Me la imagina desnuda, consumiendo las caricias de mis labios, hurgando en mi sexo, satisfaciendo su deseo carnal. Jamás le dije sobre esos sueños, pero sí que la amaría sino fuera mi hermanastra. Mi madre me educó para respetarla, para verla como mi hermana mayor. Era la única hija de mi padrastro. Mi padrastro enviudó cuando ella tenía 5 años. Conocí a Leonor cuando yo tenía nueve años y ella doce. Nuestros padres se casaron y formamos una familia.
La noche que cumplí catorce años, me sorprendió masturbándome. Por qué haces eso, me preguntó con voz dulce. Recuerdo que me asusté y me faltaba el aire para respirar, estaba a unos segundos de eyacular. Estoy experimentando, le respondí temblando. Quiero experimentar, me soltó. Me insinuó qué debía acariciarse para sentir placer y le dije que en todo su cuerpo podía sentir placer; eso recuerdo haber oído decir a mi padrastro en una de sus conversaciones con sus amigos y eso mismo le dije. Lentamente se acarició los senos, luego el vientre bajo, hasta que llegó a su sexo. Cerró los ojos y se introdujo un dedo. Gimió suavemente. Estaba tan nervioso que mi pene no quedaba erecto. Decidí dejarla sola, pero insistió en que me quedara para ver si lo estaba haciendo bien. Al final tuvo unos pequeños espasmos y mi ropa interior quedó toda húmeda. A la mañana siguiente me dejó de hablar por unos días y tácitamente sepultamos el episodio.
La amo y no dejo que pensarla. Está raída su foto. Anoche cumplí los treinta. A veces recuerdo su gemido y me excito. La sigo esperando para que experimentemos juntos.
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