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lunes, 14 de diciembre de 2015

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 3



Desperté sobresaltado. Eran las cinco de la mañana. Mi ropa interior parecía almidonada. Me bajé silenciosamente. Abrí el locker intentando no hacer mucho ruido. Entré al baño y seguí la rutina mañanera. Me senté en el inodoro y vi los manchones acartonados de mi semen. De inmediato me volví a excitar recordando los gemidos apagados de Carla. Me masturbé sentado en el inodoro. Me terminé de bañar, me cambié y salí a desayunar.  Cuando llegué al comedor, Oscar estaba hablando con un cocinero. Al verme me hizo una seña con la mano para que me acercara. Te presento a mi funda, dijo sonriendo maliciosamente. Hola, dijo el cocinero con voz amanerada. Es tu coterránea, se apresuró a decir Oscar, ella es la Princesa Maya. Hola, dije estrechando su mano. Es muy celosa, continuó, así que no me coquetees porque te va a partir la madre. Su carcajada se escuchó estruendosa. La Princesa Maya no aguantó la risa y le dio un manotazo en el brazo. Ahora te traigo el desayuno, Papi, dijo y entró a la cocina. Me sonrojé. Cálmate, Arquímedes, dijo, es broma, pero sí me la estoy pinchando. Esa mañana había para el desayuno tostadas de pollo deshebrado, sándwiches de jamón y queso y huevos rancheros. Nada se me apetecía. Agarré un sándwich, una tostada y un poco de huevo. Me serví jugo de naranja. Nos sentamos en una mesa al fondo del comedor. Hoy nos sentaremos aquí, dijo Oscar, porque nadie debe ver lo que voy a desayunar. Es un caldo vuelve a la vida que me prepara la Princesa Maya. ¿Y eso?, pregunté. Es para recuperar fuerzas de la cruda que traigo y poderle cumplir a la Princesa Maya, dijo carcajeándose. Cinco minutos después se acercó la Princesa Maya con una charola en la cual estaba humeando, en un tazón azul, el caldo de mariscos, unas tostadas, cebolla picada, cilantro y limón. El aroma me abrió el apetito. Lo dejó en la mesa. Luego me lo pagas, Papi, dijo guiñándole el ojo antes de irse. En eso estábamos cuando recordé las “camas calientes”. A todo esto, dije, ¿qué son las camas calientes? Se quedó a medio camino la cuchara. Sonrió. Bueno, se aclaró la voz, es cuando un camarote es compartido por trabajadores de diferentes turnos, es decir, continuó, los del turno de día trabajan y los del nocturno duermen y viceversa, así que la camas siempre están ocupadas y calientes. Ya entiendo, dije. La Diva entró al comedor, se sirvió unas tostadas, jugo de naranja y se sentó a lado de Oscar. Terminamos de desayunar y regresé al camarote. Carla ya no estaba, ni sus cosas: se había cambiado de camarote. Suspiré resignado. Me cepillé los dientes y fui a la oficina. A las diez de la mañana llegó Francisco. Se acercó a mí sospechosamente. ¿Y qué tal?, preguntó. Hice un gesto de no comprensión de la pregunta. No te hagas, dijo, aquí todo se sabe. Seguía con el gesto de incomprensión. Carla, dijo al cabo. ¡Ah!, ¿qué con eso?, dije. ¿Te la cogiste?, soltó la pregunta a quemarropa. Vio mi cara de sorprendido. Por tu cara, continuó, el barbudo no te dio chance. Soltó una carcajada. Le tuve que contar lo que sucedió, desde luego que no le dije que me masturbé escuchándolos coger. Me dio una palmada en el hombro y se fue riendo, satisfecho de su victoria. Un rato después, entró el Jefe del área. Arquímedes, dijo, ven un momento. Me acerqué a su escritorio dubitativo. Sólo es para darte las gracias, se aclaró la voz, no tuve tiempo de informarte que ibas a tener una compañera en el camarote. No había disponibles y sólo había camas disponibles en el que tienes asignado. No se preocupe, contesté aliviado. Espero que te haya dejado dormir, sonrió maliciosamente. Como un tronco, dije y me fui a mi lugar.

A las tres y media fui a comedor. Los capturistas ya estaban comiendo. Pedí bistec con papas y jamaica. Me senté a lado de Jorge. Empezaron a joderme con lo de Carla. Seguro, dijo Francisco, te hiciste un par de chaquetas. Todos empezaron a reírse. Me hubieras dicho y te ayudaba, apresuró a decir La Diva. Te cuidado, dijo Jorge, no se vayan a confundir un  día y te vaya a visitar el barbudo. Inevitablemente empecé a reír por las chingaderas que decían. Se acercó la Princesa Maya y le asentó, a Oscar, un platito con un pedazo de pastel de tres leches. El postre, Papi, dijo y se sentó a su lado. Cinco minutos después se fue a la cocina. Terminamos y me fui al camarote. Oscar fue conmigo. Entramos y antes de entrar al baño encendió un cigarro. Eso mata el olor, dijo. Me acosté en la litera de abajo a esperar que terminara. Entró la Diva al camarote y se abalanzó sobre mí. Sentí como su mano me apretaba los testículos. Por instinto lo empuje y se recostó a mi lado. Me paré de inmediato. No te asuste, dijo satisfecho, estaba dormidito. Se empezó a reír. Salió Oscar. Dejen sus puterías para la noche, dijo. El tufo del cigarro minó el camarote. Agarré mi cepillo, el dentífrico y entré al baño. Si no le pongo un alto, dije para mis adentros, ese pelaná me va a estar jodiendo hasta que me lo coja. Cuando salí ya no estaban. Me fui a la oficina. La salsa se escuchaba contagiosa. Esta vez no me puse los audífonos, le empecé a agarrar gusto.

A las nueve de la noche fui a cenar. Sólo Jorge estaba en el comedor. Me serví un poco de cereal con leche en un tazón y me fui a sentar a su lado. ¿Y los otros?, pregunté. Están cerrando órdenes pendientes, dijo, ya que mañana deben terminar las reparaciones. No le di mucha importación al comentario. Me platicó que era casado y tenía una hija de un año. Embarazó a su esposa y lo forzaron a casarse. Es una chinga, dijo melancólicamente, casi no veo a mi hija, no la estoy viendo crecer, pero ni modo. Terminamos de cenar y me fui al camarote. Cuando entré, Oscar me estaba esperando. Vamos, dijo. Asentí con la cabeza y empezamos a perdernos por los pasillos. Llegamos a la sala de espera del primer día que llegué. Había un grupo de cinco personas sentadas alrededor de una mesita redonda. Estaba jugando dominó. ¿Sabes jugar?, preguntó. Un poco, dije. En la siguiente ronda entramos. Despacharon a un par de ellos y nos sentamos en direcciones opuestas, como lo dictan las reglas del juego cuando se juega en parejas. Nos dieron fichas pequeñas de color verde, a manera de dinero. A dos de tres, dijo el tipo que revolvía el dominó. Oscar asintió con la cabeza.  Empezó a repartir y yo no tenía un buen juego. Oscar puso la mula del seis. Perdimos. Debes contar, me dijo, darme juego. Está bien, dije. Nos volvimos a sentar. Doble o nada, dijo Oscar. Va, respondió el tipo. El otro tipo puso la mula del seis. Las fichas iban y venían. Ganamos. Suerte de principiante, dijo con molestia uno de los tipos. ¿Qué ganamos le pregunté?, le pregunté a Oscar. Unas diez Cocas, que podrás cambiar por lo que quieras. Sonreí. Nos perdimos de nuevo por los pasillos. Se despidió y seguí hasta mi camarote. Me cepillé los dientes, cambié de ropa y me acosté a dormir.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Háblame bajito



Me dijo que necesitaba mi cuerpo, sentir mis manos acariciándola. No le importaba nada más. Esta noche soy tuya, dijo entrecortadamente. Eran las tres de la mañana y no estaba en mis cinco sentidos. El cansancio de la semana, unos tragos y el tabaco estaban haciendo estragos. La posada del Consorcio AGAPSA fue todo un éxito. Quedábamos pocos en la sala de fiestas que rentaron para el evento. Milena, una auxiliar de gerencia, estaba bien peda. Casi no tenía trato con ella, pero todos se la querían coger. Tenía un cuerpo delgado, piernas torneadas, cabello corto, ojos negros, piel canela. Las leyendas urbanas contaban que era amante del dueño. Mi jefe me pidió que la llevara a su casa porque él tenía un “asunto” que lo estaba esperando. Ella tenía un vaso con whisky y no lo quería soltar. No, dijo con voz aguardentosa, es la caminera. Se apoyó en mí y salimos al estacionamiento. Mi carro, dijo, ¡dónde chingados está mi carro! Es mejor que vayamos en el mío, dije. ¡Ni madres!, replicó, ¡voy en el mío y punto! Además de peda, impertinente, dije para mis adentros. Sacó, como pudo, las llaves de su bolso. Toma, dijo extendiéndome las llaves, maneja. La ayudé a subir a su Kya Sorento del año. Se le levantó el vestido rojo entallado que traía puesto. Sus piernas torneadas ocuparon mi atención por unos segundos. Su Coco Mademoiselle de Chanel Eau de Parfum penetró por mis fosas nasales. Restregó sus pechos, de tamaño medio, en mi brazo. Tuve una erección instantánea. Con razón todos se la quieren coger, pensé. Se terminó de acomodar en el asiento del copiloto y cerré la puerta. Me acomodé el pantalón y subí. Encendí el carro y ella puso música. Se dejó escuchar Bossa Nova, era tan excitante que la imaginé desnuda acariciándome el sexo. ¿Dónde vives?, pregunté. No quiero ir a mi casa, dijo, esta noche quiero ponerle los cuernos al hijo de puta ese. Supuse que se refería al dueño.  Vamos al Real de Palmas, dijo dándole un sorbo al Whisky. Sonreí. ¡Ya chingué!, celebré en silencio.

Entramos. Me detuve en una ventanilla polarizada. Una voz de mujer preguntó: ¿Suite con Jacuzzi o sin Jacuzzi? Sin Jacuzzi, se apresuró a decir Milena. Nos dieron el número de Suite y entramos a la pequeña cochera. La ayudé a bajar. Ya se había acabado el Whisky. Sentí el calor de su cuerpo. Tuve ganas de mordisquearle los pezones. Entramos. Ya no tenía los tacones puestos. La llevé a la cama. Se acostó bocarriba. Se le subió el vestido y pude ver la lencería que traía puesta: una tanga transparente. Desnúdame, sugirió. Sólo te pido una cosa, continuó, háblame bajito, me excita mucho. Cerró los ojos. La desnudé lentamente. Estaba muy excitado. Un ronquido me volvió a la realidad. La tenía en la cama, desnuda y durmiendo. ¡Vale madre! ¡Despierta!, le dije en varias ocasiones, pero no reaccionó. Estaba encabronado. Agarré mi teléfono celular y le tomé fotos. Para algo me han de servir, pensé. Cogerla durmiendo sería como hacerlo con una muñeca inflable. Resignado deseché la idea y me fui al sillón que estaba en la pequeña sala. Cerré los ojos y me dormí. Cuando desperté, cinco horas después, ya no estaba Milena. Desesperado hablé a recepción. Me contó la recepcionista que Milena habló, no supe en qué momento, y dijo que la iban a ir a buscar y que pagaría el día completo de la Suite. Me acomodé en la cama, repasé las fotos de Milena y me masturbé. Me bañé y minutos más tarde dejé la Suite. Cada vez que la veía en la oficina, bajaba la mirada, avergonzada. Dos meses después me mandaron a otra sucursal, por órdenes expresas del dueño. Aún tengo sus fotos y, de cuando en cuando, fantaseo con ella.


miércoles, 28 de octubre de 2015

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 2



Desperté a las cinco de la mañana. Gerardo estaba dormido. Entré al baño, como era mi costumbre, primero me senté en el inodoro y luego a bañarme. Cuando me rociaba el sexo con el chorro de agua, de la regadera extensible, se me puso duro. Sin darme cuenta ya me estaba masturbando lentamente. Oí que intentaron abrir la puerta. Me quedé a medias y terminé de bañarme. Salí y entró Gerardo. Sus maletas ya estaban listas para el viaje de regreso. Me terminé de arreglar y lo esperé para ir a desayunar. Para el desayuno había huevos con jamón, enchiladas verdes y rojas. En la mesa de la esquina, había fruta picada,- melón, plátano, sandía y papaya-, dos jarras de leche; otras dos de jugo de naranja; una de café instantáneo. Pedí huevos con jamón, algo de fruta y jugo de naranja. Gerardo pidió enchiladas verdes y café. Estábamos por irnos a sentar cuando entró La diva sonriendo. Pidió huevos con jamón y jugo de naranja. Se sentó a mi lado. En el altavoz se escuchó: “La lancha llega en quince minutos. El personal del cambio de guardia, favor de ir al patio de maniobras”. Gerardo no terminó su desayuno y salió del comedor. Nos quedamos solitos, dijo La diva. Sonreí nervioso. Desde ese momento supe que lo iba a tener junto a mí los días restantes de mi guardia. Suspiré resignado. Me empezó a contar sus historias. Ahí supe que había tenido varios compañeros sexuales que sólo le sacaban dinero. Mi error, dijo, fue decirles a esos pendejos que trabajo en plataforma. Ellos saben que pagan muy bien, pero el encierro es una chinga. Le dio un sorbo al jugo de naranja. ¿Y tú qué tal?, preguntó con una sonrisa sensual. Verlo ahí, contando sus historias amorosas, me dio escalofríos al principio, luego me acostumbré. Para ese entonces, no había tenido una relación seria y estaba soltero y sin compromiso. Nada, le contesté, estoy soltero. Le brillaron los ojos al muy cabrón. Terminamos de desayunar y cada quién se fue a su camarote.

Cuando entré al camarote el sol se filtraba por la única ventana que había. Cerré la puerta y decidí que la litera de abajo sería mía-, sólo yo estaba en ese camarote. Me recosté un rato y cerré los ojos. A los cinco minutos, entré al baño, me cepillé los dientes y fui a la oficina. Encendí la laptop y continué revisando la bitácora y los cambios que debía realizar. A la media hora llegó el jefe con una taza de café en las manos. Se sentó y encendió el par de bocinas que tenía sobre su escritorio. Se empezó a escuchar salsa romántica. Esto sí es música, dijo satisfecho. A las once de la mañana, recibí una llamada. Era Francisco para reportarme un error del Sistema de Captura. Colgué y fui a verlo. Estaban comiendo botanas. ¡Llégale!, dijo Oscar. Agarré un puño y me acerqué al escritorio de Francisco. Me explicó los pasos que siguió y en qué momento le aparecía el error. Tomé nota y le dije que lo revisaría. Aprovechando el viaje, decidí recorrer, por mi cuenta, Ek Balam. Me empecé a perder por los diferentes pasillos que tenía. De cuando en cuando, me topaba con algún trabajador. Unos no hacían mucho caso a mi presencia; otros me miraban con ojos escrutadores, como preguntando: ¿qué chingados haces por aquí? Apartaba la mirada y seguía caminando. En uno de los pasillos, me encontré con gente durmiendo en el piso, usando las mochilas como almohadas. Pasé junto a ellos muy despacio, procurando no pisarlos, por lo estrecho del pasillo. Decidí que era suficiente y regresé a la oficina. El ritmo de la salsa había cambiado, era más movida. Decidí ponerme los audífonos y escuchar la música que tenía en la laptop.

A las dos de la tarde, fui al comedor. Cuando llegué, los capturistas ya estaban sentados comiendo. La diva mi hizo una seña con la mano para que fuera con ellos. Ese día hicieron pollo alcaparrado, pierna de cerdo envinada y ensalada rusa. Pedí el pollo alcaparrado. Me senté a lado de David. La conversación giraba en torno a las películas que estaba en cartelera en esos días. ¿A ti qué películas te laten?, preguntó Francisco. Las de suspenso, respondí. La plática divagó un rato y fue entonces cuando pregunté por esa gente que dormía en los pasillos. Esos trabajadores son de otras plataformas que vienen a dormir aquí, dijo, ya que igual dan servicio de dormitorios. Los que duermen en el piso no alcanzaron camarote y ya no había tampoco “camas calientes”. Me quedé sorprendido con ese término, pero no dije nada. Terminamos de comer y me fui al camarote a cepillarme los dientes. Regresé a la oficina a las tres de la tarde. Ya no había música. Me puse los audífonos y continué trabajando.

A las ocho de la noche, fui a cenar. No vi a ningún capturista. Me serví un poco de cereal, un par de hot cakes y un vaso con poca leche. Regresé al camarote. Abrí la puerta y la litera de abajo tenía una sábana alrededor, a manera de cortina. Me quedé sorprendido. Gerardo me había comentado que sólo yo estaría en el camarote y que me cuidara de no meter a gente extraña y hacer cochinadas. Cuando dijo “cochinadas” se empezó a carcajear. Cerré la puerta despacio. Fui a buscar el cepillo de dientes al locker. Le puse pasta e intenté abrir la puerta del baño. Estaba cerrada, así que dejé el cepillo en el locker y regresé a la oficina. Una hora después regresé ya dispuesto a dormir. Al abrir la puerta, estaba sentada, en la litera de abajo, una mujer, de cuerpo algo grueso, y a su lado estaba un hombre de barba, igual algo grueso. Estaban platicando casi en silencio, susurrando. Sólo estaba encendida una lámpara de lectura acondicionada a un costado del locker. Buenas noches, dije. Buenas noches, respondieron al unísono. El tipo se levantó. Luego seguimos platicando, dijo y salió. Hola, soy Carla, dijo con una sonrisa franca. Hola, dije extendiéndole la mano, soy Arquímedes. En ese momento me di cuenta que lleva puestos un short y una playera holgada. Hoy voy a dormir aquí, dijo sin vacilar. Espero no te moleste que haya ocupado la litera de abajo. No, para nada, respondí. Buenas noches, dijo antes en acostarse en la litera y bajar la sábana-cortina. Entré al baño, me cepillé los dientes y cambié de ropa. Al salir, subí a la litera a dormir o intentar hacerlo. Saber que había una mujer debajo de mí, me excitaba un poco. Intenté dormir, pero no pude. Leer un poco servirá, pensé y bajé por el libro de José Saramago. Leí unas diez páginas y cerré los ojos. En el duermevela, oí gemidos apagados. Iba a bajar para ver que sucedía, pero recordé que Carla estaba ahí. Su respiración se hizo más agitada y las literas se movían un tanto. Me moví y no se percató. Concentré mi atención en esos gemidos e imaginé al hombre barbudo sobre Carla, metiéndoselo a diestra y siniestra. Me excité al instante y empecé a masturbarme, cuidado el no hacer ruido, ni movimientos bruscos. La adrenalina estaba al cien. Oí un gemido ronco: el tipo había terminado. Segundo después, ahogué un gemido al eyacular y manchar mi ropa interior. Poco después, unos susurros se escucharon. Espero, dijo Carla aún recuperando el aliento, que no nos haya descubierto Arquímedes. No creo, dijo el barbudo, duerme como tronco. Lo entraño, continuó, es que dejó de roncar. No podía bajar a cambiarme de ropa, iba a ser muy obvio. Tenía que esperar a que se fuera el barbudo. La liviandad que ofrece la masturbación, y el cansancio, me vencieron y me dormí profundamente. No supe a qué hora salió el tipo barbudo del camarote.

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Noche melancólica



En el octavo día, me sentí tan solo. Miré por un par de horas el techo del camarote. Después de cenar y cepillarme los dientes, me tumbé en la litera de arriba. Por inercia agarré el libro de José Saramago. Empecé a leer. Dos párrafos después, dejé la lectura y me puse ver el techo inexplicablemente. Suspiraba largamente. 

Recordé a Ivana, con quien tuve mi primera relación sexual. Tenía diecisiete años en ese entonces; ella tenía veinticinco y trabajaba como mesera en un bar, fichando. Rodulfo, mi mejor amigo, me llevó ahí a tomar los tragos para festejar sus dieciocho años. Eran las diez de la noche cuando llegamos. Ivana se acercó a nuestra mesa. Era pelirroja y de piel blanca. Cuando sonreía se le marcaban los hoyuelos. Llevaba puesta una minifalda, un top ombliguero y zapatillas de punta de aguja. Se sentó en las piernas de Rodulfo. Empezó el “estira y afloje” para conseguir fichar. Rodulfo negó con la cabeza, no sin antes acariciarle las piernas torneadas y restregar sus narices en los pechos de tamaño medio. Sus ojos cafés oscuros me hipnotizaron. Pedimos un par Coronas. El mesero nos trajo un plato con papa en cuadritos y cilantro y calabaza frita. De pronto, me sorprendí buscando a Ivana. Estaba sentada en la piernas de un gordo de guayabera blanca de mangas largas-, al parecer funcionario de la Presidencia Municipal-, sonriendo y regalando caricias. Una hora después, sin razón aparente, regresó a la mesa. Me puedo sentar, me preguntó señalando una silla vacía. Sí, le respondí. Resopló con hastío.  Ya estoy algo cansada y harta de esos hijueputas políticos. Sólo quiere manosear sin pagar. Hola, dijo al darme un beso en la mejilla, soy Ivana. Arquímedes, dije respondiendo al beso. A él ya lo conozco, dijo con un ademán despectivo hacia Rodulfo. Levantó la mano y el mesero se acercó a ella. Tráeme una cuartita, Chucho, dijo, va por mi cuenta. Asintió con la cabeza y se fue. Me caíste bien, dijo acercándose más a mí. Hicimos química o algo así, dijo divertida. Vinieron luego más cervezas y ella contándonos sus aventuras con los clientes. Una vez, dijo, vino la esposa de un tal Cervera y me sacó a rastras del bar. No se fue limpia la vieja esa, continuó, le di buenos madrazos. Nos carcajeamos. En tres ocasiones fue el mesero a decirle que tenía que fichar y ella sólo decía: “estoy cansada y estoy pasándola bien con unos amigos”. Hicimos cuentas rápidas y decidimos pedir la cuenta. Sólo nos quedó para el taxi de regreso. ¿Ya se van?, preguntó Ivana haciendo pucheros. Se veía tan ridícula que nos empezamos a reír. Sí, respondí hipando. No te vayas, dijo agarrándome la mano, quédate un ratito más, ya casi salgo. Ya no tengo dinero, respondí sacando las bolsas de mi pantalón. No importa, arremetió, yo te invito. Rodulfo sólo se encogió de hombros incrédulamente. Me quedo entonces, dije y fui al baño. Al regresar ya no estaba Rodulfo e Ivana estaba hablando con el mesero en la barra. Cuando regresó, empezó a besarme y acariciarme el sexo. Casi me voy de espaldas por la euforia con que me acariciaba. Nos empezamos a reír.

A las tres y media encendieron las luces y apresuré a subirme el cierre del pantalón, ya que Ivana hábilmente había sacado mi sexo de entre las ropas. Es hora de irnos, dijo, ahora vuelvo. Se fue a la barra. Le entregaron un sobre y regresó por mí. Un taxi la esperaba en la parte trasera del bar. No subimos y empezaron las caricias de nuevo. El taxista, de cuando en cuando, nos veía por el espejo retrovisor. No supe a donde iba, ni presté atención a las calles por las que pasamos. Recuerdo que llegamos rápido al edificio donde ella tenía alquilado un departamento austero. Antes de bajarnos, le dio un billete al taxista. ¿Mañana a la misma hora?, preguntó dubitativo. Sí, respondió Ivana algo distraída. El departamento estaba en el primer piso. Al abrir la puerta, un aroma dulce nos golpeó de lleno en el rostro. Me gusta la aromaterapia, dijo antes de encender las luces. Era un lugar cálido y discreto. Había muchas plantas y ningún retrato. En las paredes había, colgadas, pinturas de paisajes. Quieres tomar algo, preguntó solícita. Negué con la cabeza. Esta es mi humilde depa, dijo despojándose de las zapatillas. Con los tacones se veía más alta que yo, pero al quitárselos ya no lo era tanto. Cuando tomó mi mano para irnos al cuarto, empecé a sentirme nervioso. Tragué saliva. Me ruboricé. Hubo un silencio incómodo. ¿Qué te pasa?, preguntó consternada. Bajé la mirada. Soy virgen, balbuceé. Creí que se cagaría de la risa y no fue así. No dijo nada. Me dio un beso en los labios y entramos al cuarto.

Lentamente empezó a desnudarme. Palmo a palmo exploraba cada centímetro de mi cuerpo. Por ella supe cuales eran mis zonas erógenas. Me tomó de las manos y me indicó, en silencio, qué hacer con ella. Mis manos, temblando un poco, empezaron a desnudarla cuidadosamente. Mis labios recorriendo los suyos. Las lenguas jugueteaban suavemente. Se recostó en la cama bocarriba. Me agarró de la cabeza y guió mi lengua hasta su sexo. El Monte Venus estaba algo frondoso y el clítoris era un delicado botón rosa. Lo lamí con algo de miedo. Insistió en que acelerara los movimientos de mi lengua. A partir de ahí, ella tomó el control en la cama. El cuarto se llenó de una sinfonía de jadeos y gemidos. Entraba y salía de ella una y otra vez. El sudor nos empapaba la piel, las sábanas. Lo hicimos tres veces. Nos quedamos dormidos, completamente exhaustos.

Cuando desperté ella ya no estaba en la casa. Había salido de compras con algunas de las chichas del bar, según decía el recado que dejó sobre el buró. Me vestí y me fui a mi casa. Eran fecha de exámenes en la escuela así que se me complicaba ir a verla al bar, además me gasté los ahorros aquella noche con Rodulfo. Cuando regresé para verla, me dijo el mesero que se había ido a Guadalajara porque falleció su mamá y posiblemente ya no regresaría a Mérida. Estuve deprimido una semana. Para desahogarme, intenté escribir. Era miércoles por la noche, estaba en mi cuarto y no podía dormir. Miraba el techo y la luna se filtraba entre las cortinas. Me paré, agarré lápiz y cuaderno y escribí:

Me siento nostálgico. Sí, así es. No por no verte, ni por no hablarte; es más la necesidad de acurrucarme en tu espalda, al compás de tu respiración pausada. Ayer vi una luna amarilla en el horizonte de un cielo bajo. Recordé tu piel desgajándose en mis manos. Sentí nostalgia. Me detuve a contemplar esa luna, que tibia se reflejaba en las aguas de un mar en calma. Hurgué en mi piel para retomar esas caricias que se quedaron a medias, que nacieron con un beso tuyo y se marchitaron con la distancia de tu piel. Quería atrapar, en una botella, esa pasión que me entregabas a manos llenas y volver a ti, mi mar de aguas mansas. La nostalgia duele cuando lejos de mí tú estás.

Cerré los ojos e intenté conciliar el sueño. Ivana, Ivana, repetía mentalmente. De nuevo, el cansancio me volvió vencer.