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lunes, 14 de diciembre de 2015

14 x 14 (Crónicas de Plataforma) - Día 3



Desperté sobresaltado. Eran las cinco de la mañana. Mi ropa interior parecía almidonada. Me bajé silenciosamente. Abrí el locker intentando no hacer mucho ruido. Entré al baño y seguí la rutina mañanera. Me senté en el inodoro y vi los manchones acartonados de mi semen. De inmediato me volví a excitar recordando los gemidos apagados de Carla. Me masturbé sentado en el inodoro. Me terminé de bañar, me cambié y salí a desayunar.  Cuando llegué al comedor, Oscar estaba hablando con un cocinero. Al verme me hizo una seña con la mano para que me acercara. Te presento a mi funda, dijo sonriendo maliciosamente. Hola, dijo el cocinero con voz amanerada. Es tu coterránea, se apresuró a decir Oscar, ella es la Princesa Maya. Hola, dije estrechando su mano. Es muy celosa, continuó, así que no me coquetees porque te va a partir la madre. Su carcajada se escuchó estruendosa. La Princesa Maya no aguantó la risa y le dio un manotazo en el brazo. Ahora te traigo el desayuno, Papi, dijo y entró a la cocina. Me sonrojé. Cálmate, Arquímedes, dijo, es broma, pero sí me la estoy pinchando. Esa mañana había para el desayuno tostadas de pollo deshebrado, sándwiches de jamón y queso y huevos rancheros. Nada se me apetecía. Agarré un sándwich, una tostada y un poco de huevo. Me serví jugo de naranja. Nos sentamos en una mesa al fondo del comedor. Hoy nos sentaremos aquí, dijo Oscar, porque nadie debe ver lo que voy a desayunar. Es un caldo vuelve a la vida que me prepara la Princesa Maya. ¿Y eso?, pregunté. Es para recuperar fuerzas de la cruda que traigo y poderle cumplir a la Princesa Maya, dijo carcajeándose. Cinco minutos después se acercó la Princesa Maya con una charola en la cual estaba humeando, en un tazón azul, el caldo de mariscos, unas tostadas, cebolla picada, cilantro y limón. El aroma me abrió el apetito. Lo dejó en la mesa. Luego me lo pagas, Papi, dijo guiñándole el ojo antes de irse. En eso estábamos cuando recordé las “camas calientes”. A todo esto, dije, ¿qué son las camas calientes? Se quedó a medio camino la cuchara. Sonrió. Bueno, se aclaró la voz, es cuando un camarote es compartido por trabajadores de diferentes turnos, es decir, continuó, los del turno de día trabajan y los del nocturno duermen y viceversa, así que la camas siempre están ocupadas y calientes. Ya entiendo, dije. La Diva entró al comedor, se sirvió unas tostadas, jugo de naranja y se sentó a lado de Oscar. Terminamos de desayunar y regresé al camarote. Carla ya no estaba, ni sus cosas: se había cambiado de camarote. Suspiré resignado. Me cepillé los dientes y fui a la oficina. A las diez de la mañana llegó Francisco. Se acercó a mí sospechosamente. ¿Y qué tal?, preguntó. Hice un gesto de no comprensión de la pregunta. No te hagas, dijo, aquí todo se sabe. Seguía con el gesto de incomprensión. Carla, dijo al cabo. ¡Ah!, ¿qué con eso?, dije. ¿Te la cogiste?, soltó la pregunta a quemarropa. Vio mi cara de sorprendido. Por tu cara, continuó, el barbudo no te dio chance. Soltó una carcajada. Le tuve que contar lo que sucedió, desde luego que no le dije que me masturbé escuchándolos coger. Me dio una palmada en el hombro y se fue riendo, satisfecho de su victoria. Un rato después, entró el Jefe del área. Arquímedes, dijo, ven un momento. Me acerqué a su escritorio dubitativo. Sólo es para darte las gracias, se aclaró la voz, no tuve tiempo de informarte que ibas a tener una compañera en el camarote. No había disponibles y sólo había camas disponibles en el que tienes asignado. No se preocupe, contesté aliviado. Espero que te haya dejado dormir, sonrió maliciosamente. Como un tronco, dije y me fui a mi lugar.

A las tres y media fui a comedor. Los capturistas ya estaban comiendo. Pedí bistec con papas y jamaica. Me senté a lado de Jorge. Empezaron a joderme con lo de Carla. Seguro, dijo Francisco, te hiciste un par de chaquetas. Todos empezaron a reírse. Me hubieras dicho y te ayudaba, apresuró a decir La Diva. Te cuidado, dijo Jorge, no se vayan a confundir un  día y te vaya a visitar el barbudo. Inevitablemente empecé a reír por las chingaderas que decían. Se acercó la Princesa Maya y le asentó, a Oscar, un platito con un pedazo de pastel de tres leches. El postre, Papi, dijo y se sentó a su lado. Cinco minutos después se fue a la cocina. Terminamos y me fui al camarote. Oscar fue conmigo. Entramos y antes de entrar al baño encendió un cigarro. Eso mata el olor, dijo. Me acosté en la litera de abajo a esperar que terminara. Entró la Diva al camarote y se abalanzó sobre mí. Sentí como su mano me apretaba los testículos. Por instinto lo empuje y se recostó a mi lado. Me paré de inmediato. No te asuste, dijo satisfecho, estaba dormidito. Se empezó a reír. Salió Oscar. Dejen sus puterías para la noche, dijo. El tufo del cigarro minó el camarote. Agarré mi cepillo, el dentífrico y entré al baño. Si no le pongo un alto, dije para mis adentros, ese pelaná me va a estar jodiendo hasta que me lo coja. Cuando salí ya no estaban. Me fui a la oficina. La salsa se escuchaba contagiosa. Esta vez no me puse los audífonos, le empecé a agarrar gusto.

A las nueve de la noche fui a cenar. Sólo Jorge estaba en el comedor. Me serví un poco de cereal con leche en un tazón y me fui a sentar a su lado. ¿Y los otros?, pregunté. Están cerrando órdenes pendientes, dijo, ya que mañana deben terminar las reparaciones. No le di mucha importación al comentario. Me platicó que era casado y tenía una hija de un año. Embarazó a su esposa y lo forzaron a casarse. Es una chinga, dijo melancólicamente, casi no veo a mi hija, no la estoy viendo crecer, pero ni modo. Terminamos de cenar y me fui al camarote. Cuando entré, Oscar me estaba esperando. Vamos, dijo. Asentí con la cabeza y empezamos a perdernos por los pasillos. Llegamos a la sala de espera del primer día que llegué. Había un grupo de cinco personas sentadas alrededor de una mesita redonda. Estaba jugando dominó. ¿Sabes jugar?, preguntó. Un poco, dije. En la siguiente ronda entramos. Despacharon a un par de ellos y nos sentamos en direcciones opuestas, como lo dictan las reglas del juego cuando se juega en parejas. Nos dieron fichas pequeñas de color verde, a manera de dinero. A dos de tres, dijo el tipo que revolvía el dominó. Oscar asintió con la cabeza.  Empezó a repartir y yo no tenía un buen juego. Oscar puso la mula del seis. Perdimos. Debes contar, me dijo, darme juego. Está bien, dije. Nos volvimos a sentar. Doble o nada, dijo Oscar. Va, respondió el tipo. El otro tipo puso la mula del seis. Las fichas iban y venían. Ganamos. Suerte de principiante, dijo con molestia uno de los tipos. ¿Qué ganamos le pregunté?, le pregunté a Oscar. Unas diez Cocas, que podrás cambiar por lo que quieras. Sonreí. Nos perdimos de nuevo por los pasillos. Se despidió y seguí hasta mi camarote. Me cepillé los dientes, cambié de ropa y me acosté a dormir.

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