Desperté con lágrimas en los ojos y la sensación de resequedad en los labios. El fin de semana siguiente salí con mi amigo Rodulfo y le conté lo sucedido en el sueño. Deja de soñar con esas chingaderas, no te dejan nada bueno – me aconsejó bebiendo un “Bacardi Añejo” con agua. No era la primera vez que le contaba esos sueños y la relación que tuve con Isaura. Quizá me enamoré perdidamente de ella, no quizá, me enamoré locamente de ella. Esa voluntad, el enigma de sus ojos, la pasión que derrochaba cuando teníamos sexo, una mujer en toda la extensión de la palabra. Tuve otras relaciones que no han llenado ese vacío que dejó al marcharse. ¿Qué tienes, amor? – me preguntaba Graciela con voz melosa. La respuesta era siempre la misma: No me pasa nada. En otras ocasiones me preguntaban si las amaba, no respondía porque para mí la respuesta era obvia. No puedo mentir, las llegué a querer un tanto.
No la he vuelto a ver en más de diez años y mis labios aún recuerdan los más íntimos resquicios de su piel. A veces tengo insomnio y vuelve mi cuerpo a revivir el cansancio de su pasión. El autobús espera a que abordemos los pasajeros. Regreso a casa después de un mes. La lluvia ha empezado y son ocho horas de viaje. No hay un “Absolut Mandrin” con agua para relajarme.
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