Los ojos de Lucila se mecían en los vientos de agosto. El verde esmeralda de sus pensamientos se volcaban en las ansias férreas que tenía de morir. La minúscula atracción de su cuerpo al dolor le daba un placer indescriptible, era mejor que una droga sintética. A los quince años probó la marihuana, a los dieciséis la cocaína y la heroína a los dieciocho. En las comisuras de la boca se resecaba un sabor amargo, era una mezcla de alcohol y estupefacientes. Agonizaba en el rencor de una vida vertiginosa con atavíos de promiscuidad. La sed de morir se reflejaba en los ojos llenos de hileras de sangre. El mañana no existía en su paupérrimo vocabulario. La delgadez de su cuerpo y la altura le abrieron las puertas para que tuviera un ingreso extra como modelo. Al finalizar alguna pasarela se divertía como nunca en las fiestas donde los excesos eran característicos.
Llegó la noche y con ella una sobredosis. La encontraron, desnuda, en un pequeño apartamento en la lujosa privada “Los potrillos”. Nadie reclamó el cuerpo, lloró o le dio sepultura. La fosa común fue su destino final. Una esporádica nota roja, en un diario amarillista, en la página seis en la parte de media inferior tenía un pequeño título: “Muerte prematura. Joven modelo sucumbe ante las drogas.”
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jueves, 10 de septiembre de 2009
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