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lunes, 10 de agosto de 2009

Sin Alma

Es de noche. En aquella callejuela nauseabunda los grillos cantan un réquiem. Cabizbajo me hundo en pensamientos venidos a menos. Muerdo el polvo, mis sienes están ensangrentadas. Aúllo un dolor lastimero y respiro con desgano.

- No siento el alma - digo cerrando los ojos.

La luz opaca de la luna se pierde en mi piel canela despojada de piedad.

- No temas a lo inevitable - dice un susurro que vaga junto a mí.

Una lluvia tenue lava mis penas. El frío hace crujir los huesos. La solemnidad de la muerte tiñe mis lamentos.

- ¿Qué hago en esta vida inútil? - prosigo divagando entre sollozos.

La nostalgia llena las pupilas. Mi espina dorsal sangra a borbotones. Los grillos callan. Un animal nocturno olisquea mis pies descalzos y violáceos.

- El encanto de la muerte es que dura más que la vida - sarcásticamente dice el susurro.

La lluvia cesa. La noche se eclipsa en un silencio intolerable. La soledad se respira con agilidad.

- ¿Dónde estás conciencia? - repito hasta cerrar los ojos.

La mano izquierda se aleja de mi vista. Deja un rastro de sangre a su paso. Un gruñido la acompaña.

- ¿Sientes lo terso del desgarro de tu cuerpo? - pregunta el susurro con malicia.
- No siento el alma. El cuerpo hace dos días que lo tengo muerto - digo viendo transcurrir imágenes en una pausada imagen de mí.

- ¿Dónde carajos estás? - oigo por el teléfono móvil.
- En el almacén entregando el pedido - respondo acomodándome la mágnum en la cintura del pantalón.
- Al terminar tienes otro encargo - sentenció la voz.

Me subo al convertible negro italiano y enciendo el estéreo. La música versa:

"Sometimes I wanna kill
Sometimes I wanna die
Sometimes I wanna destroy
Sometimes I wanna cry..."

Lo pongo en marcha. El mar luce un azul profundo. La brisa mece mis rizos negros. De súbito un hirviente acero se aloja en mi pecho. Pierdo el control del convertible. Unos tipos me bajan de los hierros retorcidos. La camisa de seda negra está desgarrada. Me suben a otro vehículo. Me introducen en una bolsa de plástico negra. Hacen un orificio al nivel de mi boca para que pueda respirar. Las voces discuten. El silencio llena la bolsa. Cierro los ojos. Se detiene el vehículo y me sacan a patadas. Con ira me golpean todo el cuerpo.

- Nos llevamos la bolsa, querido amigo, nos servirá de nuevo - dice una voz entre carcajadas.

El susurro disipa las imágenes.

- Falta poco - dice alejándose.

El aire se vuelve espeso. Una sombra cubre mi cuerpo. Unos ojos de fuego ahogan toda esperanza de vivir. Cierro los ojos. Me dejo morir sin alma.

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