La conocí en una fiesta, no recuerdo por qué fui. Estaba muy borracho. Ella me ayudó a levantar cuando me vio tirado en el patio de la casa. Gracias, alcancé a balbucear. Descansa un poco y luego te vas a tu casa, susurró tiernamente. Al despertar de la cruda le pregunté a Luis quién era la mujer que me ayudó. Le dicen Lupita, contestó irónicamente. Luego me enteré que se llamaba Graciela, pero no le gustaba que la llamaran por su nombre, prefería que le dijeran Lupita, por la Virgen. Era muy devota a ella.
Salimos un par de ocasiones, hasta que una noche acabamos en un cuartucho de alquiler y tuvimos nuestra primera relación sexual de pareja. Era inocente, se quejó de dolor y sangró. Puta madre, se jodió la cosa, pensé. Después de un rato me siguió besando y la volví a penetrar más suavemente.
Nos fuimos a vivir juntos al día siguiente. Acordamos que los dos trabajaríamos para salir adelante. El tiempo transcurría y la monotonía me cambió. Llegaba borracho, la golpeaba y la forzaba a follar conmigo. Ella quería tener un hijo, pero tenía un problema para embarazarse. Unos quistes ováricos según recuerdo. No le dimos importancia. Cayó enferma. En el seguro social me dijeron que el cáncer de matriz ya le había contaminado otros órganos. A los tres meses murió en el hospital. Al funeral no fue casi nadie de su familia y de la mía ni hablar. ¡Carajo!. Me dejó solo y la amaba más que a nada. Estúpida vida. He escrito mi última carta y la he guardado en el cajón de su ropa interior. La soga está bien atada y ya probé que resista mi peso, me colgaré. Te seguiré Lupita para amarte aún más.
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