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viernes, 18 de diciembre de 2009
Se ha ido
Callo cuanto puedo, sufro a la par de respirar, asisto a una boca reseca de ilusiones propias: la monotonía. He perdido, en la cama expectante, las volcánicas ráfagas de ímpetus azarosos. Se ha ido, y no creo que jamás regrese, aquel de manos temblorosas, locas tempestades y sueños paridos en el alma.
Junto a las notas, que desbocan la calma y la premura de un beso tibio, se escribe la muerte de ese hombre y la resurrección en otra vida y ya no en ésta.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Silencio nómada
de los besos lacios de un despertar
de involuntarios suspiros de amor.
Acarrea la brisa esquirlas de soledad
arrebatadas de una luna incolora
de aromas ígneos no perecederos.
La piel acuña el silencio en una boca
de sedimentos de sabor canela
y ungüentos nacidos en el nadir de un guiño opaco.
Piden las lágrimas clamor a su despilfarro
sumidas en los surcos de letras incompletas
en una tarde hecha madrugada.
Si bien muero en tu boca
la amnistía de la soledad y el olvido
desaparece cuando recuerdo que el ayer se fue.
Pierde el sentido del occidente el cuadro
que pinta tu sonrisa desnuda en mi pecho
y nos recuerda la hoguera que aún arde en los dos.
Si bien callo
es porque aún te amo
más que ayer.
Lento morir
quizá el ambiente,
quizá todo lo que rodea un recuerdo.
Es morir lento,
lento, muy lento
muy lento corazón.
Las veces que los ojos se inundan
de luces opacas e inciensos agónicos,
es tan lento, tan falto de eternidad.
Quizá es el tiempo,
quizá el frío,
quizá el día que desgarra un beso exquisitamente solitario.
Es morir lento,
tan lento, muy lento.
Se aferra en un rincón lleno de soledad,
falto de tu presencia equiparada
adyacente a mi espalda.
Quizá no me queda nada
más que llorar.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Al despertar
la boca lo hace con un tímido
rubor de melancolía.
La voz salpica el recuerdo
dormido en mis espaldas
que esperan el ocaso para morir.
Los inciensos del ayer
se vuelcan en tácitos aromas
de desnudos cuerpos agónicos.
Cuando los sollozos despiertan
buscan el consuelo en esa boca
que los vio partir.
Los pies se arropan
en la risa sorda de un adiós
y el alma se fuga para jamás volver.
El beso último sabe a dolor
cuando moribundo
despierta el corazón.
lunes, 9 de noviembre de 2009
En las pupilas
se embriaga de soslayo
con el terciopelo del silencio
que nada mira, nada espera,
que todo lo llora.
Se rompe la oscuridad
de la dulzura de un beso sin labios,
de una luna sin silueta,
de un amor que sucede
en mi alma muerta.
Cuando amanece recuerdo
que hace mucho dejé
de existir socavado
en las pupilas de un ayer.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Desnuda espera
Me siento coludido por la necesidad de expresarte las ganas que tienen las gardenias de husmear entre tus tibios senos. El girasol se acurruca en medio de una brisa temprana de invierno. Heme aquí contemplando los maizales que de soslayo apuntalan sus raíces en la sombra de un beso a medio parir. Una langosta deambula perdida por entre las comisuras de una manzana que hace un rato cayó de su rama junto a un silencio descomunal. Las margaritas sudan al recordar los gemidos que pintaste en el ápice de mi espalda al ocaso del verano pasado. La tierra aún huele a tus eyaculaciones espasmódicas de hembra en celo eclipsadas con el rumor del avistamiento de un ave nocturna. La silueta perenne, de la solitaria rosa, enmarca tu desnudez lánguida de jadeos y llena de ardores. Es impropio no escuchar el silbido de la hierba que mastica aún tu pubis para saciar sus ansias de penetrarte el ombligo. Derrotado yace el ratón, de cola lampiña, al no encontrar el resguardo cálido de tu blusa teñida de universo apagado de estrellas. Inconsciente se masturba la voz reprimiendo un gemido de dimensiones cósmicas suturado a la erección de un suspiro. He de dejar la savia de mi vientre entre la floresta a la espera de que la concavidad de tu impaciente entrega regrese a sorberla lentamente; desnuda tu boca y eyaculada mi espera.
sábado, 24 de octubre de 2009
Partida (El último adiós)
Se parte el alma es dos, el corazón de agobia en las infinitas manos de la soledad. Tú rezas por culminar en mi boca el último suspiro que te quede en tus adentros. El vientre se debilita como genocidio de espasmos arrepentidos. El insomnio se debate en mis manos cuando no te pueden acariciar. Alegoría de recuerdos agónicos. Soy mar sin sal, lago sin vida, cielo sin estrellas. La muerte juzga lo que ve; el manojo de nada que soy cuando lloras al pie del féretro antes de darme el último adiós.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Es mejor morir lejos de tu boca
La mañana se desprendía lentamente entre juegos de aires inquebrantables, sonrisas serias, mal humores añejos y la ceremonia de inicio del día de muertos. En el patio se cavaba una pequeña fosa, que serviría como un rudimentario horno, donde se depositaría leña y piedras. El fuego consumía entre llamaradas la leña y dejaba al rojo vivo las piedras.
- Sandro, ¿qué haces ahí? ¡Aléjate!
- No hago nada, simplemente veo como se consume la leña.
- No te tardes, hay que ayudar a traer las láminas de zinc.
- Ahora voy.
La despedida fue tan breve y sutil que no se percataron del acontecimiento sino hasta varios días después.
- Esto es un adiós – con un beso en la mejilla dijo Tania.
- Lo sé. Espero que seas feliz.
No puedo soportar que se haya ido – escribía Tanía en su diario personal. Las lágrimas se divertían haciendo surcos en su rostro pálido. Si él no me busca no lo buscaré a él – seguía escribiendo con un agotamiento en el alma. Los días pasaban y se ponía más enferma. Le habían detectado hemorragia en los pulmones a causa del piquete de un mosquito portador del dengue. La ventana lloraba una lluvia tenue por la mañana, el cielo grisáceo acumulaba nostalgias espesas en sus nubes. Se súbito, se abrió la puerta de la habitación.
- ¿Cómo estás, corazón?
- Me siento un poco mejor, mamá.
- Ayer habló a la casa tu tía Hilda y me preguntó por ti. Mañana por la tarde vendrá a visitarte.
- ¿Cómo está ella?
- Me dijo que está bien en lo que cabe.
Las palabras se disipaban con el silbido del viento que se colaba por la puerta. Ella quería saber si Sandro había hablado por casualidad, pero no se atrevió a preguntar. Ahogó los sollozos punzando el diario con el lápiz. Se eternizaban las horas en las sábanas blancas, el reloj se ajustaba a la sincronía del agónico suspirar de sus labios. Lo último que supo de Sandro fue que se había ido a trabajar lejos sin saber exactamente a donde. Dejaré menguar la soledad – escribía a media luz. Recordó el primer beso que Sandro le robó una tarde de febrero.
- ¿Qué dirías si te robo un beso?
- Pues nada.
Acto seguido le robó un beso y ella en primera instancia se sorprendió para luego sonrojase.
- Me sorprendiste pero estuvo delicioso. Besas muy rico.
La noche caía y Sandro encendía de nuevo el fuego de la fosa ya fría. El papel de estraza se hacía cenizas y con ello el adiós se esparcía en sus adentros. Es mejor morir – dijo haciendo una pausa eterna. Lejos de tu boca – dijo Tania cerrando los ojos para fenecer en la oscuridad de la habitación. El silencio se resguardó en la primera gota de lluvia que resbalaba por la ventana. Adiós - susurró el viento al extinguirse el fuego de la fosa.
martes, 13 de octubre de 2009
Mudos sueños

Los besos se incendiaron en el pubis. La entonación del iris se enlazó con la sutil desventura de un suspiro agónico. Ella se filtró por los poros dejándome insomne en las vicisitudes de la creación de un abrazo incompleto. Palidecí agotado en el caudal de un río de gemidos y monosílabos imperativos. Descubrí con la boca enmarañada en su Monte Venus la versatilidad lingual delirante. Bastó la incidencia para amanecer postrado a su candente desnudez. La lluvia de sudores arrancó un trinar de pieles, entretejió un estigma de noches elípticas, cóncavas y convexas. La noche moría, junto conmigo, en un sueño que ella tuvo y jamás su boca pronunció.
lunes, 12 de octubre de 2009
Sin grafos oportunos

El descaro de un mensaje sin letras se despide de una boca vacía de palabras.
- Me voy – se oye decir al silencio incubado en dolores mezquinos y exabruptos.
La hiel de verde esmeralda se verte en los labios anegados en llanto. El sol misántropo se cruza de brazos para ver morir al descaro de unos ojos perdidos en fantasías inocuas y viles.
- A veces no basta morir – recita en versos cacofónicos la avalancha de epitelios sublinguales dopados con savia etílica.
Se despide, arrugado, el encanto de lo impoluto de la dermis del mensaje que añora un sueño sin soñador. Desea vivir por cuenta propia a las orillas de un manojo de soledades intrínsecas y deshonestas. Sufrir, el abrigo que lo envuelve en tersos satenes de melancolía discreta.
- Me quedo en las fauces de la infinita perdición invocando lo estruendoso de un silencio. Me dejo… descuartizar por la solemnidad de la ignominia de mi proceder. Ciego, sordo – cae en vilo la voz antes de descifrar el mensaje sin letras.
Al final, la esquizofrenia me ha hecho llorar. Un amante se sube la bragueta y deja esparcidas una docena de rosas endeblemente escarlatas. A veces ya no basta morir… se me ha olvidado firmar el mensaje ante el apuro de ver el infierno que es vivir… mis extrañas condolencia a la puta, inerte y lívida, que descansa entre las rosas. El sombrero lo he dejado, cubriendo su sexo ensangrentado, por pudor.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Agonizante
Sin más, olvidado
Sin más, los años ciñen sus dedos cenizos en los deseos pulcros, lujuriosos, secretos, obscenos, inocuos. Pensé – o creo que lo repetí más de una ocasión-, mañana mutará el girasol para dejar al sol de lado e inmolarse a la luna ciega de amores. La rata se sobresalta al roer la última frase del poema: “… me has olvidado sin querer y yo muerto al atardecer.”
Sin más, la muerte estrecha los suspiros de la maleta que yace olvidada en un rincón inhóspito de una terracería. Se va huyendo la rata. Sentado, desnudo, espero a que la muerte llegue con la maleta vacía. Cae la tarde y, sin más, he muerto olvidado sin querer.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Muerte prematura
Llegó la noche y con ella una sobredosis. La encontraron, desnuda, en un pequeño apartamento en la lujosa privada “Los potrillos”. Nadie reclamó el cuerpo, lloró o le dio sepultura. La fosa común fue su destino final. Una esporádica nota roja, en un diario amarillista, en la página seis en la parte de media inferior tenía un pequeño título: “Muerte prematura. Joven modelo sucumbe ante las drogas.”
viernes, 4 de septiembre de 2009
Cuando ya no me quieras
miércoles, 26 de agosto de 2009
Sueños de realidad
Quisiera probar a ser un infante que se confunde entre juegos. Ser ese niño que te toma de las manos para pasar todo un día de juegos. Quisiera enseñarte todo ese mundo que vi enorme. Esos escondites que resultaban toda una fortaleza para derrochar sonrisas y susurros. Enseñarte esa jungla que comía gente, esa ría que nos daba horas de alegrías. Ese pequeño mundo que sin conocerte me hubiera encantado mostrarte. Esas tardes soleadas brincando entre las olas de un mar azul profundo. Las hazañas de ser un buzo buscando tesoros escondidos.
Esas mañanas de verano cuando el mar estaba tranquilo y sólo descansaban los barcos anclados en la orilla. Pasé horas de contemplación al despuntar el sol. Estuviste junto a mí sin quererlo. Sólo puedo regalarte esas imágenes que me dieron sueños, esperanza, llanto, desesperación, ansiedad. Me veo apretujándome las manos intentando comprender la soledad del inmenso mar, la salinidad de la arena blanca. Quería alcanzarte cruzando los océanos, navegando insondables profundidades.
Me gustaría arrancarme la memoria a tajos e irte proyectando cada instante esas vivencias, lugares, llantos, miedos, alegrías, tristezas. Esa visión tan poco común que tenía de un mundo olvidado casi por entero del tiempo. Es ver con mis ojos ese mundo que trató de tragarme entero y justo a tiempo me hice adolescente y cambié de vida. Otros lugares, otras compañías, otros amores, otros dolores, otros miedos, otra soledad.
Quisiera probar a tomarte de las manos y caminar por esas calles que se mueren de nostalgia al paso de los años. Gente nueva, caras conocidas, ruidos adyacentes de una sociedad que va comiendo los sueños de los que nacen. Estar sentados en los restos de ese viejo muelle que se veía distante. Ver como sobrevuelan las garzas de picos afilados, las gaviotas comiendo al otro lado de la orilla en medio de la flora marina.
Entrelazar tus brazos a mi dorso, ir vagando por los senderos de conchuela que nos hieren levemente los pies, sentir como juega la corriente con ellos mientras se hunden en un lodazal. Ver los restos de algunos peces, los cascarones de otros, un ancla oxidada, un navío desecho por el salitre y el sol, un artefacto que no va a tono con lo ya muerto. Recuerdo bien que empezaba por un lado y salía por otro totalmente distinto. Eran hazañas inquebrantables que al final me dejaban agotado.
Hoy sueño con caminar abrazado a ti por aquellos lugares que me dieron pauta para soñar, reír, llorar, caer, sangrar, enfermar. Parece lejano ese día pero lo traigo en el pecho respirando, viviendo, agotado, enardecido, ensangrentado. Ese beso al caer la tarde en medio de una brisa fresca que nos recala en las ropas húmedas de sudor y sal. Parece sueño pero es mi realidad.
Tengo tantas ganas de verte nacer en mis recuerdos de la niñez, cargar tu cuerpo sobre las espaldas y saltar. Reír sin recatos, beber de la misma agua, ennegrecer con la misma tierra. Beber la sangre de tus pequeñas heridas para cauterizarlas. En medio de la nostalgia quiero verte sentada bajo la sombra de mi cuerpo para huir un rato del sol inclemente. Te quiero reñida con la ropa, hecha jirones por la travesía. Necesito besarte en aquellas mejillas tibias de un color carmín tenue bajo ese bote que nos cubre de los últimos rayos del atardecer.
Alguna vez soñé en encontrarte en algún lugar cerca del mar. Hoy he vuelto con tu recuero agazapado en mis dedos, en mis labios, en mi alma. Cuando sonrío te veo anclada en las letras que marcan un sueño de niñez que madura a fuego lento en bastas historias que me hacen suspirar. Ven a mi alcoba a verter tus sueños en mi lápiz de alma carbónica. Sé la realidad de un encanto. Heme aquí contemplando el mar a la espera de tus manos que se entrelazan a mi dorso en una tarde de primavera con aroma de invierno.
La noche estrellada divulga al infinito esas ganas que tengo de verte envuelta en mis carnes para darte calor. Yo tu sueño y tú mi realidad. Te amo.
viernes, 21 de agosto de 2009
Subconsciente olvido
He rescatado algunos recuerdos borrosos y ninguna mujer se despintan en ellos. ¡Inconcebible! Ella no puedo haber navegado en los lauros de mi pecho y hombría, ni en la resequedad de la soledad que dicen Rebeca que tuve antes de conocer a Isela. ¡Senil! Esa es la palabra que necesitaba desde hace unos meses que desperté de un prolongado letargo en una cama de hospital. Jura Rosa que después de no se qué circunstancia renegué de la realidad y caí en un coma sentimental. Ella me comentó que Isela me había abandonado por otro hombre. ¡Ridículo! No he tenido a ninguna mujer recostada junto a mi desnudo cuerpo como la que me describen, ¡jamás!
Me mostraron interminables fotos donde aparecía junto a Isela. Muchos lugares y personas. No me acuerdo haber estado en esos lugares y mucho menos con ella. Parecía que estuviera en un sueño. Miré las fotos por horas y horas sin poder relacionarlas con nada. Sandra me contó que estuve casado con ella seis años pero no tuvimos hijos por decisión de ella. Difícil de creer lo que me cuentan, es realmente confuso detenerse a pensar en esas cosas que no tiene huella en mi mente. José me estrechó fuerte y sollozó. Se disculpó por el proceder de su prima Isela. ¡¿Prima?! Disparate más grande. A él si lo recordaba… raro… muy raro.
Mi madre, Ángeles, me suplicó con lágrimas en los ojos que no la buscara más porque me había hecho mucho daño y que me había cambiado demasiado. ¡Aterrador! No supe que decirle a mi madre. Simplemente le alcance a decir que no la buscaría porque no la recordaba en lo más mínimo. Encendió una veladora y se puso a rezar por mi entereza anímica y mental.
No han dejado de mencionármela, ni un minuto. Doña Perla, mi supuesta suegra, me habló por teléfono para insultarme. ¡Insultarme!
Basta de seguir a un recuerdo inválido, de proporciones nulas. Quemaré los apuntes y las fotos que para mi ya no significan nada. Si existió Isela por algo la habré olvidado y recordarla es casi imposible. Compraré un cuaderno nuevo para escribir lo que sea… y le pediré a todos que ya no mencionen a Isela porque jamás fue lo que dicen… jamás fue mía… jamás… jamás la recordaré.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Estrella fugaz.
- Duerme, amor mío, esta noche lo serás.
El hambre los ha vencido. Se han muerto en un rincón de la soledad.
martes, 18 de agosto de 2009
Cuando me vaya
La llama de los deseos se extinguirá en la boca de la muerte.
Los sobresaltos quedarán impávidos y llenos de dolor.
Una vez más la oscuridad cubrirá mis ojos miel.
La soledad quebrantará las risas al recordarme.
Cuando me vaya el olvido mi cobija será.
Selene secaba las lágrimas que anidaban en sus mejillas. Hundía los puños en el camastro de impotencia. Chillaban los dientes de la desesperación. La soledad se vertía en cada rincón de su cuerpo. El aliento estaba en un vilo desolador. Una vez más recordaba los ojos de Pedro. Un recóndito suspiro se escabulló de su pecho para dar rienda suelta a la amargura del corazón. La mirada se perdió en un claro de luz que entraba por un resquicio de la ventana.
Ese tenue haz de luz la transportó a las calles pusilánimes de ChenBox, un pequeño poblado olvidado.
- ¡Natalia! ¿Dónde estás?
La voz juvenil lidiaba desesperadamente con encontrarla. Los pies descalzos estaban ensangrentados y amoratados.
- Dios mío, dónde estará esa niña.
Selene era una madre soltera que entregó su cuerpo a un extranjero que vivió unos meses en ChenBox. La engatusó y la llevó a la cama sólo para saciar su sed de placer carnal. Convencida le dio su amor sin miramientos. Toda ella se depositó en la boca de su amado. El sol enardecía cuando se entregó. El sudor hacía brillar su cuerpo de niña – catorce años de edad. El vello púbico apenas sobresalía, enarbolaba un Monte Venus a flor de piel – terso y suave. El desgarre causó un dolor intenso al principio. Con lágrimas en los ojos resistió el dolor que luego se convirtió en placer. Los gemidos se iban propagando en su garganta como una sinfonía. Temblaba inconscientemente. Se arropaba con los besos tiesos del extranjero. Socavaban la inocencia violentamente. Para ella fue una eternidad, para él un mísero instante. Se levantó, dándole la espalda se terminó de vestir. El sueño arrullaba el cansado cuerpo infantil. Ajustándose el sombrero abrió la puerta y la dejó tendida sobre el camastro. Sin voltear se marcho para jamás volver.
Don Arnulfo le propinó una paliza por desobedecerlo.
- ¡Te dije que no te metieras con ese pelafustán! No me vengas con la estupidez de que lo hiciste por amor. Eso no es amor, es calentura.
Habían pasado dos meses cuando tuvo un dolor en el vientre. La llevaron a la curandera del pueblo.
- Esta chamaca está preñada.
La ira de Don Arnulfo no se hizo esperar.
- ¡Te largas de la casa! ¡No quiero criar a un bastardo! ¡Eres una puta, mal nacida! Si tu madre viviera se ahogaría de la vergüenza de haber engendrado a una cualquiera. ¡Lárgate y no regreses nunca!
Agarró sus pocas ropas y se marchó. La primera noche la pasó a la intemperie. El frío no la dejó dormir. Tiritaba demasiado como para poder conciliar el sueño. El hambre la tenía tan exhausta. El palpitar de su corazón la arrulló hasta que se durmió. De súbito, una mano tosca la despertó.
- ¿Qué haces durmiendo aquí, chamaca? Te vas a enfermar.
Claudio la llevó a su casa. Era un joven trabajador de la hidroeléctrica. Su esposa había muerto un año atrás. Vivía sólo y los sueños se le habían ido junto con su esposa.
- Entra, no te haré daño.
Con miedo obedeció.
- ¿Cómo te llamas?
- Selene
- Mucho gusto, Selene. Me llamo Claudio.
Acongojada le contó su breve historia. Él decidió darle asilo en la casa hasta que ella pudiera hacerse cargo por si sola del bebé que estaba esperando. Nació Natalia, una hermosa niña. Claudio la reconoció como hija propia – la amó desde el primer instante en que la vio. La casa se avivó de felicidad. Selene se sentía feliz, plena. Todo parecía ir bien. Un trágico accidente le robó a Claudio. El destino le clavó una espina muy profunda en el alma. No se esclareció la muerte. Muchos decían que murió electrocutado, otros que ahogado en una caldera hirviendo. El padre de Claudio la sacó de la casa.
- ¡Eres una mantenida! ¡Lárgate! No pienses que tu bastarda hija recibirá algo de lo que dejó mi hijo. Sé que no es hija de él y por lástima la reconoció como suya.
Esas palabras la hirieron demasiado. En silencio lloraba. Regresó a ChenBox. Natalia tenía dos años. A Don Arnulfo le ganó el amor por la nieta y las recibió de nuevo en su casa.
- Tendrás que trabajar para mantener a tu hija.
Asintió con la cabeza. Las jornadas de trabajo eran extenuantes. La fábrica de tabiques estaba a una hora de ChenBox. Las condiciones infrahumanas no la dejaban desistir. Las manos se agrietaron. Con mucho dolor levantaba los tabiques para llevarlos a la zona de almacenaje. Se le llenaban los ojos de felicidad al recibir un raquítico sueldo.
- Hoy le compraré a Natalia esas sandalias rete bonitas del mercado.
Un recorte de personal la dejó sin trabajo. Por la edad, Don Arnulfo no resistió un ataque al corazón. Los funerales fueron paupérrimos. Desesperada no sabía que hacer. Natalia pedía comida y no resistió verla sufrir por hambre. Por unas monedas empezó a vender su cuerpo. La golpeaban, insultaban y menospreciaban. Resistía todo para llevarle un pedazo de pan a su hija. No aguantó mucho tiempo las palizas.
- Tenemos que irnos de aquí. Ya no soporto la vida. ¡Natalia!
- Aquí estoy mami.
- Nos vamos de aquí.
El llanto de Natalia cimbraba el alma vacía de Selene. En el camino se encontraron con Pedro. Era un campesino cuarentón. Por lástima las dejó quedarse esa noche en la choza, hecha de piedra y paja, que habitaba. A la mañana siguiente, el desayuno ya estaba preparado para asombro de Pedro. Había salido desde muy temprano a su parcela y al retornar sintió el aroma a huevos revueltos. Las tortillas estaban humeando sobre la mesa. Sin articular palabra alguna se sentó en la mesa y comió. Esa noche las dejó quedarse de nuevo. No hubo palabras, simplemente se dejó caer en el camastro y se durmió. Acurrucadas en un rincón se daban calor mutuo para poder conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, Pedro construyó burdamente un camastro para Selene y Natalia. Sin decir nada, Selene lo empezó a acompañar a la parcela. Juntos hacían el deshierbe y la siembra. Cosechaban diversas hortalizas según la temporada. Iban al mercado de ChenBox a venderlas. La gente la miraba con desdeño. Pedro la defendía de los insultos.
- No se metan con ella, es mi mujer.
Poco a poco la empezaron a respetar y llamarla la mujer de Pedro.
- Ahí viene la mujer de Pedro con las verduras. Vamos a ver que trajo para vender.
- Necesito tomate fresco para una salsita que le encanta a mi viejo.
Los años pasaban y Natalia se hacía más hermosa cada día. Un hacendado la desposó. Al casorio no asistieron Pedro y Selene. Eran gente de alcurnia los invitados. Sus principios no les permitían rozarse con esa clase de gente. Un día antes de la boda se despidieron de Natalia.
- Dios te bendiga, hijita. Cuídate mucho.
- Gracias, ma.
- Lleva siempre contigo este crucifijo para que no te olvides de mí.
Pedro sólo le dio un beso en la frente en silencio. Jamás volvieron a saber nada de ella. En ChenBox oían rumores de que se había ido a la capital con su esposo. En otras ocasiones decían que ya tenía un hijo. Luego ya no escucharon nada de Natalia. Los años transcurrieron sin prisa por sus manos. Pedro ya no caminaba. Ella se partía el alma con la cosecha. Una noche lluviosa murió Pedro de un paro respiratorio. No le quedaba ya nada. El chillar de la puerta la sacó de sus recuerdos.
- ¿Alguien vive?
Con desgano se levantó del camastro.
- ¿Qué desea?
- Me mandó mi patrón para que le entregara esto.
En una seda roja estaba envuelto el crucifijo que le había dado a Natalia.
- La señora Natalia murió hace tres semanas. Le dio cáncer.
No dijo más y se retiró. Selene se aferró al crucifijo y regresó al camastro. Murió una tarde de abril cuando repollaban las lechugas en la parcela. Nadie la sepultó. Sus restos quedaron impávidos en el camastro. Los perros esparcieron los huesos por doquier. Todos la han olvidado. La choza ya no existe. La parcela tampoco. Un crucifijo brilla por las noches en un rincón olvidado de un ChenBox que tampoco existe.
La ingratitud de los sueños
- Pasa en la ignota vida una singular muestra de cariño que se vierte en los labios que seductores te besan.
Convulsioné en las arenas del destierro a pesar de que tu luz era solemne e idílica. Eras distante ante el cuerpo que exhausto te veía nítida bañándote en las aguas cristalinas del océano. Seguías hablando.
- No voltees al pasado que muerto está. Dile a mis ojos que los amas más que a nada.
Enmudecí cuando vi tu desnudez completa recostada en un camastro de madera a orillas de una gran piscina de agua clara. Estaba sediento y tú bebías un martini de manzana. Una vez más la luz se hizo cegadora. Desapareciste y sólo tu voz resonaba en mis sentidos.
- Acurrúcate junto a mí para darme calor, tengo frío. Deja que despierte a tu lado, no me dejes morir en la ingratitud de tu sueño lívido. Hazme tuya.
Nada pude hacer. Estaba yo en otro ingrato sueño de alguna puta que me dejaba morir junto al sudor de su cuerpo entero.
jueves, 13 de agosto de 2009
Estúpido soñador
Estúpido ha de ser, y es, dado que no ve que la vida es un desastre delante de él. Estúpido, mal nacido, engendro sin rostro fino, aberración congénere, insulto impropio, dolor sin gemido.
Basta de creer que tienes entrañas para crear lo increíble, de suspirar lo impenetrable, de amar lo inalcanzable. Basta de juegos y enciérrate en la realidad de la miseria que te rodea y las putas emociones sin eco para nadie.
Estúpido por creer que todo vale, más no sabías que lo hecho hasta hoy no tiene sentido para ti ni para nadie. Estúpido como él sólo existe uno... y el único es el que ahora escribe.
¡Silencio!
- Señorita, me sirve, por favor, un café. Disculpe, Señor, ¿tiene otro habano?
martes, 11 de agosto de 2009
Profundo sueño
- ¿Qué demonios haces aquí?
- Vine a desearte buena suerte.
- No me vengas con esas estupideces. ¿A qué viniste?
- Vine a avisarte.
- ¿Sobre qué?
- Leopoldo Triolí se escapó del manicomio.
- ¡¿Qué?!
- Juró matarte por lo que le hiciste.
- No le hice nada a ese loco degenerado.
- Jura que le robaste el sueño desde que te conoció.
- Está loco el pobre diablo. ¿Cómo escapó?
- Estranguló al enfermero. Le robó las llaves y escapó por la puerta principal. Eran las dos de la madrugada. El enfermero que estaba en la recepción fue al baño y no lo vio salir.
A Leopoldo se le desgajaba la piel al surcar por el valle. Los ojos sedientos de venganza se colapsaban con la nubosidad que imperaba en el ambiente. Los latidos desbocados enfurecían al pecho lleno laceraciones imperfectas. Faltaba unos metros para llegar a la cabaña. Irrumpió intempestivamente.
- ¿Dónde estás, maldita? ¡Con mis propias manos te mataré!
Los encontró en el dormitorio.
- Hoy dormiré profundamente.
Sacó del bolsillo del pantalón un bisturí y se cortó la yugular. La sangre salió precipitada y salpicó el piso. Las ropas blancas empezaron a teñirse de escarlata. Cayó inconsciente Leopoldo. Josefina quedó en shock. De ahora en adelante ya no dormirá profundamente.
Réquiem aeternam
lunes, 10 de agosto de 2009
El tiempo no
Aquellas palabras las escribí en algún lugar de la libreta donde llevo mis anotaciones del trabajo. El ajetreo de la oficina era tranquilo. Una vez más me concentraba en mis labores. Llegó hasta mi buzón de correo una invitación:
"Se le comunica que el día 23 de Junio del corriente deberá acudir a la presentación de Productividad..."
Verifiqué el calendario y la presentación iba a ser un miércoles por la mañana. No le di importancia. Llegó la hora de la comida. La carne de cerdo en salsa verde no me apetecía mucho, preferí el pollo a las brasas. Me sirvieron y me senté al fondo en una mesa para cuatro personas. Dejé la bandeja y fui al baño a lavarme las manos. Al regresar había una nota en la mesa dirigida a mí:
"Dios si perdona, el tiempo no..."
Desesperado escruté el comedor intentado dar con la persona que me la había dejado. Las voces llenaban el lugar y paulatinamente se inundaba de gente. Comí aprisa. Salí sigilosamente. Al llegar a mi escritorio, por mi cepillo dental, otra nota yacía inerte ahí:
"El tiempo no te dio su perdón…"
El aliento se me entrecortó. Sudaba copiosamente. Latía desbocado el corazón. Me dejé caer en el asiento. La vista se nubló. Un frío invadió los huesos. Al parecer dejé de pensar por un tiempo indeterminado. El olor a cenizas llena ahora mis pulmones. Las azucenas decoran con sus pétalos la piel. La veo llorar junto a mi tumba. En sus manos lleva la hoja donde escribí las últimas palabras.
La voz del viento recita a mis espaldas:
- El tiempo no perdona... te condenó a una eternidad de lamentos... El tiempo no perdona... en su recuerdo morirás...
Delicada caricia
- ¿Dónde estás? ¿Sofía?
La sombra cabizbaja agota sus alientos en los gritos desesperados.
Sofía se encuentra en los linderos de un arroyo. Sus labios lucen resecos. Sus largos cabellos están sucios. Agotada de tanto silencio duerme aferrada al recuerdo del último beso de la tarde de ayer. El agua mece sus dedos frágiles. Su rostro reposa sobre una roca de tamaño medio. El corazón late lentamente.
De súbito abre los ojos. El verde olivo del arroyo refleja su rostro pálido y ensangrentado. La memoria juega con imágenes dispersas. Huyen de sus manos las caricias que profirió a su amado.
- ¡Sofía! ¿Qué te ha pasado?
Precariamente dirige la mirada en dirección de la voz que la llama. Las lágrimas se dejan caer. Inútilmente intenta incorporarse.
- ¡Dios mío!
Por instinto se lleva las manos al corazón. La voz está prisionera en el silencio.
- Te he buscado toda la noche.
La tarde anterior se encontraba en brazos de su amado. Los cuerpos desnudos saciaban sus ganas en una pequeña cabaña en los linderos de las montañas. El sol cubría sus gemidos en un tono naranja. El sudor escurría de sus cuerpos como manantial en primavera.
De pronto se abrió la puerta estrepitosamente. Un sujeto armado irrumpe grotescamente. El rostro lo traía pintarrajeado con sombras negras. Con asombro descubren que se trata del padre de él.
- ¡Vístete!
Los gritos de espanto se oyen.
- ¡Huye amor! ¡Huye!
Con las ropas en las manos, Sofía, sale por la ventana. Se oye una detonación. La sangre brota de su vientre. Con dificultad se reincorpora y sigue huyendo entre terror y lágrimas.
- Luego me encargaré de ella.
- ¿Por qué haces esto?
- ¡Te dije mil veces que no te metieras con ella!
- ¡La amo!
- ¡Es una puta!
- ¡No le digas así!
- ¡Le digo como se me da la gana!
Sin pensarlo mucho se abalanza sobre su padre. El forcejeo hace ruidos estrepitosos. La adrenalina fluye por la venas. El deseo de matar está a flor de piel. El arma cae al piso. Una navaja reluce en las manos de su padre.
- Mejor los mato.
- Estás loco.
- Sí, estoy loco pero por ella. Si no es mía, tampoco será tuya. El que seas mi hijo no me impide matarte para tenerla junto a mí.
El odio se refleja en los ojos de su padre. Con un movimiento audaz logra agarrarle la mano con la que sostiene la navaja. La cálida sangre fluye en el piso de madera. El cuerpo cae a los pies de su padre.
- Eres débil. No la mereces.
Se escucha otra detonación. Cae el cuerpo del padre. Sofía está temblorosa asida al rifle.
- ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
El aliento se esfuma en la boca del padre. Suelta el rifle y va en auxilio de su amado. Con lágrimas en los ojos repite lastimeramente:
- No te mueras.
A los pocos minutos la vida se le fue del pecho. La razón de Sofía se desquicia. Se pierde entre imágenes de amor y sangre. Sale huyendo sin rumbo fijo. La noche va cobijando su delirio de dolor y muerte.
Con sus últimas fuerzas se aferra a los brazos de la voz que la socorren. Sin mediar, unas palabras salen torpemente de su boca pálida:
- Dile... a Martha... que lo tenía... que matar...
Al filo del medio día Martha sepultaba a su esposo e hijo. Sofía esperaba en el hospital la delicada caricia de la muerte.
Mortíferos deseos
- ¿Cómo morir? - gritaba en llanto ahogado.
La tristeza circulaba por los labios y la boca, se internaba en las venas, en la conciencia que aún me quedaba.
Un artefacto sin forma se apuntalaba grotescamente en mi espalda. La sangre corría por ella dejando dolor y ardor. Mi cuerpo estaba colgado, por las muñecas, en las ramas de un viejo roble. Mis pies estaban descalzos y amoratados.
- ¡Maldita sea! - gritaba iracundo.
La noche se acercaba lentamente. Mis ojos estaban ciegos. El cansancio era demasiado. Mi aliento poco a poco se fue desgastando.
Una voz rompió el silencio:
- ¿Cómo estas hijo de puta? - a carcajadas dijo.
Quise contestar pero mi lengua estaba entumida.
- ¡Contesta, carajo! - repetía cada vez más irritado. - No tengo toda la maldita noche para perder contigo. Quiero ir a follarme a una putita que se caga por mí.
- Mátame - dije a susurros.
- ¿Qué dijiste maricón? - preguntó irónicamente.
- Mátame - volví a repetir.
- Estás pendejo si crees que te mataré - soltó un risa estrepitosa. - Esto es un escarmiento nada más, una calentadita - seguía con su risa.
De súbito se oyó un disparo. Se me descolgó el brazo izquierdo.
- Pareces una puta marioneta - dijo recargando la pistola.
Otro disparo. Un dolor en la pierna derecha me hizo gritar.
- ¿Te duele, mariconcito? - preguntó en un tono infantil y burlesco.
El tiempo se detuvo en mi boca. Era cuestión de tiempo para que cayera en la inconciencia.
Un arma escondida en los arbustos apuntaba a mi verdugo. A lo lejos un zumbido surcaba el sendero. La bala salió limpia y se alojó en su cuello. Su cuerpo se desplomó y se revolcaba debajo de mis pies. La sangre le brotaba a borbotones. Sus manos trataban de detener la hemorragia. La tierra se teñía de rojo carmín. Su aliento se fugó por la abertura del cuello. Los ojos se quedaron viendo un punto fijo de la nada. Estaba muerto.
Un hombre con uniforme militar se dirigió rápidamente hacia mí. Me levantó el rostro. Cerré los ojos y morí satisfecho. Mi deseo se había cumplido: ver morir a ese hijo de puta.
Sin Alma
- No siento el alma - digo cerrando los ojos.
La luz opaca de la luna se pierde en mi piel canela despojada de piedad.
- No temas a lo inevitable - dice un susurro que vaga junto a mí.
Una lluvia tenue lava mis penas. El frío hace crujir los huesos. La solemnidad de la muerte tiñe mis lamentos.
- ¿Qué hago en esta vida inútil? - prosigo divagando entre sollozos.
La nostalgia llena las pupilas. Mi espina dorsal sangra a borbotones. Los grillos callan. Un animal nocturno olisquea mis pies descalzos y violáceos.
- El encanto de la muerte es que dura más que la vida - sarcásticamente dice el susurro.
La lluvia cesa. La noche se eclipsa en un silencio intolerable. La soledad se respira con agilidad.
- ¿Dónde estás conciencia? - repito hasta cerrar los ojos.
La mano izquierda se aleja de mi vista. Deja un rastro de sangre a su paso. Un gruñido la acompaña.
- ¿Sientes lo terso del desgarro de tu cuerpo? - pregunta el susurro con malicia.
- No siento el alma. El cuerpo hace dos días que lo tengo muerto - digo viendo transcurrir imágenes en una pausada imagen de mí.
- ¿Dónde carajos estás? - oigo por el teléfono móvil.
- En el almacén entregando el pedido - respondo acomodándome la mágnum en la cintura del pantalón.
- Al terminar tienes otro encargo - sentenció la voz.
Me subo al convertible negro italiano y enciendo el estéreo. La música versa:
"Sometimes I wanna kill
Sometimes I wanna die
Sometimes I wanna destroy
Sometimes I wanna cry..."
Lo pongo en marcha. El mar luce un azul profundo. La brisa mece mis rizos negros. De súbito un hirviente acero se aloja en mi pecho. Pierdo el control del convertible. Unos tipos me bajan de los hierros retorcidos. La camisa de seda negra está desgarrada. Me suben a otro vehículo. Me introducen en una bolsa de plástico negra. Hacen un orificio al nivel de mi boca para que pueda respirar. Las voces discuten. El silencio llena la bolsa. Cierro los ojos. Se detiene el vehículo y me sacan a patadas. Con ira me golpean todo el cuerpo.
- Nos llevamos la bolsa, querido amigo, nos servirá de nuevo - dice una voz entre carcajadas.
El susurro disipa las imágenes.
- Falta poco - dice alejándose.
El aire se vuelve espeso. Una sombra cubre mi cuerpo. Unos ojos de fuego ahogan toda esperanza de vivir. Cierro los ojos. Me dejo morir sin alma.
miércoles, 5 de agosto de 2009
De otra manera amarte
lunes, 3 de agosto de 2009
Sollozo islote
jueves, 30 de julio de 2009
Mortal resplandor
Bocado entrañable
Resurreción amatoria
miércoles, 29 de julio de 2009
No es tan difícil
No es difícil sentir que te amo demasiado, que las noches son agónicas sin tu cuerpo desnudo a mi lado. ¿Por qué es tan difícil olvidarte? Porque te amo cada día más cuando de mí más lejos estás.
Lluvia
lluvia de letras en tus manos anidarán,
en tu alcoba, al amanecer.
Gota a gota recorrerán tu silueta,
tu desnudez completa,
en el caudal de tu espalda dormirán.
Lluvia,
cálida, fría,
del color de mi armonía.
Se posa húmeda en tus labios,
en tu piel, en tu monte venus,
en tus muslos de mujer.
Lluvia,
cálida, fría,
savia ígnea de mi ser.
Regar, cultivar,
lluvia soy de tus pastizales y flores,
del botón de tu loco placer.
Lluvia,
regar, cultivar,
cálida, fría.
Lluvia,
aguacero, en ti soy y seré.
Desnuda
toda tú de piel desnuda,
abrazas el silencio de mis arrebatos,
el murmullo de mis besos.
Desnuda entre sábanas blancas.
Alcanzas con tus mares mi islote,
convexo penetro tus aguas,
taciturna desembocas en mí tus lunas.
Desnuda, de arenas blancas.
Mística, diosa de alma ígnea,
hoguera en llamas,
de mirada dulce y seductora.
Proverbio erótico.
Desnuda, me complaces,
bajo el manto de una noche apasionante,
nítida para mis recuerdos,
absolutamente de mi sexo dominante.
A ti
Umbral entre el cielo y el infierno, tus besos;
venus de mis noches húmedas, de mis eróticas noches,
letal veneno que a mi alma penetra;
cansancio de mis letras,
amor que llevo acuestas.
II
Manantial, río, mar, caricias dadas al amar,
sosiego de mis dolores, anestesia única a mis temores,
piel, carne, libido, placer sin mediar,
corazón agitado,
deidad esculpida para mí.
III
Flor silvestre de rocío bañada,
tierra fecunda para labrar,
frondoso árbol de fruta rica,
palmar que la brisa mece,
néctar que me sacia la sed.
IV
Furtiva, camaleónica en los artes de amar;
brevedad de lujuria, suficiente para dejarse llevar;
dócil cuando quieres, hábil cuando puedes;
dueña de mis carnes, esclava de mis bajas pasiones.
Medida
de estas manos que zozobran por tus besos,
que inconscientemente te buscan en silencio,
que acariciarte quieren todo el cuerpo.
Palmo a palmo cubres toda de mi espalda,
encajas perfecto en mi alma,
no sobra ni hace falta,
justa tú en mis letras y en mi cama.
Calzan mis labios tus tibios senos,
ese suspiro que tienes al amarme,
el cansancio de tu frágil cuerpo al arquearse,
el dulce brillo de tus ojos al relajarte.
Tú la medida de mi ansioso cuerpo,
el pensamiento que me acompaña todo el tiempo,
la necesidad con la que me despierto,
la coraza con la que me protejo.
Fuese yo la medida de tu mirada,
de tu celo de mujer complaciente;
ser medida de tu sexo ardiente,
de tu placer sin mi sexo herida.
Tú la medida de mi cuerpo
y de tu alma yo la medida.
Sabes bien
que desesperan mis manos
por tenerte cerca,
lo sabes muy bien.
El silencio grita esa emoción,
sé bien que la llevamos contenida
muy dentro del corazón
que sobrepasa la razón.
Sabes bien que mi alma
se acopla perfectamente a tu ser,
que sólo tú y yo
nos proferimos más que el querer.
Sabes bien que te amo,
y por ti daría hasta la propia vida.
Sabes bien que te amo,
y te lo recalco por si se te olvida.
Se fue el amor
a cuenta gotas
en un mar de inquietantes desvelos
con cielos grises
y ciclónicas tempestades.
Acurrucó el semblante lacónico
de mis necedades
y se fue en silencio
como el rubor del dolor
cuando eres olvidado.
Y se me fue el amor
junto contigo
al decirme adiós.
Alma desnuda
- Es triste, ¿verdad?
Transcurrió un minuto mientras me reponía de la convulsión y los giros de color.
- Soledad.
- Tienes razón. En los ojos se vislumbra una soledad doliente. La lágrima refleja la última esperanza que se va del alma.
- Más bien, la última gota de amor que se tiene por alguien.
- Exacto. Perdón, me llamo Anaely.
- Juan Carlos, mucho gusto.
- Vienes solo, ¿verdad?
- Sí, un amigo me comentó de la exposición y quise distraerme un rato.
- No te veo muy seguido por las galerías.
- No acostumbro a frecuentarlas. Atípico al arte, supongo.
- Nada de eso. Más bien no te has involucrado en este mundo.
- Creo que tienes razón.
- Ven, éste cuadro te va a encantar.
Me llevó hacia un rincón de la galería dónde estaba un cuadro pintado en óleo. Los matices eran igual de melancólicos que el dibujo. Esta vez era un pecho desnudo abierto cuyo corazón sangraba. Una lágrima se disponía a resquebrajarse en la sangre escurrida en el abdomen. Volví a sentir esa convulsión en mis adentros. Ese llanto que venía desde lo profundo de mis pensamientos.
- Fíjate cómo la luz penetra el corazón y lo deja con una minúscula esperanza ante tanta tristeza.
- Amor fatigado con dolor. La lágrima el último beso que se dio. La luz se difumina para decir que la esperanza acaba de morir. La sangre derramada es la historia incontable de dos vidas que ya jamás volverán a encontrarse.
- Hablas cómo si conocieras mucho de arte y las obras del autor. ¿Es así?
- Lamentablemente no sé nada de arte, ni conozco mucho la obra del autor. Te estoy diciendo lo que percibo aunado a lo que siento por dentro.
- Para no saber nada, dices cosas que no había apreciado en este cuadro. Al menos no de la forma en que tú las aprecias.
Me despedí en ese instante y salí de la galería. La convulsión cimbraba mis manos dejándolas temblorosas. Decidí caminar hasta un parque que se encontraba cerca de la galería para calmarme. De pronto escuché que me llamaban.
- ¡Juan Carlos, espera!
Me detuve y giré lentamente la cabeza y la vi plenamente. No me había percatado de lo hermosa que era. Tez blanca, cabello oscuro, ojos miel, boca pequeña, alta y delgada. Traía un vestido negro de tirantes, zapatillas del mismo color y el cabello largo, hasta la cintura, suelto.
- ¿Te puedo acompañar?
- Claro que sí.
- ¿A dónde vas?
- Iba al parque a sentarme un rato.
Nos quedamos platicando hasta las tres de la madrugada. La plática iba y venía con arte, vida, amores, desamores, familia, amigos y trabajo. Ella estaba en un taller de pintura, le encantaba pintar. Nos despedimos y quedamos en hablarnos por teléfono. Así empezó lo que ahora somos. La galería está repleta, ella luce radiante pero nerviosa. En pocos minutos cortarán el listón para inaugurar la exposición con sus obras. La obra principal se llama “Alma desnuda”, un cuadro en dónde se aprecia un parque, una pareja en la cual ella se acurruca en él bajo el auspicio de una noche de Junio calurosa. Itinerantes: pasión, amor y entrega.
Tanto amor
Pensé mil cosas a la vez mientras el asfalto se comía desesperado el caucho de las llantas del carro. Qué fácil sería morir de amor. Las escenas se mostraban como cortometrajes. Una de ellas me disponía en un precipicio dónde las olas abrazaban mis sueños. Me imaginé con veinte años, delgado, camisa sport negra, unos vaqueros azules descoloridos y descalzo. La brisa soplaba fuerte y se arremolinaban mis cabellos. En los pensamientos tenía tu imagen y sólo pensaba en amarte. Antes de ir al precipicio te había mandado una carta con pocas letras: te amo demasiado. Te habías ido a otro lugar a hacer otra vida lejos de mí. No podía con tanto amor que preferí morir antes de olvidarte.
Otra escena se dibujaba en esas mismas calles. Te había mandado un mensaje con un te amo. No me importó si estabas sola o acompañada, simplemente tenía unas incontenibles ganas de decírtelo. Le quité al teléfono móvil el chip y la memoria y las arrojé por la ventana, kilómetros más adelante el teléfono mismo. Quería desaparecer, morir antes de que me dijeras adiós. Subía un paso a desnivel y me fui hacia el vacío rompiendo la cinta protectora del puente. No podía con tanto amor que preferí amarte hasta la muerte antes de verte partir para jamás volver.
A veces no puedo con tanto amor. Las lágrimas surcan solas en mis adentros que hieren en silencio. Mi cuerpo arde de manera impresionante, como un volcán en plena erupción. Muerdo los labios, grito “te amo” desesperado para que me oigas desde dónde quiera que estés. La música siempre me acompaña. Acabo temblando de tan intenso que es esto que siento en el alma. Hay días en que no puedo con tanto amor. Quisiera irme a resguardar a tus besos y caricias. Sentir el aroma de tu piel que palpita al roce de mi boca. Robarte por unas horas para contemplarte llena de luz y una cándida mirada. Esta mañana es uno de esos días en que no puedo con tanto amor que se desprende de mi alma. Tanto amor que si te alejas de mi lado me consumiría abruptamente. Tanto sentimiento que me quema el ser, que me quema el alma.
Sorda soledad
- No voltees. Dame lo que es mío.
- He intentado hablarle a la soledad pero vano ha sido.
- No me interesan tus pláticas estúpidas.
- Está completo.
- Eso espero.
- ¿Dónde está?
La sombra dejó caer un sobre blanco y se desvaneció en la oscuridad. Recogió el sobre y temblorosa lo abrió. Una hoja blanca delataba unas manchas de algo carmín. Empezó a leer: “Lo tuve que matar porque hablaba con la soledad”. Dejó caer la hoja en el caudal del río. Se arrancó el broche y lo aventó lo más lejos que pudo tragándoselo la oscuridad. Primero se quitó una zapatilla, luego la otra acomodándolas delicadamente. Descalza caminó hasta el final del puente. Sin pudor se quitó la ropa quedando completamente desnuda. Una soguilla de oro brillaba en sus manos. La dejó caer. Se internó en el río y la corriente se la llevó a las profundidades no sin antes intentar de nuevo hablar con la soledad.
martes, 28 de julio de 2009
Espero morir
- Tío, hoy tengo la esperanza de morir. Una luz tenue bajó hasta mis pies. Vi el rostro de la abuela vestida con una gran sonrisa.
- No digas esas cosas, hijo. Tu padre no tarda en llegar, aguanta un poco más.
- Siento que no puedo esperar más. Las fuerzas se me van de las manos. Mi madre me llama insistentemente. Quiere que la siga.
- Detente, espera aunque sea a que llegue el diácono y te de los santos óleos.
- No puedo esperar más, tío, no puedo.
- Hazlo por tu padre que te quiere mucho.
- Mírame, tío, estoy más allá… ¿no ve?
- ¡Sara, ven rápido!
Las lágrimas se escurrían del rostro de Benjamín. Apretaba con fuerza la mano maltrecha de Herbeth. Sara dejó la comida en la estufa y fue de inmediato a la habitación.
- Tía, dile a mi padre que no lo pude esperar más, que mamá me estaba esperando para llevarme con ella. Dile que la abuela está bien ahí junto al abuelo Héctor. Los dos lucen felices.
- No digas esas cosas, mi niño, no las digas.
- Ya le dije que espere a mi hermano pero insiste en irse.
- También dile a Lupita que estaré bien. Dile que sea feliz por los dos. Quisiera llevármela conmigo pero me dice el abuelo que aún no ha llegado su hora.
- Se lo diré pero aguanta un poquito más, tu padre está por llegar.
- Espera, Herbeth, espera quince minutos más.
- Es mucho tiempo, tío. Mamá se aleja y me guiña el ojo para que la siga. La abuela va tomada de la mano del abuelo y regresan al lugar donde ahora moran.
- Escucho el rechinar el camión que ha llegado al pueblo, seguro que tu padre viene ahí.
Juan corría desesperado rumbo a la casita de retablos de madera. El viento soplaba impávido alzando el polvo dejando un rastro melancólico en el ambiente. La caja de cartón que llevaba en la mano derecha le estorbaba al momento de correr. No la quiso dejar caer. El sombrero dio unas volteretas detrás de él, lo ha dejado ahí. Las lágrimas dejaban surcos en su rostro. Gritaba apagadamente a Herbeth.
- Escucho a mi padre venir. Ya no aguanto más. Tío, dile a mi padre que lo esperaremos cuando llegue su hora. Mamá le manda muchos besos.
Cerró los ojos y dejó escapar el aliento de vida que aún le quedaba. Juan entró al cuarto hecho un mar de lágrimas. Benjamín y Sara lloraban abrazados. José y Gabriela regresaban de la escuela para jugar con su primo Herbeth. Dodi, el perro de la casa, aullaba con desgarrados alaridos de tristeza. Los retablos sucumbían ante la muerte. Una lechuza blanca alzaba el vuelo en busca de otra alma inocente.
Risa lacónica
Dolor pertinaz
Anochece con el calvario a cuestas. Esa imagen insonora que vibra en mis dedos se hace ínfima cuando las lágrimas se depositan en ellas. Arden las heridas hediondas que supuran el mordaz desconsuelo. Nada parece dominar el dolor que se apresura en los surcos de la obsesión. Navegan cabizbajas las retóricas obscenas aludiendo un mar carmín de perdición. Una vez más necesito olvidar quién soy.
El comienzo
Heme aquí anudando letras para formar palabras que repiquen sordas en alguien. He empezado y no sé cuando parará...
Bienvenidos al Crematorio.