado de los comentarios de Octavio es que en los apuntes, que aún sostengo en las manos, Isela aparece en casi todos, para no decir en todos, y de mi puño y letra la describo como ese gran amor que me hacía falta y que jamás debería olvidar.

He rescatado algunos recuerdos borrosos y ninguna mujer se despintan en ellos. ¡Inconcebible! Ella no puedo haber navegado en los lauros de mi pecho y hombría, ni en la resequedad de la soledad que dicen Rebeca que tuve antes de conocer a Isela. ¡Senil! Esa es la palabra que necesitaba desde hace unos meses que desperté de un prolongado letargo en una cama de hospital. Jura Rosa que después de no se qué circunstancia renegué de la realidad y caí en un coma sentimental. Ella me comentó que Isela me había abandonado por otro hombre. ¡Ridículo! No he tenido a ninguna mujer recostada junto a mi desnudo cuerpo como la que me describen, ¡jamás!

Me mostraron interminables fotos donde aparecía junto a Isela. Muchos lugares y personas. No me acuerdo haber estado en esos lugares y mucho menos con ella. Parecía que estuviera en un sueño. Miré las fotos por horas y horas sin poder relacionarlas con nada. Sandra me contó que estuve casado con ella seis años pero no tuvimos hijos por decisión de ella. Difícil de creer lo que me cuentan, es realmente confuso detenerse a pensar en esas cosas que no tiene huella en mi mente. José me estrechó fuerte y sollozó. Se disculpó por el proceder de su prima Isela. ¡¿Prima?! Disparate más grande. A él si lo recordaba… raro… muy raro.

Mi madre, Ángeles, me suplicó con lágrimas en los ojos que no la buscara más porque me había hecho mucho daño y que me había cambiado demasiado. ¡Aterrador! No supe que decirle a mi madre. Simplemente le alcance a decir que no la buscaría porque no la recordaba en lo más mínimo. Encendió una veladora y se puso a rezar por mi entereza anímica y mental.

No han dejado de mencionármela, ni un minuto. Doña Perla, mi supuesta suegra, me habló por teléfono para insultarme. ¡Insultarme!

Basta de seguir a un recuerdo inválido, de proporciones nulas. Quemaré los apuntes y las fotos que para mi ya no significan nada. Si existió Isela por algo la habré olvidado y recordarla es casi imposible. Compraré un cuaderno nuevo para escribir lo que sea… y le pediré a todos que ya no mencionen a Isela porque jamás fue lo que dicen… jamás fue mía… jamás… jamás la recordaré.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Estrella fugaz.

- Mami, quiero ser estrella fugaz. Incendiar el firmamento con la estela de mi alma. Volverme un bólido lumínico que se pierda en el infinito del universo. Que de luz llene esas miradas que suplican con una plegaria un milagro. Ser efímero.
- Duerme, amor mío, esta noche lo serás.

El hambre los ha vencido. Se han muerto en un rincón de la soledad.

martes, 18 de agosto de 2009

Cuando me vaya

El día que me vaya el silencio se anudará en el cielo.
La llama de los deseos se extinguirá en la boca de la muerte.
Los sobresaltos quedarán impávidos y llenos de dolor.
Una vez más la oscuridad cubrirá mis ojos miel.
La soledad quebrantará las risas al recordarme.
Cuando me vaya el olvido mi cobija será.

Selene secaba las lágrimas que anidaban en sus mejillas. Hundía los puños en el camastro de impotencia. Chillaban los dientes de la desesperación. La soledad se vertía en cada rincón de su cuerpo. El aliento estaba en un vilo desolador. Una vez más recordaba los ojos de Pedro. Un recóndito suspiro se escabulló de su pecho para dar rienda suelta a la amargura del corazón. La mirada se perdió en un claro de luz que entraba por un resquicio de la ventana.

Ese tenue haz de luz la transportó a las calles pusilánimes de ChenBox, un pequeño poblado olvidado.

- ¡Natalia! ¿Dónde estás?

La voz juvenil lidiaba desesperadamente con encontrarla. Los pies descalzos estaban ensangrentados y amoratados.

- Dios mío, dónde estará esa niña.

Selene era una madre soltera que entregó su cuerpo a un extranjero que vivió unos meses en ChenBox. La engatusó y la llevó a la cama sólo para saciar su sed de placer carnal. Convencida le dio su amor sin miramientos. Toda ella se depositó en la boca de su amado. El sol enardecía cuando se entregó. El sudor hacía brillar su cuerpo de niña – catorce años de edad. El vello púbico apenas sobresalía, enarbolaba un Monte Venus a flor de piel – terso y suave. El desgarre causó un dolor intenso al principio. Con lágrimas en los ojos resistió el dolor que luego se convirtió en placer. Los gemidos se iban propagando en su garganta como una sinfonía. Temblaba inconscientemente. Se arropaba con los besos tiesos del extranjero. Socavaban la inocencia violentamente. Para ella fue una eternidad, para él un mísero instante. Se levantó, dándole la espalda se terminó de vestir. El sueño arrullaba el cansado cuerpo infantil. Ajustándose el sombrero abrió la puerta y la dejó tendida sobre el camastro. Sin voltear se marcho para jamás volver.

Don Arnulfo le propinó una paliza por desobedecerlo.

- ¡Te dije que no te metieras con ese pelafustán! No me vengas con la estupidez de que lo hiciste por amor. Eso no es amor, es calentura.

Habían pasado dos meses cuando tuvo un dolor en el vientre. La llevaron a la curandera del pueblo.

- Esta chamaca está preñada.

La ira de Don Arnulfo no se hizo esperar.

- ¡Te largas de la casa! ¡No quiero criar a un bastardo! ¡Eres una puta, mal nacida! Si tu madre viviera se ahogaría de la vergüenza de haber engendrado a una cualquiera. ¡Lárgate y no regreses nunca!

Agarró sus pocas ropas y se marchó. La primera noche la pasó a la intemperie. El frío no la dejó dormir. Tiritaba demasiado como para poder conciliar el sueño. El hambre la tenía tan exhausta. El palpitar de su corazón la arrulló hasta que se durmió. De súbito, una mano tosca la despertó.

- ¿Qué haces durmiendo aquí, chamaca? Te vas a enfermar.

Claudio la llevó a su casa. Era un joven trabajador de la hidroeléctrica. Su esposa había muerto un año atrás. Vivía sólo y los sueños se le habían ido junto con su esposa.

- Entra, no te haré daño.

Con miedo obedeció.

- ¿Cómo te llamas?
- Selene
- Mucho gusto, Selene. Me llamo Claudio.

Acongojada le contó su breve historia. Él decidió darle asilo en la casa hasta que ella pudiera hacerse cargo por si sola del bebé que estaba esperando. Nació Natalia, una hermosa niña. Claudio la reconoció como hija propia – la amó desde el primer instante en que la vio. La casa se avivó de felicidad. Selene se sentía feliz, plena. Todo parecía ir bien. Un trágico accidente le robó a Claudio. El destino le clavó una espina muy profunda en el alma. No se esclareció la muerte. Muchos decían que murió electrocutado, otros que ahogado en una caldera hirviendo. El padre de Claudio la sacó de la casa.

- ¡Eres una mantenida! ¡Lárgate! No pienses que tu bastarda hija recibirá algo de lo que dejó mi hijo. Sé que no es hija de él y por lástima la reconoció como suya.

Esas palabras la hirieron demasiado. En silencio lloraba. Regresó a ChenBox. Natalia tenía dos años. A Don Arnulfo le ganó el amor por la nieta y las recibió de nuevo en su casa.

- Tendrás que trabajar para mantener a tu hija.

Asintió con la cabeza. Las jornadas de trabajo eran extenuantes. La fábrica de tabiques estaba a una hora de ChenBox. Las condiciones infrahumanas no la dejaban desistir. Las manos se agrietaron. Con mucho dolor levantaba los tabiques para llevarlos a la zona de almacenaje. Se le llenaban los ojos de felicidad al recibir un raquítico sueldo.

- Hoy le compraré a Natalia esas sandalias rete bonitas del mercado.

Un recorte de personal la dejó sin trabajo. Por la edad, Don Arnulfo no resistió un ataque al corazón. Los funerales fueron paupérrimos. Desesperada no sabía que hacer. Natalia pedía comida y no resistió verla sufrir por hambre. Por unas monedas empezó a vender su cuerpo. La golpeaban, insultaban y menospreciaban. Resistía todo para llevarle un pedazo de pan a su hija. No aguantó mucho tiempo las palizas.

- Tenemos que irnos de aquí. Ya no soporto la vida. ¡Natalia!
- Aquí estoy mami.
- Nos vamos de aquí.

El llanto de Natalia cimbraba el alma vacía de Selene. En el camino se encontraron con Pedro. Era un campesino cuarentón. Por lástima las dejó quedarse esa noche en la choza, hecha de piedra y paja, que habitaba. A la mañana siguiente, el desayuno ya estaba preparado para asombro de Pedro. Había salido desde muy temprano a su parcela y al retornar sintió el aroma a huevos revueltos. Las tortillas estaban humeando sobre la mesa. Sin articular palabra alguna se sentó en la mesa y comió. Esa noche las dejó quedarse de nuevo. No hubo palabras, simplemente se dejó caer en el camastro y se durmió. Acurrucadas en un rincón se daban calor mutuo para poder conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, Pedro construyó burdamente un camastro para Selene y Natalia. Sin decir nada, Selene lo empezó a acompañar a la parcela. Juntos hacían el deshierbe y la siembra. Cosechaban diversas hortalizas según la temporada. Iban al mercado de ChenBox a venderlas. La gente la miraba con desdeño. Pedro la defendía de los insultos.

- No se metan con ella, es mi mujer.

Poco a poco la empezaron a respetar y llamarla la mujer de Pedro.

- Ahí viene la mujer de Pedro con las verduras. Vamos a ver que trajo para vender.
- Necesito tomate fresco para una salsita que le encanta a mi viejo.

Los años pasaban y Natalia se hacía más hermosa cada día. Un hacendado la desposó. Al casorio no asistieron Pedro y Selene. Eran gente de alcurnia los invitados. Sus principios no les permitían rozarse con esa clase de gente. Un día antes de la boda se despidieron de Natalia.

- Dios te bendiga, hijita. Cuídate mucho.
- Gracias, ma.
- Lleva siempre contigo este crucifijo para que no te olvides de mí.

Pedro sólo le dio un beso en la frente en silencio. Jamás volvieron a saber nada de ella. En ChenBox oían rumores de que se había ido a la capital con su esposo. En otras ocasiones decían que ya tenía un hijo. Luego ya no escucharon nada de Natalia. Los años transcurrieron sin prisa por sus manos. Pedro ya no caminaba. Ella se partía el alma con la cosecha. Una noche lluviosa murió Pedro de un paro respiratorio. No le quedaba ya nada. El chillar de la puerta la sacó de sus recuerdos.

- ¿Alguien vive?

Con desgano se levantó del camastro.

- ¿Qué desea?
- Me mandó mi patrón para que le entregara esto.

En una seda roja estaba envuelto el crucifijo que le había dado a Natalia.

- La señora Natalia murió hace tres semanas. Le dio cáncer.

No dijo más y se retiró. Selene se aferró al crucifijo y regresó al camastro. Murió una tarde de abril cuando repollaban las lechugas en la parcela. Nadie la sepultó. Sus restos quedaron impávidos en el camastro. Los perros esparcieron los huesos por doquier. Todos la han olvidado. La choza ya no existe. La parcela tampoco. Un crucifijo brilla por las noches en un rincón olvidado de un ChenBox que tampoco existe.

La ingratitud de los sueños

Te forje como una amalgama de ilusiones y vestigios de anhelos. La colilla de la pesadilla que antes eras se disipó al calor de una tregua íntima. Filtré las condiciones de luz y color que te vestían de alegría. Nada podía salirse del acotamiento lingüístico del cual te embalsamé. La cintura de la emoción era tan estrecha que insinué la pasión de una ardiente mujer. La oscuridad de los ojos se abrillantó como zafiros de tonos dulces. Escuché tu voz.

- Pasa en la ignota vida una singular muestra de cariño que se vierte en los labios que seductores te besan.

Convulsioné en las arenas del destierro a pesar de que tu luz era solemne e idílica. Eras distante ante el cuerpo que exhausto te veía nítida bañándote en las aguas cristalinas del océano. Seguías hablando.

- No voltees al pasado que muerto está. Dile a mis ojos que los amas más que a nada.

Enmudecí cuando vi tu desnudez completa recostada en un camastro de madera a orillas de una gran piscina de agua clara. Estaba sediento y tú bebías un martini de manzana. Una vez más la luz se hizo cegadora. Desapareciste y sólo tu voz resonaba en mis sentidos.

- Acurrúcate junto a mí para darme calor, tengo frío. Deja que despierte a tu lado, no me dejes morir en la ingratitud de tu sueño lívido. Hazme tuya.

Nada pude hacer. Estaba yo en otro ingrato sueño de alguna puta que me dejaba morir junto al sudor de su cuerpo entero.

jueves, 13 de agosto de 2009

Estúpido soñador

Estúpido hombre soñador que cree que ha vivido lo mejor. Estúpido soñador que lo espera la muerte en el café fumando un habano a la orilla del amanecer.

Estúpido ha de ser, y es, dado que no ve que la vida es un desastre delante de él. Estúpido, mal nacido, engendro sin rostro fino, aberración congénere, insulto impropio, dolor sin gemido.

Basta de creer que tienes entrañas para crear lo increíble, de suspirar lo impenetrable, de amar lo inalcanzable. Basta de juegos y enciérrate en la realidad de la miseria que te rodea y las putas emociones sin eco para nadie.

Estúpido por creer que todo vale, más no sabías que lo hecho hasta hoy no tiene sentido para ti ni para nadie. Estúpido como él sólo existe uno... y el único es el que ahora escribe.

¡Silencio!

- Señorita, me sirve, por favor, un café. Disculpe, Señor, ¿tiene otro habano?

martes, 11 de agosto de 2009

Profundo sueño

La luz penetraba por encima de los rosales que vestían piel de invierno. Ella dormía cobijada en el camastro que gemía moribundo. Caía del valle una espesa neblina que todo lo hacía verse opaco. Una voz la despertó y reaccionó sobresaltada.

- ¿Qué demonios haces aquí?
- Vine a desearte buena suerte.
- No me vengas con esas estupideces. ¿A qué viniste?
- Vine a avisarte.
- ¿Sobre qué?
- Leopoldo Triolí se escapó del manicomio.
- ¡¿Qué?!
- Juró matarte por lo que le hiciste.
- No le hice nada a ese loco degenerado.
- Jura que le robaste el sueño desde que te conoció.
- Está loco el pobre diablo. ¿Cómo escapó?
- Estranguló al enfermero. Le robó las llaves y escapó por la puerta principal. Eran las dos de la madrugada. El enfermero que estaba en la recepción fue al baño y no lo vio salir.

A Leopoldo se le desgajaba la piel al surcar por el valle. Los ojos sedientos de venganza se colapsaban con la nubosidad que imperaba en el ambiente. Los latidos desbocados enfurecían al pecho lleno laceraciones imperfectas. Faltaba unos metros para llegar a la cabaña. Irrumpió intempestivamente.

- ¿Dónde estás, maldita? ¡Con mis propias manos te mataré!

Los encontró en el dormitorio.

- Hoy dormiré profundamente.

Sacó del bolsillo del pantalón un bisturí y se cortó la yugular. La sangre salió precipitada y salpicó el piso. Las ropas blancas empezaron a teñirse de escarlata. Cayó inconsciente Leopoldo. Josefina quedó en shock. De ahora en adelante ya no dormirá profundamente.

Réquiem aeternam

Quiero morir en manos del silencio escrupuloso de la oscuridad. Aquella luz mortecina que vaga en mi boca reseca alude un destino efímero. La fuerza de los ojos se aleja huyendo del hilo de voz que se pierde en el estruendo del mismo silencio de la nada. No queda en que pensar, el aliento se ha decapitado con la hoz implacable del olvido. He dejado de pensar en los dolores interminables de la miseria. No queda nada escondido que ella no sepa y sea utilizado en el juicio que se aproxima a mi boca funesta. El mentir no servirá de nada ante el despojo de las carnes que se avejentaron por la tarde. Quiero morir. Las drogas sintéticas para el dolor ya no tienen efecto alguno. ¿Quién me espera? Nadie. La cuerda que soportará el peso inerte del cuerpo luce frágil pero resistente. ¿Despedirme? ¿De quién? Nadie lo espera. Quiero morir en manos del silencio escrupuloso de la oscuridad. He cerrado los ojos y me he dejado caer. El aire le falta a los pulmones. La lengua busca inconsciente vestigios de aire para los poros. Oigo el rumor de las llamas del infierno. He cerrado los ojos para no abrirlos jamás.

lunes, 10 de agosto de 2009

El tiempo no

"Tengo la piel nostálgica, la sed de tus besos se ahoga en mis temblorosas manos. Te amo y lo hago demasiado..."

Aquellas palabras las escribí en algún lugar de la libreta donde llevo mis anotaciones del trabajo. El ajetreo de la oficina era tranquilo. Una vez más me concentraba en mis labores. Llegó hasta mi buzón de correo una invitación:

"Se le comunica que el día 23 de Junio del corriente deberá acudir a la presentación de Productividad..."

Verifiqué el calendario y la presentación iba a ser un miércoles por la mañana. No le di importancia. Llegó la hora de la comida. La carne de cerdo en salsa verde no me apetecía mucho, preferí el pollo a las brasas. Me sirvieron y me senté al fondo en una mesa para cuatro personas. Dejé la bandeja y fui al baño a lavarme las manos. Al regresar había una nota en la mesa dirigida a mí:

"Dios si perdona, el tiempo no..."

Desesperado escruté el comedor intentado dar con la persona que me la había dejado. Las voces llenaban el lugar y paulatinamente se inundaba de gente. Comí aprisa. Salí sigilosamente. Al llegar a mi escritorio, por mi cepillo dental, otra nota yacía inerte ahí:

"El tiempo no te dio su perdón…"

El aliento se me entrecortó. Sudaba copiosamente. Latía desbocado el corazón. Me dejé caer en el asiento. La vista se nubló. Un frío invadió los huesos. Al parecer dejé de pensar por un tiempo indeterminado. El olor a cenizas llena ahora mis pulmones. Las azucenas decoran con sus pétalos la piel. La veo llorar junto a mi tumba. En sus manos lleva la hoja donde escribí las últimas palabras.

La voz del viento recita a mis espaldas:

- El tiempo no perdona... te condenó a una eternidad de lamentos... El tiempo no perdona... en su recuerdo morirás...

Delicada caricia

La luz del sol empieza a abrirse camino por los senderos oscuros que rodean las montañas. Los grillos dejan de súbito su sinfonía nocturna. Una sombra camina perdida, su voz repite sin cesar:

- ¿Dónde estás? ¿Sofía?

La sombra cabizbaja agota sus alientos en los gritos desesperados.

Sofía se encuentra en los linderos de un arroyo. Sus labios lucen resecos. Sus largos cabellos están sucios. Agotada de tanto silencio duerme aferrada al recuerdo del último beso de la tarde de ayer. El agua mece sus dedos frágiles. Su rostro reposa sobre una roca de tamaño medio. El corazón late lentamente.

De súbito abre los ojos. El verde olivo del arroyo refleja su rostro pálido y ensangrentado. La memoria juega con imágenes dispersas. Huyen de sus manos las caricias que profirió a su amado.

- ¡Sofía! ¿Qué te ha pasado?

Precariamente dirige la mirada en dirección de la voz que la llama. Las lágrimas se dejan caer. Inútilmente intenta incorporarse.

- ¡Dios mío!

Por instinto se lleva las manos al corazón. La voz está prisionera en el silencio.

- Te he buscado toda la noche.

La tarde anterior se encontraba en brazos de su amado. Los cuerpos desnudos saciaban sus ganas en una pequeña cabaña en los linderos de las montañas. El sol cubría sus gemidos en un tono naranja. El sudor escurría de sus cuerpos como manantial en primavera.

De pronto se abrió la puerta estrepitosamente. Un sujeto armado irrumpe grotescamente. El rostro lo traía pintarrajeado con sombras negras. Con asombro descubren que se trata del padre de él.

- ¡Vístete!

Los gritos de espanto se oyen.

- ¡Huye amor! ¡Huye!

Con las ropas en las manos, Sofía, sale por la ventana. Se oye una detonación. La sangre brota de su vientre. Con dificultad se reincorpora y sigue huyendo entre terror y lágrimas.

- Luego me encargaré de ella.
- ¿Por qué haces esto?
- ¡Te dije mil veces que no te metieras con ella!
- ¡La amo!
- ¡Es una puta!
- ¡No le digas así!
- ¡Le digo como se me da la gana!

Sin pensarlo mucho se abalanza sobre su padre. El forcejeo hace ruidos estrepitosos. La adrenalina fluye por la venas. El deseo de matar está a flor de piel. El arma cae al piso. Una navaja reluce en las manos de su padre.

- Mejor los mato.
- Estás loco.
- Sí, estoy loco pero por ella. Si no es mía, tampoco será tuya. El que seas mi hijo no me impide matarte para tenerla junto a mí.

El odio se refleja en los ojos de su padre. Con un movimiento audaz logra agarrarle la mano con la que sostiene la navaja. La cálida sangre fluye en el piso de madera. El cuerpo cae a los pies de su padre.

- Eres débil. No la mereces.

Se escucha otra detonación. Cae el cuerpo del padre. Sofía está temblorosa asida al rifle.

- ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!

El aliento se esfuma en la boca del padre. Suelta el rifle y va en auxilio de su amado. Con lágrimas en los ojos repite lastimeramente:

- No te mueras.

A los pocos minutos la vida se le fue del pecho. La razón de Sofía se desquicia. Se pierde entre imágenes de amor y sangre. Sale huyendo sin rumbo fijo. La noche va cobijando su delirio de dolor y muerte.

Con sus últimas fuerzas se aferra a los brazos de la voz que la socorren. Sin mediar, unas palabras salen torpemente de su boca pálida:

- Dile... a Martha... que lo tenía... que matar...

Al filo del medio día Martha sepultaba a su esposo e hijo. Sofía esperaba en el hospital la delicada caricia de la muerte.

Mortíferos deseos

El cielo desbocaba pausadas luces, cubría todo lo que a su paso encontraba. El sendero era lúgubre. Los árboles estaban calidamente bañados con sangre. El silencio era lastimero. El aroma fétido vagaba por el ambiente.

- ¿Cómo morir? - gritaba en llanto ahogado.

La tristeza circulaba por los labios y la boca, se internaba en las venas, en la conciencia que aún me quedaba.

Un artefacto sin forma se apuntalaba grotescamente en mi espalda. La sangre corría por ella dejando dolor y ardor. Mi cuerpo estaba colgado, por las muñecas, en las ramas de un viejo roble. Mis pies estaban descalzos y amoratados.

- ¡Maldita sea! - gritaba iracundo.

La noche se acercaba lentamente. Mis ojos estaban ciegos. El cansancio era demasiado. Mi aliento poco a poco se fue desgastando.

Una voz rompió el silencio:

- ¿Cómo estas hijo de puta? - a carcajadas dijo.

Quise contestar pero mi lengua estaba entumida.

- ¡Contesta, carajo! - repetía cada vez más irritado. - No tengo toda la maldita noche para perder contigo. Quiero ir a follarme a una putita que se caga por mí.

- Mátame - dije a susurros.
- ¿Qué dijiste maricón? - preguntó irónicamente.
- Mátame - volví a repetir.
- Estás pendejo si crees que te mataré - soltó un risa estrepitosa. - Esto es un escarmiento nada más, una calentadita - seguía con su risa.

De súbito se oyó un disparo. Se me descolgó el brazo izquierdo.

- Pareces una puta marioneta - dijo recargando la pistola.

Otro disparo. Un dolor en la pierna derecha me hizo gritar.

- ¿Te duele, mariconcito? - preguntó en un tono infantil y burlesco.

El tiempo se detuvo en mi boca. Era cuestión de tiempo para que cayera en la inconciencia.

Un arma escondida en los arbustos apuntaba a mi verdugo. A lo lejos un zumbido surcaba el sendero. La bala salió limpia y se alojó en su cuello. Su cuerpo se desplomó y se revolcaba debajo de mis pies. La sangre le brotaba a borbotones. Sus manos trataban de detener la hemorragia. La tierra se teñía de rojo carmín. Su aliento se fugó por la abertura del cuello. Los ojos se quedaron viendo un punto fijo de la nada. Estaba muerto.

Un hombre con uniforme militar se dirigió rápidamente hacia mí. Me levantó el rostro. Cerré los ojos y morí satisfecho. Mi deseo se había cumplido: ver morir a ese hijo de puta.

Sin Alma

Es de noche. En aquella callejuela nauseabunda los grillos cantan un réquiem. Cabizbajo me hundo en pensamientos venidos a menos. Muerdo el polvo, mis sienes están ensangrentadas. Aúllo un dolor lastimero y respiro con desgano.

- No siento el alma - digo cerrando los ojos.

La luz opaca de la luna se pierde en mi piel canela despojada de piedad.

- No temas a lo inevitable - dice un susurro que vaga junto a mí.

Una lluvia tenue lava mis penas. El frío hace crujir los huesos. La solemnidad de la muerte tiñe mis lamentos.

- ¿Qué hago en esta vida inútil? - prosigo divagando entre sollozos.

La nostalgia llena las pupilas. Mi espina dorsal sangra a borbotones. Los grillos callan. Un animal nocturno olisquea mis pies descalzos y violáceos.

- El encanto de la muerte es que dura más que la vida - sarcásticamente dice el susurro.

La lluvia cesa. La noche se eclipsa en un silencio intolerable. La soledad se respira con agilidad.

- ¿Dónde estás conciencia? - repito hasta cerrar los ojos.

La mano izquierda se aleja de mi vista. Deja un rastro de sangre a su paso. Un gruñido la acompaña.

- ¿Sientes lo terso del desgarro de tu cuerpo? - pregunta el susurro con malicia.
- No siento el alma. El cuerpo hace dos días que lo tengo muerto - digo viendo transcurrir imágenes en una pausada imagen de mí.

- ¿Dónde carajos estás? - oigo por el teléfono móvil.
- En el almacén entregando el pedido - respondo acomodándome la mágnum en la cintura del pantalón.
- Al terminar tienes otro encargo - sentenció la voz.

Me subo al convertible negro italiano y enciendo el estéreo. La música versa:

"Sometimes I wanna kill
Sometimes I wanna die
Sometimes I wanna destroy
Sometimes I wanna cry..."

Lo pongo en marcha. El mar luce un azul profundo. La brisa mece mis rizos negros. De súbito un hirviente acero se aloja en mi pecho. Pierdo el control del convertible. Unos tipos me bajan de los hierros retorcidos. La camisa de seda negra está desgarrada. Me suben a otro vehículo. Me introducen en una bolsa de plástico negra. Hacen un orificio al nivel de mi boca para que pueda respirar. Las voces discuten. El silencio llena la bolsa. Cierro los ojos. Se detiene el vehículo y me sacan a patadas. Con ira me golpean todo el cuerpo.

- Nos llevamos la bolsa, querido amigo, nos servirá de nuevo - dice una voz entre carcajadas.

El susurro disipa las imágenes.

- Falta poco - dice alejándose.

El aire se vuelve espeso. Una sombra cubre mi cuerpo. Unos ojos de fuego ahogan toda esperanza de vivir. Cierro los ojos. Me dejo morir sin alma.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De otra manera amarte

Hoy me apetece evocar los besos que me diste en cada centímetro del cuerpo. Es nostalgia apresurada cuando suspiran mis carnes esa sensación perdida en el recuerdo de la piel. No es buscar palabras balsámicas ni textos encriptados para emanar de la boca una sola frase: Te amo. Si bien vestí tu piel en los poros erizados del pensamiento, es mañana que resurgirá la necesidad de amarte de otra manera. Esa manera que ahora me apetece. Los cansinos vestigios se morirán con las actuales incomodidades de mi amar. Recuerda que soy un sin fin de emociones que no alcanzo a explicar con un léxico paupérrimo, ni con el más refinado y aleccionado. La simplicidad llena los senderos que he pisado con lentitud, apresurado o cansado. Empero, quisiera empezar por tu boca tibia y jamás terminar de recorrerte entera. Los soles y las lunas se avejentan y dejan luces cenizas y oblicuas en los cabellos y tesituras ásperas en las manos. Ayer te amé con juventud acuestas, hoy con sabias manos que en ti aprendieron demasiado. El llanto a curtido al corazón y a pesar de estar herido aún quiere amar intensamente, amar de otra manera. Amar como hoy me apetece amarte a media luz y con nuevos vestigios de placer. Tú, yo y ese apetito que la piel descubrirá el día de hoy y el día de mañana y cuando inerte muera entre la espesura de tu escondido amor.

lunes, 3 de agosto de 2009

Sollozo islote

Se pinta el cielo de verdes claroscuros. La luna se cierne en los labios del mar. La mirada del coral se cristaliza al fragor del sol que despunta al amanecer. Una voz impregna de sal las arenas blancas que sirven de sepulcro a las olas. Las gaviotas se incrustan en la soledad del cocotero que se hace cenizas en una olvidada isla. La noche apaga el canto de los grillos que insomnes se pierden entre caracoles. La insaciable brisa se duerme bajo los influjos del calor invernal. Ella muere en los labios del arrecife de la desesperación. El archipiélago insonoro de los latidos de la necesidad se ha sepultado bajo ese mar que tiene acurrucado en su vientre para decirme: Te amo, te extraño, te necesito… estoy muriendo… no te puedo olvidar… adiós.