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lunes, 5 de mayo de 2014

Si hoy me muero

Interrumpió el silencio la desnudez de Ariadna. Ella jugaba a ser la dominante. Con ojos felinos y boca seductora se aproximaba a mí. La dejé actuar a sus anchas. Hueles a sudor y eso me excita demasiado, dijo ella, mis pezones ya están duros y aún tu lengua no los prueba. No tenía ganas de nada, mis ansias se habían ido junto con la estúpida idea de que esa madrugada moriría. No tengo ganas, dije mirándola con lástima, deja de jugar y lárgate. No seas un hijueputa, deja que te de placer y de camino yo también lo gozo, dijo acariciándose el sexo, total si te mueres hoy estarás bien cogido. Sin las menores intenciones de coitar con ella nos enfrascamos en una lujuria sin freno.

La dejé dormida y me vestí parsimoniosamente. Las botas me pesaban mucho. Me colgué las placas militares en el cuello y salí del cuartucho nauseabundo. Me esperaba una larga travesía por las calles desiertas. Las tropas disidentes estaba calmadas esa madrugada. Magaña, deja de fumar y larguémonos de aquí, dije, deja un poco para cuando estén lloviendo los madrazos. Un estruendo me puso alerta. Los balazos iban y venían por todos lados. Encendí un cigarro de mota y le di un largo toque. Puta madre, Magaña, ya me dieron, grité. Magaña no respondió, estaba inerte. Apreté los dientes por el dolor. Lo último que recordé fueron los labios de Ariadna y lo que me dijo: si te mueres hoy… Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro inerte.

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