| Amanecer en el muelle |
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jueves, 20 de julio de 2017
miércoles, 13 de abril de 2016
14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 4
Me desperté con un regusto de victoria. Sabía que cinco,
de las diez, Coca Colas, eran mías y no sabía con qué intercambiarlas. Me bañé
cantando bajo el chorro de agua. Me estaba acomodando la camisa cuando tocaron
la puerta. Abrí. La Diva estaba parada frente a mí. Pasa, le dije. Ya me
enteré, insinuó. ¿De qué?, pregunté cerrando la puerta. Que ganaste al dominó y
te llevaste un buen premio. Abrí el locker
y la Diva se recostó en la litera. Suerte de principiante, dije al cabo.
Tenemos que hacer algo con esas Cocas,
resopló algo agitado. Le puse pasta al cepillo de dientes y entré al baño. Esta
vez no cerré la puerta. Sigilosamente entró La Diva y me agarró el sexo
delicadamente. Podemos cambiarlas por una botellita de vino y chocolate con
licor, susurró, y vemos una película XXX en tu laptop. Por instinto lo empujé.
Salió riendo. Hijo de su puta madre, dije para mis adentros, me excitó el
pelaná. Creo que el encierro ya me estaba afectando. Me lavé la cara y salí. La
Diva estaba tarareando una canción. Sé que te gustó, se apresuró a decir. Me
hice pendejo y no respondí. Vamos a desayunar, le dije. Vamos, dijo y salió detrás
de mí.
Había
empanadas con queso, hot cakes,
salchichas y cereal. Me serví hot cakes
y un par de salchichas. La Diva agarró lo mismo. Jorge y Oscar ya estaban desayunando.
Nos sentamos en su mesa. Ya pensaste qué harás con tu premio, dijo Oscar
maliciosamente. Aún no, contesté sorbiendo un poco de jamaica. Vino, chocolate
y sexo, dijo La Diva a bocajarro. Se empezaron a carcajear. No se te olviden
los condones, remató Jorge. Me empecé a reír. Puras mamadas dice La Diva, solté
en mi defensa. Ya caerás, respondió para luego hacer un gesto con los labios a
manera de beso. Terminaron de desayunar rápido. Hay mucho trabajo, dijo Jorge,
debemos terminar al medio día. Cada cual se fue a su camarote. Ya en el camarote,
me puse a pensar en qué otras cosas se podían conseguir con la Cocas, eso no le había preguntado a
Oscar. A la hora de la comida le preguntaré, pensé y entré al baño a cepillarme
los dientes.
Cuando
llegué a la oficina había un silencio sepulcral. El Jefe del Área no estaba. Me
encogí de hombros y me senté frente a la laptop. Al revisar mi correo vi uno de
Oscar. En el asunto decía: Lista de los deseos. Me apresuré a abrirlo. La lista
era de las cosas que podía intercambiar por las Cocas. No era muy larga, pero tampoco muy pequeña. La lista
incluía: licor, dulces, condones, ropa, zapatos, masajes y hasta droga. En el
apartado de masajes y droga, tenía unas pequeñas letras: sólo VIP. Por sentido
común deduje que esas cosas no a cualquiera se las darían por lo que implica.
Una nota al calce rezaba: esta lista no existe y jamás la has leído. En ese
momento sonó el teléfono. Era Oscar. Cuando termines de leer el correo,
elimínalo, dijo y colgó. Se me quedó grabado el masaje, en qué consistía tal.
En mi mente decidí como intercambiar, aunque no sabía si me alcanzarían las Cocas: licor, dulces, condones, - por si
se ofrece-, masaje. Total, pensé, lo pasa en Ek Balam, en Ek Balam se
queda. Seguí trabajando.
Fui
al comedor a las dos y media de la tarde. No había ningún capturista. Había filete
de pescado a la plancha y al mojo de ajo, pollo al limón y puntas de cerdo.
Pedí filete de pescado al mojo de ajo y limonada. Me senté en un rincón, donde
se sentó Oscar el día que la Princesa Maya le dio la sopa de mariscos. Mis
pensamientos divagaban en los masajes. De pronto, me acariciaron el hombro.
Alcé la vista y una sonrisa se dibujaba en el rosto de la Princesa Maya. ¿Por
qué tan solito?, preguntó al sentarse a mi lado. Supongo que tienen mucha
chamba los capturista. Me imagino, dijo, desde ayer no ha ido a verme Oscar. No
es que lo necesite, continuó sino que me mal acostumbra a sus visitas
nocturnas. Sonrió ampliamente. A lo bueno, dije, uno se acostumbra rápido. Sí,
verdad. Empezamos a hablar de Mérida y sus colonias. Yo vivía, para ese
entonces, en San Cristóbal y la Princesa Maya en Santa Rosa. Casi somos
vecinos, dijo. Me embargó una nostalgia enorme. Me costaba tragar los bocados
de comida. Cálmate, me consoló la Princesa Maya, ya te acostumbrarás a la
soledad y al encierro, a todos nos pasa. Ahora vuelvo, dijo. A los cinco
minutos regresó con un pedazo de gelatina mosaico. Para que te endulces la
vida, niño, dijo. Gracias, alcancé a decir. Dejó el plato sobre la mesa. El
deber me llama, dijo y regresó a la cocina. La gelatina estuvo rica. Me fui al
camarote algo desanimado. Me recosté un rato. Luego entré al baño y me cepillé
los dientes. Suspiré profundo y me fui a la oficina.
La
salsa estaba a todo volumen. Eso me animó un poco. El código de la aplicación
se me estaba complicando. Una variable global no estaba recibiendo
correctamente un valor y hacía que los cálculos dieran un resultado incorrecto.
Me centré en el ciclo y lo ejecuté línea por línea. Así estuve hasta antes de
la cena. Refunfuñé y fui al comedor. Los capturistas estaban riendo a
carcajadas. La Diva manoteaba. La Princesa Maya me hizo un ademán para que me
acercara a la mesa antes de que me sirvieran la cena. En la mesa había un
platón de hamburguesas con queso. Me senté a lado de David. La Diva se apresuró
a servirme una hamburguesa y una Coca. ¿Y esto?, pregunté señalando la
hamburguesa y la Coca. Es un cariñito de parte de Jefe de Área porque nos fletamos
a terminar el trabajo y de paso le dijimos que nos ayudaste y nos dio una Coca
para ti. A toda madre, dije y empecé a devorar la hamburguesa. Estaban hablando
del cumpleaños de Francisco, que lo celebró una semana antes de subir a Ek Balam. Así tiene que ser cuando estás
en plataforma, dijo Francisco masticando el último bocado de su hamburguesa. Todo
lo tienes que hacer en los días que estás abajo. Terminamos de cenar y Oscar me
acompañó al camarote. Me contó la Princesa Maya que estás sacado de onda, que
estás triste. Nada, dije, ya pasó. Para animarte, dijo, te voy a llevar a un
lugar VIP. Me vino a la mente los masajes y las drogas. No te asustes, me calmó.
Vamos a quemar seis Cocas, tres tú y tres yo; ¿va?, preguntó. Va, respondí
ansioso. Te veo en mi camarote en un rato, dijo y se fue. Entré al camarote y agarré
tres Cocas, de las cuarto, que ya
tenía en el locker. Salí y fui a su camarote. Fuimos al cuarto de máquinas.
Bajamos y nos dirigimos al almacén de refacciones. Frente a un pequeño escritorio
estaba sentado un señor de unos sesenta años, de cabello cano y rostro ajado.
Don Sebas, saludó Oscar casi gritando. Se acercó a su oído y le murmuro algo.
Se levantó Don Sebas y se fue al fondo del almacén. Regresó con un chatita de
Tequila Reposado. Le dimos las seis Cocas
y nos dirigimos al patio de maniobras. Abrí la puerta y bajamos por unas
escaleras. Oscar me señaló con la mano por dónde teníamos que seguir. Entramos
a una pequeña bodega de alimentos. Saludó a un hombre gordo de tez blanca y
cabeza rapada. Al final de la bodega había un mesa para cuatro personas, seis
sillas de madera, seis vasos de cristal y una hiela de acero inoxidable. Llegamos,
dijo, aquí nadie nos molestará. Agarró dos vasos y abrió el tequila. Sirvió tequila
en los dos vasos. Extendió la mano y me dio uno de los vasos. ¡Salud!, dije. El
primer trago me quemó la garganta y empecé a toser. No estaba acostumbrado a
tomar tequila, de ningún tipo. Se empezó a carcajear Oscar. Despacio, hombre,
despacio. Me repuse y empecé a dar sorbos pequeños al tequila. Después del
tercer vaso, me atreví a preguntarle
sobre los masajes. Mira, carraspeó, esos masajes sólo se los dan a los jefes o
a ahijados de los jefes. Viene una chica, jovencita, no mayor de veinte años,
de noche en un chopper, y van al
camarote del susodicho y empiezan con el masaje y termina cogiéndola. No se
manejan las Cocas como pago, sino que
le dan una buena lana a la chica. ¿Chopper?,
pregunté dubitativo. Son esos pequeños helicópteros que me imagino has visto
descender en el helipuerto. Asentí con la cabeza. Al quinto vaso, ya sentía
entumido el rostro. ¡Ya estoy pedo!, dije riendo. Oscar se carcajeó. La última
y nos vamos. ¡Va!, respondí arrastrando la palabra.
Al
terminar el quito vaso, me paré y con el pequeño vaivén de Ek Balam perdí el equilibrio y caí sentado. ¡Si estás pedo!, dijo
muerto de la risa Oscar. Me paré con dificultad y el hombre gordo apareció.
Llévalo a su camarote, dijo Oscar. Cruzó mi brazo en su cuello y me llevó a la
escalera que lleva a los dormitorios. Hasta aquí llego, dijo, el resto del
camino es por tu cuenta. Resoplé profundamente. No sé como llegué al camarote.
Entré al baño y empecé a vomitar. Salí y me acosté. Esa noche dormí
profundamente, como un tronco.
lunes, 14 de diciembre de 2015
14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 3
Desperté
sobresaltado. Eran las cinco de la mañana. Mi ropa interior parecía almidonada.
Me bajé silenciosamente. Abrí el locker
intentando no hacer mucho ruido. Entré al baño y seguí la rutina mañanera. Me
senté en el inodoro y vi los manchones acartonados de mi semen. De inmediato me
volví a excitar recordando los gemidos apagados de Carla. Me masturbé sentado
en el inodoro. Me terminé de bañar, me cambié y salí a desayunar. Cuando llegué al comedor, Oscar estaba
hablando con un cocinero. Al verme me hizo una seña con la mano para que me
acercara. Te presento a mi funda, dijo sonriendo maliciosamente. Hola, dijo el
cocinero con voz amanerada. Es tu coterránea, se apresuró a decir Oscar, ella
es la Princesa Maya. Hola, dije estrechando su mano. Es muy celosa, continuó,
así que no me coquetees porque te va a partir la madre. Su carcajada se escuchó
estruendosa. La Princesa Maya no aguantó la risa y le dio un manotazo en el
brazo. Ahora te traigo el desayuno, Papi, dijo y entró a la cocina. Me sonrojé.
Cálmate, Arquímedes, dijo, es broma, pero sí me la estoy pinchando. Esa mañana había
para el desayuno tostadas de pollo deshebrado, sándwiches de jamón y queso y
huevos rancheros. Nada se me apetecía. Agarré un sándwich, una tostada y un poco
de huevo. Me serví jugo de naranja. Nos sentamos en una mesa al fondo del
comedor. Hoy nos sentaremos aquí, dijo Oscar, porque nadie debe ver lo que voy
a desayunar. Es un caldo vuelve a la vida que me prepara la Princesa Maya. ¿Y
eso?, pregunté. Es para recuperar fuerzas de la cruda que traigo y poderle
cumplir a la Princesa Maya, dijo carcajeándose. Cinco minutos después se acercó
la Princesa Maya con una charola en la cual estaba humeando, en un tazón azul,
el caldo de mariscos, unas tostadas, cebolla picada, cilantro y limón. El aroma
me abrió el apetito. Lo dejó en la mesa. Luego me lo pagas, Papi, dijo guiñándole
el ojo antes de irse. En eso estábamos cuando recordé las “camas calientes”. A
todo esto, dije, ¿qué son las camas calientes? Se quedó a medio camino la
cuchara. Sonrió. Bueno, se aclaró la voz, es cuando un camarote es compartido
por trabajadores de diferentes turnos, es decir, continuó, los del turno de día
trabajan y los del nocturno duermen y viceversa, así que la camas siempre están
ocupadas y calientes. Ya entiendo, dije. La Diva entró al comedor, se sirvió
unas tostadas, jugo de naranja y se sentó a lado de Oscar. Terminamos de
desayunar y regresé al camarote. Carla ya no estaba, ni sus cosas: se había
cambiado de camarote. Suspiré resignado. Me cepillé los dientes y fui a la
oficina. A las diez de la mañana llegó Francisco. Se acercó a mí
sospechosamente. ¿Y qué tal?, preguntó. Hice un gesto de no comprensión de la
pregunta. No te hagas, dijo, aquí todo se sabe. Seguía con el gesto de incomprensión.
Carla, dijo al cabo. ¡Ah!, ¿qué con eso?, dije. ¿Te la cogiste?, soltó la
pregunta a quemarropa. Vio mi cara de sorprendido. Por tu cara, continuó, el
barbudo no te dio chance. Soltó una carcajada. Le tuve que contar lo que
sucedió, desde luego que no le dije que me masturbé escuchándolos coger. Me dio
una palmada en el hombro y se fue riendo, satisfecho de su victoria. Un rato
después, entró el Jefe del área. Arquímedes, dijo, ven un momento. Me acerqué a
su escritorio dubitativo. Sólo es para darte las gracias, se aclaró la voz, no
tuve tiempo de informarte que ibas a tener una compañera en el camarote. No
había disponibles y sólo había camas disponibles en el que tienes asignado. No
se preocupe, contesté aliviado. Espero que te haya dejado dormir, sonrió
maliciosamente. Como un tronco, dije y me fui a mi lugar.
A
las tres y media fui a comedor. Los capturistas ya estaban comiendo. Pedí
bistec con papas y jamaica. Me senté a lado de Jorge. Empezaron a joderme con
lo de Carla. Seguro, dijo Francisco, te hiciste un par de chaquetas. Todos
empezaron a reírse. Me hubieras dicho y te ayudaba, apresuró a decir La Diva.
Te cuidado, dijo Jorge, no se vayan a confundir un día y te vaya a visitar el barbudo. Inevitablemente
empecé a reír por las chingaderas que decían. Se acercó la Princesa Maya y le
asentó, a Oscar, un platito con un pedazo de pastel de tres leches. El postre,
Papi, dijo y se sentó a su lado. Cinco minutos después se fue a la cocina.
Terminamos y me fui al camarote. Oscar fue conmigo. Entramos y antes de entrar
al baño encendió un cigarro. Eso mata el olor, dijo. Me acosté en la litera de
abajo a esperar que terminara. Entró la Diva al camarote y se abalanzó sobre
mí. Sentí como su mano me apretaba los testículos. Por instinto lo empuje y se recostó
a mi lado. Me paré de inmediato. No te asuste, dijo satisfecho, estaba
dormidito. Se empezó a reír. Salió Oscar. Dejen sus puterías para la noche,
dijo. El tufo del cigarro minó el camarote. Agarré mi cepillo, el dentífrico y
entré al baño. Si no le pongo un alto, dije para mis adentros, ese pelaná me va
a estar jodiendo hasta que me lo coja. Cuando salí ya no estaban. Me fui a la
oficina. La salsa se escuchaba contagiosa. Esta vez no me puse los audífonos,
le empecé a agarrar gusto.
A las nueve de la noche
fui a cenar. Sólo Jorge estaba en el comedor. Me serví un poco de cereal con
leche en un tazón y me fui a sentar a su lado. ¿Y los otros?, pregunté. Están
cerrando órdenes pendientes, dijo, ya que mañana deben terminar las
reparaciones. No le di mucha importación al comentario. Me platicó que era
casado y tenía una hija de un año. Embarazó a su esposa y lo forzaron a
casarse. Es una chinga, dijo melancólicamente, casi no veo a mi hija, no la
estoy viendo crecer, pero ni modo. Terminamos de cenar y me fui al camarote.
Cuando entré, Oscar me estaba esperando. Vamos, dijo. Asentí con la cabeza y
empezamos a perdernos por los pasillos. Llegamos a la sala de espera del primer
día que llegué. Había un grupo de cinco personas sentadas alrededor de una mesita
redonda. Estaba jugando dominó. ¿Sabes jugar?, preguntó. Un poco, dije. En la
siguiente ronda entramos. Despacharon a un par de ellos y nos sentamos en
direcciones opuestas, como lo dictan las reglas del juego cuando se juega en
parejas. Nos dieron fichas pequeñas de color verde, a manera de dinero. A dos
de tres, dijo el tipo que revolvía el dominó. Oscar asintió con la cabeza. Empezó a repartir y yo no tenía un buen
juego. Oscar puso la mula del seis. Perdimos. Debes contar, me dijo, darme
juego. Está bien, dije. Nos volvimos a sentar. Doble o nada, dijo Oscar. Va,
respondió el tipo. El otro tipo puso la mula del seis. Las fichas iban y venían.
Ganamos. Suerte de principiante, dijo con molestia uno de los tipos. ¿Qué
ganamos le pregunté?, le pregunté a Oscar. Unas diez Cocas, que podrás cambiar por lo que quieras. Sonreí. Nos perdimos
de nuevo por los pasillos. Se despidió y seguí hasta mi camarote. Me cepillé
los dientes, cambié de ropa y me acosté a dormir.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Háblame bajito
Me
dijo que necesitaba mi cuerpo, sentir mis manos acariciándola. No le importaba
nada más. Esta noche soy tuya, dijo entrecortadamente. Eran las tres de la
mañana y no estaba en mis cinco sentidos. El cansancio de la semana, unos
tragos y el tabaco estaban haciendo estragos. La posada del Consorcio AGAPSA
fue todo un éxito. Quedábamos pocos en la sala de fiestas que rentaron para el
evento. Milena, una auxiliar de gerencia, estaba bien peda. Casi no tenía trato
con ella, pero todos se la querían coger. Tenía un cuerpo delgado, piernas
torneadas, cabello corto, ojos negros, piel canela. Las leyendas urbanas
contaban que era amante del dueño. Mi jefe me pidió que la llevara a su casa
porque él tenía un “asunto” que lo estaba esperando. Ella tenía un vaso con whisky
y no lo quería soltar. No, dijo con voz aguardentosa, es la caminera. Se apoyó
en mí y salimos al estacionamiento. Mi carro, dijo, ¡dónde chingados está mi carro!
Es mejor que vayamos en el mío, dije. ¡Ni madres!, replicó, ¡voy en el mío y
punto! Además de peda, impertinente, dije para mis adentros. Sacó, como pudo,
las llaves de su bolso. Toma, dijo extendiéndome las llaves, maneja. La ayudé a
subir a su Kya Sorento del año. Se le
levantó el vestido rojo entallado que traía puesto. Sus piernas torneadas
ocuparon mi atención por unos segundos. Su Coco
Mademoiselle de Chanel Eau de Parfum penetró por mis fosas nasales. Restregó
sus pechos, de tamaño medio, en mi brazo. Tuve una erección instantánea. Con
razón todos se la quieren coger, pensé. Se terminó de acomodar en el asiento
del copiloto y cerré la puerta. Me acomodé el pantalón y subí. Encendí el carro
y ella puso música. Se dejó escuchar Bossa
Nova, era tan excitante que la imaginé desnuda acariciándome el sexo. ¿Dónde
vives?, pregunté. No quiero ir a mi casa, dijo, esta noche quiero ponerle los
cuernos al hijo de puta ese. Supuse que se refería al dueño. Vamos al Real de Palmas, dijo dándole un
sorbo al Whisky. Sonreí. ¡Ya chingué!, celebré en silencio.
Entramos.
Me detuve en una ventanilla polarizada. Una voz de mujer preguntó: ¿Suite con
Jacuzzi o sin Jacuzzi? Sin Jacuzzi, se apresuró a decir Milena. Nos dieron el
número de Suite y entramos a la pequeña cochera. La ayudé a bajar. Ya se había
acabado el Whisky. Sentí el calor de su cuerpo. Tuve ganas de mordisquearle los
pezones. Entramos. Ya no tenía los tacones puestos. La llevé a la cama. Se
acostó bocarriba. Se le subió el vestido y pude ver la lencería que traía puesta:
una tanga transparente. Desnúdame, sugirió. Sólo te pido una cosa, continuó,
háblame bajito, me excita mucho. Cerró los ojos. La desnudé lentamente. Estaba
muy excitado. Un ronquido me volvió a la realidad. La tenía en la cama, desnuda
y durmiendo. ¡Vale madre! ¡Despierta!, le dije en varias ocasiones, pero no
reaccionó. Estaba encabronado. Agarré mi teléfono celular y le tomé fotos. Para
algo me han de servir, pensé. Cogerla durmiendo sería como hacerlo con una
muñeca inflable. Resignado deseché la idea y me fui al sillón que estaba en la
pequeña sala. Cerré los ojos y me dormí. Cuando desperté, cinco horas después, ya
no estaba Milena. Desesperado hablé a recepción. Me contó la recepcionista que
Milena habló, no supe en qué momento, y dijo que la iban a ir a buscar y que
pagaría el día completo de la Suite. Me acomodé en la cama, repasé las fotos de
Milena y me masturbé. Me bañé y minutos más tarde dejé la Suite. Cada vez que
la veía en la oficina, bajaba la mirada, avergonzada. Dos meses después me
mandaron a otra sucursal, por órdenes expresas del dueño. Aún tengo sus fotos y,
de cuando en cuando, fantaseo con ella.
miércoles, 28 de octubre de 2015
14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 2
Desperté a las
cinco de la mañana. Gerardo estaba dormido. Entré al baño, como era mi
costumbre, primero me senté en el inodoro y luego a bañarme. Cuando me rociaba
el sexo con el chorro de agua, de la regadera extensible, se me puso duro. Sin
darme cuenta ya me estaba masturbando lentamente. Oí que intentaron abrir la
puerta. Me quedé a medias y terminé de bañarme. Salí y entró Gerardo. Sus
maletas ya estaban listas para el viaje de regreso. Me terminé de arreglar y lo
esperé para ir a desayunar. Para el desayuno había huevos con jamón, enchiladas
verdes y rojas. En la mesa de la esquina, había fruta picada,- melón, plátano,
sandía y papaya-, dos jarras de leche; otras dos de jugo de naranja; una de
café instantáneo. Pedí huevos con jamón, algo de fruta y jugo de naranja.
Gerardo pidió enchiladas verdes y café. Estábamos por irnos a sentar cuando
entró La diva sonriendo. Pidió huevos con jamón y jugo de naranja. Se sentó a
mi lado. En el altavoz se escuchó: “La lancha llega en quince minutos. El
personal del cambio de guardia, favor de ir al patio de maniobras”. Gerardo no
terminó su desayuno y salió del comedor. Nos quedamos solitos, dijo La diva.
Sonreí nervioso. Desde ese momento supe que lo iba a tener junto a mí los días
restantes de mi guardia. Suspiré resignado. Me empezó a contar sus historias.
Ahí supe que había tenido varios compañeros sexuales que sólo le sacaban
dinero. Mi error, dijo, fue decirles a esos pendejos que trabajo en plataforma.
Ellos saben que pagan muy bien, pero el encierro es una chinga. Le dio un sorbo
al jugo de naranja. ¿Y tú qué tal?, preguntó con una sonrisa sensual. Verlo
ahí, contando sus historias amorosas, me dio escalofríos al principio, luego me
acostumbré. Para ese entonces, no había tenido una relación seria y estaba
soltero y sin compromiso. Nada, le contesté, estoy soltero. Le brillaron los
ojos al muy cabrón. Terminamos de desayunar y cada quién se fue a su camarote.
Cuando entré al
camarote el sol se filtraba por la única ventana que había. Cerré la puerta y
decidí que la litera de abajo sería mía-, sólo yo estaba en ese camarote. Me
recosté un rato y cerré los ojos. A los cinco minutos, entré al baño, me
cepillé los dientes y fui a la oficina. Encendí la laptop y continué revisando
la bitácora y los cambios que debía realizar. A la media hora llegó el jefe con
una taza de café en las manos. Se sentó y encendió el par de bocinas que tenía
sobre su escritorio. Se empezó a escuchar salsa romántica. Esto sí es música,
dijo satisfecho. A las once de la mañana, recibí una llamada. Era Francisco
para reportarme un error del Sistema de Captura. Colgué y fui a verlo. Estaban
comiendo botanas. ¡Llégale!, dijo Oscar. Agarré un puño y me acerqué al
escritorio de Francisco. Me explicó los pasos que siguió y en qué momento le
aparecía el error. Tomé nota y le dije que lo revisaría. Aprovechando el viaje,
decidí recorrer, por mi cuenta, Ek Balam.
Me empecé a perder por los diferentes pasillos que tenía. De cuando en cuando, me
topaba con algún trabajador. Unos no hacían mucho caso a mi presencia; otros me
miraban con ojos escrutadores, como preguntando: ¿qué chingados haces por aquí?
Apartaba la mirada y seguía caminando. En uno de los pasillos, me encontré con
gente durmiendo en el piso, usando las mochilas como almohadas. Pasé junto a
ellos muy despacio, procurando no pisarlos, por lo estrecho del pasillo. Decidí
que era suficiente y regresé a la oficina. El ritmo de la salsa había cambiado,
era más movida. Decidí ponerme los audífonos y escuchar la música que tenía en
la laptop.
A las dos de la
tarde, fui al comedor. Cuando llegué, los capturistas ya estaban sentados
comiendo. La diva mi hizo una seña con la mano para que fuera con ellos. Ese
día hicieron pollo alcaparrado, pierna de cerdo envinada y ensalada rusa. Pedí
el pollo alcaparrado. Me senté a lado de David. La conversación giraba en torno
a las películas que estaba en cartelera en esos días. ¿A ti qué películas te
laten?, preguntó Francisco. Las de suspenso, respondí. La plática divagó un
rato y fue entonces cuando pregunté por esa gente que dormía en los pasillos.
Esos trabajadores son de otras plataformas que vienen a dormir aquí, dijo, ya
que igual dan servicio de dormitorios. Los que duermen en el piso no alcanzaron
camarote y ya no había tampoco “camas calientes”. Me quedé sorprendido con ese
término, pero no dije nada. Terminamos de comer y me fui al camarote a
cepillarme los dientes. Regresé a la oficina a las tres de la tarde. Ya no
había música. Me puse los audífonos y continué trabajando.
A las ocho de la
noche, fui a cenar. No vi a ningún capturista. Me serví un poco de cereal, un
par de hot cakes y un vaso con poca
leche. Regresé al camarote. Abrí la puerta y la litera de abajo tenía una
sábana alrededor, a manera de cortina. Me quedé sorprendido. Gerardo me había
comentado que sólo yo estaría en el camarote y que me cuidara de no meter a
gente extraña y hacer cochinadas. Cuando dijo “cochinadas” se empezó a
carcajear. Cerré la puerta despacio. Fui a buscar el cepillo de dientes al locker. Le puse pasta e intenté abrir la
puerta del baño. Estaba cerrada, así que dejé el cepillo en el locker y regresé
a la oficina. Una hora después regresé ya dispuesto a dormir. Al abrir la
puerta, estaba sentada, en la litera de abajo, una mujer, de cuerpo algo
grueso, y a su lado estaba un hombre de barba, igual algo grueso. Estaban
platicando casi en silencio, susurrando. Sólo estaba encendida una lámpara de
lectura acondicionada a un costado del locker.
Buenas noches, dije. Buenas noches, respondieron al unísono. El tipo se
levantó. Luego seguimos platicando, dijo y salió. Hola, soy Carla, dijo con una
sonrisa franca. Hola, dije extendiéndole la mano, soy Arquímedes. En ese
momento me di cuenta que lleva puestos un short y una playera holgada. Hoy voy
a dormir aquí, dijo sin vacilar. Espero no te moleste que haya ocupado la
litera de abajo. No, para nada, respondí. Buenas noches, dijo antes en
acostarse en la litera y bajar la sábana-cortina. Entré al baño, me cepillé los
dientes y cambié de ropa. Al salir, subí a la litera a dormir o intentar
hacerlo. Saber que había una mujer debajo de mí, me excitaba un poco. Intenté
dormir, pero no pude. Leer un poco servirá, pensé y bajé por el libro de José
Saramago. Leí unas diez páginas y cerré los ojos. En el duermevela, oí gemidos
apagados. Iba a bajar para ver que sucedía, pero recordé que Carla estaba ahí.
Su respiración se hizo más agitada y las literas se movían un tanto. Me moví y
no se percató. Concentré mi atención en esos gemidos e imaginé al hombre
barbudo sobre Carla, metiéndoselo a diestra y siniestra. Me excité al instante
y empecé a masturbarme, cuidado el no hacer ruido, ni movimientos bruscos. La
adrenalina estaba al cien. Oí un gemido ronco: el tipo había terminado. Segundo
después, ahogué un gemido al eyacular y manchar mi ropa interior. Poco después,
unos susurros se escucharon. Espero, dijo Carla aún recuperando el aliento, que
no nos haya descubierto Arquímedes. No creo, dijo el barbudo, duerme como
tronco. Lo entraño, continuó, es que dejó de roncar. No podía bajar a cambiarme
de ropa, iba a ser muy obvio. Tenía que esperar a que se fuera el barbudo. La
liviandad que ofrece la masturbación, y el cansancio, me vencieron y me dormí
profundamente. No supe a qué hora salió el tipo barbudo del camarote.
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