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viernes, 16 de marzo de 2012

En tu amnesia arde mi piel

Quisiera advertir mi propia presencia y no puedo. Lo amaba tanto, más que mi vida; era el sol de mis entrañas, la luz tenue que alumbraba mi alma. El sabor de una piel se sumerge en mis adentros. Siento penetrar sus ojos en mi alma desnuda, en las carnes que aún están vestidas con telas livianas y frescas.

La rosa marchita que guardo en un libro polvoriento me recuerda la primera vez que nos amamos sin control. Era una noche de primavera, el calor estremecía todo mi cuerpo ansioso. Los arrebatos de mis pensamientos me hacían temblar, sucumbir ante la mirada cariñosa que aún no me había dado. El viento soplaba tenue, casi imperceptible, casi huraño, casi desnudo. El parque dormía con luces tristemente melancólicas, con desolados amarillos. Lo esperé por diez minutos y lo vi acercarse lentamente hacia mí. Traía unos vaqueros azules, camisa lisa de color blanco de mangas largas y unos zapatos casuales. El rostro recién rasurado, el cabello corto, - como lo acostumbraba traer -, una loción que olía a cítricos, - me encantaba sentir ese aroma en sus ropas, en su piel, - y una hermosa sonrisa.

Al llegar junto a mí me dio un beso tímido y reservado - se notaba nervioso. Le tomé la mano derecha y lo abracé fuertemente, como si quisiera inmolarme a su piel, ser un tatuaje perpetuo, la piel que por las noches lo cubría de caricias y pasión. Así apretaditos son fuimos a un departamento que había alquilado para la ocasión; el departamento era modesto pero cálido. Abrió la puerta y encendió las luces. La puerta, de una de las dos habitaciones, estaba abierta y nos dirigimos a ella colmados de ansiedad, caricias y besos. En el umbral de la puerta me empezó a desnudar lentamente, sus cálidas manos recorrían todo mi cuerpo, la necesidad que traían mis ganas a flor de piel, la humedad de mis ansias. El vestido de tirantes con estampado de flores se desvanecía a destiempo con los primeros jadeos. El coordinado de encaje me estorbaba para esos momentos. No dejaba de acariciarme y lentamente me dirigía a la cama que vestía sábanas blancas. Me recostó lentamente, se quitó la camisa, el cinturón y no lo deje quitarse los vaqueros; se los quería quitar, sentir su piel, olerlo.

Lentamente le quité los vaqueros, le mordisqué y lamí el vientre. Su miembro viril estaba palpitando, tibio, húmedo, duro. Lo tomé con la mano derecha y se lo apreté; cerró los ojos acompañado de unos jadeos suaves. Mis labios pusieron poca resistencia a ese manjar que emanaba pasión; lo metí a mi boca, mi lengua jugueteaba cadenciosamente. Por instantes se lo mordisqueaba, era un delicioso dulce afrodisíaco. Me recostó de nuevo y se fue directo a oler mi pubis, a lamer cada rincón de su estructura capilar. Llegó hasta mi botón rosa, la sensación de su lengua me embriagaba de gemidos y jadeos; apretaba los dientes insistiendo en no dejar salir más jadeos, pero era imposible.

Recorrió suavemente con sus manos todo mi cuerpo, no dejaba de besarme, de lamerme. Mis pezones estaban erectos y duros y sus dientes les daban más excusas para quedarse así. Nuestras lenguas se fundieron en un compás de seducción muda, de jadeos oblicuos y gemidos sordos. Me penetró lentamente y mi cuerpo se despojó de todo pudor, llegando a destiempo al placer pleno. Mi cuerpo recuerda cada caricia, cada embate, cada mordisco, hasta el cansancio de ese encuentro, que fue único.

No puede disimular mi piel este estremecimiento que me embarga toda. Esa estúpida forma de negarme a olvidarlo me está matando por dentro. Quiero deshacer el estremecimiento cuanto antes, huir de su boca, eludir las caricias y los arrebatos. ¡Nefasto!¡Imbécil! Tiene ese algo que aún me derrite, que me hace mordisquear los labios, acariciarme cuando pienso en él. ¡Maldito! ¡¿Cuándo podré arrancarte de mí?! No olvido el placer que me daba, las caricias parlotean a diario esas experiencias. No me importa jurar que jamás seré feliz con otro hombre que no fuese él. Su amnesia me ha dejado perturbada, histérica, loca. He intentado hacerle recordar todas esas experiencias y no se inmuta, su piel no da atisbos de esas caricias que mis labios tatuaron. Quiero sentir de nuevo esa hoguera que sé que tiene en sus adentros, esa pasión desenfrenada que sólo calmaba mi cuerpo, pero ya no sé cómo.

Son las diez de la mañana y tengo que ir a verlo de nuevo a la casa de su madre. Le llevaré una carta que él mismo escribió, está en clave. Ardo en deseos de que se acuerde de la última frase: "docuer elsgantea tua ganaen odeuanueremamoatea docuansia odeelsemaaenodeaenelssia uersiamoaueremaels" **

** Te amo y mi cuerpo tus caricias espera.

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