Me siento coludido por la necesidad de expresarte las ganas que tienen las gardenias de husmear entre tus tibios senos. El girasol se acurruca en medio de una brisa temprana de invierno. Heme aquí contemplando los maizales que de soslayo apuntalan sus raíces en la sombra de un beso a medio parir. Una langosta deambula perdida por entre las comisuras de una manzana que hace un rato cayó de su rama junto a un silencio descomunal. Las margaritas sudan al recordar los gemidos que pintaste en el ápice de mi espalda al ocaso del verano pasado. La tierra aún huele a tus eyaculaciones espasmódicas de hembra en celo eclipsadas con el rumor del avistamiento de un ave nocturna. La silueta perenne, de la solitaria rosa, enmarca tu desnudez lánguida de jadeos y llena de ardores. Es impropio no escuchar el silbido de la hierba que mastica aún tu pubis para saciar sus ansias de penetrarte el ombligo. Derrotado yace el ratón, de cola lampiña, al no encontrar el resguardo cálido de tu blusa teñida de universo apagado de estrellas. Inconsciente se masturba la voz reprimiendo un gemido de dimensiones cósmicas suturado a la erección de un suspiro. He de dejar la savia de mi vientre entre la floresta a la espera de que la concavidad de tu impaciente entrega regrese a sorberla lentamente; desnuda tu boca y eyaculada mi espera.
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miércoles, 28 de octubre de 2009
Desnuda espera
Me siento coludido por la necesidad de expresarte las ganas que tienen las gardenias de husmear entre tus tibios senos. El girasol se acurruca en medio de una brisa temprana de invierno. Heme aquí contemplando los maizales que de soslayo apuntalan sus raíces en la sombra de un beso a medio parir. Una langosta deambula perdida por entre las comisuras de una manzana que hace un rato cayó de su rama junto a un silencio descomunal. Las margaritas sudan al recordar los gemidos que pintaste en el ápice de mi espalda al ocaso del verano pasado. La tierra aún huele a tus eyaculaciones espasmódicas de hembra en celo eclipsadas con el rumor del avistamiento de un ave nocturna. La silueta perenne, de la solitaria rosa, enmarca tu desnudez lánguida de jadeos y llena de ardores. Es impropio no escuchar el silbido de la hierba que mastica aún tu pubis para saciar sus ansias de penetrarte el ombligo. Derrotado yace el ratón, de cola lampiña, al no encontrar el resguardo cálido de tu blusa teñida de universo apagado de estrellas. Inconsciente se masturba la voz reprimiendo un gemido de dimensiones cósmicas suturado a la erección de un suspiro. He de dejar la savia de mi vientre entre la floresta a la espera de que la concavidad de tu impaciente entrega regrese a sorberla lentamente; desnuda tu boca y eyaculada mi espera.
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