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jueves, 5 de septiembre de 2013

Compromiso

Estaba buscando las palabras para expresarle que lo amaba. No sabía qué decir, ni cómo decirlo. La forma de sus caderas me encantaban. No sé cómo acabamos en la cama de mi habitación esa noche. Llegué a Mérida para estudiar una carrera profesional en el Instituto Tecnológico. Obviamente, elegí administración de empresas. Los tres primeros semestres fueron de flojera y una que otra fiesta. Una mañana de abril iba deprisa y al pasar por Rectoría lo vi por primera vez. Le di poca importancia, era un chico común y corriente, ¡bah!, pensé. Pasaron varios días hasta que lo volví a ver en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, un tal Echeverría había ganado las elecciones ese año. Pregunté a una chica por las credenciales para el transporte público y él se acercó para escuchar. Nos dijeron que el encargado no estaba y que al otro día lo podríamos encontrar a las diez de la mañana.

Al día siguiente regresé por la dichosa credencial y entregué mis fotos tamaño infantil. Al salir casi tropiezo con él. Disculpa, dije apenada. Me llamo Fernando, dijo extendiendo la mano. Vanesa, contesté el saludo. Tenía algo sudada la mano y me desagradó un poco eso. Lo admito, era fresa y aún lo soy un poco. Después de ese incidente, lo volví a ver al salir de la obra de teatro que estaban presentando en la escuela. Me abordó aún carcajeándose. Vanesa, ¿no?, dijo entre risas. Con un insípido hola le respondí. La manera en que se lo dije le causó más gracia. Relájate, no muerdo, dijo para calmarme. Luego me invitó a tomar una refresco en la cafetería. Estuvimos platicando un rato y me enteré que estaba en la carrera de ISC (Ingeniería en Sistema Computacionales).

Tuvimos una amistad ocasional, por así decirlo. Recuerdo que se la pasaba casi todo el día en la escuela, ya que no tenía una PC propia y se quedaba para hacer sus tareas en el Centro de Cómputo. A veces los veía ahí y lo saludaba a la distancia. Mis amigas me preguntaban quién era y les respondía siempre lo mismo: es alguien que conocí accidentalmente y se llama Fernando.

El último semestre de la carrera fue algo alocado. Iba de un lugar a otro, el servicio social, la residencia profesional, la fiesta de graduación, los exámenes finales, era un caos mi vida. Una tarde me tenía que quedar para entregarle un trabajo a un maestro. En Rectoría me dijeron que el maestro estaba en el Centro de Cómputo. Fui para allá y ahí estaba Fernando sentado frente a un monitor. Me acerqué a saludarlo. ¿Qué haces aquí? Me comentaste que ya tenías compu, le pregunté algo asombrada. Me relató que tenía que ajustar una práctica y no tuvo tiempo de hacerlo en su casa y por eso estaba ahí. El maestro que esperaba jamás llegó. Me senté a lado de Fernando y entre plática él terminó lo que tenía que hacer. Ya me tengo que ir, dijo acomodando sus cosas en la mochila. Creo que igual ya me voy, le dije algo desilusionada. Fuimos juntos, entre risas, hasta la entrada. Se despidió dándome un beso en la mejilla. Instintivamente le dije que lo podría llevar a donde fuera, que tenía carro. ¿Y eso?, me preguntó sonriendo. Es el carro de mi papá, vino a verme y no quiso que me fuera a la casa en autobús, le expliqué camino al estacionamiento.

Me dijo que iba a casa de un amigo a terminar una tarea y se quedaría a dormir. Antes de llegar a Circuito Colonias maniobré para dirigirme a mi casa con excusa de haber olvidado un bolso que le llevaría a mi tía Teresa. Me queda de camino, le dije sonrojada. Mi papá no estaría, ya que iba a ir a casa de mi tía Teresa y ahí lo vería. Llegamos y lo invité a pasar. ¿Quieres algo de beber?, le pregunté dirigiéndome a la cocina. Agua, me contestó desde la sala. Le llevé el agua. Ahora vuelvo, voy a mi cuarto a buscar el bolso y enseguida nos vamos, le dije disimulando mi nerviosismo. No tengo prisa, dijo cortésmente. Respiré profundo y regresé a la sala.  Me acerqué lentamente y le acaricié el cabello. Deja eso, me dijo sonriendo. Me gustas mucho Fer, le dije algo excitada. Deja de jugar Vanesa, contestó sin mirarme. No estoy jugando, quiero sentir tus labios, coqueteaba con él. Se puso de pie y me miró a los ojos. Espero que estés segura de esto, dijo antes de besarme apasionadamente. Lentamente me acariciaba. Lo conduje a mi cuarto sin separar mi labios de los suyos. Nos dejamos caer suavemente en la cama. Me quitó la ropa tan sutilmente que me excité mucho. Ávidamente olía mi cabello, mi sexo. Lo ayudé a desnudarse. Acaricié sus caderas, las apretujaba. Sacié mi boca con su falo. Él gemía deliciosamente. Se me olvidó el condón, el que se iría a trabajar a Ciudad del Carmen, que mi papá me esperaba, que era, quizá , la última vez que lo vería. Disfrutamos la entrega cerca de una hora. Platicamos, desnudos, del futuro, del día que nos conocimos en las oficinas de la Sociedad Estudiantil, de la vez del teatro.  Nos reímos de esto y de aquello. Nos vestimos y lo llevé a casa de su amigo. Nos despedimos sólo con un beso. Tácitamente sabíamos que no nos volveríamos a ver.

No supe nada de él hasta que unos seis meses después recibí un correo electrónico suyo. Me contaba que regresaría a Mérida por una semana y quería pasar a saludarme. Le respondí que ya no estaba en Mérida, que había cambiado de residencia. Me fui a vivir a Querétaro por cuestiones de trabajo. No recibí respuesta suya sino hasta el segundo día. Me siguió contando cómo le estaba yendo en su trabajo y al final me preguntó mi nueva dirección. Lo felicité por sus logros y al final le escribí la dirección. Anoche llegó y lo fui a recibir a la Central Camionera. No aguanté las ganas y, al tenerlo enfrente, lo abracé efusivamente. Le di un beso en los labios. Correspondió a mis besos. Tengo hambre y quiero ducharme, me dijo tomando mi mano. En taxi nos fuimos al departamento que rento. Al entrar, dejó caer su maleta y nos besamos apasionadamente. No llegamos al cuarto, en la sala nos desnudamos mutuamente y revivimos las caricias, los gemidos, los jadeos y las risas. Después nos bañamos juntos entre besos y pasión. Pedimos algo para comer y comimos desnudos en la cama. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas. Se disculpó porque estaba algo cansado y quería dormir un poco.

Vi el reloj. Eran las tres de la madrugada. Buscaba esas palabras para decirle que lo amaba demasiado. Era mejor entrar un rato a internet. Tenía un correo nuevo de Fer, estaba raro, creo que lo escribió en el autobús desde su teléfono móvil. No tiene asunto. Tiene sólo unas instrucciones: En mi maleta, en el cierre delantero, hay un sorpresa para ti. Inmediatamente fui a la sala y abrí el cierre. Había una cajita. La abrí y era un anillo de compromiso. El ruido del cierre lo despertó y desde el umbral de la puerta del cuarto me observaba. Te quieres casar conmigo, me pidió acercándose lentamente a mí. No lo podía creer. Las lágrimas me sorprendieron de inmediato. Nos volvimos a entregar.

Planeamos la boda, los sueños, los hijos. El desayuno aún no llega, el mesero se está tardando mucho y los dos tenemos hambre por el cansancio de anoche. Mis padres se infartarán. Mañana se va Fer de nuevo a Ciudad del Carmen, es su último viaje, viene a vivir a Querétaro conmigo. Ya encontrará un trabajo aquí. La boda, desde luego, será en Mérida, con toda la familia reunida. Está hermoso el anillo de compromiso.


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