Desperté
sobresaltado. Eran las cinco de la mañana. Mi ropa interior parecía almidonada.
Me bajé silenciosamente. Abrí el locker
intentando no hacer mucho ruido. Entré al baño y seguí la rutina mañanera. Me
senté en el inodoro y vi los manchones acartonados de mi semen. De inmediato me
volví a excitar recordando los gemidos apagados de Carla. Me masturbé sentado
en el inodoro. Me terminé de bañar, me cambié y salí a desayunar. Cuando llegué al comedor, Oscar estaba
hablando con un cocinero. Al verme me hizo una seña con la mano para que me
acercara. Te presento a mi funda, dijo sonriendo maliciosamente. Hola, dijo el
cocinero con voz amanerada. Es tu coterránea, se apresuró a decir Oscar, ella
es la Princesa Maya. Hola, dije estrechando su mano. Es muy celosa, continuó,
así que no me coquetees porque te va a partir la madre. Su carcajada se escuchó
estruendosa. La Princesa Maya no aguantó la risa y le dio un manotazo en el
brazo. Ahora te traigo el desayuno, Papi, dijo y entró a la cocina. Me sonrojé.
Cálmate, Arquímedes, dijo, es broma, pero sí me la estoy pinchando. Esa mañana había
para el desayuno tostadas de pollo deshebrado, sándwiches de jamón y queso y
huevos rancheros. Nada se me apetecía. Agarré un sándwich, una tostada y un poco
de huevo. Me serví jugo de naranja. Nos sentamos en una mesa al fondo del
comedor. Hoy nos sentaremos aquí, dijo Oscar, porque nadie debe ver lo que voy
a desayunar. Es un caldo vuelve a la vida que me prepara la Princesa Maya. ¿Y
eso?, pregunté. Es para recuperar fuerzas de la cruda que traigo y poderle
cumplir a la Princesa Maya, dijo carcajeándose. Cinco minutos después se acercó
la Princesa Maya con una charola en la cual estaba humeando, en un tazón azul,
el caldo de mariscos, unas tostadas, cebolla picada, cilantro y limón. El aroma
me abrió el apetito. Lo dejó en la mesa. Luego me lo pagas, Papi, dijo guiñándole
el ojo antes de irse. En eso estábamos cuando recordé las “camas calientes”. A
todo esto, dije, ¿qué son las camas calientes? Se quedó a medio camino la
cuchara. Sonrió. Bueno, se aclaró la voz, es cuando un camarote es compartido
por trabajadores de diferentes turnos, es decir, continuó, los del turno de día
trabajan y los del nocturno duermen y viceversa, así que la camas siempre están
ocupadas y calientes. Ya entiendo, dije. La Diva entró al comedor, se sirvió
unas tostadas, jugo de naranja y se sentó a lado de Oscar. Terminamos de
desayunar y regresé al camarote. Carla ya no estaba, ni sus cosas: se había
cambiado de camarote. Suspiré resignado. Me cepillé los dientes y fui a la
oficina. A las diez de la mañana llegó Francisco. Se acercó a mí
sospechosamente. ¿Y qué tal?, preguntó. Hice un gesto de no comprensión de la
pregunta. No te hagas, dijo, aquí todo se sabe. Seguía con el gesto de incomprensión.
Carla, dijo al cabo. ¡Ah!, ¿qué con eso?, dije. ¿Te la cogiste?, soltó la
pregunta a quemarropa. Vio mi cara de sorprendido. Por tu cara, continuó, el
barbudo no te dio chance. Soltó una carcajada. Le tuve que contar lo que
sucedió, desde luego que no le dije que me masturbé escuchándolos coger. Me dio
una palmada en el hombro y se fue riendo, satisfecho de su victoria. Un rato
después, entró el Jefe del área. Arquímedes, dijo, ven un momento. Me acerqué a
su escritorio dubitativo. Sólo es para darte las gracias, se aclaró la voz, no
tuve tiempo de informarte que ibas a tener una compañera en el camarote. No
había disponibles y sólo había camas disponibles en el que tienes asignado. No
se preocupe, contesté aliviado. Espero que te haya dejado dormir, sonrió
maliciosamente. Como un tronco, dije y me fui a mi lugar.
A
las tres y media fui a comedor. Los capturistas ya estaban comiendo. Pedí
bistec con papas y jamaica. Me senté a lado de Jorge. Empezaron a joderme con
lo de Carla. Seguro, dijo Francisco, te hiciste un par de chaquetas. Todos
empezaron a reírse. Me hubieras dicho y te ayudaba, apresuró a decir La Diva.
Te cuidado, dijo Jorge, no se vayan a confundir un día y te vaya a visitar el barbudo. Inevitablemente
empecé a reír por las chingaderas que decían. Se acercó la Princesa Maya y le
asentó, a Oscar, un platito con un pedazo de pastel de tres leches. El postre,
Papi, dijo y se sentó a su lado. Cinco minutos después se fue a la cocina.
Terminamos y me fui al camarote. Oscar fue conmigo. Entramos y antes de entrar
al baño encendió un cigarro. Eso mata el olor, dijo. Me acosté en la litera de
abajo a esperar que terminara. Entró la Diva al camarote y se abalanzó sobre
mí. Sentí como su mano me apretaba los testículos. Por instinto lo empuje y se recostó
a mi lado. Me paré de inmediato. No te asuste, dijo satisfecho, estaba
dormidito. Se empezó a reír. Salió Oscar. Dejen sus puterías para la noche,
dijo. El tufo del cigarro minó el camarote. Agarré mi cepillo, el dentífrico y
entré al baño. Si no le pongo un alto, dije para mis adentros, ese pelaná me va
a estar jodiendo hasta que me lo coja. Cuando salí ya no estaban. Me fui a la
oficina. La salsa se escuchaba contagiosa. Esta vez no me puse los audífonos,
le empecé a agarrar gusto.
A las nueve de la noche
fui a cenar. Sólo Jorge estaba en el comedor. Me serví un poco de cereal con
leche en un tazón y me fui a sentar a su lado. ¿Y los otros?, pregunté. Están
cerrando órdenes pendientes, dijo, ya que mañana deben terminar las
reparaciones. No le di mucha importación al comentario. Me platicó que era
casado y tenía una hija de un año. Embarazó a su esposa y lo forzaron a
casarse. Es una chinga, dijo melancólicamente, casi no veo a mi hija, no la
estoy viendo crecer, pero ni modo. Terminamos de cenar y me fui al camarote.
Cuando entré, Oscar me estaba esperando. Vamos, dijo. Asentí con la cabeza y
empezamos a perdernos por los pasillos. Llegamos a la sala de espera del primer
día que llegué. Había un grupo de cinco personas sentadas alrededor de una mesita
redonda. Estaba jugando dominó. ¿Sabes jugar?, preguntó. Un poco, dije. En la
siguiente ronda entramos. Despacharon a un par de ellos y nos sentamos en
direcciones opuestas, como lo dictan las reglas del juego cuando se juega en
parejas. Nos dieron fichas pequeñas de color verde, a manera de dinero. A dos
de tres, dijo el tipo que revolvía el dominó. Oscar asintió con la cabeza. Empezó a repartir y yo no tenía un buen
juego. Oscar puso la mula del seis. Perdimos. Debes contar, me dijo, darme
juego. Está bien, dije. Nos volvimos a sentar. Doble o nada, dijo Oscar. Va,
respondió el tipo. El otro tipo puso la mula del seis. Las fichas iban y venían.
Ganamos. Suerte de principiante, dijo con molestia uno de los tipos. ¿Qué
ganamos le pregunté?, le pregunté a Oscar. Unas diez Cocas, que podrás cambiar por lo que quieras. Sonreí. Nos perdimos
de nuevo por los pasillos. Se despidió y seguí hasta mi camarote. Me cepillé
los dientes, cambié de ropa y me acosté a dormir.