Desearía no tener las ganas que tengo ahora – pensé esa madrugada lluviosa. El sueño envolvió mis tribulaciones cotidianas: el jefe jodiendo por pendientes que no tenían futuro, la lluvia que no cesaba, la clonación mi tarjeta bancaria de nómina, las nuevas reformas del país. Necesitaba conciliar el sueño de alguna manera y me tomé un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme. Me fui a la habitación. Las luces estaban apagadas. Mecánicamente me dirigí a la cama y me tumbé con todo y zapatos. Estuve un rato girando en la estrecha amplitud de la cama. El sueño fue introduciendo en el subconsciente imágenes etéreas. De la mano me llevó a una habitación de paredes blancas. Ahí estaba ella con un sonrisa franca, el cabello suelto, los ojos deslumbrantes. Sus labios se apoderaron de los míos en un beso casi vívido. Sentí un pequeña corriente eléctrica en las comisuras de la boca. Tengo ganas de ti – me dijo mordiéndome los labios. Sé que ya no me amas, que me has olvidado – con ternura me reclamaba. Se alejó lentamente en el espesor del color blanco de las paredes.
Desperté con lágrimas en los ojos y la sensación de resequedad en los labios. El fin de semana siguiente salí con mi amigo Rodulfo y le conté lo sucedido en el sueño. Deja de soñar con esas chingaderas, no te dejan nada bueno – me aconsejó bebiendo un “Bacardi Añejo” con agua. No era la primera vez que le contaba esos sueños y la relación que tuve con Isaura. Quizá me enamoré perdidamente de ella, no quizá, me enamoré locamente de ella. Esa voluntad, el enigma de sus ojos, la pasión que derrochaba cuando teníamos sexo, una mujer en toda la extensión de la palabra. Tuve otras relaciones que no han llenado ese vacío que dejó al marcharse. ¿Qué tienes, amor? – me preguntaba Graciela con voz melosa. La respuesta era siempre la misma: No me pasa nada. En otras ocasiones me preguntaban si las amaba, no respondía porque para mí la respuesta era obvia. No puedo mentir, las llegué a querer un tanto.
No la he vuelto a ver en más de diez años y mis labios aún recuerdan los más íntimos resquicios de su piel. A veces tengo insomnio y vuelve mi cuerpo a revivir el cansancio de su pasión. El autobús espera a que abordemos los pasajeros. Regreso a casa después de un mes. La lluvia ha empezado y son ocho horas de viaje. No hay un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme.
Es un episodio que se quedó grabado temporalmente en mi memoria. Esa tarde entré al baño de la empresa en donde trabajaba por aquellos días. Tenía en la boca el brazo del cepillo dental y me dirigí al mingitorio. Terminé y empecé a cepillarme los dientes. Instantes después entró el director del departamento, un viejo huraño que creía saber todo de las nuevas tecnologías. Vaya perdedor. Había subido al puesto por ser el lamehuevos de su antecesor en el puesto. Juntos se iban de parranda y me atrevería a asegurar que hasta compadres eran. Se detuvo junto a mí en el lavamanos disponible. Se quitó los lentes y empezó a cepillarse los dientes. Sólo se oía ese ruido del cepillo golpeándose contra los dientes, en un frenesí casi acompasado. Terminé y tomé un par de papeles sanitarios para secarme la boca. En eso estaba cuando entró un líder de mi departamento. Casi me golpea cuando abrió la puerta. Perdón, dijo disculpándose. No alcé la mirada y me cambié de lugar. Al terminar de cepillarse el viejo huraño se dirigió a los mingitorios.
– Te felicito, muy buen reporte. – Le dijo al líder que estaba sacudiéndose el falo.
– Gracias, es mi trabajo. – Le contestó el líder casi elevándose al cielo.
Era una de lambisconeadas que casi me carcajeo en el baño. Mi imaginación situó la escena en un lujoso motel del norte de la ciudad.
– ¿Me lo prestas? – Preguntaría cándidamente el viejo huraño, ahora viejo rabo-verde.
– Claro que sí. – Contestaría el líder bajándose el pantalón in so facto y el culo por delante.
Y empezaría el gozo. Ora la boca, ora la mano. El soplido agitado en la nuca del líder. Un toma y daca atrincherado. Como alguna vez le oiría decir a otro jefe que tuve: no hay mayate puro. Por eso sigo jodido y siendo un perro más del montón. Más vale anillo íntegro, que billete en mano.
Estaba buscando las palabras para expresarle que lo amaba. No sabía qué decir, ni cómo decirlo. La forma de sus caderas me encantaban. No sé cómo acabamos en la cama de mi habitación esa noche. Llegué a Mérida para estudiar una carrera profesional en el Instituto Tecnológico. Obviamente, elegí administración de empresas. Los tres primeros semestres fueron de flojera y una que otra fiesta. Una mañana de abril iba deprisa y al pasar por Rectoría lo vi por primera vez. Le di poca importancia, era un chico común y corriente, ¡bah!, pensé. Pasaron varios días hasta que lo volví a ver en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, un tal Echeverría había ganado las elecciones ese año. Pregunté a una chica por las credenciales para el transporte público y él se acercó para escuchar. Nos dijeron que el encargado no estaba y que al otro día lo podríamos encontrar a las diez de la mañana.
Al día siguiente regresé por la dichosa credencial y entregué mis fotos tamaño infantil. Al salir casi tropiezo con él. Disculpa, dije apenada. Me llamo Fernando, dijo extendiendo la mano. Vanesa, contesté el saludo. Tenía algo sudada la mano y me desagradó un poco eso. Lo admito, era fresa y aún lo soy un poco. Después de ese incidente, lo volví a ver al salir de la obra de teatro que estaban presentando en la escuela. Me abordó aún carcajeándose. Vanesa, ¿no?, dijo entre risas. Con un insípido hola le respondí. La manera en que se lo dije le causó más gracia. Relájate, no muerdo, dijo para calmarme. Luego me invitó a tomar una refresco en la cafetería. Estuvimos platicando un rato y me enteré que estaba en la carrera de ISC (Ingeniería en Sistema Computacionales).
Tuvimos una amistad ocasional, por así decirlo. Recuerdo que se la pasaba casi todo el día en la escuela, ya que no tenía una PC propia y se quedaba para hacer sus tareas en el Centro de Cómputo. A veces los veía ahí y lo saludaba a la distancia. Mis amigas me preguntaban quién era y les respondía siempre lo mismo: es alguien que conocí accidentalmente y se llama Fernando.
El último semestre de la carrera fue algo alocado. Iba de un lugar a otro, el servicio social, la residencia profesional, la fiesta de graduación, los exámenes finales, era un caos mi vida. Una tarde me tenía que quedar para entregarle un trabajo a un maestro. En Rectoría me dijeron que el maestro estaba en el Centro de Cómputo. Fui para allá y ahí estaba Fernando sentado frente a un monitor. Me acerqué a saludarlo. ¿Qué haces aquí? Me comentaste que ya tenías compu, le pregunté algo asombrada. Me relató que tenía que ajustar una práctica y no tuvo tiempo de hacerlo en su casa y por eso estaba ahí. El maestro que esperaba jamás llegó. Me senté a lado de Fernando y entre plática él terminó lo que tenía que hacer. Ya me tengo que ir, dijo acomodando sus cosas en la mochila. Creo que igual ya me voy, le dije algo desilusionada. Fuimos juntos, entre risas, hasta la entrada. Se despidió dándome un beso en la mejilla. Instintivamente le dije que lo podría llevar a donde fuera, que tenía carro. ¿Y eso?, me preguntó sonriendo. Es el carro de mi papá, vino a verme y no quiso que me fuera a la casa en autobús, le expliqué camino al estacionamiento.
Me dijo que iba a casa de un amigo a terminar una tarea y se quedaría a dormir. Antes de llegar a Circuito Colonias maniobré para dirigirme a mi casa con excusa de haber olvidado un bolso que le llevaría a mi tía Teresa. Me queda de camino, le dije sonrojada. Mi papá no estaría, ya que iba a ir a casa de mi tía Teresa y ahí lo vería. Llegamos y lo invité a pasar. ¿Quieres algo de beber?, le pregunté dirigiéndome a la cocina. Agua, me contestó desde la sala. Le llevé el agua. Ahora vuelvo, voy a mi cuarto a buscar el bolso y enseguida nos vamos, le dije disimulando mi nerviosismo. No tengo prisa, dijo cortésmente. Respiré profundo y regresé a la sala. Me acerqué lentamente y le acaricié el cabello. Deja eso, me dijo sonriendo. Me gustas mucho Fer, le dije algo excitada. Deja de jugar Vanesa, contestó sin mirarme. No estoy jugando, quiero sentir tus labios, coqueteaba con él. Se puso de pie y me miró a los ojos. Espero que estés segura de esto, dijo antes de besarme apasionadamente. Lentamente me acariciaba. Lo conduje a mi cuarto sin separar mi labios de los suyos. Nos dejamos caer suavemente en la cama. Me quitó la ropa tan sutilmente que me excité mucho. Ávidamente olía mi cabello, mi sexo. Lo ayudé a desnudarse. Acaricié sus caderas, las apretujaba. Sacié mi boca con su falo. Él gemía deliciosamente. Se me olvidó el condón, el que se iría a trabajar a Ciudad del Carmen, que mi papá me esperaba, que era, quizá , la última vez que lo vería. Disfrutamos la entrega cerca de una hora. Platicamos, desnudos, del futuro, del día que nos conocimos en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, de la vez del teatro. Nos reímos de esto y de aquello. Nos vestimos y lo llevé a casa de su amigo. Nos despedimos sólo con un beso. Tácitamente sabíamos que no nos volveríamos a ver.
No supe nada de él hasta que unos seis meses después recibí un correo electrónico suyo. Me contaba que regresaría a Mérida por una semana y quería pasar a saludarme. Le respondí que ya no estaba en Mérida, que había cambiado de residencia. Me fui a vivir a Querétaro por cuestiones de trabajo. No recibí respuesta suya sino hasta el segundo día. Me siguió contando cómo le estaba yendo en su trabajo y al final me preguntó mi nueva dirección. Lo felicité por sus logros y al final le escribí la dirección. Anoche llegó y lo fui a recibir a la Central Camionera. No aguanté las ganas y, al tenerlo enfrente, lo abracé efusivamente. Le di un beso en los labios. Correspondió a mis besos. Tengo hambre y quiero ducharme, me dijo tomando mi mano. En taxi nos fuimos al departamento que rento. Al entrar, dejó caer su maleta y nos besamos apasionadamente. No llegamos al cuarto, en la sala nos desnudamos mutuamente y revivimos las caricias, los gemidos, los jadeos y las risas. Después nos bañamos juntos entre besos y pasión. Pedimos algo para comer y comimos desnudos en la cama. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Se disculpó porque estaba algo cansado y quería dormir un poco.
Vi el reloj. Eran las tres de la madrugada. Buscaba esas palabras para decirle que lo amaba demasiado. Era mejor entrar un rato a internet. Tenía un correo nuevo de Fer, estaba raro, creo que lo escribió en el autobús desde su teléfono móvil. No tiene asunto. Tiene sólo unas instrucciones: En mi maleta, en el cierre delantero, hay un sorpresa para ti. Inmediatamente fui a la sala y abrí el cierre. Había una cajita. La abrí y era un anillo de compromiso. El ruido del cierre lo despertó y desde el umbral de la puerta del cuarto me observaba. Te quieres casar conmigo, me pidió acercándose lentamente a mí. No lo podía creer. Las lágrimas me sorprendieron de inmediato. Nos volvimos a entregar.
Planeamos la boda, los sueños, los hijos. El desayuno aún no llega, el mesero se está tardando mucho y los dos tenemos hambre por el cansancio de anoche. Mis padres se infartarán. Mañana se va Fer de nuevo a Ciudad del Carmen, es su último viaje, viene a vivir a Querétaro conmigo. Ya encontrará un trabajo aquí. La boda, desde luego, será en Mérida, con toda la familia reunida. Está hermoso el anillo de compromiso.