Deseo tanto despojarte de los laureles que ciñen tu vientre, esa moldura de girasoles que anida en tus besos, aquella rosa vulnerable que cultivas en tus anhelos. Siento morir en tus arrebatos de ígnea mujer. El silencio se acurruca en las letras y en los pasajes de esos libros que guardo dentro del corazón. Repasaré uno a uno los jardines de tu boca al amanecer y sorberé su rocío exquisito. Aún escucho tus gemidos y el retorcer de tu cuerpo bañado de pasión. Las horas insisten en repetirme cada línea oculta de tu intimidad. La lengua guarda el sabor de tu alma. Encenderé de nuevo la vela que está a medio morir y te esperaré paciente. El champagne te espera y las fresas igual.
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viernes, 6 de agosto de 2010
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