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viernes, 18 de noviembre de 2011

Sin pensar

Revolucionar las imágenes que dejaste en mi pecho: es lo que hago siempre. La serie de imágenes que se destapan en las fauces del recuerdo no son tenues, son vivas de un carmín enamorado, de ungüentos sutiles, de soles despiadados y lunas enardecidas por un eclipse sublingual. Recuerdo los matices sepias de tu sonrisa en mi cámara fotográfica, - la que siempre llevo cuando salgo de viaje-, esa que me acompaña siempre. Hoy volví a ver esa sonrisa en tu rostro, el sepia del recuerdo cuando acariciabas el umbral de mi hombría, cuando se esculpía el “te amo” en tu pubis y en el llanto.

¿Sabes? He coleccionado el color de tus ojos en la cámara fotográfica, en los efectos de luz automáticos que se descargan al pulsar el flash, en la funda roída que me regalara el abuelo Chucho y que fue herencia postergada de la tatarabuela Úrsula. Escribí algunas líneas en un papel, que igual está en la funda, que versa una canción que escuché en la radio carcomida de mi papá, - ¿recuerdas que se llama Luis? -, esa misma que me recuerda tus ojos llenos de silencio, de un amor ígneo, de los anhelos que tuvimos, del mar de emociones que latían en un corazón compartido, tantas cosas a la vez.

Ayer estuve a unos milímetros de gritar tu nombre en una asamblea de diseño fotográfico, se me estaba escapando de las manos cuando revisé en la cámara tu foto, - la de blanco y negro –, que me pareció que me guiñaba el ojo derecho. Se agolparon esas imágenes que intento revolucionar en un exposición fotográfica compartida, las únicas que están floreciendo en la lente de mi cámara, - recuerdo que serías mi modelo algún día, eso me dijiste sin vacilar -, mismas que dicen mucho de ti y poco de mí. Hay una en especial que titulé “Te amo sin pensar”; le puse ese nombre casi sin titubear, es un claroscuro de un vientre con 8 meses de gestación y agregué, digitalmente, mi propia mano, - fue todo un proceso para tomarme la foto de la mano, pero fue divertido. Dude en ponerle alguna inscripción, sería malograr el efecto que quería - recordarte.

No te pediré que asistas a la exposición porque en tu casa, - espero que aún vivas en la misma dirección -, te llegará un estudio que hice para regalarte; son las mismas fotos que se expondrán y algunas otras que sé te harán sonreír –, este escrito estará traspapelado con las fotos y los negativos del estudio. Dejaran en la verja un ramo de flores variopintas, de aromas tenues, dulces, y mi alma depositada en los aromas y en las minúsculas fibras de cada flor.

Hace frío ahora y sé que brilla un cálido sol en tus ojos. La cámara fotográfica está lista para acompañarme de nuevo y tu mirada igual.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Deshojarme pienso

Pienso en deshojar mis manos para darte una caricia tenue y evocar los inciensos de tu vientre, las ataduras del silencio en mi pecho cuando te amo, la inclemencia de la espalda cuando gime tus besos, la quietud del tiempo postrado en tus besos, el calor de la noche fría y caprichosa.

He decidido bañarte toda de aromas matutinos, vestirte de amores fecundos, calzarte con la seda del aliento de un sueño que tuve, peinarte con cepillos de nácar nívea, perfumarte con lirios, girasoles, alcatraces, jazmines y azucenas.

Pienso en deshojar mis pies descalzos para seguir tus pasos por el mundo, trazar la línea horizontal del despertar de tu lujuria, postrar en la arena una brisa tardía, lamer el pensamiento de tu lengua cuando besa mi recuerdo, añadir los soles desnutridos de tu partida, olisquear el pasado para hurgar en su memoria.

He comenzado a sudar tu nombre, desear tus pupilas en mis antojos, esperar los embates de tu pubis en mis ganas, morir al son de tus caricias póstumas, sollozar al intentar remarcar la pasión que aún en mi cuerpo existe.

Pienso en deshojar mis letras para escribirte desde lejos, decirte que me importas más de lo que crees, esconder cada aliento del pecho en un acento perdido, pintar de lunas las sílabas que guardo en el corazón de carbón del lápiz que casi ya no uso, deletrear tu nombre en las frases que de mi alma nacen, borrar los impedimentos que nos hacen no amarnos como antaño.

Pienso en deshojarme para darte mi todo y estar contigo de a poco, de a mucho, como gustes y prefieras, pero deshojado e impoluto, con el amor íntegro para ti.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Sin decir te amo

El cielo luce un plomizo gris desgastado, las hojas secas recorren los senderos sin dirección propia, esta mañana duele un poco, o será que mis hormonas están distraídas y mis senos los aconseja el girasol que corté ayer por la mañana – no lo sé. No sé qué pasó por mi mente anoche, estaba soñolienta buscando en los escondrijos del recuerdo algunas cosas para poder dormir. Ahí estaba latiendo una hoja de papel con más de mil palabras acomodadas de tal manera que parecían una lluvia tenue de soles matutinos. Empecé por decodificar cada frase y acomodarlas una a una en un recipiente impoluto y cristalino. Unas manos entraron a desdibujar una frase: ámame sin escribírmelo, sin decírmelo. En ese instante recordé sus ojos color café tenue, las manos grandes y labios pequeños. Adivinaba cada movimiento en sus pensamientos, era un libro abierto para mí.

Lo conocí en la biblioteca de la escuela, estábamos en el último año de la licenciatura en derecho laboral. Era algo retraído y silencioso - hasta eso me encantaba de él, era enigmático de alguna forma. Nos hicimos novios una tarde abril; nos fugamos, en la noche de graduación, a un motel – esa experiencia no la olvida mi piel, la lleva en su memoria -, y nos entregamos al todo por el todo. Fueron unos años maravillosos hasta que un día nuestros caminos se tuvieron que separar y algo de mí murió esa misma noche en que nos despedimos. Recuerdo el buró caoba que tenía un singular reloj-despertador que no dejaba de parpadear con sus números carmín; la lámpara que estaba apagada y se caía a la izquierda de la única ventana; el espejo que se sonrojaba con los ímpetus de nuestra entrega; el silencio de la madrugada al intentar acariciar nuestras almas en plena comunión. A veces sueño con esa noche y acabo rendida y algo melancólica, de cuando en cuando, unas lágrimas brotan sin querer – lo entraño demasiado.

Esta mañana es uno de esos días en que se multiplica ese amor en mí, me deja plena, inconsciente, rendida, perdida, temblorosa. Anoche musité en la vaguedad de las sábanas su nombre, el ardor de las caricias que tatuó en toda mi piel, los aromas de los gemidos que brotaron de su alma, la esquina inequívoca de su ancha espalda, el temblor de su cuerpo poseído por mis caricias. Le hice jurar que jamás me buscara, escribiera, hablara tan siquiera; lo tenía que sacar a como diera lugar de mi alma y mi piel - no hubiera podido vivir. No sé nada de él, de su vida, de sus amores, - si es que los tiene – de su familia, nada de nada.

Estoy contemplando ahora lo único que no se pudo llevar, y tampoco he podido olvidar: un boceto que ambos dibujamos en una pared de mi habitación. No he tenido el valor para borrarlo y creo que jamás lo haré; es la única parte que no se pinta cuando intento redecorar mi habitación.

El cielo luce un plomizo gris desgastado, las hojas secas recorren los senderos sin dirección propia, esta mañana duele un poco, la esperanza aún vive para que jamás olvide que lo amo sin decírselo. Recibe este gran te amo dónde quiera que estés; lo he susurrado quedamente para que el viento lo deposite en tu pecho que sé aún no me olvida, como yo no me he olvidado de ti y nuestro amor.

martes, 8 de noviembre de 2011

Recuerdos de un cuadro

Cuando el cuadro recuerda la inocencia de tu piel, un sinfín de anécdotas fluyen por su marco: la voz tersa de tu alma rozando el ápice de mi lujuria, con matices sepias y cielos impolutos, templados, cosidos con hilos de plata; el girasol de tu desnudez nadando en los sudores del gemido nítido de la almohada, con cavidades de floresta temprana, cosechando risas de incertidumbre, alcatraces con aroma a vino tinto, nubes bajas de gajos dulces; la incapacidad del tiempo de contener en sus minutos los besos saciados en tu boca, en mi pecho, en tu pubis, en mi alma.

No olvida la mirada: al despedirse las caricias de la alcoba, el buró sollozando una canción muda que marchita la flor sintética que ya no llora; la luz cansina que vertía su líquido resplandor al cenicero que musitaba una redondilla de amor; los brazos de la cama que abrazaban a ciegas el sudor que se secaba en los holanes de un suspiro aletargado y sumiso.

Cuando el cuadro recuerda, el silencio muerde las entrañas de tu esencia acaecido en el acero de la media noche, muriendo en los labios de mis ansias sobradas. El cuadro llora y el recuerdo vaga por su marco, indómito, insaciable, eterno, perdurable, a tientas tibio. El sol se oculta y nos espera para que el recuerdo lo enamore mucho más.