Llegamos
a la terminal de Ciudad del Carmen a las 5:30 de la mañana del miércoles.
Recogí la maleta y salí en busca de un taxi que me llevara al muelle de
embarque. Había varios taxistas esperando. Me subí al más cercano. Al muelle,
dije al entrar. El taxista se puso en
marcha. Recorrimos las calles semioscuras y desiertas. Un miedo me invadió el
cuerpo. Y si este pendejo me está llevando a otro lugar para asaltarme, pensé,
o quizá violarme. Respiré profundo para calmarme. Sólo el ruido del motor y las
llantas rodando en el pavimento nos acompañaban.
Al
llegar al muelle, suspiré aliviado. Había gente por todos lados, con maletas
cargando; otros desayunando en las pequeñas fonditas; otros más durmiendo dónde
se podía. Le pagué al taxista y me bajé. El aroma de la comida llegó hasta mí.
Quise comer algo, pero los nervios me quitaron el apetito. Me sentí solo. Entré
a las oficinas de embarque y me senté. Dos horas después nos avisaron que la
lancha llegaría en diez minutos. El Líder me aconsejó que estuviera pendiente
de las paradas que hiciera la lancha, ya que repartía gente por todo el
complejo (así le llamaban al grupo de plataformas que estaban relativamente
cerca una de la otra). Me dirigí, junto con el resto de los pasajeros, al
puente de embarque. La subida fue complicada por el peso y el tamaño de la
maleta. Detalles menores, pensé.
De
pronto, un olor hediondo me dio de lleno en la cara: pescado putrefacto, sal y
fibra de vidrio. Aguanté un poco la respiración. Dejé la maleta a un lado y me
senté en uno de los asientos que tenía adecuado la lancha para los pasajeros.
Otros prefirieron quedarse parados o recostados en la piso. El vaivén de la
lacha, fruto del oleaje del mar, me provocó una leve arcada. El viaje sería un
calvario. Me forcé a cerrar los ojos y respirar lentamente para no vomitar
dentro de la lancha. Mientras más
transcurría el tiempo, el vaivén de la lancha se hacía más agresivo: el agua
del mar entraba por las ventanas y nos rociaba.
El periplo duró más de cuatro horas, de las cuales, a la tercera tuve
que salir a la proa y vomitar para aliviar un poco el malestar. Me quedé
afuera. El viaje fue más placentero ahí. Ver las enormes plataformas era un
espectáculo increíble: grandes extensiones de construcciones con maquinaria
pesada elevadas a cientos de metros sobre el nivel del mar. Algunas parecían edificios
flotantes con ventanales diminutos. Otras remataban con torres de perforación
humeando, que por las noches ofrecían un espectáculo de luz y sombra sobre el
mar, de película hollywoodense.
Una
voz gritó: “¡Ek Balam!”. Entré a
buscar la maleta como disparado por un resorte. La maniobra para subir, dado
que no había puente de enganche, sería por medio de una canastilla sujeta a un
brazo de grúa, a la que llamaban: la viuda. Días después me enteré que le
llamaba así porque algunas personas, - no afirmaron, ni negaron, si fueron muchas-,
habían caído de la canastilla y muerto ahogados o golpeados al precipitarse al
mar en caída libre, por lo que dejaban viudas a sus esposas, en el caso de que
estuviera casada la persona. El marinero me dio un chaleco salvavidas y vi con
ojos desorbitados cómo se elevaba la canastilla con unos cinco hombres
agarrados de la red. Nos dijo: “Cuando esté abajo la canastilla, tiran sus
cosas en el centro y se agarran muy fuerte de la red para no caerse”. Mis manos
sudaban y recordé que la maleta pesaba mucho y estaba aparatosa; tendría que
hacer un gran esfuerzo físico para levantarla y ponerla en el centro. La subida
se hacía más complicada debido al vaivén de la lancha. Bajó La viuda. En
cuestión de segundos ya estábamos suspendidos en el aire. Me aferré de la red
como lo hacía de mi madre, de pequeño, cuando tenía miedo de algo. El descenso
tendría que ser igualmente rápido. Intenté sacar la maleta, pero no podía;
sentía cansados los brazos. La viuda empezaba a subir. El hombre que nos
esperaba en cubierta reaccionó de inmediato y me ayudó con la maleta. En ese
momento entendí porqué la mayoría llevaba mochilas de tamaño mediano.
A
la una de la tarde estaba en una pequeña sala de espera. Entró un hombre, de
unos cuarenta años, y preguntó: “¿Alguno de ustedes es de sistemas?”. Yo,
respondí. Sígueme, dijo y fui detrás de él. Andamos por varios pasillos con
paredes color beige. Subimos y bajamos una y otra escalera. Me desorienté.
Llegamos a una pequeña oficina. Hemos llegado, dijo y se retiró. Había varios
escritorios y computadoras. Tú debes ser Arquímedes, oí decir a mis espaldas. Giré
y ahí estaba Gerardo Quiñones, el programador que terminaba su guardia 14 x 14,
pero le dijeron que se quedara un día más para que me orientase en ese nuevo
mundo de la plataforma. Extendí la mano para saludarlo. Me llevó al camarote
donde dormiría: contaba con 4 literas pequeñas asidas a las paredes, dos en
cada una. Te toca la de arriba, dijo señalando una de ellas. Tus cosas las
puedes dejar es este locker, dijo.
Una cosa muy importante, continuó, las cosas que pasan Ek Balam, en Ek Balam se
quedan. Sentencia que, al cabo, no cumplí. Continuó con las horas laborales: 12
x 12. Las horas de comida: desayuno a las seis de la mañana; almuerzo a las dos
de la tarde; cena a las 8 de la noche. A las diez cerraban el comedor. Después
de comer, dijo, te llevaré a dar un paseo para que conozcas un poco. Asentí con
la cabeza. El vaivén era mucho menor, pero se sentía por ratos y debía caminar
apoyado de las paredes o en los pasamanos que estaba en algunas paredes. Entré
al pequeño baño, que tenía una regadera extensible, una diminuta tina y un
inodoro, y vomité. Empecé a buscar alguna palanca o artefacto para soltar el
inodoro: era un pedal. Pisé el pedal, se abrió una pequeña compuerta, que
fungía como fondo, y algo succionó el contenido haciendo un ruido espantoso. No
había recipientes para depositar los papeles sucios, así que deduje que igual
había que tirarlos al inodoro para que fueran succionados. Me lavé las manos y
la boca y salí. ¿Estás bien?, dijo reprimiendo la risa. Sí, estoy mucho mejor,
respondí. Te acostumbrarás al vaivén, dijo, luego ya no lo vas a sentir. Fue
cierto su comentario, pasadas unas horas ya no me sentí mareado.
Recorrimos
un par de pasillos y bajamos una escalera antes de llegar al comedor. Las
paredes estaba pintadas de blanco, las mesas estaba fijadas al piso con
tornillos y tuercas, al igual que los asientos acolchonados. Varios hombres
hacían cola para que les sirvieran la comida. Cuatro guisos por día. Los vasos
y los platos eran de plástico, cosa que no eran muy de mi agrado. El olor del
plástico en los vasos me daba ganas de vomitar. Otro calvario, dije para mis
adentros. Pedí pollo con chícharos, que estaba delicioso. Para tomar sólo
habían jugos naturales: limonada, naranjada, jamaica y agua. Me serví jamaica. Gerardo
pidió filete de pescado empanizado y se sirvió limonada. En la plática de
sobremesa me dijo cuales eran mis responsabilidades: llevar una bitácora diaria
de mis actividades, dejar comentarios en el código fuente que modificara-, para
que cuando él llegara la siguiente guardia se le hiciera más fácil entender-,
si el Superintendente solicitaba algo relacionado con computadores, habría que
apoyarlo, sea cual sea el apoyo, evitar problemas lo más que se pueda.
A
las tres de la tarde regresamos al camarote. Busqué entre mis cosas, que aún no
desempacaba, el cepillo de dientes y el dentífrico. Entré al baño y me cepillé
los dientes. Cuando salí no estaba Gerardo. Agarré la mochila con la laptop y fui
a la oficina. Tampoco estaba ahí. Encendí la Laptop y empecé a trabajar. Una hora
después llegó. Vamos a dar la vuelta dijo. Empezó a mostrarme donde estaba un pequeña
sala equipada como gimnasio, una sala para ver películas, un centro de recreo
donde había un billar y cuatro pequeñas mesas. Aquí, señaló una pequeño
cuartito que estaba lleno de latas de Coca-Cola, pasta de dientes, cepillos,
jabones, rastrillos para rasurar, desodorantes en roll-on y otras cosas de
higiene personal, vienes todos los días antes de la comida y te darán un
Coca-Cola, sólo apuntas tu nombre y el departamento donde estamos. Aquí la
moneda de intercambio son las Cocas, no a todos se las dan. Muchos matarían por
tener una. Me dio un par de palmaditas en la espalda. Dos puertas más adelante,
habían dos pequeñas cabinas telefónicas. Esas, se apresuró a decir, funcionan
con tarjetas LadaTel o AlcaTel, pero fallan mucho. Había gente haciendo cola
para usarlos. Te voy a llevar al área de captura, continuó, para que conozcas a
los capturistas que serán con los que más trabajarás. Asentí con la cabeza. Esa
oficina y la de Sistemas eran de igual tamaño. Había cinco escritorios. Pedro,
empezó a presentarme, este es Arquímedes. Extendí la mano para saludar.
Continuó con los otros: Francisco, Oscar, David, Jorge. Jorge tenía toda la
pinta de ser homosexual: tenía las cejas delineadas y me observó de arriba abajo
y sonrió. Luego, después de que salimos de la oficina, Gerardo me dijo que a
Jorge le decían: La diva. Luego pasamos por el cuarto de máquinas y se veía
impresionante, además de que ahí había un calor infernal. Teníamos que gritar
para poder escucharnos porque, igual, había mucho ruido. Salimos del cuarto de
máquinas por una puerta que daba a la explanada de maniobras, lugar donde horas
antes nos depositó La viuda, la cual reposaba, inerte, a un costado. La brisa
soplaba fuerte y el olor a sal penetro por mis fosas nasales llenando los
pulmones. Aspiré profundo y exhalé lentamente. Regresemos a la oficina, dijo y
nos dirigimos hacia allá.
Llegamos
y me explicó como estaba estructurado el control de cambios y la bitácora. A
las seis de la tarde se fue. El jefe responsable del área de Sistemas y Captura
llegó media hora más tarde. Tú debes ser el nuevo responsable, preguntó. Me
levanté y le extendí la mano para saludarlo. Así es, respondí, soy Arquímedes Puerto.
Bienvenido, dijo y se sentó. A las ocho de la noche regresó Gerardo y nos
fuimos a cenar. Ahí nos topamos con los capturistas. Esa noche hicieron huevos
a la mexicana, hot cakes y sándwiches
de jamón y queso. En una mesa, situada en un rincón, había cereales, yogurt, un
par de jarras con leche y otro par con café instantáneo. Me sentía lleno aún,
así que sólo comí un poco de yogurt. La diva se sentó a mi lado y comía delicadamente
su plato con huevos a la mexicana. ¿De dónde eres?, preguntó mordisqueando un
pedazo de pan blanco. Soy de Mérida, le respondí. Ahí tengo muchas amigas, dijo
con voz amanerada. Tengo pensado irme a vivir ahí. Continuó con su perorata de
los beneficios de vivir en Mérida, la “Ciudad más tranquila del Sureste”. Al
finalizar, bajó la mano y rozó mi pierna. Casi tiro el vaso del yogurt. No
temas, dijo carcajeándose, no como, me comen. Las carcajadas de Gerardo
retumbaron en el comedor. Me sonrojé. Es la bienvenida de La diva, dijo
Francisco guiñando el ojo derecho. Ya van a empezar con las puterías, pensé. A las
nueve de la noche regresamos al camarote. Desempaqué la maleta y me cambié de
ropa para dormir. Intenté leer un poco: La caverna de José Saramago. Me recosté
en la litera y empecé a hojear. Gerardo salió cuando empezaba a desempacar. Mis
ojos empezaron a arderme, así que cerré el libro y bajé a cepillarme los dientes.
Regresé a la litera e intenté dormir. Pero como era mi costumbre, no pude
conciliar el sueño debido a que era un lugar extraño. El cansancio me vencía
por momentos y dormitaba. Una de esas veces giré y casi me caigo de la litera. Abrí
los ojos sobresaltado. Me pasó una segunda vez y ya no quería moverme por el temor
a caer. Inconscientemente me quedaba inmóvil, como catatónicamente. El cansancio
terminó por vencerme y dormí profundamente. No supe a qué hora entró Gerardo al
camarote.
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