Una noche llegué drogado a la casa y mi madre estaba sentada sobre el catre. Andrés, coño, mira como vienes, dijo encabronada. Sin embargo, en su rostro se notaba una tristeza como pocas. Ya no tengo clientes y mi cuerpo en vez de inspirar pasiones, da lástima, entre sollozos se desahogó. A la mañana siguiente se fue sin decir nada. Me quedé solo como un pendejo sin saber qué hacer. Hice de todo para sobrevivir. Después de tanto tumbo me conecté con una mujer que regenteaba putas. La ligué y entre los dos sacamos adelante el negocio. Después de un par de años entró una señora, ya mayor, que hacía el aseo en los cuartuchos que habíamos logrado construir. No le di importancia. Un veintitrés de agosto, por la mañana, se acercó y me extendió la mano, pidiendo limosna. No jodas, lárgate, chingada puta, le grité. Antes de darse vuelta levantó su rostro. Fui puta, pero sigo siendo tu madre, cabrón, gritó a todo pulmón. El corazón casi se me sale del cuerpo y la saliva de la boca por poco me ahoga. La saqué de ahí y le compré una pequeña casita para que pasara sus últimos días de vida, lo más tranquila que pudiera. Me insistió en seguir trabajando. Ahora es la madrota del negocio. Yo estoy tomando unas merecidas vacaciones en la playa con algunas de mis putitas.
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viernes, 23 de agosto de 2013
Madrota
Mi madre era un prostituta, esto lo supe cuando apenas tenía ocho 8 años. Ese día regresé temprano de la escuela y la puerta de la casa estaba cerrada. Miré por un pequeño agujero y vi a un hombre obeso montado sobre ella. Esperé sentado sobre un madero que estaba en la entrada de la casa. Al salir el gordo me dio unas monedas. Que rico coge tu puta madre, dijo terminando de abrocharse la camisa y se fue. Cuando entré a la casa mi madre se arreglaba el cabello. Estás grandecito Andrés y es hora que te cuente sobre mi trabajo, dijo con seriedad. Me contó parte de su vida, la que tenía esa parte que la llevó a ser una puta. Me amarré los huevos para no llorar frente a ella. Ella siguió lidiando con hombres que sólo querían saciar su calentura. Me volví un cabrón, me embriagaba, fumaba hierva y algo de pasta. Cuando alguien me decía “hijo de puta”, se los agradecía. Gracias a eso mi madre me soltaba dinero para que la dejara trabajar.
Una noche llegué drogado a la casa y mi madre estaba sentada sobre el catre. Andrés, coño, mira como vienes, dijo encabronada. Sin embargo, en su rostro se notaba una tristeza como pocas. Ya no tengo clientes y mi cuerpo en vez de inspirar pasiones, da lástima, entre sollozos se desahogó. A la mañana siguiente se fue sin decir nada. Me quedé solo como un pendejo sin saber qué hacer. Hice de todo para sobrevivir. Después de tanto tumbo me conecté con una mujer que regenteaba putas. La ligué y entre los dos sacamos adelante el negocio. Después de un par de años entró una señora, ya mayor, que hacía el aseo en los cuartuchos que habíamos logrado construir. No le di importancia. Un veintitrés de agosto, por la mañana, se acercó y me extendió la mano, pidiendo limosna. No jodas, lárgate, chingada puta, le grité. Antes de darse vuelta levantó su rostro. Fui puta, pero sigo siendo tu madre, cabrón, gritó a todo pulmón. El corazón casi se me sale del cuerpo y la saliva de la boca por poco me ahoga. La saqué de ahí y le compré una pequeña casita para que pasara sus últimos días de vida, lo más tranquila que pudiera. Me insistió en seguir trabajando. Ahora es la madrota del negocio. Yo estoy tomando unas merecidas vacaciones en la playa con algunas de mis putitas.
Una noche llegué drogado a la casa y mi madre estaba sentada sobre el catre. Andrés, coño, mira como vienes, dijo encabronada. Sin embargo, en su rostro se notaba una tristeza como pocas. Ya no tengo clientes y mi cuerpo en vez de inspirar pasiones, da lástima, entre sollozos se desahogó. A la mañana siguiente se fue sin decir nada. Me quedé solo como un pendejo sin saber qué hacer. Hice de todo para sobrevivir. Después de tanto tumbo me conecté con una mujer que regenteaba putas. La ligué y entre los dos sacamos adelante el negocio. Después de un par de años entró una señora, ya mayor, que hacía el aseo en los cuartuchos que habíamos logrado construir. No le di importancia. Un veintitrés de agosto, por la mañana, se acercó y me extendió la mano, pidiendo limosna. No jodas, lárgate, chingada puta, le grité. Antes de darse vuelta levantó su rostro. Fui puta, pero sigo siendo tu madre, cabrón, gritó a todo pulmón. El corazón casi se me sale del cuerpo y la saliva de la boca por poco me ahoga. La saqué de ahí y le compré una pequeña casita para que pasara sus últimos días de vida, lo más tranquila que pudiera. Me insistió en seguir trabajando. Ahora es la madrota del negocio. Yo estoy tomando unas merecidas vacaciones en la playa con algunas de mis putitas.
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