Logré quitar esa escena de mi mente para retomar la conquista. Dulce era algo tímida y no quería soltar prenda. Sabía que mis intenciones no eran nada más de “manita sudada” y creo que eso le daba miedo. No entendía por qué si ya no era virgen, según me contó Tristán. El “Roco” se la pasó por las armas hace un par de años, me dijo un día cuando salimos de la Casona rumbo al paradero de camiones. La tenía fácil, pero no se dejaba seducir. Me calentaba más al poner resistencia. Me acercaba a ella y me embriagaba el aroma a rosas que despedía su cuerpo. Su cabello recién lavado despedía un exquisito olor a fresas. Aromas que la patrona le regalaba de cuando en cuando para que oliera “bien”. Deja de molestarme – me decía casi entre risas y le pellizcaba débilmente la barbilla. Se arrebataba y me empujaba. En serio, ya deja de joderme – espetaba seriamente y yo hacía “pucheros” de perrito regañado y emitía unos estúpidos gemidos. ¡Hasta esas mamadas se deben hacer para coger! Ni pedo.
Al llegar a mi casa, después del regaño de mi padre por llegar tarde, me encerraba en el baño para masturbarme a salud de Dulce. No había día que no lo hiciera de esa manera. Me imaginaba el aroma de su sexo, la humedad, los gemidos, los jadeos y me masturbaba con más enjundia. ¡Salte del baño que tengo ganas de cagar! – gritaba mi padre cuando me tardaba más de quince minutos encerrado.
Cuando yo llegaba a la Casona a trabajar, ella ya había llegado y ya tenía puesto el uniforme que le hacía ponerse la patrona. Un vestido azul cielo y un delantal blanco, que la hacía ver algo “estirada”, “fufurúfa”, como salida de esas películas gringas de los millonarios en los “Yunait Esteits”. Me gustaba verla cuando limpiaba los jarrones, dizque, chinos y se inclinada para levantarlos, la parte trasera de sus muslos morenos brillaban y se veían macizos, sus pantorrillas torneadas. Un leve erección se producía en esos instantes y seguía con las tareas que me había asignado la patrona. ¡Se veía deliciosa!
Una noche la invité a bailar al Jardín Carta Clara; tocaría un rejuvenecido Chicken y sus Comandos, alternado con Los Aragón, pero más envejecidos. A este tipo de música le agarré el gusto por mi padre que llevaba a la casa “casets” de ellos y los ponía en su radio-grabadora portátil. Mi abuelita Isolina decía que gracias a ella aprendí a bailar, pero el ritmo ya lo traía de nacimiento. Nos contaba mi tía Neldy que su bisabuelo era cubano, pero no lo sé, y de ahí que se me hiciera fácil eso de la bailada, supongo. La gente estaba llegando y se estaba atiborrando en la entrada. Te veo en la entrada – acordó conmigo el día anterior. Me puse vaselina en todo el cabello, que hasta brillaba; un pantalón negro y una camisa blanca de mangas larga; todo un pachucho, como me dijo mi madre al salir de la casa esa noche. Dulce estaba enfundada con un vestido negro de tirantes y unas zapatillas de tacón bajo, igual negros. Sólo un poco de rubor acariciaban sus mejillas y un seductor carmín sus labios. Al ritmo de “La Vaca Vieja”, de Los Aragón, la ceñí a mi cuerpo y su aroma viajó por todo mi cuerpo. Su cintura tan bien formada, su aliento cálido, sus ojos negros, me enloquecían hasta hacerme sudar las manos. Cuando tocó el turno a Chicken las cosas se movieron más. “La Cumbia Candelosa” me hizo darle giros y más giros. El sudor ya empapa toda mi camisa. Tuve que detener el ritmo e ir por dos cuartitas para mitigar el calor. Terminó el baile y la tenía que llevar hasta su casa. Vivía a espaldas de la T1, así que nos fuimos caminando hasta su casa. En la puerta nos espera Alberto, su padrastro. Me dirigió una mirada que casi me fríe. Nos vemos el lunes – murmuró agitando la mano derecha en señal de saludo-despedida. Casi ya la tenía en la bolsa, faltaba poco. ¡Qué bien se movía la cabrona!
El lunes siguiente me estaba esperando en paradero de camiones. No había entrado aún a la Casona. Quiero recompensarte por el baile – me dijo seductoramente, al tiempo que guiñaba el ojo derecho. Me tomó de la mano y nos enfilamos a la Casona. Antes de entrar me dio un sorpresivo beso en los labios. Quedé todo apendejado e inmóvil. Te espero en diez minutos en el cuarto de servicio – dijo tocándome el sexo que estaba lánguido. Reaccioné cuando la vi alejarse. ¡Chinga! ¡Qué madre voy a hacer ahora! – dije agarrándome la cabeza con las dos manos. Como niño de escuela que va a un examen me dirigí al cuarto de servicio. Ella ya tenía experiencia y yo no. Puedo con eso y con más – pensé para darme valor. Esperaba que todas las cosas que me dijo Tristán me sirvieran para salir libre de esto. Al entrar, ella estaba tumbada, desnuda, en la cama individual. Tragué saliva con dificultad. Se veía ardiente. Senos pequeños, pubis menudo, torneadas piernas, vientre plano. Desnúdate despacito, papi – me dijo casi gimiendo. Hice lo que me indicó. Mi pene estaba inerte. ¡Coño, por qué ahora! Es el frío, pensé, pero era más el miedo. Me ordenó que me acercara lento para despertar a ese muñequito que aún dormía. Se sentó en un lado de la cama y con su mano derecha agarró mi “muñequito”, se inclinó y lo lamió con delicadeza. A la cuarta lamida, lo metió a su boca y empecé a eyacular. Sólo escuché la mentadas de madre que daba Dulce y las arcadas intentando vomitar. Con un ¡Chinga tu madre puto! Me ordenó que saliera. De la pena me fui de la Casona y no regresé a trabajar ahí. Tristán me contó, al día siguiente, que Dulce estaba toda encabronada y que no quería verme, ni en pintura. ¡Maldita eyaculación precoz! Ya probé todos los métodos para ella y nada me funciona. Tengo cuarenta años y sigo con el mismo puto problema. ¿Una chupadita, joven? – me pregunta una puta del Venadito. ¡Chinga tu madre!