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viernes, 11 de noviembre de 2011

Sin decir te amo

El cielo luce un plomizo gris desgastado, las hojas secas recorren los senderos sin dirección propia, esta mañana duele un poco, o será que mis hormonas están distraídas y mis senos los aconseja el girasol que corté ayer por la mañana – no lo sé. No sé qué pasó por mi mente anoche, estaba soñolienta buscando en los escondrijos del recuerdo algunas cosas para poder dormir. Ahí estaba latiendo una hoja de papel con más de mil palabras acomodadas de tal manera que parecían una lluvia tenue de soles matutinos. Empecé por decodificar cada frase y acomodarlas una a una en un recipiente impoluto y cristalino. Unas manos entraron a desdibujar una frase: ámame sin escribírmelo, sin decírmelo. En ese instante recordé sus ojos color café tenue, las manos grandes y labios pequeños. Adivinaba cada movimiento en sus pensamientos, era un libro abierto para mí.

Lo conocí en la biblioteca de la escuela, estábamos en el último año de la licenciatura en derecho laboral. Era algo retraído y silencioso - hasta eso me encantaba de él, era enigmático de alguna forma. Nos hicimos novios una tarde abril; nos fugamos, en la noche de graduación, a un motel – esa experiencia no la olvida mi piel, la lleva en su memoria -, y nos entregamos al todo por el todo. Fueron unos años maravillosos hasta que un día nuestros caminos se tuvieron que separar y algo de mí murió esa misma noche en que nos despedimos. Recuerdo el buró caoba que tenía un singular reloj-despertador que no dejaba de parpadear con sus números carmín; la lámpara que estaba apagada y se caía a la izquierda de la única ventana; el espejo que se sonrojaba con los ímpetus de nuestra entrega; el silencio de la madrugada al intentar acariciar nuestras almas en plena comunión. A veces sueño con esa noche y acabo rendida y algo melancólica, de cuando en cuando, unas lágrimas brotan sin querer – lo entraño demasiado.

Esta mañana es uno de esos días en que se multiplica ese amor en mí, me deja plena, inconsciente, rendida, perdida, temblorosa. Anoche musité en la vaguedad de las sábanas su nombre, el ardor de las caricias que tatuó en toda mi piel, los aromas de los gemidos que brotaron de su alma, la esquina inequívoca de su ancha espalda, el temblor de su cuerpo poseído por mis caricias. Le hice jurar que jamás me buscara, escribiera, hablara tan siquiera; lo tenía que sacar a como diera lugar de mi alma y mi piel - no hubiera podido vivir. No sé nada de él, de su vida, de sus amores, - si es que los tiene – de su familia, nada de nada.

Estoy contemplando ahora lo único que no se pudo llevar, y tampoco he podido olvidar: un boceto que ambos dibujamos en una pared de mi habitación. No he tenido el valor para borrarlo y creo que jamás lo haré; es la única parte que no se pinta cuando intento redecorar mi habitación.

El cielo luce un plomizo gris desgastado, las hojas secas recorren los senderos sin dirección propia, esta mañana duele un poco, la esperanza aún vive para que jamás olvide que lo amo sin decírselo. Recibe este gran te amo dónde quiera que estés; lo he susurrado quedamente para que el viento lo deposite en tu pecho que sé aún no me olvida, como yo no me he olvidado de ti y nuestro amor.

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