Dejé el saco en el buró. Encendí un habano y le di una larga
calada. Ingrid se había ido por la mañana. Era la tercera vez que venía para darme
un “Servicio Ejecutivo”. Mi escort favorita.
Juré cambiar esa manía de comprar placer, pero perro viejo no aprende trucos
nuevos. El humo del habano me fastidió pronto. Suspiré desanimado y agarré el
cuaderno de anotaciones que tenía guardado en el cajón del buró. Una pequeña
lista estaba tachada, a excepción de dos líneas, las finales: “Dejar los
habanos” y “Olvidarse de morir”. De pronto un absceso de tos sobrevino. Respiraba
con dificultad y la cabeza me retumbaba. Los ojos casi se salen de sus cuencas
y el corazón de mi pecho. Salpiqué las sábanas con sangre. ¡Maldita sea! La
línea tachada “Tener sexo frenético” igual se manchó con la sangre. La
enfermera entró agitada y temblando. Los ojos se le abrieron como platos cuando
vio el desastre. Lo tienen que llevar al hospital, dijo con lástima y congoja. Moví
la cabeza de un lado a otro en señal de negación. Ingrid, balbuceé. Nada de
eso, sentenció la enfermera limpiándome la boca. La vi lleno de ira. ¡Quiero
morir cogiendo! Grité encolerizado y con lágrimas en los ojos. La enfermera se
llevó las manos a la boca reprimiendo el llanto. Trastabillando fue al teléfono
que estaba sobre el buró. Marcó titubeando. Me senté en la orilla de la cama y
me quité la camisa. En media hora llega, dijo la enfermera quedamente, muy
dolida. Salió en silencio y a los dos minutos entró la mucama para cambiar las
sábanas, encender velas aromáticas y cambiar el tanque de oxígeno. Miré el
reloj y encendí otro habano.
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viernes, 5 de septiembre de 2014
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