Cuando el cuadro recuerda la inocencia de tu piel, un sinfín de anécdotas fluyen por su marco: la voz tersa de tu alma rozando el ápice de mi lujuria, con matices sepias y cielos impolutos, templados, cosidos con hilos de plata; el girasol de tu desnudez nadando en los sudores del gemido nítido de la almohada, con cavidades de floresta temprana, cosechando risas de incertidumbre, alcatraces con aroma a vino tinto, nubes bajas de gajos dulces; la incapacidad del tiempo de contener en sus minutos los besos saciados en tu boca, en mi pecho, en tu pubis, en mi alma.
No olvida la mirada: al despedirse las caricias de la alcoba, el buró sollozando una canción muda que marchita la flor sintética que ya no llora; la luz cansina que vertía su líquido resplandor al cenicero que musitaba una redondilla de amor; los brazos de la cama que abrazaban a ciegas el sudor que se secaba en los holanes de un suspiro aletargado y sumiso.
Cuando el cuadro recuerda, el silencio muerde las entrañas de tu esencia acaecido en el acero de la media noche, muriendo en los labios de mis ansias sobradas. El cuadro llora y el recuerdo vaga por su marco, indómito, insaciable, eterno, perdurable, a tientas tibio. El sol se oculta y nos espera para que el recuerdo lo enamore mucho más.
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martes, 8 de noviembre de 2011
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