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martes, 13 de mayo de 2014

El de siempre

Si bien dije que no iba a llorar, pero lo hice. Eloísa se desenfundó el vestido de coctel que llevaba puesto. No quería verla desnuda esa noche. Con maestría se soltó el brasier con una mano y lentamente se quitó la tanga, ambos de color negro. No te pongas cursi ahora Juan, deja esas pendejadas para otro momento, dijo acercando su desnudes, mejor hazme gozar. Estuvimos en un ir y venir de jugos y sudores hasta el amanecer. ¿No veremos luego? Pregunté trémulamente. Sólo guiñó el ojo derecho y me dio un beso en la frente. No quiero hablar de esas cosas ahora, deja que respire este delicioso aroma a sexo, me encanta, dijo y suspiro profundamente. Me mordió los labios y se marchó. Por la tarde salía su vuelo a Miami, en donde se encontraría con su prometido. Dejaría la oficina para dedicarse en “cuerpo y alma” a su nueva vida, así me lo decía de cuando en cuando. Llevamos más de cinco años de relación y no cambiará nada, me decía cuando tenía sus arranques de celos, no dejarás a la pendeja de tu esposa, insípida de mierda. Me enculé como un pendejo. Tenía esa manera de entregarse que me excitaba mucho, lo gozábamos deliciosamente cada vez que cogíamos. Sabía que me excitaba la lencería fina y se compraba modelitos muy sexys; aún conservo fotos de ella en lencería. A veces me encierro en el baño a masturbarme mirándolas.

Mi vida sexual empezó a girar entre películas pornográficas y masturbaciones matutinas. Sólo cogía con mi esposa para ser “el de siempre”. Un año después de la partida de Eloísa renuncié al trabajo y me fui a vender mariscos a Progreso. Siempre quise vivir en el puerto, amanecer con el rumor de las olas. Mi esposa me ayudó con la idea, cosa que le agradezco mucho. Un domingo de agosto vibró el teléfono celular. Mariscos Jade, en qué puedo servirle, dije con tono servicial. ¿Eres Juan Peraza? Preguntó la voz. Le respondí que si y empezó a insultarme a diestra y siniestra. Le colgué al pendejo. Un par de horas después entró a la marisquería el prometido de Eloísa, su ahora marido. Le preguntó a un mesero por mí y me señaló con el dedo. Estaba detrás del mostrador cuando se me acercó y me dio un madrazo en la cara. Caí de espaldas y enseguida los meseros agarraron al esposo de Eloísa. Me reincorporé con mucha dificultad. Sangraba mi boca. Le puse una madriza que no olvidaría por mucho tiempo. Los meseros lo sacaron a rastras y lo dejaron a media cuadra. Y a este hijueputa que le pasa, le dije a uno de los meseros. No le di importancia.

Quince días después me llegó un citatorio del Juzgado de lo Familiar para que me hiciera una prueba de ADN. Qué significa esto Juan, dijo mi esposa con ojos de furia, a quién puta te cogiste. No dije absolutamente nada. A los tres días me hicieron la prueba y realizaron el careo con el querellante: el esposo de Eloísa. El juez cotejó los análisis y asintió con la cabeza. Acto seguido, el juez dictó sentencia: De acuerdo a las indagatorias y los análisis presentados por ambas partes, se otorga la custodia de la niña Carmen Eloísa Bastarrachea Fernández a su padre biológico Juan Efraín Peraza Castellanos. Mi esposa no podía creerlo, se puso a llorar del coraje. Con una sonrisa estúpida se vanaglorió el esposo de Eloísa. Tragué saliva y me resigné a esperar lo peor, que estaba a punto de iniciar.

La trabajadora social me entregó a Carmen. Una hermosa niña de diez meses. Tiene los mismos ojos que Eloísa. Los hoyuelos los heredó de mí. Chinga tu puta madre, dijo mi esposa al tiempo que me daba una bofetada. La trabajadora social no pudo evitar sonreír. Me quedé por unos instantes petrificado sin saber qué hacer. Al reaccionar llevé a Carmen a casa de mis padres. Les conté la historia con Eloísa, cosa que no les cayó mucho en gracias, pero tenían a una nueva nieta. Ese mismo día, en la noche, mi esposa llevó toda mi ropa a casa de mis padres. No te quiero volver a ver en mi vida, pediré el divorcio, dijo llorando, jamás te perdonaré. Dos meses después me llegó el citatorio para el divorcio. Se dividieron los bienes y la custodia de mis otros dos hijos se le quedó a mi ex-esposa. Tuve que llegar a un arreglo con la marisquería: me comprometí a pagarle a mi ex-esposa la mitad del costo en un lapso de tres años.

Una vez pasada la tempestad empecé a cavilar sobre cómo pudo embarazarse Eloísa. No tenía sentido nada. Busqué a la madre de Eloísa para que me aclarara todas mis dudas y de camino llevarle a Carmen. Me contó que después de dos meses de matrimonio no se podía embarazar. El esposo estaba molesto y la insultaba constantemente. El problema no era que ella no pudiera embarazarse, sino que el marido tenía un conteo bajo de esperma. Eloísa recurrió a la inseminación artificial a escondidas de su esposo. Ya no recordaba que en alguna ocasión una pareja de lesbianas, amigas de ambos, fueron a pedirme el favor para que fuera donador para que pudiera tener un hijo; acepté con una condición: no quiero saber nada del bebé. Esa donación no fue para ellas, sino para Eloísa, que vino ex profeso a México para que fuera inseminada. El esposo casi se la cree, pero quería cerciorarse de que efectivamente fuera hija suya. Sin salida, Eloísa le contó lo de la inseminación y casi la mata a golpes. En venganza el esposo decidió entregarme a Carme y dejar cautiva a Eloísa en su “palacio” de Miami. No te había dicho nada, hijo, porque ese maldito nos amenazó con matar a Eloísa y a la niña, es un loco, me dijo la madre de Eloísa, tememos por la vida de Eloísa. Se me hizo un nudo en la garganta. Bien me pudo haber matado en la marisquería si hubiese querido. Tiene una puta mente retorcida el cabrón.

Después de un año, compré una casa pequeña en Progreso y me fui a vivir con Carmen ahí. Ya no soy el de siempre. La marisquería nos da para medio vivir, sin grandes lujos. Cada que puedo le cuento sobre Eloísa para que no se olvide de ella. Ya estoy aprendiendo a hablar en inglés y acepto dólares en la marisquería. Pronto aceptaré tarjetas de crédito. Carmen está iniciando la escuela primaria. No he vuelto a saber nada de Eloísa y aún me masturbo viendo sus fotos.





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