Dejé el saco en el buró. Encendí un habano y le di una larga
calada. Ingrid se había ido por la mañana. Era la tercera vez que venía para darme
un “Servicio Ejecutivo”. Mi escort favorita.
Juré cambiar esa manía de comprar placer, pero perro viejo no aprende trucos
nuevos. El humo del habano me fastidió pronto. Suspiré desanimado y agarré el
cuaderno de anotaciones que tenía guardado en el cajón del buró. Una pequeña
lista estaba tachada, a excepción de dos líneas, las finales: “Dejar los
habanos” y “Olvidarse de morir”. De pronto un absceso de tos sobrevino. Respiraba
con dificultad y la cabeza me retumbaba. Los ojos casi se salen de sus cuencas
y el corazón de mi pecho. Salpiqué las sábanas con sangre. ¡Maldita sea! La
línea tachada “Tener sexo frenético” igual se manchó con la sangre. La
enfermera entró agitada y temblando. Los ojos se le abrieron como platos cuando
vio el desastre. Lo tienen que llevar al hospital, dijo con lástima y congoja. Moví
la cabeza de un lado a otro en señal de negación. Ingrid, balbuceé. Nada de
eso, sentenció la enfermera limpiándome la boca. La vi lleno de ira. ¡Quiero
morir cogiendo! Grité encolerizado y con lágrimas en los ojos. La enfermera se
llevó las manos a la boca reprimiendo el llanto. Trastabillando fue al teléfono
que estaba sobre el buró. Marcó titubeando. Me senté en la orilla de la cama y
me quité la camisa. En media hora llega, dijo la enfermera quedamente, muy
dolida. Salió en silencio y a los dos minutos entró la mucama para cambiar las
sábanas, encender velas aromáticas y cambiar el tanque de oxígeno. Miré el
reloj y encendí otro habano.
Datos personales
viernes, 5 de septiembre de 2014
jueves, 5 de junio de 2014
Negocio extático
Susy era voluptuosa.
Sus pechos eran enormes, sus nalgas ni qué decir. Tenía esa pasión sujeta a su
piel. La vi por primera vez en unas oficinas del Gobierno de Palenque, Chiapas.
El ingeniero Isaías Bermúdez me llevó para concretar un negocio con el
Licenciado Pedro Huerta, Gerente de Turismo y Cultura: la construcción de una
sala de proyecciones en tercera dimensión. Era muy ambicioso el proyecto, pero Bermúdez
y Huerta se llevarían una buena lana del negocio. Se debe gastar el presupuesto
a como dé lugar, dijo Huerta secándose el sudor de la frente. El Gobierno
Federal me está jodiendo para que se haga alguna obra importante. No te
preocupes Huerta, dijo Bermúdez dándole una palmada en la espalda, lo gastamos
porque lo gastamos. Se estrecharon las manos y entramos al privado de Huerta.
Susy estaba sentada de espaldas. Tenía el cabello ondulado y largo. La blusa
negra que llevaba puesta me daba calor. Quieren algo, dijo Huerta sentado en su
imponente silla ejecutiva de cuero, con confianza. Bermúdez pidió una Coca-Cola Light y yo pedí una Coca-Cola normal. Levantó el teléfono y
pidió las bebidas. En menos de diez minutos entró Susy con las dos Cocas y un Whisky en las rocas. Su escote pronunciado me excitó de inmediato.
Aquí tiene, me dijo extendiendo la mano. Olía delicioso: perfume 360° de Perry Ellis. Sentí una erección que me
jalaba los pelos y me dolía un poco, me incomodaba. Tuve que acomodarme en la
silla, ajustándome el pantalón, para evitar que se siguieran jalando mis pelos.
Gracias, dije visiblemente sonrojado. Qué te pasa Chablé, dijo Bermúdez, pareces
un chiquito que acaba de ver a una mujer buenota por primera vez. Las
carcajadas resonaron en la oficina y más me sonrojé. Luego te la jalas, dijo
Bermúdez sarcásticamente, ahora venimos a trabajar. Susy salió aguantándose la
risa.
Estuvimos
hablando con Huerta casi dos horas. Susy nos llevó un plato con galletas. Se
inclinó en el escritorio de Huerta y vi sus nalgas bien formadas y duras. No
quería hacer el ridículo de nuevo, así
que dejé de verle las nalgas. Antes de salir me volteó a ver y me sonrió
burlonamente. Piche vieja calientahuevos. Debemos ajustar los números, dije,
están algo elevados. Elevados, mis huevos, dijo Huerta encabronado, es mejor
que no le muevas nada. Bermúdez me hizo una seña para que dejara de hablar, él
se ocuparía de la reunión de ahora en adelante. No te encabrones Huerta, todo
se puede ajustar cómo quieras. Enseguida me ordenó que saliera del privado.
Obedecí de inmediato. Susy no estaba en su lugar. Quería preguntarle por los
baños. Empecé a buscarlos por todo el edificio. Los encontré a un costado de la
entrada. Al salir del baño me dieron ganas de fumar. Todo el edificio era libre
humo de cigarro. Me fui a un pequeño jardín que estaba a un costado de la
entrada. Ahí estaba Susy fumándose un Marlboro
mentolado. Me acerqué a ella para pedirle fuego. Tienes encendedor, pregunté, o
cerillos, los míos los dejé en el carro. Me señaló un encendedor que estaba al
lado de ella. Saqué mis Alas Extra y encendí
uno. Susy no pudo evitar reírse de mis cigarros. Me gustan fuertes, dije con
aires de chingón, sentir el sabor del tabaco. Aspiré profundo. No chingues,
dijo Susy, son para jodidos esos cigarros. Me valió madre el comentario. Me
senté a su lado. Me llamo Eduardo, dije, vengo de Mérida. Me llamo Susy, respondió,
yo soy de Campeche. Nos estrechamos las manos sutilmente. Su perfume me estaba
perturbando, me excitaba demasiado. Me comentó que ya llevaba cinco años
trabajando ahí y que era divorciada. Tenía dos hijos que vivían en Campeche con
su abuela. Mi mamá me ve a los niños, dijo, no los puede traer aquí. Empezó a
fumar después de que la dejaron por su marido. Ese hijueputa me dejó por un
puto, dijo, ya ni la chinga. No sabía si compadecerme o alegrarme. Qué
desperdicio de vieja. Terminamos de fumar y regresamos a la oficina. Me senté a
un lado del privado de Huerta. Revisaba mi teléfono para no fastidiarme. Susy seguía
frente a su computadora.
Luego
de unos treinta minutos de espera salieron Huerta y Bermúdez del privado. Así
quedamos, dijo Huerta, nos vemos la próxima semana. Le di la mano y salimos del
edificio. Ya tenemos amarrado el negocio Eduardo, dijo Bermúdez satisfecho, ya
la hicimos cabrón. La comida de hoy va por mi cuenta. Nos subimos al Bora blanco de Bermúdez y salimos rumbo
a Mérida. Hicimos una parada en Campeche para comer. Fuimos a Morgan de Avenida Universidad. Bermúdez
pidió filete empanizado y yo un filete relleno de mariscos. Me traes una sol,
dijo Bermúdez, y unos limones. El mesero anotó y me volteó a ver. A mí me traes
una Lager, dije, bien helada. Se retiró el mesero y Bermúdez empezó a hacer
números. Si ajustamos los costos podemos ganar un chingo de lana Eduardo, dijo
comiendo un pedazo de tostada, nos podemos dar vida de reyes. Agarré una
tostada de la pequeña canasta de plástico y le puse un poco de chile habanero picado,
asado, sazonado con sal y limón. Pero debemos tener cuidado con Huerta, dije,
nos puede joder ese puto. Si se pone difícil lo llevamos con las putas y ya,
dijo Bermúdez. El calor estaba que rajaba piedras. Nos tomamos a cinco cervezas
cada uno. El mesero trajo la cuenta. Bermúdez sacó su tarjeta de crédito Mastercard de Banamex. Un tecladista ya
empezaba a tocar. Las notas de una cumbia llenaba de fiesta el ambiente. Recordé
a Susy en su entallado pantalón y su escote pronunciado. Estaba buena la secre,
dijo Bermúdez, no le quitabas los ojos de encima. La verdad estaba que se caía
de buena la vieja, dije, para dos o tres palos, sin zacate. Empezamos a reír
como unos pendejos. Llegó el mesero con el Boucher
y se lo entregó a Bermúdez. Firmó y dejó cien pesos de propina. Estaba de
dadivoso Bermúdez. No era para menos.
Al
llegar a mi casa, por la noche, mi esposa y mis hijos ya dormían. Entré al baño
y bajo el chorro de agua se masturbé pensando en Susy y su perfume que me
excitó tanto. La imaginé lamiéndome la verga, apretándola con fuerza. Una rusa,
pensé, estaría de poca madre. Instantes después eyaculaba satisfecho. Terminé
de bañarme y me acosté en la hamaca junto a mi esposa. Um, balbuceó con molestia.
A la mañana siguiente fui a la oficina para terminar de ajustar el presupuesto
de la sala de proyecciones en tercera dimensión. Ya hice los ajustes para que
veas, dije, para ya mandárselo a Huerta. Bermúdez sólo se limitó a decirme que
luego lo checaría. Es tu pedo y no el mío, pensé y regresé a mi escritorio.
Finalmente, un miércoles por la tarde, Bermúdez le envió, por correo
electrónico, el presupuesto a Huerta. Me llamó a su oficina. El viernes te vas
a Palenque y esperas a que Huerta te de una respuesta. No puedo ir, continuó, tengo
otros negocios en Cancún que necesito atender cuanto antes. Asentí con la
cabeza y salí de su oficina. Voy a ver de nuevo a Susy, pensé y me agarré la verga.
Llegué
a las diez de la mañana a la oficina de Huerta. Susy tenía puesta una blusa
blanca transparente y un pantalón de mezclilla negro. La blusa dejaba ver su sostén
de encaje floreado. Se veía re-buena. Suspiré. El licenciado Huerta no está,
dijo, llega hasta la una de la tarde. Puta madre. Tendría que esperarlo y me
fastidiaría. No podía moverme de ahí. No vayas a ningún lado, me dijo Bermúdez
como sentencia, tienes que esperarlo hasta que llegue. Resignado salí a fumar
al pequeño jardín de la entrada. Estaba revisando los mensajes de mi teléfono
celular cuando apareció Susy por el jardín. Invítame a uno de esos, dijo,
quiero probarlos. Saqué la cajetilla arrugada y le di un cigarro. Lo puso en su
boca y se lo encendí de inmediato. Aspiró profundo. Está fuerte, dijo, pero
está bueno. Sonreí victorioso. Qué harás mientras llega mi jefe, dijo, no hay
nada en qué entretenerse aquí. Sacaba el humo por su boca sensualmente. Pues,
pellizcármela, dije, sólo eso puedo hacer. Me dijo mi jefe que debía esperarlo.
Vente, dijo. El di un último toque al cigarro y la seguí. Me llevó al privado
de Huerta. Qué hay aquí para entretenerse, pregunté. No dijo nada. Jaló las
cortinas y encendió las luces. En un cajón del escritorio de Huerta había una
botella de Vodka, otra de agua mineral, servilletas y unos vasos desechables.
Esto lo guarda el cabrón para sus pequeñas fiestas privadas, dijo, cuando se
queda hasta tarde en la oficina. Sirvió dos tragos. No hay hielo, dijo, así que
salud. Me supo a gloria ese Vodka
caliente. Te gusta verme, preguntó provocativamente. Casi me atraganto con el
trago. No seas maricón, dime la verdad. La verdad, sí, respondí, me gusta
verte. Se quitó la blusa lentamente. Una erección empezó a gestarse debajo de
mi trusa. ¿Te gustan éstas? Preguntó moviendo deliciosamente sus pechos
enormes. Asentí con la cabeza, todo apendejado. Se quitó el sostén. Faltó poco
para que eyaculara en mi trusa. Qué esperas, insinuó, son tuyas, hazles lo que
se te antoje. Me abalancé a sus pechos. Lamí, acaricié, mordisqueé, apreté.
Manos y lenguas me faltaban. Se quitó el pantalón de mezclilla. Traía puesto un
hilo dental transparente. Tenía afeitado el pubis. Se sentó sobre el escritorio
de Huerta y abrió las piernas. El panorama estaba lleno de deseo. El aroma de
su sexo era delirante. Hice a un lado el hilo dental y los lengüetazos subían y
bajaban. Empezó a gemir suavemente. Me desnudé. Sentía la verga a punto de
reventar. La penetré con furia. Los gemidos subieron de tono. Después de un
rato, le quité el hilo dental y le dije que se volteara. Sus nalgas estaban de
lujo, grandes y firmes. Por ahí no, dijo, quiero poder sentarme mañana. Le
penetré de nuevo el sexo. Me asía a sus caderas y de cuando en cuando la
nalgueaba. Ya no aguanté más. Me chorreé en sus nalgas. Mi cuerpo estaba todo
sudado. Qué rico coges, susurró, eres muy cachondo. Con unas servilletas le
limpié las nalgas. Nos vestimos y terminamos de tomar los dos tragos de Vodka
que estaban a medias. Corrió de nuevo las cortinas y apagó las luces.
Al
salir del privado de Huerta nos quedamos en silencio. Regresó a su escritorio
como si nada hubiera pasado. Mientras recuperaba totalmente el aliento, y las
fuerzas de las piernas, revisé los mensajes de texto de mi teléfono celular.
Huerta se apareció hasta las dos de la tarde. Me estaba quebrando de hambre. Se
me hizo tarde, Chablé, dijo Huerta todo agitado. Entramos al privado y antes de
cerrar la puerta apareció Susy. Ya me voy licenciado, ya es tarde, dijo, trabajar
me dio mucha hambre. Nos vemos hasta el lunes, si Dios quiere. Me guiñó el ojo
derecho antes de cerrar la puerta. Qué te traes con mi secretaria, preguntó
Huerta aguantándose la risa, es un culo la vieja. Nada, respondí haciéndome
pendejo. Tengo malas noticias, Chablé, dijo Huerta con voz seria, el proyecto
me lo atoraron en México. Puta madre, ya nos chingamos, pensé. El presidente
dio órdenes para que el excedente se lo demos al pueblo. Se acercan las
elecciones y debemos comprar votos. Bermúdez se iba a infartar con la noticia. Sólo
me autorizaron ampliar unas oficinas de la zona arqueológica, continuó Huerta,
así que dile a Bermúdez que se nos cayó el negocio. Será para la próxima, dije,
ojalá y siga al frente el próximo sexenio. Ojalá, Chablé, ojalá, finalizó
Huerta. Nos estrechamos las manos y salí del privado. Rumbo a la salida,
musitaba mentadas de madres y todo tipo de groserías que se me ocurrían en esos
momentos. Bermúdez me valía madre. El lunes le daría la noticia y se lamentaría
todo el puto día y me haría devolverle parte del dinero de la comida en Morgan. Lo que más me encabronó fue el
hecho de que ya no tendría pretexto para ir a Palenque y coger con Susy. Me
conformaría con fantasear con ella cada vez que cogiera con mi esposa. Al
menos, en nuestro aniversario de bodas, que ya estaba próximo, le regalaría el
perfume 360° de Perry Ellis.
jueves, 15 de mayo de 2014
Poema último
Conocí sus manos y sus amores. Me
recitaba todos los días el mismo poema de Neruda y se desnudaba lentamente para
cambiarse de ropa frente a mí. Cogíamos de vez en cuando; por los amores rotos,
decía. Solía visitarla los fines de mes, después de salir de la oficina.
Compraba un ramo de flores en el mercado Lucas de Gálvez y, a veces, algunos
panes dulces de la panadería La Vieja e iba a verla al cuartucho que alquilaba.
En ocasiones cuando llegaba se estaba bañando y la acompañaba bajo el chorro de
agua.
Poco a poco me contó su historia: sus
padres la habían vendido como sirvienta a Justino, un ranchero de Tizimín. Don
Justino la tuvo en su casa poco tiempo; prefirió ponerle una casa y tenerla
como querida. Me compraba ropa, joyas, zapatos, maquillaje, de todo, me contó,
pero tenía que coger con él y me daba asco el vejete ese. Se cansó de Justino y
se escapó. Llegó a Mérida con quinientos pesos en la cartera. Al llegar no
conocía a nadie y por lo guapa, y buena que estaba, se le acercó un tipo y
empezó a platicar con ella. En un par de horas la convenció para que fueran a
una fiesta. Ahí consumió de todo un poco: alcohol, mariguana y cocaína. Estando
toda drogada se la cogieron los invitados. Despertó con una resaca muy fuerte.
Me dolía hasta el culo, me dijo, no podía ni sentarme, ni cagar. Así estuve un
par de días. Al tercer día, el tipo, sin más, le puso una madriza y le dijo que
era su puta y que trabajaría para él. Si te pasas de lista te mato pendeja, la
amenazó. Así empezó con su carrera de puta. No le hacían falta clientes, era la
sensación, todos querían cogérsela.
Cuando la conocí ya estaba algo
perjudicada. De los encantos sólo quedaban los ojos color miel. Todo lo demás
ya estaba deformándose por la edad y los constantes desenfrenos con las drogas.
Aún así, cogía riquísimo. El primer encuentro sexual que tuvimos fue algo
rápido: apúrate papi que tengo otros clientes esperándome, me dijo, los
condones están en el cajón, a lado de la cama. Llamó mi atención un libro que
tenía en el cajón. Le quise preguntar pero estaba moviéndose frenéticamente y
me bañaba con sus jugos, era delirante. Con razón te buscan los hombres, dije,
lo sabes mover muy rico y tus jugos son deliciosos. Terminé y se bajó fatigada.
Te veo el próximo mes, dije, a la misma hora. Se empezó a carcajear. No me
creyó. Al mes siguiente estaba de nueva cuenta con ella. Así pasaron los meses
hasta que me atreví a preguntar por el libro. Es un regalo que me hizo un
compadre de Justino y me encariñé con un poema, dijo, me hace sentir hermosa.
Te lo voy a leer. Lo leyó delicadamente, al tiempo que movía las manos haciendo
ademanes declamatorios. Mejor cojamos, no me gusta estar de romanticona. Esa
noche prometió que me lo leería cada vez que estuviéramos juntos, era una forma
de agradecer mis atenciones y perseverancia: el mejor cliente frecuente.
De pronto dejó de cobrarme las cogidas y
por mi parte sólo iba a platicar con ella. Realmente cogíamos cuando nos
apetecía. Para las épocas de calor, la llevaba a dar la vuelta a las playas de Progreso.
Nos divertíamos mucho. Vente, vamos a lo hondo, dijo mordiéndose los labios,
quiero que me lo metas. Saber que nos veían la excitaba mucho. Me voy a venir,
dijo gimiendo, te amo. No dije absolutamente nada. Me dio un beso en la frente
y se zambulló con dirección a la orilla. En la oficina no dejaba de darme
vueltas lo que dijo: te amo. Son pendejadas, lo dijo al calor del momento,
pensé una y otra vez. No toqué el tema y jamás volvió a decírmelo.
Los días de su cumpleaños la iba a ver.
La felicitaba y le daba un pequeño presente diferente cada vez: ora un peluche,
ora unas flores. En un cumpleaños me mostró un tatuaje que se hizo debajo de su
seno izquierdo: atilep pawumañoc. Qué significa, le pregunté todo extrañado. Lo
vi en un pedazo de servilleta que dejó un cliente en el cajón de los condones.
Estaban escritas esas palabras y luego decía te amo, así que creo que eso
significa, respondió con un sonrisa ingenua.
Un domingo en la mañana fui a verla para
invitarla a desayunar cochinita pibil en el mercado Lucas de Gálvez. Toqué la
puerta y no abrió. Le grité para que abriera y tampoco lo hizo. Por el
escándalo, una vecina se acercó y me dijo que en la madrugada llegó una
ambulancia y se la llevaron a la Cruz Roja. Dicen por ahí que tuvo un
sobredosis, joven, me dijo, mejor vaya a la Cruz Roja, ahí debe estar. Me fui
como alma que lleva el diablo hasta la Cruz Roja. Le pregunté a una señorita
que estaba de guardia. Le di santo y seña de Briana. Trajeron a una mujer como
usted la describe, dijo, lamento decirle que falleció unas horas después de
haber llegado. Me confirmaron el diagnóstico: sobredosis con estupefacientes.
Me hicieron esperar treinta y seis horas
antes de entregarme el cuerpo para darle cristiana sepultura. Mientras la
enterraban en el panteón Florido recitaba, con melancolía, el poema de Neruda.
martes, 13 de mayo de 2014
El de siempre
Si bien dije que no iba a llorar, pero lo hice. Eloísa se desenfundó el vestido de coctel que llevaba puesto. No quería verla desnuda esa noche. Con maestría se soltó el brasier con una mano y lentamente se quitó la tanga, ambos de color negro. No te pongas cursi ahora Juan, deja esas pendejadas para otro momento, dijo acercando su desnudes, mejor hazme gozar. Estuvimos en un ir y venir de jugos y sudores hasta el amanecer. ¿No veremos luego? Pregunté trémulamente. Sólo guiñó el ojo derecho y me dio un beso en la frente. No quiero hablar de esas cosas ahora, deja que respire este delicioso aroma a sexo, me encanta, dijo y suspiro profundamente. Me mordió los labios y se marchó. Por la tarde salía su vuelo a Miami, en donde se encontraría con su prometido. Dejaría la oficina para dedicarse en “cuerpo y alma” a su nueva vida, así me lo decía de cuando en cuando. Llevamos más de cinco años de relación y no cambiará nada, me decía cuando tenía sus arranques de celos, no dejarás a la pendeja de tu esposa, insípida de mierda. Me enculé como un pendejo. Tenía esa manera de entregarse que me excitaba mucho, lo gozábamos deliciosamente cada vez que cogíamos. Sabía que me excitaba la lencería fina y se compraba modelitos muy sexys; aún conservo fotos de ella en lencería. A veces me encierro en el baño a masturbarme mirándolas.
Mi vida sexual empezó a girar entre películas pornográficas y masturbaciones matutinas. Sólo cogía con mi esposa para ser “el de siempre”. Un año después de la partida de Eloísa renuncié al trabajo y me fui a vender mariscos a Progreso. Siempre quise vivir en el puerto, amanecer con el rumor de las olas. Mi esposa me ayudó con la idea, cosa que le agradezco mucho. Un domingo de agosto vibró el teléfono celular. Mariscos Jade, en qué puedo servirle, dije con tono servicial. ¿Eres Juan Peraza? Preguntó la voz. Le respondí que si y empezó a insultarme a diestra y siniestra. Le colgué al pendejo. Un par de horas después entró a la marisquería el prometido de Eloísa, su ahora marido. Le preguntó a un mesero por mí y me señaló con el dedo. Estaba detrás del mostrador cuando se me acercó y me dio un madrazo en la cara. Caí de espaldas y enseguida los meseros agarraron al esposo de Eloísa. Me reincorporé con mucha dificultad. Sangraba mi boca. Le puse una madriza que no olvidaría por mucho tiempo. Los meseros lo sacaron a rastras y lo dejaron a media cuadra. Y a este hijueputa que le pasa, le dije a uno de los meseros. No le di importancia.
Quince días después me llegó un citatorio del Juzgado de lo Familiar para que me hiciera una prueba de ADN. Qué significa esto Juan, dijo mi esposa con ojos de furia, a quién puta te cogiste. No dije absolutamente nada. A los tres días me hicieron la prueba y realizaron el careo con el querellante: el esposo de Eloísa. El juez cotejó los análisis y asintió con la cabeza. Acto seguido, el juez dictó sentencia: De acuerdo a las indagatorias y los análisis presentados por ambas partes, se otorga la custodia de la niña Carmen Eloísa Bastarrachea Fernández a su padre biológico Juan Efraín Peraza Castellanos. Mi esposa no podía creerlo, se puso a llorar del coraje. Con una sonrisa estúpida se vanaglorió el esposo de Eloísa. Tragué saliva y me resigné a esperar lo peor, que estaba a punto de iniciar.
La trabajadora social me entregó a Carmen. Una hermosa niña de diez meses. Tiene los mismos ojos que Eloísa. Los hoyuelos los heredó de mí. Chinga tu puta madre, dijo mi esposa al tiempo que me daba una bofetada. La trabajadora social no pudo evitar sonreír. Me quedé por unos instantes petrificado sin saber qué hacer. Al reaccionar llevé a Carmen a casa de mis padres. Les conté la historia con Eloísa, cosa que no les cayó mucho en gracias, pero tenían a una nueva nieta. Ese mismo día, en la noche, mi esposa llevó toda mi ropa a casa de mis padres. No te quiero volver a ver en mi vida, pediré el divorcio, dijo llorando, jamás te perdonaré. Dos meses después me llegó el citatorio para el divorcio. Se dividieron los bienes y la custodia de mis otros dos hijos se le quedó a mi ex-esposa. Tuve que llegar a un arreglo con la marisquería: me comprometí a pagarle a mi ex-esposa la mitad del costo en un lapso de tres años.
Una vez pasada la tempestad empecé a cavilar sobre cómo pudo embarazarse Eloísa. No tenía sentido nada. Busqué a la madre de Eloísa para que me aclarara todas mis dudas y de camino llevarle a Carmen. Me contó que después de dos meses de matrimonio no se podía embarazar. El esposo estaba molesto y la insultaba constantemente. El problema no era que ella no pudiera embarazarse, sino que el marido tenía un conteo bajo de esperma. Eloísa recurrió a la inseminación artificial a escondidas de su esposo. Ya no recordaba que en alguna ocasión una pareja de lesbianas, amigas de ambos, fueron a pedirme el favor para que fuera donador para que pudiera tener un hijo; acepté con una condición: no quiero saber nada del bebé. Esa donación no fue para ellas, sino para Eloísa, que vino ex profeso a México para que fuera inseminada. El esposo casi se la cree, pero quería cerciorarse de que efectivamente fuera hija suya. Sin salida, Eloísa le contó lo de la inseminación y casi la mata a golpes. En venganza el esposo decidió entregarme a Carme y dejar cautiva a Eloísa en su “palacio” de Miami. No te había dicho nada, hijo, porque ese maldito nos amenazó con matar a Eloísa y a la niña, es un loco, me dijo la madre de Eloísa, tememos por la vida de Eloísa. Se me hizo un nudo en la garganta. Bien me pudo haber matado en la marisquería si hubiese querido. Tiene una puta mente retorcida el cabrón.
Después de un año, compré una casa pequeña en Progreso y me fui a vivir con Carmen ahí. Ya no soy el de siempre. La marisquería nos da para medio vivir, sin grandes lujos. Cada que puedo le cuento sobre Eloísa para que no se olvide de ella. Ya estoy aprendiendo a hablar en inglés y acepto dólares en la marisquería. Pronto aceptaré tarjetas de crédito. Carmen está iniciando la escuela primaria. No he vuelto a saber nada de Eloísa y aún me masturbo viendo sus fotos.
Mi vida sexual empezó a girar entre películas pornográficas y masturbaciones matutinas. Sólo cogía con mi esposa para ser “el de siempre”. Un año después de la partida de Eloísa renuncié al trabajo y me fui a vender mariscos a Progreso. Siempre quise vivir en el puerto, amanecer con el rumor de las olas. Mi esposa me ayudó con la idea, cosa que le agradezco mucho. Un domingo de agosto vibró el teléfono celular. Mariscos Jade, en qué puedo servirle, dije con tono servicial. ¿Eres Juan Peraza? Preguntó la voz. Le respondí que si y empezó a insultarme a diestra y siniestra. Le colgué al pendejo. Un par de horas después entró a la marisquería el prometido de Eloísa, su ahora marido. Le preguntó a un mesero por mí y me señaló con el dedo. Estaba detrás del mostrador cuando se me acercó y me dio un madrazo en la cara. Caí de espaldas y enseguida los meseros agarraron al esposo de Eloísa. Me reincorporé con mucha dificultad. Sangraba mi boca. Le puse una madriza que no olvidaría por mucho tiempo. Los meseros lo sacaron a rastras y lo dejaron a media cuadra. Y a este hijueputa que le pasa, le dije a uno de los meseros. No le di importancia.
Quince días después me llegó un citatorio del Juzgado de lo Familiar para que me hiciera una prueba de ADN. Qué significa esto Juan, dijo mi esposa con ojos de furia, a quién puta te cogiste. No dije absolutamente nada. A los tres días me hicieron la prueba y realizaron el careo con el querellante: el esposo de Eloísa. El juez cotejó los análisis y asintió con la cabeza. Acto seguido, el juez dictó sentencia: De acuerdo a las indagatorias y los análisis presentados por ambas partes, se otorga la custodia de la niña Carmen Eloísa Bastarrachea Fernández a su padre biológico Juan Efraín Peraza Castellanos. Mi esposa no podía creerlo, se puso a llorar del coraje. Con una sonrisa estúpida se vanaglorió el esposo de Eloísa. Tragué saliva y me resigné a esperar lo peor, que estaba a punto de iniciar.
La trabajadora social me entregó a Carmen. Una hermosa niña de diez meses. Tiene los mismos ojos que Eloísa. Los hoyuelos los heredó de mí. Chinga tu puta madre, dijo mi esposa al tiempo que me daba una bofetada. La trabajadora social no pudo evitar sonreír. Me quedé por unos instantes petrificado sin saber qué hacer. Al reaccionar llevé a Carmen a casa de mis padres. Les conté la historia con Eloísa, cosa que no les cayó mucho en gracias, pero tenían a una nueva nieta. Ese mismo día, en la noche, mi esposa llevó toda mi ropa a casa de mis padres. No te quiero volver a ver en mi vida, pediré el divorcio, dijo llorando, jamás te perdonaré. Dos meses después me llegó el citatorio para el divorcio. Se dividieron los bienes y la custodia de mis otros dos hijos se le quedó a mi ex-esposa. Tuve que llegar a un arreglo con la marisquería: me comprometí a pagarle a mi ex-esposa la mitad del costo en un lapso de tres años.
Una vez pasada la tempestad empecé a cavilar sobre cómo pudo embarazarse Eloísa. No tenía sentido nada. Busqué a la madre de Eloísa para que me aclarara todas mis dudas y de camino llevarle a Carmen. Me contó que después de dos meses de matrimonio no se podía embarazar. El esposo estaba molesto y la insultaba constantemente. El problema no era que ella no pudiera embarazarse, sino que el marido tenía un conteo bajo de esperma. Eloísa recurrió a la inseminación artificial a escondidas de su esposo. Ya no recordaba que en alguna ocasión una pareja de lesbianas, amigas de ambos, fueron a pedirme el favor para que fuera donador para que pudiera tener un hijo; acepté con una condición: no quiero saber nada del bebé. Esa donación no fue para ellas, sino para Eloísa, que vino ex profeso a México para que fuera inseminada. El esposo casi se la cree, pero quería cerciorarse de que efectivamente fuera hija suya. Sin salida, Eloísa le contó lo de la inseminación y casi la mata a golpes. En venganza el esposo decidió entregarme a Carme y dejar cautiva a Eloísa en su “palacio” de Miami. No te había dicho nada, hijo, porque ese maldito nos amenazó con matar a Eloísa y a la niña, es un loco, me dijo la madre de Eloísa, tememos por la vida de Eloísa. Se me hizo un nudo en la garganta. Bien me pudo haber matado en la marisquería si hubiese querido. Tiene una puta mente retorcida el cabrón.
Después de un año, compré una casa pequeña en Progreso y me fui a vivir con Carmen ahí. Ya no soy el de siempre. La marisquería nos da para medio vivir, sin grandes lujos. Cada que puedo le cuento sobre Eloísa para que no se olvide de ella. Ya estoy aprendiendo a hablar en inglés y acepto dólares en la marisquería. Pronto aceptaré tarjetas de crédito. Carmen está iniciando la escuela primaria. No he vuelto a saber nada de Eloísa y aún me masturbo viendo sus fotos.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Una puta por regalo
La primera imagen que rescató el recuerdo fue la desnudez de Marla, una puta que se paseaba todas las noches en la misma esquina de la avenida Itzaes. Nadie sabe para quién trabaja, me dijo, aprovecha bien tu dinero galán. Le sonreí discretamente. Esa noche cumplía veinticinco años y para festejar quería tener sexo salvaje. Lo pensé unos momentos y me decidí. Cuánto cobras, dije, quiero algo especial, es mi cumpleaños. Por mil pesos te hago lo que quieras, dijo acariciándome las mejillas, eres tan lindo. En dónde está tu carro. Le señale un viejo Ford Ikon. Vamos al motel Maracay, ahí me dan tarifa especial, dijo guiñando el ojo.
Entramos al cuarto. Me llamo Marla, dijo antes de desnudarse.
Sus pechos eran enormes y flácidos, pubis rasurado y nalgas llenas de celulitis.
Casi salgo corriendo. Siempre imaginé a las putas como en las revistas y las
películas pornográficas: perfectas. Por ser tu cumple te daré una gran mamada,
dijo, bájate los pantalones. Empezó a devorar mi verga flácida. Una erección
empezó a gestarse en cada lamida. Se detuvo. No quiero que te vengas todavía,
quiero que pruebes otras cosas. No soporté más. Chinga tu madre, me das asco,
dije encabronado. Me dio una bofetada y se la respondí con un madrazo en la
quijada. Se cayó de espaldas. La empecé a patear por todos lados. Me cansé. Le
tiré los mil pesos y salí.
El chirriar de la puerta del motel me devolvió al presente. Me
llamo Megan, dijo antes de desnudarse.
Dinero sin valor
Me levanté mecánicamente de la cama. La felicidad me
estorbaba. Lárgate imbécil, eres un monstruo, me dijo aquella puta, tu dinero
no vale nada. Mírate al espejo papito, siguió diciendo irónicamente, estás
re-feo. Los anuncios en la calle mentían: Hacemos realidad todas tus fantasías.
Cabizbajo recorrí el cuartucho. Antes de salir le di un madrazo en la cara a la
puta. Cayó sobre la cama y ahí la estrangulé. Sus ojos llenos de terror me
miraban desorbitados. Quise dejarle unas monedas, pero mi dinero no vale nada.
Le di cien pesos de propina al gordo maloliente que cuidaba la entrada y respiré
profundamente. Una sonrisa discreta se dibujó en mi rostro amorfo.
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