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martes, 10 de septiembre de 2013

Toma y daca (El lambiscón)

Es un episodio que se quedó grabado temporalmente en mi memoria. Esa tarde entré al baño de la empresa en donde trabajaba por aquellos días. Tenía en la boca el brazo del cepillo dental y me dirigí al mingitorio. Terminé y empecé a cepillarme los dientes. Instantes después entró el director del departamento, un viejo huraño que creía saber todo de las nuevas tecnologías. Vaya perdedor. Había subido al puesto por ser el lamehuevos de su antecesor en el puesto. Juntos se iban de parranda y me atrevería a asegurar que hasta compadres eran. Se detuvo junto a mí en el lavamanos disponible. Se quitó los lentes y empezó a cepillarse los dientes. Sólo se oía ese ruido del cepillo golpeándose contra los dientes, en un frenesí casi acompasado. Terminé y tomé un par de papeles sanitarios para secarme la boca. En eso estaba cuando entró un líder de mi departamento. Casi me golpea cuando abrió la puerta. Perdón, dijo disculpándose. No alcé la mirada y me cambié de lugar. Al terminar de cepillarse el viejo huraño se dirigió a los mingitorios.

– Te felicito, muy buen reporte. – Le dijo al líder que estaba sacudiéndose el falo.
– Gracias, es mi trabajo. – Le contestó el líder casi elevándose al cielo.

Era una de lambisconeadas que casi me carcajeo en el baño. Mi imaginación situó la escena en un lujoso motel del norte de la ciudad.

– ¿Me lo prestas? – Preguntaría cándidamente el viejo huraño, ahora viejo rabo-verde.
– Claro que sí. – Contestaría el líder bajándose el pantalón in so facto y el culo por delante.

Y empezaría el gozo. Ora la boca, ora la mano. El soplido agitado en la nuca del líder. Un toma y daca atrincherado. Como alguna vez le oiría decir a otro jefe que tuve: no hay mayate puro. Por eso sigo jodido y siendo un perro más del montón. Más vale anillo íntegro, que billete en mano.



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