En
el octavo día, me sentí tan solo. Miré por un par de horas el techo del
camarote. Después de cenar y cepillarme los dientes, me tumbé en la litera de
arriba. Por inercia agarré el libro de José Saramago. Empecé a leer. Dos
párrafos después, dejé la lectura y me puse ver el techo inexplicablemente.
Suspiraba largamente.
Recordé
a Ivana, con quien tuve mi primera relación sexual. Tenía diecisiete años en
ese entonces; ella tenía veinticinco y trabajaba como mesera en un bar,
fichando. Rodulfo, mi mejor amigo, me llevó ahí a tomar los tragos para
festejar sus dieciocho años. Eran las diez de la noche cuando llegamos. Ivana
se acercó a nuestra mesa. Era pelirroja y de piel blanca. Cuando sonreía se le
marcaban los hoyuelos. Llevaba puesta una minifalda, un top ombliguero y
zapatillas de punta de aguja. Se sentó en las piernas de Rodulfo. Empezó el “estira
y afloje” para conseguir fichar. Rodulfo negó con la cabeza, no sin antes
acariciarle las piernas torneadas y restregar sus narices en los pechos de
tamaño medio. Sus ojos cafés oscuros me hipnotizaron. Pedimos un par Coronas. El
mesero nos trajo un plato con papa en cuadritos y cilantro y calabaza frita. De
pronto, me sorprendí buscando a Ivana. Estaba sentada en la piernas de un gordo
de guayabera blanca de mangas largas-, al parecer funcionario de la Presidencia
Municipal-, sonriendo y regalando caricias. Una hora después, sin razón
aparente, regresó a la mesa. Me puedo sentar, me preguntó señalando una silla
vacía. Sí, le respondí. Resopló con hastío. Ya estoy algo cansada y harta de esos
hijueputas políticos. Sólo quiere manosear sin pagar. Hola, dijo al darme un
beso en la mejilla, soy Ivana. Arquímedes, dije respondiendo al beso. A él ya
lo conozco, dijo con un ademán despectivo hacia Rodulfo. Levantó la mano y el
mesero se acercó a ella. Tráeme una cuartita, Chucho, dijo, va por mi cuenta.
Asintió con la cabeza y se fue. Me caíste bien, dijo acercándose más a mí.
Hicimos química o algo así, dijo divertida. Vinieron luego más cervezas y ella
contándonos sus aventuras con los clientes. Una vez, dijo, vino la esposa de un
tal Cervera y me sacó a rastras del bar. No se fue limpia la vieja esa,
continuó, le di buenos madrazos. Nos carcajeamos. En tres ocasiones fue el
mesero a decirle que tenía que fichar y ella sólo decía: “estoy cansada y estoy
pasándola bien con unos amigos”. Hicimos cuentas rápidas y decidimos pedir la
cuenta. Sólo nos quedó para el taxi de regreso. ¿Ya se van?, preguntó Ivana
haciendo pucheros. Se veía tan ridícula que nos empezamos a reír. Sí, respondí
hipando. No te vayas, dijo agarrándome la mano, quédate un ratito más, ya casi
salgo. Ya no tengo dinero, respondí sacando las bolsas de mi pantalón. No
importa, arremetió, yo te invito. Rodulfo sólo se encogió de hombros
incrédulamente. Me quedo entonces, dije y fui al baño. Al regresar ya no estaba
Rodulfo e Ivana estaba hablando con el mesero en la barra. Cuando regresó,
empezó a besarme y acariciarme el sexo. Casi me voy de espaldas por la euforia
con que me acariciaba. Nos empezamos a reír.
A
las tres y media encendieron las luces y apresuré a subirme el cierre del
pantalón, ya que Ivana hábilmente había sacado mi sexo de entre las ropas. Es
hora de irnos, dijo, ahora vuelvo. Se fue a la barra. Le entregaron un sobre y
regresó por mí. Un taxi la esperaba en la parte trasera del bar. No subimos y
empezaron las caricias de nuevo. El taxista, de cuando en cuando, nos veía por
el espejo retrovisor. No supe a donde iba, ni presté atención a las calles por
las que pasamos. Recuerdo que llegamos rápido al edificio donde ella tenía
alquilado un departamento austero. Antes de bajarnos, le dio un billete al taxista.
¿Mañana a la misma hora?, preguntó dubitativo. Sí, respondió Ivana algo distraída.
El departamento estaba en el primer piso. Al abrir la puerta, un aroma dulce
nos golpeó de lleno en el rostro. Me gusta la aromaterapia, dijo antes de
encender las luces. Era un lugar cálido y discreto. Había muchas plantas y
ningún retrato. En las paredes había, colgadas, pinturas de paisajes. Quieres
tomar algo, preguntó solícita. Negué con la cabeza. Esta es mi humilde depa,
dijo despojándose de las zapatillas. Con los tacones se veía más alta que yo,
pero al quitárselos ya no lo era tanto. Cuando tomó mi mano para irnos al
cuarto, empecé a sentirme nervioso. Tragué saliva. Me ruboricé. Hubo un
silencio incómodo. ¿Qué te pasa?, preguntó consternada. Bajé la mirada. Soy
virgen, balbuceé. Creí que se cagaría de la risa y no fue así. No dijo nada. Me
dio un beso en los labios y entramos al cuarto.
Lentamente
empezó a desnudarme. Palmo a palmo exploraba cada centímetro de mi cuerpo. Por
ella supe cuales eran mis zonas erógenas. Me tomó de las manos y me indicó, en
silencio, qué hacer con ella. Mis manos, temblando un poco, empezaron a
desnudarla cuidadosamente. Mis labios recorriendo los suyos. Las lenguas
jugueteaban suavemente. Se recostó en la cama bocarriba. Me agarró de la cabeza
y guió mi lengua hasta su sexo. El Monte Venus estaba algo frondoso y el clítoris
era un delicado botón rosa. Lo lamí con algo de miedo. Insistió en que
acelerara los movimientos de mi lengua. A partir de ahí, ella tomó el control
en la cama. El cuarto se llenó de una sinfonía de jadeos y gemidos. Entraba y
salía de ella una y otra vez. El sudor nos empapaba la piel, las sábanas. Lo
hicimos tres veces. Nos quedamos dormidos, completamente exhaustos.
Cuando
desperté ella ya no estaba en la casa. Había salido de compras con algunas de
las chichas del bar, según decía el recado que dejó sobre el buró. Me vestí y
me fui a mi casa. Eran fecha de exámenes en la escuela así que se me complicaba
ir a verla al bar, además me gasté los ahorros aquella noche con Rodulfo.
Cuando regresé para verla, me dijo el mesero que se había ido a Guadalajara
porque falleció su mamá y posiblemente ya no regresaría a Mérida. Estuve
deprimido una semana. Para desahogarme, intenté escribir. Era miércoles por la
noche, estaba en mi cuarto y no podía dormir. Miraba el techo y la luna se filtraba
entre las cortinas. Me paré, agarré lápiz y cuaderno y escribí:
Me siento nostálgico. Sí, así es.
No por no verte, ni por no hablarte; es más la necesidad de acurrucarme en tu
espalda, al compás de tu respiración pausada. Ayer vi una luna amarilla en el
horizonte de un cielo bajo. Recordé tu piel desgajándose en mis manos. Sentí
nostalgia. Me detuve a contemplar esa luna, que tibia se reflejaba en las aguas
de un mar en calma. Hurgué en mi piel para retomar esas caricias que se
quedaron a medias, que nacieron con un beso tuyo y se marchitaron con la
distancia de tu piel. Quería atrapar, en una botella, esa pasión que me
entregabas a manos llenas y volver a ti, mi mar de aguas mansas. La nostalgia
duele cuando lejos de mí tú estás.
Cerré
los ojos e intenté conciliar el sueño. Ivana, Ivana, repetía mentalmente. De
nuevo, el cansancio me volvió vencer.
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