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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Labios insomnes

Desearía no tener las ganas que tengo ahora – pensé esa madrugada lluviosa. El sueño envolvió mis tribulaciones cotidianas: el jefe jodiendo por pendientes que no tenían futuro, la lluvia que no cesaba, la clonación mi tarjeta bancaria de nómina, las nuevas reformas del país. Necesitaba conciliar el sueño de alguna manera y me tomé un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme. Me fui a la habitación. Las luces estaban apagadas. Mecánicamente me dirigí a la cama y me tumbé con todo y zapatos. Estuve un rato girando en la estrecha amplitud de la cama. El sueño fue introduciendo en el subconsciente imágenes etéreas. De la mano me llevó a una habitación de paredes blancas. Ahí estaba ella con un sonrisa franca, el cabello suelto, los ojos deslumbrantes. Sus labios se apoderaron de los míos en un beso casi vívido. Sentí un pequeña corriente eléctrica en las comisuras de la boca. Tengo ganas de ti – me dijo mordiéndome los labios. Sé que ya no me amas, que me has olvidado – con ternura me reclamaba. Se alejó lentamente en el espesor del color blanco de las paredes.

Desperté con lágrimas en los ojos y la sensación de resequedad en los labios. El fin de semana siguiente salí con mi amigo Rodulfo y le conté lo sucedido en el sueño. Deja de soñar con esas chingaderas, no te dejan nada bueno – me aconsejó bebiendo un “Bacardi Añejo” con agua. No era la primera vez que le contaba esos sueños y la relación que tuve con Isaura. Quizá me enamoré perdidamente de ella, no quizá, me enamoré locamente de ella. Esa voluntad, el enigma de sus ojos, la pasión que derrochaba cuando teníamos sexo, una mujer en toda la extensión de la palabra. Tuve otras relaciones que no han llenado ese vacío que dejó al marcharse. ¿Qué tienes, amor? – me preguntaba Graciela con voz melosa. La respuesta era siempre la misma: No me pasa nada. En otras ocasiones me preguntaban si las amaba, no respondía porque para mí la respuesta era obvia. No puedo mentir, las llegué a querer un tanto.

No la he vuelto a ver en más de diez años y mis labios aún recuerdan los más íntimos resquicios de su piel. A veces tengo insomnio y vuelve mi cuerpo a revivir el cansancio de su pasión. El autobús espera a que abordemos los pasajeros. Regreso a casa después de un mes. La lluvia ha empezado y son ocho horas de viaje. No hay un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme.





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