El cielo se veía opacado por un clima lluvioso. Los telones de las ansias derivaban en llantos insonoros. La luz vagaba cansina por las calles solitarias. Elena jugueteaba con los holanes de su sencilla blusa, medía el horizonte con los suspiros de sus ganas. Los zapatos estaban mojados y tiritaban sin cesar.Horas antes se despedía de su madre, que le dio la bendición y un beso en la frente. La falda, algo desajustada, se ceñía perfectamente a su delgado cuerpo. Recordaba las caricias, de Eleazar, que la hicieron estremecerse la noche anterior. Se fijó en un punto de la nada para repasar de nuevo esas mismas caricias y sentir las grandes manos sobre sus tibios senos.
Una tenue llovizna la sorprendió mordiéndose los labios, apretando las manos sobre su pubis erizado. Se repuso a su excitación y retomó su andar.
Seguía el cielo dejando ansias regadas por las calles, llantos incoloros, deseos a medio despertar. De súbito, se detuvo ante un precario jardín, de verjas raídas. Postró la mirada en un punto amarillo que intentaba sobresalir de la hierba y matorrales. Se ajustó la falda para poder brincar la verja. Con las manos separaba la hierba y los matorrales hasta al fin llegar al punto amarillo. Se detuvo un instante eterno, la llovizna jugueteaba con los gemidos oprimidos en el pecho y vertía en los zapatos, que aún tiritaban, un límpido aroma manantial.
No podía creer lo que sus ojos admiraban: era un hermoso girasol. Delicadamente lo arrancó desde sus raíces y lo llevó hasta un sendero que sólo ella conocía. Al día siguiente, lo trasplantó en un roto macetero que encontró en su casa. Con sumo cuidado lo trasladó hasta la ventana de su humilde habitación. Cada día lo regaba y cuidaba con esmero.
Hoy, el girasol es testigo de su entrega pasional con Eleazar. Cada pétalo lleva un gemido labrado con sudor y ansias, el tallo se abriga con los suspiros y jadeos intempestivos. La noche abriga la piel del girasol al compás de un pubis erizado, unas manos grades y una desenfrenada pasión; los pies tiritan de vez en vez.
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