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martes, 3 de agosto de 2010

El llanto de un violín

La mañana luce acorralada por la tristeza. El sol se desgaja amoratado. La boca predica un credo sin Dios. Poco o nada sirve para acomodar un mar de lágrimas insonoras. Despierta agónica la esperanza para suspirar tu aroma. El tiempo vaga por mis dedos artríticos y los dolores secundarios de la vejez. El té frío se frunce con los labios resquebrajados. Qué importa comer. No me dan ganas de llorar, sin embargo se anuda la garganta. En medio de la mesa un periódico amarillento oculta tu rostro – verano del 1940. Un violín suena a lo lejos – llora con sentimiento propio. Me aferro a la silla. Veo tu rostro estremecerse recostado en mi pecho. El aire tarda en llegar a los pulmones. La mañana se libera. El sol enfría el llanto del periódico. Siento tus manos tersas en el rostro. Se oye una detonación. El violín sigue llorando. Cabalgo en tu sonrisa de manantial. Me besas con pasión. Esquivo al sol con el ramo de flores que llevo en la mano derecha. Los holanes del vestido blanco juguetean con la brisa tibia. Una voz clama: “¡Respira!”. Te ciño a mi cuerpo. Juntos por vez primera. Sólo escucho tu voz. Un te amo trastabilla entre tu espalda y mi boca. El día luce desvelado. El periódico amarillento se ha quedado olvidado junto con la taza de té y los ecos del llanto del violín. La noche calla y el violín ha vuelto a llorar.

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