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viernes, 13 de noviembre de 2015

Háblame bajito



Me dijo que necesitaba mi cuerpo, sentir mis manos acariciándola. No le importaba nada más. Esta noche soy tuya, dijo entrecortadamente. Eran las tres de la mañana y no estaba en mis cinco sentidos. El cansancio de la semana, unos tragos y el tabaco estaban haciendo estragos. La posada del Consorcio AGAPSA fue todo un éxito. Quedábamos pocos en la sala de fiestas que rentaron para el evento. Milena, una auxiliar de gerencia, estaba bien peda. Casi no tenía trato con ella, pero todos se la querían coger. Tenía un cuerpo delgado, piernas torneadas, cabello corto, ojos negros, piel canela. Las leyendas urbanas contaban que era amante del dueño. Mi jefe me pidió que la llevara a su casa porque él tenía un “asunto” que lo estaba esperando. Ella tenía un vaso con whisky y no lo quería soltar. No, dijo con voz aguardentosa, es la caminera. Se apoyó en mí y salimos al estacionamiento. Mi carro, dijo, ¡dónde chingados está mi carro! Es mejor que vayamos en el mío, dije. ¡Ni madres!, replicó, ¡voy en el mío y punto! Además de peda, impertinente, dije para mis adentros. Sacó, como pudo, las llaves de su bolso. Toma, dijo extendiéndome las llaves, maneja. La ayudé a subir a su Kya Sorento del año. Se le levantó el vestido rojo entallado que traía puesto. Sus piernas torneadas ocuparon mi atención por unos segundos. Su Coco Mademoiselle de Chanel Eau de Parfum penetró por mis fosas nasales. Restregó sus pechos, de tamaño medio, en mi brazo. Tuve una erección instantánea. Con razón todos se la quieren coger, pensé. Se terminó de acomodar en el asiento del copiloto y cerré la puerta. Me acomodé el pantalón y subí. Encendí el carro y ella puso música. Se dejó escuchar Bossa Nova, era tan excitante que la imaginé desnuda acariciándome el sexo. ¿Dónde vives?, pregunté. No quiero ir a mi casa, dijo, esta noche quiero ponerle los cuernos al hijo de puta ese. Supuse que se refería al dueño.  Vamos al Real de Palmas, dijo dándole un sorbo al Whisky. Sonreí. ¡Ya chingué!, celebré en silencio.

Entramos. Me detuve en una ventanilla polarizada. Una voz de mujer preguntó: ¿Suite con Jacuzzi o sin Jacuzzi? Sin Jacuzzi, se apresuró a decir Milena. Nos dieron el número de Suite y entramos a la pequeña cochera. La ayudé a bajar. Ya se había acabado el Whisky. Sentí el calor de su cuerpo. Tuve ganas de mordisquearle los pezones. Entramos. Ya no tenía los tacones puestos. La llevé a la cama. Se acostó bocarriba. Se le subió el vestido y pude ver la lencería que traía puesta: una tanga transparente. Desnúdame, sugirió. Sólo te pido una cosa, continuó, háblame bajito, me excita mucho. Cerró los ojos. La desnudé lentamente. Estaba muy excitado. Un ronquido me volvió a la realidad. La tenía en la cama, desnuda y durmiendo. ¡Vale madre! ¡Despierta!, le dije en varias ocasiones, pero no reaccionó. Estaba encabronado. Agarré mi teléfono celular y le tomé fotos. Para algo me han de servir, pensé. Cogerla durmiendo sería como hacerlo con una muñeca inflable. Resignado deseché la idea y me fui al sillón que estaba en la pequeña sala. Cerré los ojos y me dormí. Cuando desperté, cinco horas después, ya no estaba Milena. Desesperado hablé a recepción. Me contó la recepcionista que Milena habló, no supe en qué momento, y dijo que la iban a ir a buscar y que pagaría el día completo de la Suite. Me acomodé en la cama, repasé las fotos de Milena y me masturbé. Me bañé y minutos más tarde dejé la Suite. Cada vez que la veía en la oficina, bajaba la mirada, avergonzada. Dos meses después me mandaron a otra sucursal, por órdenes expresas del dueño. Aún tengo sus fotos y, de cuando en cuando, fantaseo con ella.


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