Si mis manos despiertan exaltadas,
la boca lo hace con un tímido
rubor de melancolía.
La voz salpica el recuerdo
dormido en mis espaldas
que esperan el ocaso para morir.
Los inciensos del ayer
se vuelcan en tácitos aromas
de desnudos cuerpos agónicos.
Cuando los sollozos despiertan
buscan el consuelo en esa boca
que los vio partir.
Los pies se arropan
en la risa sorda de un adiós
y el alma se fuga para jamás volver.
El beso último sabe a dolor
cuando moribundo
despierta el corazón.
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jueves, 19 de noviembre de 2009
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