Me
dijo que necesitaba mi cuerpo, sentir mis manos acariciándola. No le importaba
nada más. Esta noche soy tuya, dijo entrecortadamente. Eran las tres de la
mañana y no estaba en mis cinco sentidos. El cansancio de la semana, unos
tragos y el tabaco estaban haciendo estragos. La posada del Consorcio AGAPSA
fue todo un éxito. Quedábamos pocos en la sala de fiestas que rentaron para el
evento. Milena, una auxiliar de gerencia, estaba bien peda. Casi no tenía trato
con ella, pero todos se la querían coger. Tenía un cuerpo delgado, piernas
torneadas, cabello corto, ojos negros, piel canela. Las leyendas urbanas
contaban que era amante del dueño. Mi jefe me pidió que la llevara a su casa
porque él tenía un “asunto” que lo estaba esperando. Ella tenía un vaso con whisky
y no lo quería soltar. No, dijo con voz aguardentosa, es la caminera. Se apoyó
en mí y salimos al estacionamiento. Mi carro, dijo, ¡dónde chingados está mi carro!
Es mejor que vayamos en el mío, dije. ¡Ni madres!, replicó, ¡voy en el mío y
punto! Además de peda, impertinente, dije para mis adentros. Sacó, como pudo,
las llaves de su bolso. Toma, dijo extendiéndome las llaves, maneja. La ayudé a
subir a su Kya Sorento del año. Se le
levantó el vestido rojo entallado que traía puesto. Sus piernas torneadas
ocuparon mi atención por unos segundos. Su Coco
Mademoiselle de Chanel Eau de Parfum penetró por mis fosas nasales. Restregó
sus pechos, de tamaño medio, en mi brazo. Tuve una erección instantánea. Con
razón todos se la quieren coger, pensé. Se terminó de acomodar en el asiento
del copiloto y cerré la puerta. Me acomodé el pantalón y subí. Encendí el carro
y ella puso música. Se dejó escuchar Bossa
Nova, era tan excitante que la imaginé desnuda acariciándome el sexo. ¿Dónde
vives?, pregunté. No quiero ir a mi casa, dijo, esta noche quiero ponerle los
cuernos al hijo de puta ese. Supuse que se refería al dueño. Vamos al Real de Palmas, dijo dándole un
sorbo al Whisky. Sonreí. ¡Ya chingué!, celebré en silencio.
Entramos.
Me detuve en una ventanilla polarizada. Una voz de mujer preguntó: ¿Suite con
Jacuzzi o sin Jacuzzi? Sin Jacuzzi, se apresuró a decir Milena. Nos dieron el
número de Suite y entramos a la pequeña cochera. La ayudé a bajar. Ya se había
acabado el Whisky. Sentí el calor de su cuerpo. Tuve ganas de mordisquearle los
pezones. Entramos. Ya no tenía los tacones puestos. La llevé a la cama. Se
acostó bocarriba. Se le subió el vestido y pude ver la lencería que traía puesta:
una tanga transparente. Desnúdame, sugirió. Sólo te pido una cosa, continuó,
háblame bajito, me excita mucho. Cerró los ojos. La desnudé lentamente. Estaba
muy excitado. Un ronquido me volvió a la realidad. La tenía en la cama, desnuda
y durmiendo. ¡Vale madre! ¡Despierta!, le dije en varias ocasiones, pero no
reaccionó. Estaba encabronado. Agarré mi teléfono celular y le tomé fotos. Para
algo me han de servir, pensé. Cogerla durmiendo sería como hacerlo con una
muñeca inflable. Resignado deseché la idea y me fui al sillón que estaba en la
pequeña sala. Cerré los ojos y me dormí. Cuando desperté, cinco horas después, ya
no estaba Milena. Desesperado hablé a recepción. Me contó la recepcionista que
Milena habló, no supe en qué momento, y dijo que la iban a ir a buscar y que
pagaría el día completo de la Suite. Me acomodé en la cama, repasé las fotos de
Milena y me masturbé. Me bañé y minutos más tarde dejé la Suite. Cada vez que
la veía en la oficina, bajaba la mirada, avergonzada. Dos meses después me
mandaron a otra sucursal, por órdenes expresas del dueño. Aún tengo sus fotos y,
de cuando en cuando, fantaseo con ella.
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