Aún la veo bajo las lluvias de enero, que son
escasas al transcurrir de los años; es la contaminación – me decía Laura,
eterna compañera de juegos y que vivía a dos calles de la casa de mis padres.
Solíamos ir descalzas al patio en busca de mariposas variopintas y terminábamos
pulcras de barro y sucias de ánimos. Jamás entendió mi preferencia por Alondra,
la odiaba a escondidas. Era marzo cuando nos descubrió dándonos un beso francés
y nos gritó: ¡zorras malnacidas! Desde entonces la odió y la sigue odiando.
Laura se fuma un cigarrillo sin boquilla y se
abanica el rostro con un pedazo de cartón. El sol apenas entra por los barrotes
de la celda y tengo ganas de vomitar. Mil veces le he dicho que no me gusta ese
sabor a tabaco cuando me besa y más cuando tengo ascos por la menstruación. En
mi conciencia sólo transcurre enero porque mi cuerpo suda frío y veo a Alondra
desnuda bajo la lluvia. Casi he olvidado el color de sus ojos miel y la simpática
mariposa azul, de contorno negro, tatuada en su nalga izquierda. Esa misma
mariposa que estrujé cuando Laura le clavaba un puñal en la espalda en aquel
sórdido motel de las afueras de la ciudad. No tardaron en localizarnos y
condenarnos a cadena perpetua por homicidio calificado y además sádico y
cruento. De esa noche sólo recuerdo que la mariposa azul se elevaba por encima
de mi sexo y desaparecía en el rincón más oscuro del cuarto del motel. La
sangre se tornaba toda azul y los ojos de Laura se pintaban con una sonrisa
sarcástica e inhumana.
Llueve, pero no veo a Alondra bajo la lluvia;
quizá porque no es enero y mi sudor tibio se resbala por el espeso pubis de
Laura que ríe satisfecha creyéndose Alondra.