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miércoles, 28 de octubre de 2009

Desnuda espera


Me siento coludido por la necesidad de expresarte las ganas que tienen las gardenias de husmear entre tus tibios senos. El girasol se acurruca en medio de una brisa temprana de invierno. Heme aquí contemplando los maizales que de soslayo apuntalan sus raíces en la sombra de un beso a medio parir. Una langosta deambula perdida por entre las comisuras de una manzana que hace un rato cayó de su rama junto a un silencio descomunal. Las margaritas sudan al recordar los gemidos que pintaste en el ápice de mi espalda al ocaso del verano pasado. La tierra aún huele a tus eyaculaciones espasmódicas de hembra en celo eclipsadas con el rumor del avistamiento de un ave nocturna. La silueta perenne, de la solitaria rosa, enmarca tu desnudez lánguida de jadeos y llena de ardores. Es impropio no escuchar el silbido de la hierba que mastica aún tu pubis para saciar sus ansias de penetrarte el ombligo. Derrotado yace el ratón, de cola lampiña, al no encontrar el resguardo cálido de tu blusa teñida de universo apagado de estrellas. Inconsciente se masturba la voz reprimiendo un gemido de dimensiones cósmicas suturado a la erección de un suspiro. He de dejar la savia de mi vientre entre la floresta a la espera de que la concavidad de tu impaciente entrega regrese a sorberla lentamente; desnuda tu boca y eyaculada mi espera.

sábado, 24 de octubre de 2009

Partida (El último adiós)


Se parte el alma es dos, el corazón de agobia en las infinitas manos de la soledad. Tú rezas por culminar en mi boca el último suspiro que te quede en tus adentros. El vientre se debilita como genocidio de espasmos arrepentidos. El insomnio se debate en mis manos cuando no te pueden acariciar. Alegoría de recuerdos agónicos. Soy mar sin sal, lago sin vida, cielo sin estrellas. La muerte juzga lo que ve; el manojo de nada que soy cuando lloras al pie del féretro antes de darme el último adiós.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Es mejor morir lejos de tu boca

Sandro se despedía del recuerdo de Tania. Los acordes del silencio amordazaban la incredulidad de los ojos vidriosos. Ella ha sido, y será, la verdadera mujer que he amado intensamente – se decía a sí mismo para envolver en papel de estraza una rosa seca que ella le había regalado en su segunda cita. La apacibilidad de las calles venía acompañada por el aroma de noviembre y un dejo de incomodidad por el día de muertos que se celebraba. Quiso sellar en el alma una última palabra que jamás encarnó en los ojos de Tania.

La mañana se desprendía lentamente entre juegos de aires inquebrantables, sonrisas serias, mal humores añejos y la ceremonia de inicio del día de muertos. En el patio se cavaba una pequeña fosa, que serviría como un rudimentario horno, donde se depositaría leña y piedras. El fuego consumía entre llamaradas la leña y dejaba al rojo vivo las piedras.

- Sandro, ¿qué haces ahí? ¡Aléjate!

- No hago nada, simplemente veo como se consume la leña.

- No te tardes, hay que ayudar a traer las láminas de zinc.

- Ahora voy.

La despedida fue tan breve y sutil que no se percataron del acontecimiento sino hasta varios días después.

- Esto es un adiós – con un beso en la mejilla dijo Tania.

- Lo sé. Espero que seas feliz.

No puedo soportar que se haya ido – escribía Tanía en su diario personal. Las lágrimas se divertían haciendo surcos en su rostro pálido. Si él no me busca no lo buscaré a él – seguía escribiendo con un agotamiento en el alma. Los días pasaban y se ponía más enferma. Le habían detectado hemorragia en los pulmones a causa del piquete de un mosquito portador del dengue. La ventana lloraba una lluvia tenue por la mañana, el cielo grisáceo acumulaba nostalgias espesas en sus nubes. Se súbito, se abrió la puerta de la habitación.

- ¿Cómo estás, corazón?

- Me siento un poco mejor, mamá.

- Ayer habló a la casa tu tía Hilda y me preguntó por ti. Mañana por la tarde vendrá a visitarte.

- ¿Cómo está ella?

- Me dijo que está bien en lo que cabe.

Las palabras se disipaban con el silbido del viento que se colaba por la puerta. Ella quería saber si Sandro había hablado por casualidad, pero no se atrevió a preguntar. Ahogó los sollozos punzando el diario con el lápiz. Se eternizaban las horas en las sábanas blancas, el reloj se ajustaba a la sincronía del agónico suspirar de sus labios. Lo último que supo de Sandro fue que se había ido a trabajar lejos sin saber exactamente a donde. Dejaré menguar la soledad – escribía a media luz. Recordó el primer beso que Sandro le robó una tarde de febrero.

- ¿Qué dirías si te robo un beso?

- Pues nada.

Acto seguido le robó un beso y ella en primera instancia se sorprendió para luego sonrojase.

- Me sorprendiste pero estuvo delicioso. Besas muy rico.

La noche caía y Sandro encendía de nuevo el fuego de la fosa ya fría. El papel de estraza se hacía cenizas y con ello el adiós se esparcía en sus adentros. Es mejor morir – dijo haciendo una pausa eterna. Lejos de tu boca – dijo Tania cerrando los ojos para fenecer en la oscuridad de la habitación. El silencio se resguardó en la primera gota de lluvia que resbalaba por la ventana. Adiós - susurró el viento al extinguirse el fuego de la fosa.

martes, 13 de octubre de 2009

Mudos sueños



Los besos se incendiaron en el pubis. La entonación del iris se enlazó con la sutil desventura de un suspiro agónico. Ella se filtró por los poros dejándome insomne en las vicisitudes de la creación de un abrazo incompleto. Palidecí agotado en el caudal de un río de gemidos y monosílabos imperativos. Descubrí con la boca enmarañada en su Monte Venus la versatilidad lingual delirante. Bastó la incidencia para amanecer postrado a su candente desnudez. La lluvia de sudores arrancó un trinar de pieles, entretejió un estigma de noches elípticas, cóncavas y convexas. La noche moría, junto conmigo, en un sueño que ella tuvo y jamás su boca pronunció.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sin grafos oportunos



El descaro de un mensaje sin letras se despide de una boca vacía de palabras.

- Me voy – se oye decir al silencio incubado en dolores mezquinos y exabruptos.

La hiel de verde esmeralda se verte en los labios anegados en llanto. El sol misántropo se cruza de brazos para ver morir al descaro de unos ojos perdidos en fantasías inocuas y viles.

- A veces no basta morir – recita en versos cacofónicos la avalancha de epitelios sublinguales dopados con savia etílica.

Se despide, arrugado, el encanto de lo impoluto de la dermis del mensaje que añora un sueño sin soñador. Desea vivir por cuenta propia a las orillas de un manojo de soledades intrínsecas y deshonestas. Sufrir, el abrigo que lo envuelve en tersos satenes de melancolía discreta.

- Me quedo en las fauces de la infinita perdición invocando lo estruendoso de un silencio. Me dejo… descuartizar por la solemnidad de la ignominia de mi proceder. Ciego, sordo – cae en vilo la voz antes de descifrar el mensaje sin letras.

Al final, la esquizofrenia me ha hecho llorar. Un amante se sube la bragueta y deja esparcidas una docena de rosas endeblemente escarlatas. A veces ya no basta morir… se me ha olvidado firmar el mensaje ante el apuro de ver el infierno que es vivir… mis extrañas condolencia a la puta, inerte y lívida, que descansa entre las rosas. El sombrero lo he dejado, cubriendo su sexo ensangrentado, por pudor.