Contenido

viernes, 5 de septiembre de 2014

El placer de morir


Dejé el saco en el buró. Encendí un habano y le di una larga calada. Ingrid se había ido por la mañana. Era la tercera vez que venía para darme un “Servicio Ejecutivo”. Mi escort favorita. Juré cambiar esa manía de comprar placer, pero perro viejo no aprende trucos nuevos. El humo del habano me fastidió pronto. Suspiré desanimado y agarré el cuaderno de anotaciones que tenía guardado en el cajón del buró. Una pequeña lista estaba tachada, a excepción de dos líneas, las finales: “Dejar los habanos” y “Olvidarse de morir”. De pronto un absceso de tos sobrevino. Respiraba con dificultad y la cabeza me retumbaba. Los ojos casi se salen de sus cuencas y el corazón de mi pecho. Salpiqué las sábanas con sangre. ¡Maldita sea! La línea tachada “Tener sexo frenético” igual se manchó con la sangre. La enfermera entró agitada y temblando. Los ojos se le abrieron como platos cuando vio el desastre. Lo tienen que llevar al hospital, dijo con lástima y congoja. Moví la cabeza de un lado a otro en señal de negación. Ingrid, balbuceé. Nada de eso, sentenció la enfermera limpiándome la boca. La vi lleno de ira. ¡Quiero morir cogiendo! Grité encolerizado y con lágrimas en los ojos. La enfermera se llevó las manos a la boca reprimiendo el llanto. Trastabillando fue al teléfono que estaba sobre el buró. Marcó titubeando. Me senté en la orilla de la cama y me quité la camisa. En media hora llega, dijo la enfermera quedamente, muy dolida. Salió en silencio y a los dos minutos entró la mucama para cambiar las sábanas, encender velas aromáticas y cambiar el tanque de oxígeno. Miré el reloj y encendí otro habano.